Archive for Junio, 2009
Perversión
Black Mamba me espera en la fuente de La Octava. Voy hacia allí arrastrándome por el camino como un cordero a punto de ser degollado. Me siento a su lado sin saludarla porque no sé cómo hacerlo. Ella me explica por qué me deja. Estamos de espaldas al paisaje, miramos la fuente. Si nos diésemos la vuelta lo que veríamos sería lo que se ve desde el acantilado, la montaña de enfrente, el cañón, el río. Si nos diésemos la vuelta y contemplásemos esa maravilla quizá no encontrarías palabras para explicarme algo que me parece que no tiene explicación, por mucho que lo maquilles, y lo haces muy bien, pero se nota que tienes prisa por marcharte. Está bien, no pienso mover ni un músculo para retenerte. Márchate. Yo preferiría quedarme aquí en El Paraíso. Solo, gracias.

Cansei de ser zen
Trabajo Beethoven al piano, en La Celda. En el sofá, Lolita aguanta estoicamente la sesión. Dejo de tocar, voy hacia ella, le veo la cara de ya está bien, aunque no diga nada. Le suelto un estoy harto de Beethoven, me voy a pasar al metal, sabiendo que Ramón me estará escuchando desde la habitación. Él es el culpable de que esté estudiando Beethoven.Es para su espectáculo.
En La Santa, en casa de Los Creadores, me cruzo con Black Mamba. Me saluda riendo como si no pasase nada pero sí que pasa, sí que pasa. Entro en el cuarto de baño y me encuentro el water lleno de mierda. Tiro de la cadena. Me siento en un taburete. No puedo más. Lloro. Aún no había llorado. Los Creadores se asoman tímidos, miran por el espejo. Ahora no pares, es lo que me digo a mí mismo, no pares, llora con fuerza, sácalo todo, limpia toda esa mierda que te estabas guardando dentro, ya está bien de hacerse el duro, todo tiene un límite, ¡a la mierda!
Bloomsday
Vuelvo a La Celda a pie. Esperando el ascensor me encuentro con Iris. La verdad es que la he seguido a cierta distancia por las callejuelas del barrio mientras volvía a casa. Nos saludamos. Hola. Hola, ¿qué tal? El ascensor parece muy ocupado, va de un piso a otro pero no acaba de bajar. Ella se arranca a hablar de lo que le pasa por la cabeza con una familiaridad que me desarma porque no nos conocemos de nada. Me gusta, es muy guapa. Que hable, así puedo mirarla. Llega el ascensor. No se baja nadie. Subimos. Me ha dicho que es actriz. Ya sé por qué me resultas tan familiar, te vi ayer en la tele, tú sales en una serie, ¿verdad? Sí, pero me está explicando que se va a Estados Unidos. Le está costando conseguir el visado. No lo entiendo. ¿Tan difícil es? Me habla de dinero, mucha pasta, ya salimos del ascensor, los dos en el mismo piso. Es que ella no es de aquí, ¿sabes?
Perdimos la oportunidad
No es la primera vez que me pasa que acabo en la cama con alguien y no soy capaz de recordar cómo hemos llegado hasta aquí. Esta vez todo es blanco. Las sábanas son blancas, las paredes son blancas, la habitación inmensa es blanca, es un local a pie de calle, desde fuera entra una luz blanca de primera hora de la mañana, la Niña Roja está a mi lado, es blanca y lleva unas braguitas blancas. La despierto acariciándole el pelo, se pone de rodillas encima de mí, le doy un beso en uno de sus pezoncitos y se ríe. Se me pone muy dura. Nos miramos como si no nos hubiésemos visto nunca. Nos hemos visto mil veces pero nunca en la cama, los dos solos y casi desnudos.
Entonces oímos un ruido enfrente de la cama, un poco más allá, aparece una chica que ha abierto la puerta de la calle con su llave y entra como pedro por su casa. Me levanto para cerrar la puerta corredera que nos separa de esa parte de la sala y vuelvo corriendo a la cama. Pero la otra puerta, a la izquierda de la cama, se abre y aparece un montón de mujeres vestidas con chándal, que hablan holandés y se instalan en las colchonetas que están esparcidas por la sala. Y comienzan a pasarse pelotas de plástico hinchable, como las de ir a la playa, y a jugar y reírse entre ellas.
Se nos acabó el tiempo. Había que darse prisa pero no lo sabíamos. ¿Quién se podía esperar esto?

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