Cruce de disciplinas contra el secuestro de los saberes expertos

A estas alturas de la película un festival, una feria o un encuentro profesional centrado en la creación artística interdisciplinar no debería ser nada extraordinario pero me temo que aún lo es, y mucho. La tercera edición de 948 Merkatua, una iniciativa del Gobierno de Navarra, celebrada durante el 20 al 22 de noviembre en Pamplona, ha sido un poco todo eso: festival, feria y encuentro profesional dedicado a la creación artística interdisciplinar. Durante tres días, por las mañanas, los profesionales acreditados han asistido a charlas, conferencias y talleres en el centro de arte Baluarte, en las que han participado como ponentes una muestra representativa de profesionales del circuito de las artes contemporáneas que comparten esa falta de prejuicios sobre la pureza disciplinaria, gente que cree que, adentrados ya en el siglo XXI, lo que toca es abrazar la creación, sin más adjetivos, provenga de la disciplina que provenga, e incluso, ya que la inercia actual ofrece una considerable resistencia ante los cambios, incentivar activamente la mezcla y el mestizaje de disciplinas, algo que se da de manera natural en cualquier ámbito creativo desde hace décadas pero que aún dista mucho de haber conseguido normalizarse en los circuitos oficiales, siempre dispuestos a dividirlo todo en categorías que tengan una tradición de, como mínimo, medio siglo.

Además de estas actividades para profesionales, 948 Merkatua ha presentado durante estos días una programación de exhibiciones artísticas gratuitas abiertas al público general, en Baluarte y en algunos otros espacios de la ciudad de Pamplona, con especial atención a la creación navarra pero abierta también a artistas de cualquier procedencia. Estuve en 948 Merkatua durante un día y medio. Esto es solo un breve repaso de algunas de las propuestas que me encontré.

Entre esa creación contemporánea navarra lo primero que encontramos es a Lorea Alfaro y su No lo banalices, una intervención en Baluarte presidida por una enorme pantalla de vídeo en la que observamos a la propia artista, en un primer plano de su cara, mirando hacia el visitante, en silencio, mientras sus manos, en las que observamos sus uñas pintadas a dos colores, se mueven componiendo una coreografía alrededor de su rostro. En el vídeo vemos, detrás de ella, otra pantalla donde se proyectan otras imágenes, mientras que delante de la pantalla desde donde se nos muestra Lorea Alfaro, en el suelo de la sala, encontramos más imágenes femeninas impresas a gran tamaño, como también son imágenes las que cuelgan en las paredes de cristal del edificio de Baluarte, justo a nuestra espalda, imágenes al trasluz que podríamos confundir con cualquier publicidad en la que se utilizan rostros humanos y que tienen la particularidad de estar impresas en un material que, cuando refleja la luz, no muestra las imágenes, sino un color azul. El vídeo con el rostro y las manos de Lorea Alfaro, en loop, muestra su potencia, no en un primer vistazo, sino después de una paciente contemplación, como si solo entonces cobrase significado la frase del título de la obra.

Pasa algo parecido con la obra de Jaime de los Ríos, Moving Pictures, en la que, a primera vista, observamos un enorme lienzo que parece una obra pictórica abstracta pero que, si nos fijamos un poco, si aguardamos pacientemente unos instantes, comprobamos que no es una pintura sino una proyección. Lo que habíamos creído pigmentos estáticos se mueven casi imperceptiblemente componiendo nuevas formas y transformándose en otros colores. Jaime de los Ríos trabaja con algoritmos inspirados en comportamientos que recuerdan a las olas del mar y a otros fenómenos naturales. El resultado es una forma sintética que da espacio al espectador para que proyecte sobre ella sus prejuicios (si es de los que va con prisas) o sus ilusiones (si observa con paciencia).

The Quivering of the Reed, de Abelardo Gil-Fournier, también dialoga con la Naturaleza y con la ilusión. Un foco proyecta su luz contra una planta que se mueve rotando sobre sí misma. Su sombra se proyecta a su vez contra una pantalla. Por el lado opuesto se proyectan sobre esa pantalla unos subtítulos con un texto que sugiere al espectador que se está moviendo por el curso de un río. Y, realmente, lo que vemos en la pantalla parece eso: los juncos, la vegetación de la orilla de un río por el que circulamos plácidamente.

En Canción para 22º 33′ N 91º 22′ O Fermín Jiménez Landa se fija en una isla del Golfo de México en la que se supone que hay petróleo. Pero, si creemos lo que el texto que cuelga de la pared nos cuenta, lo bueno de la historia es que esa isla, a pesar de estar documentada en mapas desde hace muchos años, no parece existir. Cuando el Gobierno mexicano decidió ir en pos de la isla, para explotar sus recursos naturales, no encontró ni rastro en las coordenadas previstas ni en ningunas otras. Se barajaron varias hipótesis: que los mapas estaban equivocados, que un maremoto se la llevó, que la CIA la destruyó… Sin poner en duda ninguna de esas explicaciones lo que hace Fermín Jiménez Landa es fletar una pequeña embarcación con un grupo de músicos locales para dirigirse a las coordenadas de la isla e interpretar su himno, compuesto por una compositora mexicana, en el lugar donde debiera encontrase la isla fantasma. A través de tres pantallas de vídeo, colgadas entre una estructura metálica, accedemos a la documentación de esa bizarra experiencia.

En Post-Kosmos, de Peru Galbete y Paula Olaz, entramos en la Sala Luneta de Baluarte y nos sentamos en sillas que miran hacia una dirección donde no hay ningún escenario. Las luces se apagan y comienza a sonar lo que parece una pieza sonora enlatada en la que se entremezclan los sonidos sintéticos, la música y una voz femenina que nos habla como si fuese una partícula atómica que llevase en este mundo desde el inicio del universo conocido. Su relato nos conduce a cuestiones metafísicas y nos advierte de que el desarrollo humano basado en la lógica científica nos ha dado tanto como nos ha quitado. Pienso que el padrino de la música concreta Michel Chion estaría contento. Algunas décadas después de lo que él había previsto aquí estamos, un numeroso público de todas las edades, en silencio, escuchando una obra que él hubiera llamado acusmática. Pero cuando se encienden las luces observamos que no era exactamente así. Al fondo vemos a una mujer, la voz femenina, y a un hombre, que toca un instrumento. Como para que no nos quedemos con la duda, ellos dos interpretan un último tema musical iluminados por la luz de la sala.

Ya de noche, en la sala de conciertos Zentral, la canadiense Myriam Bleau propone una performance audiovisual en la que una proyección que ocupa todo el escenario nos da la bienvenida avisándonos de que deberíamos conectar nuestros móviles a una red inalámbrica para, a continuación, desde nuestro navegador, conectarnos a la web eternitybekind.com (el título de su espectáculo), solo accesible si previamente nos hemos conectado a la red. Myriam Bleau aparece en el escenario bailando música electrónica con un traje, unas luces y unas proyecciones de estética futurista pero enseguida advertimos que ella realmente no está sino que parece que esté gracias a la ilusión de las imágenes proyectadas que le permiten desdoblarse en un juego de espejos. Mientras dura su actuación, las pantallas de nuestros móviles muestran diversos mensajes, que a veces parpadean con flashes sobre un fondo de pantalla negro y otras veces muestran imágenes de paisajes tratados digitalmente. La intervención es breve pero el artefacto muestra un camino que ofrece infinitas posibilidades por recorrer.

La noche acaba con A Taste of Nature, planteada como una jam entre la chelista Björt Rùnars y la artista visual Alba G. Corral. Björt Rùnars se sitúa en el centro del escenario con su violonchelo, cuyo sonido procesa con pedales. Alba G. Corral, en un lateral del escenario, se encarga de generar los visuales que se proyectan en pantalla, en diálogo con la música, iluminando a Björt Rùnars y su violonchelo y rodeándola de formas geométricas, explosiones de luz cálida, constelaciones caprichosas y líquidos que parecen derramarse mientras Björt Rùnars, con sus instrumentos y, en ocasiones, con su voz genera una música contemplativa que a veces da la impresión de que es un eco de sus orígenes islandeses y otras está a punto de incitarnos a bailar.

Al día siguiente me despido del encuentro, en Baluarte, con la performance Me gusta lo que haces pero…, del diseñador de vestuario Alberto Sinpatrón, quien se acompaña de un bailarín. Al fondo, Alberto trabaja con sus máquinas de coser en la confección del vestuario de su compañero utilizando un tejido que, en la distancia, recuerda a la tela sintética de las tiendas de campaña. Mientras tanto pincha música bailable de diferentes estilos y algunas grabaciones, algunas extraídas de viejos programas de televisión españoles, manipuladas en directo por él, en las que oímos hablar de, quizá, los aspectos más truculentos que rodean al mercado del arte a través de las voces del filósofo Aranguren comentando el ambiente de una exposición, a Almódovar y McNamara en La edad de oro respondiendo a las preguntas de Paloma Chamorro sobre a quién querrían parecerse en el futuro (ese futuro que nosotros ya habitamos) y a quién creen que irremediablemente se parecerán (nosotros, ahora, ya sabemos la respuesta) o a Francisco Umbral recordándole a Mercedes Milà que él ha venido a su programa a hablar de su libro. Su compañero baila todo eso, a veces casi como si se tratase de algo folklórico, otras como si participase en una impro de danza contemporánea y otras ya casi como si estuviese en un after desfasado, permitiéndose de vez en cuando ciertos descansos en los que se sienta en alguna silla libre no ocupada por el público, un público que les rodeamos casi como en un cuadrilátero. A medida que Alberto Sinpatrón avanza en su trabajo va vistiendo a su compañero hasta que su vestimenta se convierte en algo tan abigarrado que parece imposible que vaya a poder seguir bailando. Todo muy concreto pero claramente lleno de significado. Ya al final, el propio Alberto Sinpatrón invita al público a que sujete con fuerza unos cordeles anudados en el vestido del bailarín que, pese a todo, a pesar de que el público le constriñe sin piedad (lo cual no deja de ser absolutamente metafórico), seguirá moviéndose haciendo uso de su restringida libertad hasta el final.

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