Archive for the ‘Astronauta ficción’ Category
El Sorderita

Desde la cama escucho voces de gente que se espera. Hablan de unas fotos. Pienso en la cantidad de tiempo que hace que no tiro una foto. Me levanto. Saludo a un par de colegas, los de las fotos. Me hablan de unas fotos antiguas, mías, que aún recuerdan. Me preguntan si ya no hago fotos. ¿Por qué?
Salgo de casa de Los Creadores, en La Santa. La calle Baleares, a su paso por el Parque América, vuelve a ser como antaño, como si la hubiesen reconstruido. En una tienda de muebles hay un letrero bien grande anunciando la reapertura de un restaurante de pescadores. No recuerdo el nombre: La Bagatela o La Galera, algo así. Una placa anuncia excursiones programadas para conocer uno de los caminos antiguos que llevan a la Sierra de la Marina. Turismo.
El Creador me habla pero no le presto atención. Se da cuenta y me pregunta si estoy enamorado. Más bien me debo de estar quedando sordo, Creador.
Barra libre
Camino con prisas hacia el metro de La Santa. Es tan temprano que aún no ha amanecido. Mientras bajo las escaleras de la boca del metro saco mi móvil del bolsillo del pantalón para mirar la hora. Mi móvil no parece mi móvil, es otro modelo. Pero en cambio la pantalla está rota por el mismo sitio que mi móvil. Hace tiempo que no cojo el metro. Han cambiado los accesos. Las escaleras son muy empinadas. Está llegando un metro y tengo que saltar los peldaños de tres en tres. Estoy a punto de estamparme. Al final de las escaleras hay unas verjas como de los años 80 con un cartel que pone barra libre. No hay que pagar. Interpreto que debe ser para los que tienen prisa o un abono. Atravieso esa barrera como puedo y me cuelo en el andén pero demasiado tarde. Luego decido no pagar.

Complicarse la vida
Es de noche y las calles del centro de Hong Kong están infestadas de gente bebiendo y gritando. De camino para casa recogemos a unos cuantos y se corre la voz. Le digo a La Creadora que vamos a tener algún invitado y parece alegrarse. Pero la muchedumbre invade literalmente nuestra casa y es el caos. A la gente se le caen las copas, vomitan en el suelo, escupen y mean. ¿Dónde está el karaoke?, me preguntan. Esto es un error, hay que echarlos a todos. La Creadora está escandalizada y superada por las circunstancias se desentiende de todo. Reconozco a alguien pero la mayoría son desconocidos para mí, aunque me suenan todas las caras. Me cruzo con La Niña Roja, con una copa en la mano, riendo y bebiendo con El Mod, y me dice que hay que reconocer que soy un crack para muchas cosas pero que sobre todo soy un experto en complicarme la vida. A ver cómo salgo de esta.
La puta hostia
Salgo de mi habitación de hotel con Ramón. Se acaba de afeitar la cabeza y está muy raro, una azafata se lo comenta en el pasillo. Nos metemos en el ascensor y su calva se refleja en el espejo. Yo también se lo comento, parece un bebé treintañero. Hacen falta un par de días para comenzar a aceptar su nuevo aspecto.
Entramos en casa de La Puta. Hay bastante gente en la cocina. No hay separación entre la cocina y el resto de la casa. Nos servimos algo, un desayuno. La Puta sonríe, viste de rojo y negro. Se dirige a un piano vertical que está apoyado en una de las paredes y se pone a tocar con un virtuosismo inesperado. No sabía que La Puta tocaba el piano. Enseguida se sienta al piano otro tío, puretilla, que toca con ella. Poco a poco se unen a la fiesta más pianistas: una mujer que lleva falda y gafas, una niña asiática. El teclado del piano es más largo de lo normal, si no no cabrían todos. Es sorprendente. Es un inicio tremendo, todos comentan que este nuevo espectáculo parece que va a ser la hostia.La Puta se levanta del piano y reparte cosas entre el público: sombreros, juguetitos. Se te acerca, te dice algo y tú le sigues el rollo pero tienes que hablar, decir algo. Todo muy natural. El espectáculo no está acabado. Luego charlamos un momento y le comento cuánto me ha sorprendido verla tocar. Se lo enseñaron en el Institut del Teatre. No lo sabía.
Borrachera
No recuerdo muy bien a quien le he dejado mi Ferrari rojo. Creo que se lo dejé a una chica pero no estoy seguro de a quien: Pat, ¿quizás?. Necesitaba un coche y yo llevaba las llaves encima y como no lo cojo nunca. Creo que iba borracho porque si no no lo entiendo. Lo de dejarle el coche sí, vivir es compartir, pero que no me acuerde de a qué chica se lo dejé eso ya me parece más preocupante.
Bueno, me voy a jugar a básket con mi colega el chungo del barrio. Es un tío bajito y jovencito, poca cosa pero un chungo. Lo que pasa es que es absolutamente leal y honesto cuando jugamos juntos en la cancha del barrio así que me mola hacer pareja con él. Mientras me estreno tirando unos tiros me pasa que no meto ni una ni debajo de la cesta. Soy incapaz. Me estoy comenzando a preocupar.
Lavado rápido
Hay que limpiar como sea el coche de Dorothy antes de que vuelva. Somos gente, está El Suicida, dos más y yo. Primero enjabonar, luego ya se verá, así que manos a la obra. Nos ponemos con brío, con el coche aparcado en la acera. Hace años que no lavo un coche si es que he lavado alguno alguna vez. Desde los tiempos en los que El Creador lo llevaba el domingo a la montaña de La Santa y yo me escaqueaba todo lo que podía porque nunca me ha gustado nada y le debía de decir ya que por qué no lo llevaba a un tren de lavado. ¿No existían ya a principios de los ochenta? ¿O eran aún los setenta? Igual eran un lujo entonces, vete tú a saber. La vida ha cambiado mucho desde entonces, me parece. Éramos como los chinos ahora, quizás. Todo estaba cambiando, todo era bastante cutre pero nos dimos cuenta después, no en ese momento. Da igual, podría haberme gustado ayudar al Creador a limpiar el coche, darle a la esponja aquella gigante que tenía, me acuerdo, mojarla en el cubo del agua con jabón y menearla por el exterior del coche y pringarme todo, mi pantaloncito corto y mi camiseta azul de tirantes, me acuerdo. Pero creo que no me gustaba, ya no estoy seguro.
Cuando el coche ya está enjabonado por fuera decidimos enjabonarlo por dentro. Puede que sea una decisión equivocada pero o no se nos ocurre nada mejor o preferimos pasarnos que quedarnos cortos. Igual lo acabo decidiendo yo, no sé, puede que El Suicida no esté demasiado de acuerdo pero, por la razón que sea, respeta mi criterio. Seguramente se equivoca pero este aura de prestigio me persigue en ciertos ámbitos familiares, qué se le va a hacer, habrá que asumirlo y, de paso, ya que estamos, dilapidarlo.
Bueno, luego hay que enjuagar, digo yo. Buscamos los mejores paños que encontramos por el maletero y comenzamos por el interior, que parece lo más urgente. Pero apenas hemos empezado vuelve Dorothy. Se sienta en el asiento del conductor y nos pregunta qué estamos haciendo. Hombre, ni siquiera es una pregunta, está claro lo que hacemos. Tan claro que a mí me pilla sacándole brillo al cambio de marchas, ya ves. Pues limpiar el coche, Dorothy, ¿qué te parece? Bueno, no le parece mal pero hay que ir marchándose porque viene la policía y tenemos prisa. Me cago en la puta, me deja con la duda, el cabrón. Parece que vuelva de atracar el banco de la esquina.
Olvido
El Tripi me llama para que baje al rellano de la escalera en la celda de abajo. Voy. Me lo encuentro con Lorena que está sentadita en un peldaño. Hombre, Lorena, ¿qué tal? No se acuerda de mí, la hija de puta. Se acuerda de Dorothy, se acuerda de Richarte, se acuerda de Mi Protegida, se acuerda de La China, se acuerda del Tripi, hace años que lo sigue con su Almak-x, dice que qué guay que últimamente parece que las cosas le comienzan a ir bien, ya era hora, pero la muy zorra no se acuerda de mí y mira que nos hemos visto veces y siempre me saluda. No me lo puedo creer, lo está haciendo a posta, la muy capulla, me quiere hundir. ¿Nos damos dos besos ya o qué? Pues no me suenas nada nada, sigue. Vale ya, ¿no? Ya está bien, joder.
El infierno
Núria, casi desnuda, sólo lleva unas bragas que son como unos calzoncillos de tío, blancos, está en cuclillas delante del portal de La Celda, como ida. Viene de visitar a su abuela, seguro. Siempre me alegro de verla pero prefiero no saludarla para no molestarla.
¡Cómo a cambiado La Celda! Ya no hay paredes ni ventanas ni pisos ni puertas. Las celdas están unas juntas con las otras, en horizontal, se sabe que estás en una u otra porque los muebles las delimitan. Al fondo, la playa, el mar. Es de noche. Entro en La Celda. Me encuentro con Tom, el camarero, con un colega. Quieren rodar algo en mi casa o hacer una sesión de fotos o algo así, no le entiendo muy bien pero me da igual porque me doy cuenta de que estoy a punto de dejarles hacer y eso no puede ser, joder, no puede ser que entren en Mi Celda por la puta cara, sin consultarme y se pongan a hacer lo que les dé la gana. Que no, hombre, que no, lo siento mucho pero vosotros os vais de aquí ahora mismo. He dicho ahora mismo. Se van, pero de mala leche y discutiendo, ¿te lo puedes creer? Malditos hijos de puta. Salgo un rato porque tengo que salir. Bueno, un rato… Salgo toda la noche. Y cuando vuelvo me encuentro toda la cama revuelta y encharcada como si algún maldito bastardo le hubiese tirado un par de cubos de agua. La madre que los parió, cabrones.
Yo ya no puedo más, tíos, es que ya no sé qué coño hacer, creo que no me queda más remedio que pirarme de aquí, esto es el puto infierno. El puto infierno, macho.
Carrera por etapas
Formo parte de un pequeño equipo que participa en una carrera por etapas muy larga que atraviesa La Santa. A la altura de la antigua Shadows paramos para comer. Nos tomamos nuestro tiempo, primer plato, segundo plato y postre, nos gusta comer bien y tranquilos. Pero eso es un error competitivo porque el resto de los equipos pican algo y salen corriendo casi sin despedirse. Cuando eso pasa pienso que da igual, que el tiempo que nosotros perdemos se compensará con el que ellos perderán en otro momento, como pasa en Fórmula 1 cuando todos los pilotos tienen que parar en algún momento para repostar o para cambiar las ruedas. Pero ni siquiera tengo muy claro cómo funciona la Fórmula 1 y comienzo a sospechar que nos estamos quedando atrás.
Cuando volvemos a la carrera me avanzo un poco a mi equipo, para inspeccionar, y me encuentro con unos que ya han finalizado la prueba, que termina con la construcción de un edificio que debe cumplir con las reglas expresadas en una gráfica que no acabo de comprender del todo. El edificio de este equipo es una pasada. Tiene tres torres cilíndricas y mide quince metros. Flipo de que lo hayan podido construir en el tiempo que hemos invertido nosotros para comer. ¿Lo traían ya prefabricado? Los tipos se toman ahora un café tranquilamente en una zona de descanso con su flamante gráfica enmarcada en la pared.
Entonces, como en un sueño, alguien me da la noticia de que Mi Protegida ha muerto. Todo se vuelve oscuro, lloro como si tuviese una catarata en los ojos y alguien me da un ramo de flores para que lo abrace con todas mis fuerzas hasta que las flores se deshacen en mis brazos.
Montserrat Caballé canta desde el lateral de la iglesia abarrotada. Me encuentro en el altar, de su lado. Caballé canta con un micro que falla de golpe y su voz se convierte en un grito desafinado como el de Sonia Gómez en el videoclip de Txalo.
El técnico de sonido se disculpa encogiendo los hombros desde la mesa de mezclas, en el lateral opuesto de la iglesia. Caballé le pide con la mano que suba el volumen para poder acabar con la canción.
Nos encontramos gente que hace mucho tiempo que no nos vemos. Me sorprendo cuando me doy cuenta que me siento sobre las rodillas y que, a mi lado, alguien adopta la misma posición. O al revés. ¿Nos imitamos?
eXtreme Programming
Ensayo con Anna una sonata de Clementi para dos pianos que no me acaba de gustar. Demasiado rococó para mi gusto, bastante cursi. Además no me siento a gusto con el piano, es excesivamente blando y resbaladizo, se me escapan notas. Ferdinand dirige el ensayo desde fuera. Lo pasamos una vez y luego comentamos. Anna me critica que me encuentra demasiado estático, no camino. Tiene razón, me suele ocurrir, sobre todo al principio, me convierto en prisionero del tempo, demasiado mecánico, luego le pierdo el respeto y avanzo mejor, más libre, pero es como si necesitase primero privarme de libertad, situarme en una posición de esclavitud, para a continuación, harto de las cadenas, cuando ya no puedo más, rebelarme y huir, sintiendo aún un poco el peso del yugo en mis hombros. ¿Pero por qué no ser libre siempre, desde el principio? ¿No nos ahorraríamos así todo ese sufrimiento inútil? ¿O no es inútil, en realidad?
Ferdinand interrumpe mi monólogo interior para proponer que toquemos juntos una sonata para cuatro manos de Mozart. A vista, yo en el bajo. Debo tirar de mi oído para seguir las progresiones armónicas y no equivocarme demasiado de notas porque soy algo lento en la lectura a vista. En el segundo movimiento me sorprendo unos instantes leyendo la indicación que encabeza la partitura: Hasta el infinito. ¡Eso no puede ser de Mozart! ¿O sí? No tengo tiempo de pensarlo porque Ferdinand se pone en marcha y yo lo sigo.
Cuando acabamos el ensayo, mientras recojo mis cosas, se acerca una mujer de unos sesenta años que me habla en inglés y que me dice que le ha interesado mucho nuestro trabajo y que quiere proponerme una actuación en el Carnegie Hall de Nueva York. Muy soprendido de lo que me dice esta señora pienso que está loca o me está tomando el pelo y le contesto que, para contratarme, debería hablar con mi manager: Marta Oliveras. Casi indignada, supongo que porque con esta maniobra lo que acabo de conseguir es sacármela de encima (me molesta ese tipo de conversación sobre ganado, no puedo evitarlo) casi me grita que Marta Oliveras no es de ninguna manera mi manager. Entonces yo la mando a la mierda diciéndo que si Marta Oliveras no es mi manager, ella tampoco debe ser la programadora del Carnegie Hall. No te jode.

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