Archive for the ‘Astronauta ficción’ Category
Las gotas
Es mi turno. Después de un buen rato haciendo cola, esa especie de teléfono antiguo de aspecto setentero está delante mío. Descuelgo, apreto el botón rojo y hablo con mi médico, que no es mi médico sino un sustituto. Le cuento lo que me pasa en los ojos lo mejor que puedo pero me lío. Me lío tanto que acabo proponiéndole el tratamiento que debo tomar yo mismo. Incluso le doy nombres de medicamentos aunque mientras lo digo ya me voy arrepintiendo. En vez de desautorizarme, me receta algo parecido a lo que le propongo. A continuación debo pasar a otra salita donde comienzo a ponerme nervioso porque temo haber metido la pata. Cuando se descubra que el médico es un pavo negligente el mal ya estará hecho y seguramente será irreparable. Entonces me dicen que me van a poner unas gotas. Eso me tranquiliza. No parece tan grave. No recuerdo la última vez que me puse gotas en los ojos. Hace mucho tiempo. Mientras me preparo para recibir las gotas que una enfermera me va a poner, en la mesa de al lado un grupo de melenudos prepara un cd recopilatorio con temas que seleccionan especialmente para mí y mi circunstancia. Me parece un detalle. Siento curiosidad por llegar a La Celda y descubrir esos temas.
Mirada
Consulto el papelito de la consumición que tengo en la mano. Un conjunto de símbolos como de máquina tragaperras. Bueno, a ver si me pido algo. Estoy solo en la mesa de la Oveja Negra. Una chica me mira. Rehúyo su mirada. Me levanto para ir al lavabo, que está en dirección contraria. Se dirige a mí:
- ¿Quieres que te acompañe, guapo?
- No, gracias. Preferiría ir solo.

Buenas noticias
- Tenemos una noticia para ti. Es una buena noticia. Alicia quiere que le limpies la casa. A partir de mañana vas a dedicarte a limpiar la casa de Alicia. Serás su asistente. Pero cobrando. Te va a pagar. No tendrás que preocuparte del dinero.
- Ya. Pero es que yo no quiero dedicarme a limpiar casas. No quiero trabajar para nadie.
- ¿Y de qué vas a vivir?
- No sé.
Resumen de los últimos capítulos
I
Mientras hablo con esta persona, o lo que sea, que tengo a mi lado, me entra el típico momento de extrañeza, ese momento en que te preguntas dónde estás, como si te despertaras de un sueño, y quién es este tipo que está a mi lado y me habla. Su cara es como una máscara, lisa, no tiene ojos, no tiene nariz, no tiene boca. Parece Rorschach. No para de hablar, pasa el tiempo y con el tiempo su máscara se va transformando muy poco a poco. Primero aparecen los ojos, luego, poco a poco, la nariz, y, al final, la boca. Entonces comienzo a reconocerle. Creo que es Ramón.
II
En un acantilado en El Paraíso Iris y yo observamos el cielo y ese paisaje maravilloso a vista de águila. Me llama la atención una señal como de tráfico. Me acerco para verla en detalle. Un dibujo que representa unas nubes y un rayo y debajo pone: 1 segundo. Es el tiempo que tarda en oírse el trueno después de ver el rayo. Las tormentas, en ese valle, están controladas por el servicio metereológico. Nunca había visto algo así.
III
Iris está a mi lado y me habla. La encuentro guapísima, es hermosa, aunque no tenga nariz. Empiezo a acostumbrarme a estas cosas raras que pasan en las caras de los que me rodean. Le doy un beso. Contemplo en éxtasis su rostro. Es bella. Quiero pasar más tiempo contemplándola. Quiero que me acompañe. Me pierdo en su cara, pasaría años contemplándola. Si me paso mucho tiempo comienzo a intuir una pequeña nariz felina, como una gata. Quizá Iris sea de otra raza. Qué mas da que no sea humana. Qué más dará.
Te recuerdo empapada
Clases de vuelo colectivas con Sensei en Joy Slava. Volamos en círculo siguiendo las indicaciones de Sensei, que está encantado viéndonos evolucionar con tanta fluidez. La verdad es que esta mañana todo fluye, es una maravilla, así da gusto. Pero yo estoy deseando que se vaya todo el mundo para quedarme solo en el espacio y disfrutar de la sensación de lanzarme al vacío desde el balcón del último piso y dejarme caer hasta el primer piso suavemente para remontar el vuelo hacia el escenario. Me voy a pasar así toda la mañana.
El armonium en La Casa Incendiada
Recojo a Angélica Liddell y le ofrezco de nuevo La Casa Incendiada. Me parece percibir cierta desconfianza. Me esfuerzo en ofrecerle mi hospitalidad. No parece muy tranquila. Es normal, nos acabamos de conocer. Lo natural es que salga mal. Soy sincero. No le demos más importancia. Ella necesita un sitio donde pasar esta noche y yo no voy a estar allí.
Debajo del armonium hay un brasero encendido. Lidia Zaj charla conmigo cambiando constantemente de idioma pero yo estoy más pendiente del brasero. Cuando ya no lo soporto más le digo a Pablo, de la Tristura, que se va a quemar el armonium. El fuego comienza a extenderse. Pablo abandona la sala para ir a buscar ayuda. Hay que traer mantas, no se puede echar agua. El armonium arde, se tambalea y se cae.
Antigua entrevista a Angélica Liddell en la radio del Círculo de Bellas Artes de Madrid en 2007
Otro encuentro apresurado
De nuevo en un encuentro rodeado de gente. No sé qué es primero, si la conferencia en una sala enorme decorada como todas las salas de conferencias, o el formulario con preguntas sobre Deleuze y Guattari, a los que no he leído jamás, hecho que no es obstáculo para que me sepa todas las respuestas por la fuerza de la repetición en tantas otras charlas y citas anteriores, o el escapar de los seguretas de los transportes públicos subiendo y bajando de los vagones de los metros y tranvías que utilizo para desplazarme de un punto a otro de la ciudad donde me encuentro. Ya no me acuerdo ni a donde iba. Da igual, tengo mucha prisa.
Pinche güey
Cada vez lo mismo. Llega el momento de tirar el arroz a la paella y no hay. Todo el mundo se pone a buscar el arroz como locos y el Padrino dice que hay que ir a comprar a la cantina. Eso quiere decir que me toca a mí aunque me haga el longuis para escaquearme y me invente mil argumentos perfectamente válidos para no pasar cada día por el mismo trago. Pero da igual. Él siempre será el cocinero y yo el pinche. Pero ¿y todos los demás? Los demás son medio retrasados y se dedican a husmear entre mis discos y a reírse mucho porque encuentran discos de Depeche Mode, primera época. Luego mirarán el armario y se reirán de mis camisetas blancas. Los de la tele están ahí fuera haciendo entrevistas.
Más fuerte, más alto, más lejos
Hacía mucho tiempo que no pisaba El Paraíso. Esta vez todo sucede de noche. La aldea está repleta de gente como nunca la había visto, creo, vaya, porque hay que remontarse mucho en el tiempo para recordar algo parecido, puede que en las fiestas de verano. Pero hay algo que me inquieta en estos cuerpos que se mueven torpemente, casi chocando a mi alrededor. No me gusta y creo que es su mirada. No consigo verles los ojos. Nadie cruza su mirada con la mía, sólo tropezamos los unos con los otros. Puede que me esté volviendo un paranoico. Puede que mi paranoia sea capaz de convertirlos a todos ellos en unos zombis. Puede que un zombi sólo exista si mi mente enferma imagina esa posibilidad. Me siento como si caminase por un nido de viborillas, las calles están muy poco iluminadas y todo parece muy normal pero si no me muevo ya en unos instantes podría ser demasiado tarde. Estoy absolutamente rodeado, como en una mani, y acabo de tocar a uno de los muertos vivientes y está muy frío. Será mi paranoia pero quiero salir de aquí y no puedo caminar porque la manifa de zombis me lo impide. ¿Quieres acabar con el capitalismo? Doy un salto para elevarme sobre los putos zombis y uno de ellos me coge del pantalón y me tira para abajo. Más fuerte. Tengo que saltar más alto.
Perversión
Black Mamba me espera en la fuente de La Octava. Voy hacia allí arrastrándome por el camino como un cordero a punto de ser degollado. Me siento a su lado sin saludarla porque no sé cómo hacerlo. Ella me explica por qué me deja. Estamos de espaldas al paisaje, miramos la fuente. Si nos diésemos la vuelta lo que veríamos sería lo que se ve desde el acantilado, la montaña de enfrente, el cañón, el río. Si nos diésemos la vuelta y contemplásemos esa maravilla quizá no encontrarías palabras para explicarme algo que me parece que no tiene explicación, por mucho que lo maquilles, y lo haces muy bien, pero se nota que tienes prisa por marcharte. Está bien, no pienso mover ni un músculo para retenerte. Márchate. Yo preferiría quedarme aquí en El Paraíso. Solo, gracias.


The article has
no responses yet