Archive for the ‘Shangay Mirinda’ Category
La rosca
Para conseguir el visado para Kazakstán exigen cien mil requisitos pero sobre todo uno: hacerle la rosca al cónsul y caerle bien. ¿Y quién es el cónsul? El Quijote, el del Instituto Cervantes de cierta ciudad brasileña, a quien no soporto. Vamos de fiesta recorriendo todos los garitos de la ciudad pero soy incapaz de tener la más mínima empatía con el tipo. A la mañana siguiente, de empalme, nos presentamos en el consulado. Nos hacen esperar toda la mañana sin dignarse a atendernos. Luego nos reúnen y nos explican que mañana, si hacemos de nuevo la cola y traemos toda la documentación necesaria, incluida la invitación de un residente de allí, no habrá problema para conseguir el visado. No habrá problema para nadie excepto para mí, que quedo excluído porque no cabe nadie más en el grupo que atenderán mañana. Debo esperarme a pasado. A la mierda. Paso de Kazakstán y de su puto cónsul. Podría esperarme pero no me da la gana. Está claro que si no le hago la rosca no hay visado. Pues prefiero quedarme sin visado. Kazakstán no es tan importante. Nada es tan importante si hay que hacer la rosca. Se lo explico a Shangay Mirinda, que va con Klaus. No sé qué haré con el tiempo que acabo de liberar pero tampoco me preocupa demasiado.
En La Celda juego a tenis contra mi compañera de celda, amiga de El Quijote y de Carmen Caffarel. Ella es una gran jugadora pero yo me defiendo y poco a poco comienzo a soltar golpes ganadores. Entonces, con la ayuda de Caffarel, que hace de juez de silla, mi compañera de celda comienza a hacer trampas cada vez más evidentes. No me lo puedo creer pero descubro un rostro oculto bajo una apariencia angelical de chica rubia de ojos azules. Me gana, claro. El Quijote pregunta el resultado. Les digo que he perdido yo, pero el alma, e inmediatamente pienso en decirle a mi compañera que se vaya buscando otro sitio donde vivir, donde pueda hacerle la rosca al cónsul más a gusto. En Mi Celda ya no será. Pero luego me acobardo y pienso en lo que cuesta el puto alquiler y decido encontrar antes a alguien con quien compartirlo. Tampoco yo soy tan noble. Además, la venganza es un plato que se sirve frío.
Boy
Mi Protegida lee un libro de Juan Marsé. Lleva puestos unos auriculares blancos, como de ipod. Me pasa el libro abierto por la página que está leyendo. También me pasa los auriculares. Me los pongo y leo. Escucho a Juan Marsé leyendo en voz alta su propio libro, esa misma página. No recuerdo haber escuchado nunca su voz. Parece una grabación de un directo, es decir, se escuchan sonidos de fondo que parecen provenir de un público. Imagino a Juan Marsé ante el micrófono mientras mi vista sigue el texto que él recita. Me extraña este tipo de audiolibro. Me fascina.
Comparto piso con unas chicas. Shangay Mirinda me visita para echarme un cable. Viene acompañada de Klaus. Me da la impresión que todos sus amigos se parecen, hay algo en su forma de actuar, de hablar, de moverse que los iguala. Me traen vino, unas botellas de tinto, de Cenicero, Rioja. Pero tienen prisa y se van.
Mis compañeras de piso son tímidas. No sé si es culpa suya o mía pero de tan huidizas no soy capaz de ver sus caras con claridad. Sobre todo la de una de ellas, la que pasa más tiempo en la casa, la Heroína. Lleva el pelo largo, con flequillo. Por mucho que lo intento es difícil verle la cara. Aunque le hable, buscando mantener una conversación. Se mueve constantemente, se gira, me oculta su rostro. Sé que poco a poco se relajará y no le importará mostrármelo. Además sé que es muy guapa. Y ella también lo sabe.
Sigo un impulso incontrolable y me tiro por una ventana que da al patio de luces, como si fuese Tarzán, más bien Boy, agarrándome de las cuerdas verdes de las persianas, que son de las antiguas, como si fuesen lianas. Y en dos segundos, como si volase, estoy en el patio del vecino del local de abajo, Richarte. Entro en su casa y lo sorprendo sentado tranquilamente en su sofá mientras lee el periódico. Me disculpo por la intromisión y salgo a la calle.
Boy en El Paraíso

Fiebres
Aquella actriz que conocí se envuelve entre mantas y dice que tiene fiebre pero yo le toco la frente con la mano y no noto nada. Y se lo digo pero ella insiste.
Me llaman al móvil mientras estoy con Shangay Mirinda. Es una médico argentina. Esta mañana he llamado porque me dolía mucho la cabeza y tenía fiebre pero ya es de noche y se me ha pasado. Le doy las gracias igual. Ella bromea diciendo que ojalá todos los casos fuesen así y los pacientes tan agradecidos. Su acento argentino me recuerda a alguien.
Todo irá bien
De noche, Shangay Mirinda, Mi Protegida y yo, vestidos de negro, nos movemos entre las sombras por el interior de un edificio que da al mar. De pronto Shangay Mirinda se para, escucha y se asusta porque ha oído a alguien que se acerca. Nos hace correr por unos pasillos interminables hasta que nos encontramos con los lavabos. Entramos los tres en el de chicas, que es enorme, y nos encerramos con pestillo. Alguien se acerca. Sabe que estamos ahí. Le da un golpe a la puerta y la derriba sin ningún esfuerzo: es Birkin. Todos estamos sorprendidos, ella también. Entonces comienzan las explicaciones. Ella cumple con su deber, nosotros con el nuestro. Estamos en bandos opuestos pero no es nada personal. Ella quiere recuperar esos objetos metálicos y pesados que llevo en los bolsillos de mi gabardina pero la convenzo de que eso no es posible. No puede ser, Birkin. No puede ser, de verdad. Tienes que dejarnos ir, es lo único que podemos hacer. Intenta entenderlo. Nos vamos, Birkin, pero volveremos a vernos, no te preocupes.
Aún no ha amanecido. En el agua nos esperan Los Creadores y una docena de los nuestros. Mi Protegida y Shangay Mirinda se tiran al agua ante la mirada de Birkin, que pone cara de no entender demasiado. Me tiro de cabeza y me hundo, me hundo mucho, seguramente por los valiosos objetos metálicos que transporto. Veo a mis compañeros por debajo, todo piernas que se mueven y flotan sin rostro. Alguien me coge por el abrigo y tira de mí hacia la superficie. Era eso lo que necesitaba, una mano amiga que invirtiese el sentido de mi caída. Ahora caigo hacia arriba y cuando salgo a flote, antes de nadar con mis compañeros en dirección al horizonte, saludo con la mano a Birkin y le grito. No te preocupes Birkin. Todo saldrá bien, ya verás. Pronto nos volveremos a ver. Adiós Birkin.
No creo que vuelva
Estoy hecho polvo, tirado en la cama. Dos chicas se ocupan de mí. Pero una se va, se tiene que ir y no creo que vuelva. Y la otra ya no está conmigo realmente. Así que me he quedado solo pero sigo viendo sus caras flotando cerca de la mía.
Me levanto para ir a la iglesia a un funeral. Pero no debe verme nadie, ni la organista. Si me ven no tendré más remedio que salir corriendo.
Vamos a casa de El Padrino y Birkin. Richarte y yo ponemos una peli porno en la tele y nos tiramos en la alfombra para verla cómodamente. Me parece que la peli está fuera de contexto pero eso no quita para que la veamos con total naturalidad, con toda la familia.


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