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La puta hostia
Salgo de mi habitación de hotel con Ramón. Se acaba de afeitar la cabeza y está muy raro, una azafata se lo comenta en el pasillo. Nos metemos en el ascensor y su calva se refleja en el espejo. Yo también se lo comento, parece un bebé treintañero. Hacen falta un par de días para comenzar a aceptar su nuevo aspecto.
Entramos en casa de La Puta. Hay bastante gente en la cocina. No hay separación entre la cocina y el resto de la casa. Nos servimos algo, un desayuno. La Puta sonríe, viste de rojo y negro. Se dirige a un piano vertical que está apoyado en una de las paredes y se pone a tocar con un virtuosismo inesperado. No sabía que La Puta tocaba el piano. Enseguida se sienta al piano otro tío, puretilla, que toca con ella. Poco a poco se unen a la fiesta más pianistas: una mujer que lleva falda y gafas, una niña asiática. El teclado del piano es más largo de lo normal, si no no cabrían todos. Es sorprendente. Es un inicio tremendo, todos comentan que este nuevo espectáculo parece que va a ser la hostia.La Puta se levanta del piano y reparte cosas entre el público: sombreros, juguetitos. Se te acerca, te dice algo y tú le sigues el rollo pero tienes que hablar, decir algo. Todo muy natural. El espectáculo no está acabado. Luego charlamos un momento y le comento cuánto me ha sorprendido verla tocar. Se lo enseñaron en el Institut del Teatre. No lo sabía.
Este vestido baila

Actuamos en ceremonias religiosas, en iglesias. Ramón, Lolita, Ludvik y yo. Ramón se viste de novia, está gracioso con su mostacho. Yo llevo falda sin ropa interior. Colocan el piano en el altar, un piano vertical, no debe haber presupuesto para uno de cola. El teclado oculto a la vista del público, así puedo ver a Ludvik durante la representación. Bueno, este punto no está claro porque de pronto aparece La Creadora y gira el piano 180 grados, el teclado queda ahora a la vista del público y el pianista puede contemplar ahora a Lolita. Me molesta que La Creadora organice el escenario. Se me levanta la falda, que tiene algo de vuelo.
Déjà vu
Estoy a punto de salir de Alemania. Justo pasado el control del aeropuerto una señora se acerca a mí y me pregunta si le vendo una bolsa que llevo medio rota. Me lo pienso y le contesto que se la regalo. Está muy vieja, ya apenas la utilizo y para que se muera de asco mejor regalarla a alguien a quien, por lo visto, le gusta y le dará uso. La mujer me ayuda a vaciarla. Va colocando los jerseys y otra ropa con un orden prusiano. Tanto que, por un momento, no veo alguna prenda y desconfío de ella por si me está robando. Pero no. Es honrada conmigo.
De viaje con Ramón, le ayudo a montar. Salgo un momento a buscar algo al patio, un patio inmenso pero cerrado. Allí me encuentro con otra mujer mayor. Me pide que la acompañe. Le digo que estoy ayudando a Ramón, que estoy muy ocupado, que no puedo. Ella ni se inmuta, me coge del brazo y me dice que lo que sea que esté haciendo con Ramón puede esperar. Tiene razón. Luego me habla del Morer, de su pista de tenis, de aquellos años de mi infancia. Tengo la impresión de haber estado ya allí, en ese patio rojo y señorial.
Turistas y periodistas
Desde el piso superior de un claustro contemplo y escucho a Ramón conversando con un periodista gigante que lo entrevista. Gigante porque Ramón sólo le llega al hombro. El periodista es enorme y lleva coleta. Ramón le explica la historia de cómo dejó a aquella gran compañía en la que estuvo trabajando en otro tiempo.
Dos parejas se nos han enganchado y ocupan mi Celda. Son turistas en Barcelona. Una de las chicas me pregunta qué es una sardana. ¡Pues sí que están pez! Se lo explico.
Tengo follón con sus parejas, dos moritos españoles. Me persiguen y no me dejan en paz. Realmente no sé cuál es la poderosa razón que me obliga a ser tan hospitalario con ellos.
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