Bilbao, salir del mapa

Las amigas de Teatron me invitan a contar algo sobre lo que ocurre en la escena vasca fuera de la órbita institucional. Mi respuesta es esta crónica rápida sobre el único lugar de Euskadi en el que realmente conozco los márgenes, en sentido literal y figurado. 

Pese a ser conocida por su estrategia de regeneración urbana, lo que a primera vista no hace de ella el mejor sitio para que florezca la cultura independiente, por fortuna Bilbao tiene un alma lo bastante contaminada como para sobrevivir al éxito de su propia marca. Ciudad portuaria, ciudad minera e industrial, ciudad migrante, su espíritu mezclado y amablemente canalla continúa vibrando en el reverso del mapa. Este es un recorrido personal y muy caprichoso por algunos lugares atípicos y genuinamente botxeros* (acompañado de un pequeño glosario para los términos marcados con asterisco). El fondo sonoro lo ponen las gaviotas, que avisan con sus graznidos cuando entra temporal, y el constante rumor de la ría, nuestra querida, fangosa y maloliente Ría de Bilbao.

La ruta arranca en uno de los barrios altos: Santutxu, según dicen, uno de los más populosos de Europa, donde el festival Urbanbat nos invita a un “paseo guiado”. En el patio de un bloque de viviendas, elevado y funcional, como todos los que cubrieron la colina en los 60, ocurre algo así como un happening. Beñat Krolem y su ama* Yolanda del Cerro presentan, uno a uno, los espacios del antiguo piso familiar. Ella invoca y describe: “¡La cocina!”, “¡La sala de estar!”, “¡El dormitorio!” mientras él hace pasar de mano en mano la planta de cada estancia fabricada en hielo. El piso arquetípico de la clase obrera desciende en el patio como un fantasma, fundiéndose en nuestras manos heladas igual que la memoria que invoca.

Acción “Eskailerak/escaleras” de Beñat Krolem y Yolanda del Cerro Alonso en Urbanbat. Escucha aquí el acompañamiento sonoro.

Dejando atrás el monte, bajamos hacia la ría por una calle detenida en el tiempo: Iturribide, el camino de la fuente, una calle que no conoce la regeneración urbana ni los rayos del sol, en la que el musgo crece en las aceras estrechas y hay garitos de punk rock que conservan su nombre desde los 90. Tal es el apego a ella en el sentir botxero que tiene hasta un festival: Iturfest, programa de arte micro-territorial y super-situado que organiza eventos en escaleras, concursos de chapas, merendolas, conciertos de artistas como Aneguria –mucha atención al nuevo rap vasco, mezcla de referentes sin complejos– o bandas como Las Txikiteras*, que recorren los bares entonando bilbainadas* revisadas con inteligencia de género.

Iturfest: ponga su arte aquí.

Iturribide nos deposita en la frontera del Casco viejo, emergente zona guiri antes de la pandemia que hoy busca de nuevo su senda. En una de sus Siete Calles –hay que nombrarlas de corrido y en ambos sentidos: ría abajo y ría arriba– se esconde la librería Magnolia. Diminuta y saturada, especializada en libros raros, acoge acciones artísticas, clubs de lectura o sesiones de escucha (muy cerca, en uno de los cantones, se comen los mejores pintxos de bonito del mundo pero eso lo dejamos para otro recorrido, uno de Gastronomía Vasca Oculta). Al otro lado de la ribera, nos detenemos en el muelle, junto a la entrada de la antigua Mina San Luis, dedicada a la extracción de hierro hasta 1987. En este punto, donde aún se puede acceder a las viejas galerías, acontece un extraño fenómeno los domingos por la tarde: la pollería Zubiburu, habitualmente ocupada por cuadrillas*, familias o compañeras de trabajo, se convierte en El Bingo Travesti, oficiado por el conjunto de transformistas Las Fellini, institución decana de la noche bilbaína (para quién no lo sepa, somos el destino gay de la cornisa cantábrica).

Yogurinha Borova interpreta “No más plumofobia” en la pollería Zubiburu [vídeo].

Nueva cuesta y llegamos a otro barrio alto: el de San Francisco-Bilbao La Vieja, pequeño territorio de apenas un par de calles, con sus leyes no-escritas y sus personajes ilustres, fundamental en la cultura local. En las últimas dos décadas, sobre él se ha desplegado el proceso de gentrificación más intenso de la urbe (sin conseguir doblegar completamente a sus habitantes: en general, el barrio resiste). Del sinfín de  aventuras artísticas crecidas en este sustrato, en este viaje express destacamos dos. Una por veterana: el festival MEM (Musica Ex Machina), que lleva 19 años programando artes experimentales de todo pelaje y condición. Y otra por prometedora: Spoken Word, colectivo de gente que escribe y recita y hace fanzines y perfos y se agrupa al amparo de ese meta-género llamado poesía.

Casi acabamos. Y lo hacemos de regreso al cauce de agua, cuatro kilómetros en dirección al mar, hasta la isla falsa de Zorrozaurre. Última frontera en el derribo de la memoria industrial, futura Manhattan Bilbaína (dentro risas), la isla está instalada en un estado de espera crónica, un duradero “mientras tanto”, como lo denominan las vecinas. Iniciativas culturales longevas como el bastión teatral Pabellón 6 o el multipistas ZAWP conviven con mercados de segunda mano y encuentros makers, start-ups y escuelas internacionales, viviendas en semi-ruina y terrazas hipsters con vistas al fango. Un par de palmeras olvidadas recuerdan que en esos solares hubo una vez fábricas de renombre como la vieja Artiach, la de las galletas. En lo que queda de ella ha brotado hace poco Artiatx, taller de artistas mutado en espacio para ceremonias de corte conceptual.

Abel Paúl presenta “Insula/Insulae” para 16 transductores y 8 altavoces en Artiatx.

Desde la punta de la isla se distingue el fin del municipio. En los márgenes y las colinas, otras periferias. Barrios y calles donde se está fraguando ya la futura cultura local. No en los sitios de arte, ni formales ni alternativos, sino en los botellones y las canchas de fútbol, en las esquinas feas donde se graban los vídeos de TikTok, en las traseras de los bazares que venden fruta a cualquier hora y en esas plazas duras que se transforman en pistas de baile los fines de semana. Atentas ahí, ángeles del progreso.

María Ptqk

Glosario botxero

Botxo: nombre con el que se refieren a Bilbao sus habitantes, por su ubicación entre montes. Su etimología remite a un hoyo o agujero en la tierra.

Ama: madre en euskera.

Txikiteras: femenino de txikiteros, cuadrillas de hombres que recorren los bares tomando txikitos (pequeños vasos de vino, normalmente de baja calidad). La costumbre manda beber muy rápido, dejando siempre un poco de vino en el fondo (acabarlo es de mal tono) y que en cada bar pague la ronda un miembro de la cuadrilla. Así, se deben visitar tantos bares como integrantes tenga el grupo. Abandonar el grupo sin haber pagado la ronda es causa de fuerte condena social. Es una tradición exclusivamente masculina.

Bilbainadas: canciones populares que entonan los txikiteros. Influenciadas por las habaneras, narran historias típicas de la Villa y los alrededores. Cuando las letras aluden a alguna mujer, por lo general es en tono de burla o con intención misógina.

Cuadrilla: grupo de amigas o amigos que acompañan a una persona desde la infancia hasta el final de su vida. Tradicionalmente conformada por personas de un solo género, hoy ya es habitual que sea de composición mixta. La cuadrilla también se ha vuelto más permisiva en cuanto a la entrada o salida de miembros. Pese a su modernización, sigue siendo un fuerte vector de control dentro de la comunidad.

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Draconis Lacrimae: violencia, tecnología y veganismo en una partida de rol

Imagen de Nacho G Riaza

Si un grupo híbrido de artistas decide escenificar una partida de rol, la tensión entre la performance y lo postdramático está asegurada. Sin embargo, Pablo Esbert y Federico Vladimir van más allá y mantienen al público en una duda constante sobre lo autorreferencial y lo imaginario en una batalla épica donde lo fantástico siempre encuentra su analogía en la realidad.

El rol permite crear un mundo cuyos límites se encuentran en la imaginación de los propios participantes, por eso la desbordante creatividad de este equipo concibe personajes como un alien-druida o un gigante-península. Los cinco avatares desarrollados para esta pedagogía heroica recuerdan el origen académico de los juegos de rol, ideados en los años sesenta para una mejor comprensión de la sociología, las ciencias políticas y las habilidades de comunicación.

Draconis Lacrimae es un mosaico orquestado en el que se alterna el diálogo con el público, la expresión corporal, el canto y el texto escrito, pero su esencia reside en las capas de realidad que lo componen. A través de la fantasía y la especulación se demuestra como el azar ha sido sustituido históricamente por la discriminación y la opresión de las minorías, ambas ejercidas por las estructuras de poder.

Nacho G Riaza

Los cinco cuerpos que participan en esta performance se acercan a la idea de ciborg gracias a unos dispositivos que amplifican su voz. Pablo Esbert, que aporta uno de los momentos más climáticos a la obra en su presentación, se encarga del espacio sonoro y es la mente detrás de la tecnología que convierte silbidos o ecos guturales en las voces digitalizadas de estos seres fantásticos. Federico Vladimir, que lleva su cuerpo a los límites de la representación en escena, diseña un espacio aséptico protagonizado por una peana giratoria donde cada personaje saca el mayor partido posible a sus movimientos. En ella, Joshua Serafin y Camilo Mejía Cortés se exhiben con danzas precisas que, como todo en Draconis lacrimae, oscilan entre lo prehistórico y lo posthumano. Sin embargo, no es hasta el último capítulo donde se vive el momento de mayor intensidad, la actuación de Anael Snoëk toma como principal elemento su voz y atraviesa al público con un desgarrador manifiesto antiespecista, un monólogo escrito por la incisiva escritora y editora Sabina Urraca.

Los directores se pierden deliberadamente en la técnica y hacen apología del error con un ejercicio de metaarte en varios idiomas cuyo ritmo alterna la contemplación y lo taquicárdico. Con el apoyo de poderosos recursos audiovisuales, la ficción termina dinamitando el binarismo y ridiculizando el establishment a través de un vocabulario accesible y referencias pertenecientes a los videojuegos, la cultura de masas o la pornografía.

Draconis lacrimae es la cuarta y última entrega de las Piezas Dragón, donde Pablo Esbert y Federico Vladimir llegaron a recurrir a la natación sincronizada para una saga pensada como una “geometría infinita del deseo”. La performance se estrenó el sábado 13 de marzo en La Casa Encendida con dos únicos pases dentro de la programación del festival Me Gustas Piexald_. No obstante, se trata de un proyecto coral pensado en profundidad cuyo propio peso obliga a que sea puesto en escena en otros espacios para nuevos públicos.

Roberto Majano

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Apuntes sobre la Compañía Opcional

I

Hace unos días hablé con Aristeo1 y nos dimos cuenta de que ya hemos sido amigos y hemos trabajado en la distancia durante más tiempo de lo que lo hemos sido y hecho viviendo juntos, cosa que para ninguno de los dos es importante en absoluto, pero que comentamos porque no nos parece real. Ni Aristeo ni yo somos demasiado sociables y los dos somos mucho menos atentos con las personas a las que queremos de lo que nos gustaría, de ahí que tenga claro que si no hubiera sido por el trabajo que hacemos juntos habríamos perdido el contacto hace tiempo. 

Hay gente que tiene mucha fuerza para hacer cosas y arrastra a gente como yo, que tiene más bien poca. Pero la arrastra porque la necesita. Aristeo trabaja con gente que lo sostiene. 

Al final se lo debemos todo a un profesor de nombre Nacho Sevilla que nos puso a trabajar juntos en Taller de Teatro Clásico, si no a saber cuánto habríamos tardado en hacernos amigos. Si no a saber si nos hubiéramos hecho amigos a tiempo.

Y un año después de eso estábamos inventando canciones en la puerta de la escuela y Aristeo me dice que quiere que su montaje de final de carrera se lo escriba yo. Y no recuerdo qué sentí en ese momento, pero, vista desde ahora, la escena es como si Aristeo me hubiera tendido la mano y me hubiera sacado a pulso del fondo de un pozo. Es verdad que puede que fuera un pozo no demasiado profundo, del que hasta podría haber salido sola, pero Aristeo vino y me tendió la mano. 

Ahí mismo le pusimos el nombre a la obra, meses antes de empezar a pensar de qué iría. Más tarde me iba a volver loca inventando una historia que hiciera sentido con ese nombre y que, además, incluyera todas las cosas que se le antojaban a Aristeo (que fuera una sucesión de monólogos más dos escenas de tres personajes, que los personajes hubieran nacido en España, México y Argentina y que sus países de origen fueran importantes en la trama, que alguien cantara una cumbia, etc.).  A partir de ahí trabajaríamos siempre de esa forma: antes de ponerme a escribir le pregunto a Aristeo si quiere algo en particular, siempre hay algo (un personaje que esté volviendo, un abuelo, un adolescente, un grupo de música). Yo encuentro la forma de introducirlo en la historia, y siempre sale bien, si no tenemos en cuenta la vez que nos encargaron una pieza para la inauguración de Festival de Teatro de Jalisco y yo escribí durante un mes y Aristeo me pedía una o dos cosas nuevas e incompatibles cada semana. La cuestión es que para nuestro primer trabajo juntos me monté tal embrollo que la obra de final de carrera de Aristeo acabó siendo el primero de tres capítulos que necesitaba para contar la historia.

A esa primera parte nunca le pusimos (nunca le puse) nombre, así que a día de hoy nos seguimos refiriendo a ella con el título que en realidad designa a toda la serie: La fiesta del indio. Esta parte contaba la historia de una chavala que había nacido en Madrid de una madre mexicana y que con veinticuatro años viajaba a Guadalajara, México, a buscar a su familia materna y a su padre, argentino. 

Empezó Aristeo a ensayar los veinte monólogos y dos escenas con cuatro actores de gestual. Tres de ellos me habían dicho, antes de empezar a trabajar, que la historia era demasiado complicada y que les parecía mucho texto y que mucho texto es aburrido porque las historias complicadas son difíciles de seguir. En ese momento en la RESAD se advertía a veces una rivalidad entre las especialidades, fomentada por todos los departamentos y reconocida por ninguno, según la que cada especialidad tendía a pensar que su trabajo era el único imprescindible para sacar adelante un montaje: Dramaturgos versus Directores, Textual versus Gestual, Textual versus Directores, Escenógrafos con todos porque eran los únicos majos. Por supuesto que siempre ganaban los Directores a todo.

Yo me arrepentía de haber pensado que a alguien podía interesarle la historia de una chavala a la que le pasaban tantas cosas. Le decía esto a Aristeo y él me desestimaba con un gesto rápido que no arreglaba nada. En noviembre, creo, me llamó para que fuera a ver un ensayo de la cuarta actriz, una chica que ya había terminado la carrera y solo iba a la escuela para los ensayos, de ahí que yo todavía no me la hubiera cruzado y no supiera qué opinaba de la cosa. 

Llegué al aula en la que estaban trabajando y escuché voces desde afuera, reconocí las palabras y al personaje. Me puse nerviosa porque de esa actriz yo siempre había pensado que molaba mucho. Entré sin llamar y durante la siguiente media hora me quedé sentada en un rincón, viendo a Lara2 hacer el monólogo de la secretaria tres o cuatro veces seguidas. Una ve a Lara trabajando con un texto suyo y se le pone el estómago como a una quinceañera enamorada. 

Volví a mis clases sin decir nada y cuando bajé a comer Lara estaba en la cafetería y se sentó conmigo. Dijo que se había puesto nerviosa de ensayar frente a la dramaturga, y yo que me había gustado mucho su trabajo, y ella que le molaba mucho el texto y que la historia era divertida. Se me atragantó el cazón adobado de los nervios.

Creo que a los demás, a Miguel3, Bea4 y Tito5 la historia les daba igual, aunque un día se las expliqué durante una hora con gráficos y flechas. De Tito sé que ni siquiera leyó nunca el texto entero, ni memorizó sus partes. Durante las funciones decía lo que le venía a la cabeza y yo sufría por pensar que el público iba creer que yo había escrito esas paridas. Miguel nunca dejó de decir que era todo un lío, pero creo que lo disfrutaba y daba gusto verlo. Bea no se manifestó, pero un par de años después supe que estaba usando uno de los monólogos de la pieza en una especie de cabaret que hacía ella sola en algunos sitios. Supongo que eso es que le gustaba. 

Aristeo diseñó unos trajes de látex que daban bastante grima y a los que les dio forma sobre el cuerpo de los actores. La escenografía era un delirio geométrico que Aristeo había pedido a sus arquitectos padres que diseñaran: una estructura articulada de hexágonos de un cartón llamado Re-board de tal calidad que, a día de hoy, Lara los sigue usando como suelo para bailar en Lerma las cosas que se imagina.

Es bastante complicado decir quiénes son la Compañía Opcional, porque mucha gente hizo con nosotros las cosas que hemos hecho, pero hay algo sobre lo que no hay ninguna duda: quienes la fundamos en acto solemne fuimos Lara, Aristeo y yo, en el salón de la casa de Lara. Aristeo ya traía pensado el nombre. Fue unas semanas después de haber mostrado La fiesta del indio en el teatro grande de la escuela, cosa que sucedió en febrero, en 2011. Me estoy dando cuenta ahora de que, si estos recuerdos son correctos, por alguno de estos días se andarán cumpliendo los diez años de esa tarde en la que nos conocíamos tanto menos que ahora, pero en la que nos pareció tan buena idea eso de comprometernos. 

Un año y pico después de eso viajamos a México. Tito se había quitado del grupo así que fuimos Aristeo, Miguel, Bea, Lara y yo. Mostramos la obra que teníamos y montamos y estrenamos la segunda parte, que se llamaba Árbol, en la que se contaba la historia de la madre de la protagonista de la primera. El tercer capítulo, que es en el que por fin se entendería a qué cojones venía el título y que se iba a hacer en Argentina, se nos quedó para siempre pendiente por cómo fueron sucediendo las cosas luego, para gran disgusto de quien esto escribe y de una chica imaginaria de nombre Mariana, que nunca llegó a conocer el final de su propia historia. 

Miguel se quedó en México y nosotros, de vuelta en Madrid, tuvimos que invertir dos meses en volver a montarlo todo con Ángel6, que hizo un gran trabajo reemplazándolo, para poder hacer un vídeo de la pieza entera. Un vídeo que, por cierto, no sirvió para nada porque nunca nos salió ni un puñetero bolo.

II

Una noche volviendo a casa desde el Palentino le dije a Aristeo que quería hacer algo que pareciera un documental sobre nuestros amigos. Me refería a Lara, Alejandro7 y a Joe8. Este último se bajó del proceso antes de que hubiera pieza (cosa que todavía me reprocha porque dice que fue mi culpa, porque tardé demasiado en escribir).

Ahí fue cuando la vida se volvió una bola de plastilina de muchos colores medio mezclados, en la que todavía alcanzas a distinguir en algunos puntos dónde empieza el verde y dónde termina el rojo, pero ya ni de coña puedes separarlos.  Aristeo y yo vivíamos en una casa que debía tener veinte metros cuadrados y casi todo lo hacíamos ahí (más tarde nos cedieron para ensayar el Espacio en Blanco, por cierto). La idea era intentar utilizar la ficción como herramienta para modificar la realidad, o algo así. El resultado era que todo el día nos lo tirábamos haciendo actividades como de guardería y que yo nunca tenía ni puta idea de cuándo estábamos viviendo y cuándo estábamos ensayando.

De todo esto salió una pieza que se llamó Como título provisional elegimos: Los perdedores y que se estructuraba más o menos en tres partes: En la primera Lara y Alejandro contaban anécdotas de su pasado, algunas eran más o menos reales y la mayoría completamente inventadas. En la segunda traían a la escena a un par de las personas en las que se podrían haber convertido si hubieran hecho algunas cosas que en algún momento habían estado a punto de hacer. En la tercera yo contaba lo que sucedería en sus vidas a partir de ese momento y daba algunos apuntes sobre lo que sería de mí y de Aristeo. En dos momentos bailábamos los cuatro.  

Aristeo estaba cursando el máster del Reina Sofía y esta pieza fue su proyecto de fin de máster o como se diga. Se la mostramos hacia el final del año lectivo al resto de los alumnos, a los profesores y a algunos amigos invitados. Cuando terminaron las clases Aristeo dijo que se volvía a México y yo sentí que no se lo podía reprochar, pero de buena gana le habría roto la nariz de un puñetazo. 

En julio o agosto hicimos Los perdedores en una capilla que hay en el pueblo de Lara. No recuerdo bien cómo estaba montada la pieza en ese punto, pero parece que en algún momento invitábamos a la gente a dibujar. Uno de los pases estaba repleto de abuelos que lo pasaron horrible, pero al segundo vinieron unos cuantos preadolescentes que se quedaron emocionados. Nosotros estábamos raros porque sabíamos que dentro de poco nos íbamos a separar. Por la noche nos fuimos al monte para dormir al raso, pero al final nos metimos en una tienda de campaña porque tuvimos miedo de que nos comieran los jabalíes. En realidad lo que metimos en la tienda de campaña fue el cuerpo, las cuatro cabezas las dejamos por fuera lo que, bien visto, no parece que haya sido una idea muy buena, la verdad. 

Aristeo se fue de Madrid, de regreso a Guadalajara. 

Nosotros empezamos a operar de forma un poco errática. Lara vivió en un hostal, yo con un desconocido al que odiaba. Alejandro acabó en un piso de Erasmus que era un jaleo y que tenía el suelo del salón tan desnivelado que daba la impresión de que era líquido y que se había congelado de repente. Daba angustia. 

Alguien, solo sé que no fui yo, había empezado a mandar dosieres de Los Perdedores a todas las salas que nos gustaban. Nadie nos respondía nunca.  

Mientras tanto Aristeo había aterrizado en Guadalajara como un torpedo, en dos meses le habían dado una beca o subvención o lo que sea y estaba montando una pieza que llevaba medio pensada de aquí.  Aristeo quiere a la ciudad en la que nació como si fuera una persona, sentir que creo le contagió su padre, que es urbanista y que también está un poco enamorado de Guadalajara, me parece. Pues el proyecto de Aristeo iba de eso, de la ciudad, y de las personas que ahí viven. En un edificio bonito y colonial del centro, que no me acuerdo ya si era un museo, centro cultural o biblioteca, se colocó un buzón. Durante tres meses se le pidió a la gente que pasaba por ahí que nos escribiera una postal en la que nos hablara de algún lugar de la ciudad con el que no estuviera en paz, en el que no estuviera a gusto. Yo leí esas postales y escribí una historia en la que un personaje que se cruzaba durante toda su vida con versiones diferentes de sí mismo recorría los lugares que los vecinos habían mencionado. Lo que al personaje le sucedía en cada sitio estaba relacionado con el conflicto del que se me había hablado en la postal. Digamos que, de una forma un poco poética o metafórica, intentaba resolverlo. De ahí el nombre de la pieza, que se llamaba Encuentros Secretos: se suponía que la cosa era un encuentro secreto a la vista de todos, entre nosotros y las personas que nos habían escrito, a quienes les estábamos respondiendo con la obra.

Esa fue la primera vez que trabajé con Aristeo a distancia. En esa pieza estaba Miguel, el que se había quedado en México, que ya no tuvo que sufrir porque mi texto fuera demasiado largo, en este caso todo iba grabado y sonaba en off. 

En diciembre del 2013 Alejandro visitó a Aristeo en México y al poco de volver nos salió con que él también se iba. A mí me volvió a venir la sensación del puñetazo, pero me contuve. A veces pensaba que Alejandro se parecía mucho a mi y que era mi responsabilidad alejarlo para no terminar de contagiarle mis peores atributos. Decidimos modificar Los Perdedores para poder hacerla sin Aristeo antes de que Alex se marchara. El problema es que no había ningún teatro que no nos hubiera ignorado fuerte. Julio9 nos sugirió hacerla en un bar de La Latina en el que un amigo suyo había hecho una cosa una vez. Menos mal que le hicimos caso.

Hicimos cuatro pases en la champañería Pandora, los cuatro miércoles de mayo del 2014. Vinieron unas veinte personas cada vez. Hacía buen tiempo. Durante las funciones el dueño del bar bajaba la persiana del local y se negaba a servir consumiciones porque no quería que se distrajera el público. Todas las semanas trajo amigos, es un señor majísimo. 

Alejandro pilló un avión el 19 de junio, lo recuerdo porque lo incluí en el texto de la obra. Lara y yo lo acompañamos hasta Atocha y volvimos solas a mi casa de Lavapiés, donde el pesado de mi compañero de piso no nos paró de hablar durante media hora, cuando lo único que queríamos nosotras era estar juntas y en silencio. En ese momento sentíamos que lo único que íbamos a hacer ya siempre iba a ser, de hecho, estar juntas y en silencio. Después al final no fue tan así: lo del silencio no se cumplió nunca.

Poco después de que Alejandro se fuera (o poco antes, ya no lo sé) me enteré de que no todos los teatros nos habían ignorado. El Antic nos había dicho que sí, que fuéramos, pero las fechas que nos ofrecían eran después de que Alejandro ya se hubiera ido, y tuvimos que decir que no. Brindando por esta frustración Lara y yo nos emborrachamos varias veces.

A finales del 2014 nos juntamos los cuatro en Argentina, con mucha facilidad encontramos dos teatros en los que hacer la obra (cuatro, en realidad, pero los otros dos nos ofrecían fechas imposibles). Pasamos un mes en el piso de mi madre, de una sola habitación. Alex, Lara y Aristeo durmiendo en el salón, mi madre vistiéndose todas las mañanas en la cocina para intentar no despertarlos. 

Hicimos unas funciones bastante optimistas. Mi tía vio la obra varias veces, dos años después, cuando se murió, lamenté no haber llegado a preguntarle si se había dado cuenta de que muchas cosas de ese texto estaban escritas específicamente para hablarle a ella. 

III

Las últimas funciones de Los Perdedores las hicimos unos meses después en México, en Guadalajara. La pieza de las postales, Los Encuentros secretos, había ido muy bien, por lo que el Museo del Chopo quiso que hiciéramos lo mismo, pero en su barrio, Santa María la Ribera, y ahí fuimos, a recorrerlo durante una semana y a conversar con los vecinos.

La Compañía Opcional en su formación Lara-Alex-Cecilia-Aristeo se había terminado. En Los Encuentro Secretos se habían incorporado Kenji10 y Roberto11, que desde entonces hacen la música y el vídeo. También estaban Luis12 y Héctor13 por ahí, que hacían la escenografía y el libro en el que se editaban las postales a partir de las que hacíamos la pieza. 

Poco después de esto fue la obra que nos encargaron para la inauguración de un festival y que mencioné al principio. Una que era una producción tocha para estrenar en un teatro enorme y bonito que se llama Degollado. Esa en la que Aristeo quiso meter todas las piezas que alguna vez se había imaginado y que al final quedó un poco a parches, pero de la que salieron cosas que después nos sirvieron en el futuro. 

Durante este viaje Lara y yo empezamos a sospechar que trabajar juntos iba a hacerse cada vez más difícil. No solo porque estuviéramos en países diferentes, sino porque parecía que ya no nos estaban interesando las mismas cosas. Yo tengo la sensación de que, durante un tiempo, Aristeo tuvo ganas de alejarse mucho de lo que habíamos hecho antes, y de que Alex en Guadalajara estaba demasiado feliz (no es esta la mejor palabra, pero algo así) como para pensar siquiera en hacer un duelo. No tengo idea de si estoy o no en lo cierto. Lo de Aristeo lo entendimos y de lo de Alex nos alegramos, por supuesto.  

La cuestión es que nosotras nos obstinamos en buscar alguna manera de seguir trabajando juntos, y se nos ocurrió ponernos a pensar en formas de encapsular la presencia de nuestros dos amigos. Lo que queríamos era  hacer como una máquina de Morel en la que Aristeo y Alex estuvieran guardados para que nosotras los pudiéramos sacar cuando nos hicieran falta. Ellos tendrían que hacer en México lo mismo con nuestras presencias y, una vez que tuviéramos una buena batería de recursos, montaríamos una pieza que se podría mostrar aquí y en México sin necesidad de que nadie se trasladara. 

Al proceso de búsqueda de estos recursos le llamamos Salvar las distancias. En noviembre de 2016 fuimos las dos a hacerlo germinar en La Poderosa. Cuando llegamos a Barcelona estábamos tensas porque había algo de lo que llevábamos hecho que no nos cuadraba. Teníamos a Aristeo encapsulado en una forma de disponer el espacio y una serie de instrucciones escritas, y a Alejandro en una conversación grabada y en una proyección de su cara sobre un globo, pero qué con todo eso. La noche anterior nos pusimos a repetir una y otra vez lo que teníamos, esperando que en algún momento se manifestara la razón por la que hacíamos todo eso, pero se iba haciendo tarde y no le encontrábamos sentido a nada. En algún momento entró a la sala Sergio14 a preguntarnos qué pasaba y nosotras nos sentamos para intentar explicar algo que no estábamos entendiendo en absoluto. Y todo estaba mal y nada servía, porque nada iba a ningún lado, porque no tenía sentido el lugar al que queríamos ir, y para qué queremos trabajar con nuestros amigos metidos en una grabadora si ya ni siquiera estamos queriendo trabajar sobre las mismas cosas, y estamos queriendo forzar algo que no está sucediendo, y por mucho que bien podamos fingirlo con globos, instrucciones y grabadoras nunca dejará de ser fingimiento, y la pieza se podrá hacer, pero no será nada de verdad y menuda mierda todo esto. 

El caso es que teníamos el ordenador ahí colocado y que Sergio, al entrar, se había puesto a grabar la conversación. Así que sin saberlo registramos en vídeo el momento en el que Lara y yo nos dábamos cuenta de que Salvar las distancias no era ni un proceso ni una pieza, sino un pequeño funeral. Y eso fue lo que vio la gente que vino ese fin de semana a La Poderosa: una ceremonia discreta de despedida que ni nosotras sabíamos que estábamos organizando.

Y tan efectiva fue esa ceremonia que ninguna de las dos tuvo la necesidad de continuarla. Todo lo que nos hacía falta entender había cristalizado en ese momento y nos había pasado por el cuerpo. Seguir o repetirlo hubiera sido redundante e impostado. A la gente que estuvo ahí esos dos días, y a La Poderosa que nos recibió sin conocernos tan afectuosamente, les agradezco todavía que nos hayan ayudado a entender lo que ocurría y a seguir la vida preocupándonos por otras cosas. 

IV

Después de este medio final todo avanzó rápido hasta el presente. Para Lara estaban empezando un montón de cosas que siguen en marcha, para Alex, en México, también. Aristeo acabó siendo él mismo la Compañía Opcional y llevándome siempre consigo, aún cuando eso no resulta lo más práctico ni lo más fácil. De momento no hemos vuelto a estar ni a trabajar los cuatro juntos, pero hace un tiempo que hemos empezado de nuevo a pensar de vez en cuando en cómo hacerlo. 

Ahora, diez años después de que la viera en un ensayo, Lara se despierta en la habitación de mi casa que usa cuando viene a Madrid y, con la voz que le sale cuando está medio dormida, que me hace una gracia infinita, dice algo que no entiendo sobre oscuras golondrinas y se queja de que mis vecinos están ensayando Chiquitita porque en un par de días es el aniversario del confinamiento que se pasaron cantando en los balcones. En un par de minutos se va a levantar y me va a distraer porque me va a contar un secreto gordo, se va a pasear en bragas envuelta en una manta y va a hacer chistes sobre la silla ergonómica que me compré hace poco. Yo, que estaré preguntándome hasta qué punto será oportuno contar aquí y ahora toda esta historia, me tomaré un descanso después del que seguiré sin tener nada claro, y pensaré en lo escaso que es el silencio cuando está Lara en esta casa.

Cecilia Guelfi

1Aristeo Mora
2Lara Brown
3Miguel Sepúlveda
4Bea Fernández
5Alberto Frías
6Ángel Perabá
7Alejandro Mendicuti
8Joe Manjón
9Julio Hidalgo
10Kenji Kishi
11Roberto Cárdenas
12Luis Mosca Montoya
13Héctor Jiménez Castillo
14SEPA

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Fuimos ARTAS

Un estudio descubre que la cooperación emerge
cuando los grupos son pequeños
y las memorias largas.

(ARTAS  es una plataforma de artistas asociadas a La Poderosa que da espacio a prácticas experimentales, pensamientos y acciones subversivas que agitan la realidad más cercana. Reúne a un colectivo de artistas y funciona como un espacio de experimentación y co-aprendizaje donde compartir proyectos, prácticas y saberes. )

I.

Hubo un espacio en la calle de Riereta conocido por sus fiestas con karaoke y bailes hasta el amanecer. En ese espacio nos encontramos con Amaranta Velarde con una pintada en el brazo que decía Asturias o trabajas, presenciamos por primera vez un concierto de Poderío Vital, gracias al cual conocimos a El Engañador, y tomamos un taller con Carme Torrent en el que exploramos las espirales del cuerpo a un nivel cósmico. En ese lugar, gracias a las maniobras de Roger Adam, fuimos acogidas desde México y se generó un intercambio brillante: MEX DF > BCN, y alguna vez limpiamos juntas, escuchando a Mónica Muntaner decir lo mucho que le gustaban las huellas de las fiestas.

Ese espacio se llamaba: La Poderosa.

II.

Y también se llamó La Poderosa a otro espacio en la calle Sant Germá y en este local fuimos ARTAS. Llegamos aquí porque formamos parte de alguno de los In-Prescindibles, porque nos acogieron, una vez más, desde México, unos meses antes de venir a vivir a Barcelona y porque ya veníamos apoyando y acompañando lo que aquí sucedía y nos sentíamos parte de sus flujos. Solo que esta vez sugerimos generar otro tipo relación ante la necesidad de un espacio a largo plazo y sensible. Se dio a través de convocatoria o por invitación, después de una entrevista informal con Mónica y Bea, en la mesa de la cocina con un mantel mexicano muy colorido o gracias a una carta motivos que comenzaba así: 

Os escribo para que me tengáis en cuenta como una posible compañera de aventura en ARTAS. La motivación me brota clara y abundante. Casi poseída os escribo, como si algo desde muy adentro me llevara al movimiento. Arrebatada. Solo así puedo acudir a la convocatoria. Convocada casi desde el más allá, desde pasados y futuros que se mezclan entre los cuerpos. Estar cerca de vosotras y de los espacios-tiempos que vais generando a vuestro alrededor es maravilla, potencia y militancia.

Y fue así que por tres, uno, dos años llevamos en nuestra mochila las llaves de un espacio fascinante, de trabajo y encuentro, en Barcelona; en el que en invierno hacía mucho frío y en verano mucho calor, desde donde espiamos la piscina comunal de los vecinos y fantaseamos con acceder a ella cuando el sudor se hacía presente, porque sudamos mucho, y no solo ensayando o compartiendo nuestros quehaceres no concluidos; sudamos siendo espectadoras, sudamos en esos encuentros maravillosos que se generaban con otras artistas que rondaban La Pode. Sudamos detrás de la barra; ese espacio informal dentro de otro espacio informal, en el que nos tocaba servir cerveza o algún gazpacho preparado por Bea Fernández, mientras escuchábamos conversaciones de otras sin que ellas se percataran, y sudamos más, el día en el que Juan Domínguez nos pagó con un billete de 50 euros y nos pusimos muy nerviosas porque no nos salían las cuentas. Sudamos, también, cobrando las entradas de algún encuentro, diciendo a la gente que no aceptábamos tarjeta o que su nombre no estaba en la lista de invitadas; o no sabiendo si era correcto cobrarle entrada a tal o a cual. Pero casi siempre fue un sudor refrescante, acompañado de microclimas, un sudor que podías atemperar deslizando un hielo por todo tu cuerpo, un sudor que ayudaba a que nuestras cuerpas se ablandaran y amasaran mejor con los masajes y movimientos por el suelo, propuestos en el taller de Azahara Ubera durante el Hacer Historia(s) vol.3 , o con Quim Bigas y sus diagonales en el programa de entrenamientos y prácticas artísticas, (P.E.P.A.). ¡Cómo bailamos! Un sudor que se nutría con nuestras comidas quincenales en las que la vitamina C de los pimientos rojos era indispensable. Comidas en las que cada una iba apareciendo, poco a poco, en la cocina, con algún ingrediente para sumar al menú del día, que como siempre, cerraría con una larga sobremesa con chocolates y cigarrillos, mientras que alguna fregaría los platos leyendo el cartel que recitaba: Be a washing machine.

Y nos hubiera gustado sudar más, implicándonos más con el espacio, sus propuestas y decisiones, pero como siempre los presupuestos se quedan cortos y las ocupaciones de todas son múltiples. Aún así sucedieron esos días en los que podíamos observar en silencio y con cariño el trabajo de alguna compañera, dándole tiempo a ese cuerpo moviéndose, buscándose y preguntándose por la forma, y a este cuerpo le seguía otro, esbelto, con una peluca rubia, declamando a Ilona Staller: Selvaggio animale in calore, il cazzo che mi spruzza nel cuore, un muscolo rosso d’amore, affonda lungo al mio cuore.  Quedamos, esta vez, sin prisa, no teníamos que salir corriendo a ningún lado, la luz del día se iba transformando, las caligrafías-coreografías en tinta negra sobre un papel color durazno vibraban y la sesión cerraba con Britney Spears cantando la biografía de Virgine Despentes. En esas horas, Mónica, Bea y todas nosotras tomábamos notas para escuchar mejor, notas que se transformaban en pistas para nuestros procesos, mientras que Isabelle Stengers nos recordaba: Thinking is not cleverness, is not sophisticated.

Pero este espacio de la calle Sant Germá se empezó a quedar vacío, hasta que finalmente desapareció. Empacamos toda la cocina, vaso por vaso, jarrón por jarrón, utensilios organizados por tamaños, tipologías; todo en bolsas y cajas. Mientras hacíamos esto Xavier Manubens pensaba que envolver cosas, tapar sus formas originales y producir cambios en su apariencia era un ejercicio tremendamente travesti y continuó la exploración. Itxaso Corral se encargó del ritual de despedida, con un suelo, sin suelo, con las vigas levantadas, en una de las cuales se apoyaba una caligrafía que nos recordaba: y amarás el sistema nervioso del prójimo como a ti mismo. Aquí, Itxaso dio vida a una ópera radiante. En un día de mucho frío e incertidumbre, Ofelia con su vestido blanco de encaje, sin bragas, lanzaba un cerebro contra la pared, y pensaba ella, y pensábamos nosotras: Las artes vivas, sí, pero entonces, igual nos podríamos preguntar antes ¿qué es estar viva? ¿cómo queremos estar vivas? 

Y fue así que nos despediríamos de ese espacio que tanto nos dio. Cris Celada después de trabajar, como siempre lo hacía, fue apagando las luces, cerrando puertas y ventanas, y se fue diciendo hasta mañana a un lugar al que nunca regresaríamos, pensando en esa cita de Emily Dickinson que tiene tatuada en el cerebro: Hallar descanso en lo inseguro está en el mismo ser de la alegría.

III.

En Sant Andreu, hay una fábrica de creación que se llama Fabra i Coats, y dentro de este espacio, desde el 2020, hay otro espacio que se llama La Poderosa. Aquí seguimos siendo ARTAS, pero otro tipo de ARTAS, ya que nuestras investigaciones para mirar la práctica Drag desde la perspectiva de las Artes Vivas, la Tesis Doctoral Paranormal, el Yoga y la Danza, y el deseo de pensar en relación con el agua para imaginar y teorizar el mundo de otras maneras, quedaron suspendidos en el tiempo/espacio, por la pandemia, durante varios meses.

Estos dos eventos; mudanza-pandemia, trastocaron las maneras de hacer-estar-compartir de todas. Nuestros planes, deseos, posibilidades, energías, ánimos, ganas se revolvieron, la tan anhelada tentacularidad se disipó. Los espacios de cruce espontáneos y el tiempo juntas en la cocina fueron cosa del pasado y dejamos de respirar juntas, sin prisa, sin protocolos y sin medidas de seguridad.

A pesar de eso los cruces se fueron dando, nos inventamos nuevas maneras de coincidir, aparecieron inesperadas conexiones y sintonizaciones, y nuestra mayor contaminación se generó en torno a los cuidados; éstos se convirtieron en el punto de partida para trabajar el resto de cosas: cómo cuidarnos, cómo cuidar lo que nos rodea, cómo escuchar, cómo entrelazarnos, cómo intersostenernos. Estamos habitadas por multitudes, la microbiota, y además somos unas metidas en las otras, respirándonos, colándonos por los poros y además tentaculándonos continuamente, y en vibración y emitiendo luz y calor. Imagínate los increíbles movimientos que se suceden. ¿Escuchas todo lo que se está moviendo?

Con el paso de los meses pudimos acudir a la Fabra y aprovechar sus salas espectaculares para trabajar. Los cruces físicos fueron sucediendo. Entonces pudimos emocionarnos con el trabajo de otras residentes de La Pode como Adriana Reyes y su investigación en torno a algunas hierbas, que al día de hoy, recordamos con mucho placer. Pudimos ir a comer sushi con Helena Martos y Esther Rodríguez antes de que nos compartieran sus procesos en los que el cuerpo, la palabra y las invocaciones se sacudieran al ritmo de Locomía, y vimos como los espacios de la Fabra se transformaban gracias a los In-Prescindibles en su versión Site-Specific. Y una hermosa tarde de verano, presenciamos un Cruzados entre Azhara Ubera y Aimar Pérez Galí, entre La Bailarina y La Danza.

Finalmente como ARTAS pudimos hacer un cierre de nuestro ciclo, y compartir esos lugares, aún frágiles, a los que habíamos logrado llegar a pesar de las circunstancias. Cierre que sucedió después de una comida de tupers en algún lugar con sol cerca de este nuevo espacio que La Poderosa, poco a poco, con la ayuda de sus plantas, va llenando de vida.

A día de hoy, marzo 2021, La Poderosa sigue en la Fabra y somos nosotras, las que esta vez, nos hemos mudado, y por circunstancias cíclicas/temporales/convencionales, hemos dejamos de ser ARTAS.

Nota:

Mi palabra en este texto simplemente sirve para introducir las palabras de otras. Este escrito está conformado por las voces de quienes tuve el placer de conocer gracias a ARTAS y a quienes he accedido, en esta ocasión, a través de una entrevista. 

Se leen y resuenan las voces de Cristina Celada, Itxaso Corral Arrieta y Xavier Manubens.  

Me era imposible hablar de una colectividad en primera persona

Anabella Pareja Robinson

 

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Piel fina

Imagen de @angelamontoya.art

Raquel Sánchez arrastra un remolque en un desvarío de frases, ruidos y tarareos. Un grupo de bailarines acompaña la marcha. De pie sobre el carro, la cantante embarazada no canta; la han vestido de novia y le han velado la cara. Suena una música andaluza y española, el carro avanza, avanza hacia el centro del escenario y se me saltan las lágrimas. En la escena siguiente los intérpretes lloran, mirando a público. 

Hay encuentro con el público al finalizar la función y Luz Arcas cuenta que lo que hemos visto es un proceso, llamado Teatro de la vergüenza, dentro del Festival Essencia en la Cuarta Pared de Madrid. Le pregunto por qué lo llama proceso y no obra si yo me he vaporizado. Risas. 

A los días voy a Toná, pieza de la misma directora programada en el Teatro de la Abadía, para ver si aprendo a diferenciar una obra de un proceso. Toná está inspirada «en la biografía de Trinidad Huertas, La Cuenca, una bailaora malagueña del siglo XIX que se hizo famosa en todo el mundo con un número en que representaba a una torera en plena faena y que le dio el sobrenombre de La Valiente». La bailarina se hace un solo de una hora acompañada por la música de Luz Prado (me gustaron especialmente sus Verdiales). Por el ánimo del público pienso que es una obra para ver de pie. Entonces, una pareja se levanta y se va cabeceando. Como un déjà vu, aparece la emoción, la peligrosa emozione, y entre vivas en la plaza termina la función. Toná levanta pasiones: la pareja, los que corean “otra, otra…”, y al tipo que se revuelve delante de mí, le pregunto por su descontento. Él también se pone en pie y afirma: ¡Yo soy director de teatro y esto no es una obra, es un proceso! 

En las corridas, el torero lidia al toro con la suerte. En La música callada del toreo, José Bergamín la describe así: «El toro bravo embiste al torero que lo hace salir de su impetuosa embestida quitándole del bulto que buscaba como finalidad de su embestida misma. Que no es el torero el que se quita, sino el toro; que lo quita el torero, quitándoselo de encima por el lance de capa o de muleta. Se quita el toro en la suerte, que por eso lo es». Teatro de la vergüenza y Toná me conmovieron, y aún digo que todo estaba dispuesto para que me conmovieran. No había lugar para el azar (ni para escapar): El primer día caí en la cuenta después, con la escena del lloro, el segundo día lo vi venir. 

Un par de meses antes, había ido a ver Drum Invocation, un concierto para bombo de Nilo Gallego, en la pequeña galería Cruce de la Calle Doctor Fourquet dentro de un ciclo llamado ¡Escucha! Todos esperábamos, creo que llegué incluso a desear, verle tocando el bombo. Sí se inclinó sobre el bombo, lo escuchó, lo templó, escogió entre varias baquetas, se le acercó y alejó tantas veces… Pasó, cerca de una hora, improvisando en el aire el jazz leonés pero nunca tocó el bombo. Y, sin embargo, sonó. 

Nilo hackeó cada una de mis expectativas del concierto porque la que, en definitiva, mandaba allí era la suerte. Digo, que fue el salvaje bombo el que no quería hacer de bombo y simplemente no se dejó manipular. Y para que la suerte nos sea favorable solo hay que esperar: ir al teatro es resistir.

Carmen Aldama

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Hasta que el cuerpo aguante

(bis), coreógrafo Javier J. Hedrosa. Foto: Josep Escuin.

Hay un espacio de color blanco. Aparece una mujer con un pañuelo naranja anudado en la cabeza, lleva el pelo recogido en una coleta con trenzas de color rubio. Se contonea de manera sinuosa de izquierda a derecha, de arriba a abajo. Lleva un crop top y unos shorts azules. Hay sonido. Consecutivamente aparecen varias mujeres con estética noventera repitiendo una y otra vez la misma coreografía que no es la misma que bailaba la mujer del pañuelo naranja. Se dejan ver dos hombres con traje negro, el de la izquierda lleva corbata naranja y el de la derecha plateada. Los hombres cantan en un micrófono que cuelga del techo mientas bailan de forma bastante tensa, almidonada, pero se mueven al ritmo del compás. Unos labios grandes, jugosos llenos de pliegues, y pintados de rosa, llenan la pantalla. Una boca que se mueve con su paladar, encías, dientes, lengua, glándulas salivares, y con todas sus partes, dice: “I am not trying to seduce you”. Las chicas continúan la letra de la canción, pero los hombres repiten el estribillo una y otra vez. 

Dice María Teresa Vilarós en su ya canónico libro: El mono del desencanto. Una crítica cultural de la transición española (1973-1993), que el proceso transicional acabó con la entrada en vigor del Tratado de Maastricht en noviembre de 1993. En cambio, existe la posibilidad de una historiografía donde esto ocurriese justo el día en el que Los del Río, dúo musical sevillano, presentasen por primera vez su hit, Macarena, dentro del sencillo: A mí me gusta, el día 13 de diciembre de 1993. El éxito mundial de esta canción fue creado un año antes de su lanzamiento, en 1992, durante la celebración de una fiesta privada con la élite de Caracas (Venezuela). Tras la actuación ejemplar de la bailaora de flamenco Diana Patricia Cubillán, los sevillanos improvisaron los siguientes versos al son de las palmas para enaltecer su virtuosismo: “Dale a tu cuerpo alegría, Magdalena”. La calurosa aceptación de la estrofa por parte de la audiencia, hizo que se dieran cuenta de que ahí había un éxito. Un año más tarde Magdalena pasó a llamarse Macarena y se convirtió en un hit. La fiebre producida por su pegadizo estribillo, así como por su coreografía, la convirtieron en una de las canciones más versionadas de la historia. Y es que, la canción Macarena es una monstruosa empresa que afianzó y exportó la marca España en los inicios del posfordismo en el Estado español. Aunque, sin duda alguna, su éxito mundial se afianzó con el lanzamiento del remix en lengua inglesa junto con Bayside Boys en el año 1997. Y es al ritmo de la base de este remix, y de la posibilidad de fantasear con ese otro relato histórico, con lo que comienza la pieza escénica (bis) del coreógrafo Javier J. Hedrosa.

(bis), coreógrafo Javier J. Hedrosa. Foto: Josep Escuin.

Es sábado 30 de enero de 2021 en una de las salas de Carme Teatre en Valencia y se hace oscuro. La masa de peformers que conforman la pieza se sientan en el suelo fundiéndose con los espectadores. En el fondo de la escena comienza la proyección de los vídeos de archivo audiovisual que acompañarán toda la obra, y que, pasan uno a uno por los acontecimientos más relevantes de la historia de España de los últimos treinta años. Aparecen, en primer lugar, imágenes de archivo de la promoción de la Expo de Sevilla de 1992. Le sigue uno de los programas de Informe Semanal que corresponde a la retransmisión del forzado encendido del pebetero durante las Olimpiadas de Barcelona en el año 1992. Se escucha el tórrido y bochornoso aplauso de los miles de personas que presenciaron el evento, que, a pesar del engaño, seguían aplaudiendo, enalteciendo el derroche y desmintiendo que aquella flecha nunca llegó a encender tal fuego. El ruido ensordecedor producido por el aparato fonador de los miles de personas que se desgañitaban en todas sus partes, hace que los performers se levanten y comiencen a bailar la coreografía de la Macarena. Mientras, la historia sigue, los materiales del archivo se proyectan como telón de fondo y los bailarines incorporan a su complexión cada uno de los acontecimientos. La base del remix sigue sonando.

La pieza (bis) es un archivo somático compuesto en actos o eslabones de una cadena que se engarza no siempre cronológicamente, pero que tiene su punto de partida en la Expo de Sevilla en 1992, y acaba con el exilio del Rey emérito en 2020. Es un archivo que empieza con el jolgorio postransicional y culmina con la decrepitud de su resaca. La apertura de sus cajas tiene lugar a través de la repetición de los doce pasos de esa coreografía, compuesta por elementos compositivos mínimos, que puede ser replicada por cualquier persona de a pie en casi todo Occidente. Macarena, como diacronía de la transición española, recuerda que, su réplica hasta la extenuación durante décadas, manifiesta una perversión consciente, tratando de ser un entrenamiento de masas que aspiraba a perpetuar un modelo de insospechadas dimensiones. Un mecanismo que se tornaba imperceptible y que forma parte del aparato respiratorio del cuerpo social del que hoy somos parte. Y ahora, este (bis), igual que el estribillo de una canción Pop, repite sus movimientos hasta la depauperación, demuestra la perversión de cómo se producía una borradura del pasado a través del ruido de la celebración, de la repetición y el aprendizaje de las formas que asumíamos en nuestra cultura visual. El perpetuo reenactment de la coreografía de la Macarena en el cuerpo de los performers, pero también en cada fiesta y momento que se replica, es una arquitectura que reubica los cuerpos en el presente, y que, envuelve el dispositivo represivo de la dictadura preservándolo intacto. Haciéndolo desaparecer. Cubre así la memoria colectiva, disociada por el trauma del pasado, que se agarraba al nuevo régimen democrático como a un clavo ardiendo. La repetición del soniquete que esconde este hit sustituye el trauma por una imagen acorde a la modernidad que tanto deseaba el Estado español.

Cuando salgo del teatro no puedo para de pensar en cómo sólo mediante la repetición, y la descontexualización de esta coreografía, se puede encontrar la trampa que esconde la réplica. Por eso, lo provocador de (bis) es que nos recuerda hoy que mientras tanto seguimos bailando. Bailando hasta que el cuerpo aguante. Bailando hasta la extenuación y repitiendo ideología corporeizada.

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En la sed siempre

Nunca olviden que, ciertamente, no están solos; simplemente tienen que emitir señales y encontrarse entre ustedes (…) Entonces, conscientes de que han elegido una tarea ingrata e interminable (de acuerdo con estándares de realidad no sensuada, debido a la locura, al mal entrenamiento, al trauma neurótico, a la confusión de género, a sus padres, a su grupo de pares o a sus padres) jamás se engañen a Sí Mismos acerca de por que eligieron ser artistas, o escritores o, en suma, seres impulsados por la creatividad. Se han vuelto parte de la metáfora, no parte del problema, sin importar cuan bajo asedio puedan sentirse.

GENESIS P- ORRIDGE

Una conjuración es, en primer lugar, una alianza, ciertamente, a veces una alianza política, más o menos secreta, cuando no táctica, un complot o una conspiración. Se trata de neutralizar una hegemonía o derrocar un poder. (…) Conjuración significa, por otra parte, la encantación mágica destina a evocar, a hacer venir por la voz, a convocar un encanto o un espíritu. En resumidas cuentas, el conjuro es la llamada que hace venir por la voz, y hace venir pues, por definición lo que no está ahí en el momento presente de la llamada.

DERRIDA

¿Sabes?, imaginaba que nos trenzábamos el pelo (1). Estábamos sentadas y se oía algo de fondo, aún no sabíamos el qué. Los mechones y los dedos de una se enredaban en los mechones y dedos de otras, y todas nuestras cabelleras quedaban atrapadas entre sí. Para entonces ya nos habíamos quedado ciegas. A veces nos decíamos cosas a lametazos, con esas lenguas grandes y ásperas con las que habíamos llegado a este mundo. No éramos las primeras ni seríamos las últimas, el fuego me lo dijo, ¿sabes? También el agua. No sé en qué momento aprendí a distinguir entre remolinos y ascuas los murmullos, pero un día pasó.

Bajábamos por la orilla del viejo cauce del manzanares, vi unos huesos y un lagarto, y recordé como había sido todo tanto tiempo atrás, cuando empezaron a acecharnos. A nosotras un día también quisieron llenarnos la garganta de cemento (2). Vosotras que me leéis aún no lo sabéis, pero no queda tanto para el último volcán y el último temblor. Aunque os advierta miraréis hacia otro lado, y así tiene que ser, pero pronto vendrán a por vosotras. Os abrirán la boca y los ojos a la fuerza con sus manos de esparto, y os llenarán de cemento para pudrir vuestra alma. Y te juro que antes de todo esto yo ni siquiera creía en que existieran las almas, pero esa fue otra cosa que aprendí, que en la muerte no se muere. Una de las trenzadas me agarró suave por la cintura y me dijo, no puedo ni pronunciar lo que vi dentro del vientre de la mar, me viene un eco pero no existen las maneras (algo le ataba los pies a la cama, o a la enredadera del jardín(3). Quiero bailar en el lugar de esas palabras, se que el eco soy también yo, como tú eres toda esa oscuridad viscosa (4)

Seguíamos bajando el río cuando apareció una que pronto también sería nuestra. Acunaba una barca, una barca hecha de astillas y paja, y flores de plástico y cera de vela y de perlas (5). Arrullaba con un toniquete agrio, rebotando la barquita sobre su pecho. Todas la mirábamos muy atentas con las lenguas fuera anhelando que al lanzarla atravesase el agua. Entonces, apareció un hombre que traía las cuencas oculares repletas de brasas. Parecía querer saltar desde el puente donde solían amarrar los ramos, cuando se acercaba el solsticio. Gritamos tanto como un trueno y del susto la barca cayó, y vimos como de las brasas del hombre se derramaban lágrimas azules. Quería subirse a un árbol, y dijo, ahí está el doblón en lo alto del tronco, arriba en el mástil (6). Quien cogiera el doblón sin haber visto estaría condenado, pero el que tenía carbones en los ojos en lugar de órganos podía ver lo que los demás habían dejado de ver, hace ya tiempo. Y tuvimos que ayudarlo y entre todas le aupamos. Y la chica de la barca subió con él y puso sus manos en lugar de sus manos, y con el doblón sostenido entre sus dedos miró hacia el río y vio como la barca empezaba a deshacerse. El río no vuelve, dijo el hombre ya con el doblón en la boca, y cuando los pies tocaron el suelo el doblón ya había entrado en su garganta empujado por su lengua. Y así, con el doblón atragantándole se fue, pero antes de llegar al cruce de camino pudimos oírle. Canturreaba. Y a veces una canción es como si fuera un olor que te persigue. Un olor de esos que inunda todos tus agujeros y te condenan a recordar algo que habías olvidado, pero que de repente, sin que una pueda escaparse, se pega a ti como los muertos. Y corriendo río abajo buscábamos desesperadas algún rastro de la barca, y saltando las zarzas y juncos canturreábamos esa canción también nosotras (7).

Llegamos a un claro y nos sumergimos en el agua. Agitábamos los brazos dando vueltas y celebrando la espuma verde brillante que aparecía con cada uno de nuestros movimientos. Los que habían matado el río estaban acurrucados sobre su cruz de mármol y nos miraban desde lejos. Es difícil explicar esa sensación, la de tener en la nuca el aliento hediondo de su odio. Nunca entendí porque hay gentes que se creen que bailar tiene que ver con ser visto y que te miren. Yo no soporto que me miren, y menos con esos ojos secos que nunca podrán ver. Fue en ese claro y con ellos rondándonos, que las unas a las otras nos arrancamos los ojos y nos revolcamos sobre las aguas putrefactas. Unas rellenaban las cuencas vaciadas con las flores silvestres (8) que habíamos recogido al atardecer, otras cosían los párpados; todas sosteníamos entre las manos nuestros ojos aún calientes, succionando el liquidillo que expulsaban las retinas. Rodeadas de susurros de quienes nos antecedieron, silbiditos y palabras entredichas que sólo algunas podemos oír, buceamos recogiendo puñados de la tierra de adentro que luego lanzábamos hacia la superficie, más allá de los sauces, intentando alcanzar la cruz. Queríamos asustarlos. 

Entonces fue cuando apareció el corzo llevando una niña encima con la lengua fuera. Su brazo estirado sostenía una antorcha, parecía que fuera a lamer la llama pero se acercó a la orilla. Empezaron a caer piedras sin piedad. Algunas se hundían en el agua estancada, otras amorataban nuestros rostros y extremidades. Llegaron más corzos y más niñas con antorchas, y todas les seguimos. Iban hacia la cruz, querían incendiar a los que habían matado el río y nos estrellaban piedras. Queríamos quemarlo todo. Trazar con las cenizas de sus huesos un alfabeto para que las demás nos encontraran. La hoguera era inmensa (9), y nos reíamos. El humo se arrastraba más allá de la ciudad y las montañas que la rodean. Los corzos y las niñas se sumergieron lentamente en el fuego hasta desaparecer. Nosotras contemplábamos el movimiento de las llamas deseando que todo estallara, a pesar nuestro; es lo que tenía que suceder. Pero había que dejar un rastro. Cada una cortó la trenza de la otra y cavamos con las manos y las uñas una fosa. Queríamos sepultar los cabellos enredados, amortajándolos con cenizas y esperando que, como en Pompeya, ese velo cubriera el tiempo y las maneras en las que habíamos resistido bordeando el otro lado de la noche.

(1) La imagen del trenzarnos viene de atrás, a veces le pido a amigas que me hagan trenzas. Imagino que es un gesto que me permite viajar hacia la infancia aunque yo apenas recuerde de mi infancia. Una vez soñé que un amigo me trenzaba, pero era como si yo no fuera yo. Más bien era como si mi cabellera fuera un ente vicario que estaba ahí para restituir un gesto anterior que no era mío. Tiempo después leyendo Cabeza Voladora de Mónica Ojeda, a quien conocí gracias a Paula Cueto, reapareció esta imagen, y me entró un deseo muy profundo de oírnos cuchichear entre dedos y mechones. Invoco imágenes para que algo acontezca, me digo. Según Cirlot la trenza simboliza relación íntima, corrientes enlazadas, dependencia mutua.

(2) Lo de llenar la garganta de cemento lo robé de la novela de Merce Rodoreda La muerte y la primavera, de la cual me hablo Julia Spínola (creo que te gustaría, es muy cruel y bella). En el pueblo cuando alguien muere, antes de que el alma se escape del cuerpo, se les abre la boca y se rellenan sus cavidades de cemento. Imagino como todos los órganos internos, de la tráquea hasta el útero, quedan lentamente aplastados como una cascada pegajosa y gris en un pantano putrefacto. Me recuerda al miedo (su miedo), y tarareo el verso de Silvina Ocampo “y siempre tengo miedo porque soy valiente” (nuestro salvaje miedo). Cada día quiero ser más peligrosa, me digo.

Esther Rodríguez-Barbero, Invocaciones en Arar (La Caldera), 2020. Fotografía de Tristán Pérez-Martín. 

(3) Esta frase se nos apareció durante la danza celebrada el 2 de octubre en la Caldera. Esther baila mientras yo escribo. Bailamos y escribimos a lo que no está, o a lo que está y al mismo tiempo no está. Hemos inventado una máquina que navega por cartografías liminales, nos reímos.  Ese día también fue cuando a Esther se le apareció el volcán que luego tanto la perseguiría. Cuando bailamos y escribimos suceden cosas que no sabemos explicar, no es una performance, ni tampoco una práctica adivinatoria. Hermandades en el más allá nos escribió Nuria Gómez Gabriel. No sabemos lo que pasa pero algo pasa. Hablamos con la voz que está detrás de la voz y emitimos los mágicos sonidos de la endechadora.

(4) Siempre he tenido miedo a la oscuridad. Confieso que hasta casi ser adolescente solía pedir que me dejaran encendida la luz del pasillo mientras dormía. En la oscuridad veía cosas, flashazos verdes, formas que salían de los espejos, caballos que me rodeaban. Hace no tanto durante un amanecer mágico escuchábamos Aunque es de noche de Morente y Alejandro Simón nos contó del artículo de María Salgado. Ahí escribe acerca del cambio que realiza San Juan de la Cruz en la estrofa 10, donde en lugar de aunque incorpora un porque, y traigo aquí sus palabras:  “conjunción causal que, a mi modo de ver, trae una sorpresa sonora y semántica muy fuerte, pues, por un lado, contrasta con la rutina sonora del poema entero, y por el otro, multiplica la paradoja de que las criaturas sepan, encuentren y hasta lleguen a hartarse de beber de una fuente que no se puede ver, precisamente porque no se puede ver. Esto es, que “aunque” y “porque” es “de noche”, ellas saben, ellas pueden, ellas van, ellas se mueven (…) yo construí mi versión intermedia a partir del mismo porque porque me cautivó ese punto de insistencia en la potencia inversa del obstáculo de la oscuridad, y por lo tanto, de la angustia, la incertidumbre, el miedo, que la “noche” representa. Son el poder del no poder, el saber del no saber y el movimiento liberatorio que propicia el no temer”.

Marina González Guerreiro, Acción en río Tamuxe, 2019.

(5) La primera vez que vi la fotografía que documentaba la acción que Marina había realizado en el río Tamuxe el verano de 2019 me asusté. Esa era la barca que yo había estado invocando durante tanto tiempo, la barca de aquel ritual que necesitábamos hacer. Ya había escrito sobre ella antes de cruzarnos, y luego volví a escribir de la barca para agarrarme a un sortilegio de metamorfosis que tenía que llevar a cabo si quería dejar pasar toda la tristeza que me invadía. Luego Marina y yo nos conocimos, disfrutamos de un anochecer increíble en Valencia, y en parte esa charleta en la plaza de la Virgen me ayudó a reconciliarme con una práctica, la artística, de la que me había desesperanzado. Un día llegó a mi casa un sobre. Dentro unas telas azules verdoso y perla, y una cadena dorada, y dentro, un rastro de esa barca que Marina había construido y lanzado al río unos veranos atrás. Un gesto tan precioso que no veas lo que me emocioné. Hice un altar que ahora estoy mirando mientras escribo. Menos mal que nos encontramos, digo, Marina, esa barca y yo. El próximo verano espero poder viajar al Tamuxe, hacer juntas una barca y navegarlo hasta desaparecer, como hizo Bas Jan Ander en su búsqueda del milagro.

Fernando Gandasegui, Pira velo en la Capella de Sant Roc (Valls), 2020. Imagen de Iñaki Álvarez.

(6) Excursión a la Capella de Sant Roc, íbamos Fer y yo a visitar su exposición. El viaje era largo en bus y yo iba muerta de sueño porque odio madrugar y habíamos tenido que madrugar y le dije, oye voy a echarme un ratito y ahora hablamos. No pasó ni un minuto cuando abrí los ojos y dije, no puedo estar aquí a tu lado y no hablar. Adoro hablar con Fer, somos un torbellino de palabras cuando nos juntamos. El deseo de compartir con él era mayor que mi cansancio, así que nos pasamos no todo el viaje en bus, sino todo ese día (de Barcelona a Sant Roc y vuelta pasando por la playa hasta un bar en San Antoni) sin parar de hablar y hablar y hablar de lo que nos importa. En ese momento él estaba obsesionado con hacer una carbonera, y yo seguía intentando entender de qué iba mi proyecto sobre el fuego. Le pedí si podía enseñarme la casa del viejo carbonero del pueblo (me entretengo acumulando rastros). Escribí un cuentito sobre ese carbonero que nunca he llegado a terminar, recuerdo que empezaba describiendo el marco de la puerta de su casa que era color verde. Antes de salir de la exposición Fer me dijo, mira arriba de la viga ¿viste el doblón? Cuando lo vi comprendí que entonces ya habíamos quemado el velo.

Carlos Saura, Cría Cuervos, 1976.

(7) Pienso en Por qué te vas, de Janet, no tanto en la canción (aquí de nuevo aparece Fer, esta vez junto a Marc Vives, pero seguro ellos podrían contarte mejor de este ritornello) sino en la escena de Cría Cuervos. Y me sumerjo en esas imágenes recordando una tarde, hace tres primaveras, en la que Raquel G. Ibañez me propuso que la bailaremos juntas durante una sesión de escucha que titulamos Ghost Dancers. Con Raquel apenas nos conocíamos y yo, que puedo ser lanzada pero más con el hablar que con el moverme, pedí fuerte que nos volviéramos invisibles antes todos esos ojos. Con cierta torpeza tomé las manos de Raquel que se había acercado a mí, y empezamos a balancearnos conjurando los cuerpos de las niñas que un día habíamos sido. Morí de vergüenza y de ternura. Reencarnar la infancia puede ser un gesto valiente y vulnerable, hacerlo en público lo convierte incluso es algo casi radical y de extraña belleza. Yo no tengo ni hermanas ni hermanos, pero me paso la vida deseando hermanarme, y por unos minutos, junto a Raquel sentí que tenía una hermana con la que bailar una aburrida tarde de aquel verano en el que el dictador moría entubado en una cama.

Paula García–Masedo, Fui â fonte beber água (Gresite), 2020.

(8) Le pedí a Paula que me contara por qué estaba trabajando con flores silvestres en sus últimas piezas. Hay algo en la generosidad con la que algunas artistas cuentan y comparten sus prácticas que tiene un efecto en mí muy poderoso, como un zumbido que puede volverse trueno en cualquier momento. Se me quedan revoloteando fragmentos de palabras y sensaciones de las conversaciones durante días, y ahueco mis obsesiones para que lo que fascina tanto a las otras pueda entrar un poquito en mí. Cuido muy mucho el no parasitar. Lo siento más bien como una experiencia en la que mi cuerpo se hincha poroso y absorbe  gestos e intensidades que mastico y rumio, para después, intentar hilvanar las sensaciones en una ejercicio de escritura en interdependencia, rozándome con las otras. Lo que intento es convertir mis ejercicios de escritura en una práctica de escucha. No sé si Paula recogía flores con su abuelo al atardecer, pero yo me imaginaba recogiendo con ella esas flores al atardecer. Aprendiendo a mirar a través de los ojos de sus antepasados modos de vida cifrados en el territorio, viendo en el gesto de sus manos al recoger esas flores un gesto que las orillas de los ríos han visto repetirse durante siglos hasta que matamos al río. 

Fotograma de una filmación de Carmen Main de la procesión del fuego en Humanes, Guadalajara.

(9) Rodeada estoy de fuego por todos lados. La estrella llamada Ajenjo ha debido poseerme. Quería escribir de la romería del fuego que hay en el pueblo de Carmen, de altares y procesiones, y de que un día vamos a juntarnos todas, las vivas y las muertas, para hacer una hoguera enorme en la vereda del río detrás del viejo Matadero. Pero todo está tan cerquita que aún no logro verlo y creo que aun no puedo contarlo. Mejor aguardar, y mantener el sortilegio en secreto. Pienso en las Mujeres Ardientes del cuento de Mariana Enríquez  Las cosas que perdimos en el fuego. Fue mi amiga Ana quien al oírme hablar de mi trilogía del fuego me dijo que tenía que leerlo. Una escribe imágenes que luego reencuentra refractando en imágenes de otras, y esa magia me mitiga la sensación de soledad. ¨Siempre nos quemaron. Ahora nos quemamos nosotras. Pero no vamos a morir: vamos a mostrar nuestras cicatrices¨.

Marta Echaves

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Buscar lo obvio (entrevista a Carlos Serra Vicente)

Imágenes de Anxo Casal

En Rambla Marina (Hospitalet de Llobregat), aunque el suelo del barrio siga siendo industrial, lo que se respira es otra cosa. Los domingos hay gente muy arreglada. Algunas hablan en inglés con acento caribeño. Desde mi habitación oigo voces que recitan con mucha fuerza por encima de una música repetitiva, a veces sin música, a veces no recitan y también, muy a menudo, parece que una banda de rock muy amateur esté ensayando la misma canción, una y otra vez, desde hace años. Se oye muy fuerte, como si de verdad fuera a cruzarme estas personas recitadoras, cantantes, de camino al baño al salir de la cama. Nos costó identificar, al principio, dónde se ubicaba el foco de escándalo. Desde el quinto piso, al sacar la cabeza por la ventana, todo lo que se ve son naves industriales. Todas, igual que la nuestra, son susceptibles de alojar cualquier formato semi-legal que se preste a hacer fiestas, conciertos, ruido.

Muchas veces encontramos cajas con vajilla antigua y ropa delante de la nave vecina. Una vez toda la calle estaba llena de comida desparramada, recuerdo sobretodo las sandías y melones reventados por el suelo. Al principio, nuestras vecinas nos desconcertaban bastante. Luego, las canciones se nos fueron haciendo cada vez más familiares y pudimos descifrar que uno de los estribillos decía: “¡Hay libertad en la casa de Dios. Libertad, libertad!”.

Ésta es la relación más directa que he tenido con lo escénico este último año en Hospitalet. Una Iglesia Evangélica. Sé que no soy la única, pues hay más Iglesias Evangélicas registradas en la web del ayuntamiento que Católicas. Sin haber entrado nunca en ninguna en los tres años que hace que asisto a sus cultos a distancia, con más o menos nitidez según sople el viento, encontré la excusa para hacerlo público gracias al encargo de este texto. También se lo conté a Carlos Serra, el Anciano de una Iglesia Evangélica de Pubilla Casas (Hospitalet de Llobregat) que me invitó a asistir a un culto y a charlar cuando éste acabase.

Al llegar a la Iglesia, un domingo, yo venía con idea muy clara de hallar algo parecido a un vídeo que habíamos encontrado en el canal de YouTube de una Iglesia Evangélica cercana a nuestra nave. Al salir de ese encuentro, me fui confundida, con un texto de Boris Groys en la cabeza que habla sobre la obligación de auto-diseñarse el alma cuando Dios no ya existe. Esto que voy a relatar es lo que pasó entre medio. Las imágenes son de mi amigo Anxo Casal que estuvo conmigo durante el culto.

Todo el mundo nos saludó y se presentó al entrar a la Iglesia. No faltó la conexión por zoom del resto de asistentes. Si no fuera por el Covid-19, hubiéramos sido más de veinte asistentes. Fue un inicio bastante más cálido de lo que me esperaba. El culto empezó con cantos y siguió con lecturas de textos bíblicos. Destacaban las voces de un par de mujeres que cantaban maravillosamente. El Anciano no tubo protagonismo en ningún momento, sino que fueron los asistentes los que propusieron las canciones y los textos. Digo “los” porqué solo escuché hombres hablar en alto. Esto no me sorprendió, pero tal vez fue cosa de ese día. Tampoco me decepcionó la lectura e interpretación del texto sobre la amistad entre David y Jonatán, del primer libro de Samuel del Antiguo Testamento, pues ya me esperaba que el locutor aprovecharía para advertir su desacuerdo con la homosexualidad.

Èlia Bagó: ¿Cómo empezó el proyecto de la Iglesia Evangélica de Pubilla Casas? 

Carlos Serra: Esta Iglesia pertenece al movimiento de Asamblea de los Hermanos que nace en Inglaterra como un movimiento no vinculado a una denominación histórica religiosa, sino que surge de la unión de anglicanos, bautistas y metodistas que se ponen de acuerdo para volver a lo que era la iglesia primitiva, la del pueblo que se reúne sin jerarquías. Estaban en contra del institucionalismo de la Iglesia, de su rigidez, de las normas y el encorsetamiento. Se caracteriza por ser un movimiento misionero. El misionero que vino a España, inglés, hará más de cien años, fundó una iglesia en el Paral·lel 167 (Barcelona). Esta iglesia en la que estamos ahora es hija de la del Paral·lel, que abrió en el año 1967. 

ÈB: ¿Qué función tiene un Anciano en la Iglesia?

CS: El movimiento Evangélico de la Asamblea de los Hermanos se caracteriza por no tener Pastor. La mayoría de Iglesias Evangélicas tienen un Pastor que es el que orquesta. Las Asambleas de los Hermanos, en cambio, tienen un consejo de Ancianos. Es el mismo funcionamiento que tenía la iglesia primitiva, los Ancianos lo que hacen es supervisar la Iglesia. En otras denominaciones hay muchas jerarquías, como en la católica sin ir más lejos: hay los sacerdotes, el obispo, el cardenal…, pero bíblicamente solo aparece la figura que es la del Obispo. Anciano y Obispo son la misma palabra en griego y el significado es “supervisor”. Así que mi función no es la de dirigir, sino la de supervisar, acompañar y por eso hay muchos días que ni siquiera tomo la palabra, sino que lo hacen las personas que forman parte de esta Iglesia. 

ÈB: ¿Compagina su misión de Anciano con otra ocupación?

CS: A parte de poder casarnos, tener una familia, los Ancianos tenemos otro trabajo y por eso nos repartimos el trabajo entre el consejo. No hay un solo Anciano para cada Iglesia, sino que hay varios. Así, el hecho de que haya un conjunto de varias personas que se ocupan, hace que sea más difícil caer en el empoderamiento, pues entre nosotros nos autorregulamos. Nuestras iglesias son totalmente democráticas, que es algo muy bueno, pero a veces muy difícil de gestionar. Es mucho más sencillo gobernar debajo de una dictadura, esto está claro. Y por esto esta misma iglesia, hace veinticinco años, se quedó sin consejo de ancianos y hubo que sustituirlo, y así vine yo de la Iglesia del Paral·lel, en la que estaba muy involucrado pero no era Anciano aun. Yo estoy feliz con el trabajo que hago, pienso que Dios me ha traído aquí y pienso que por hoy es lo que Dios me ha puesto por delante.

ÈB: ¿En busca de qué vienen las personas a los cultos?

CS: Hay la persona que claramente viene a buscar ayuda de tipo material, más que interesarse por la fe o aquello espiritual. Hay otras personas que se encuentran en una situación de necesidad y vienen a sentirse arropadas, a establecer lazos. No es cuestión de que si no abrazas la fe no te ayudamos. No es un chantaje, nosotros intentamos ayudar a todo el mundo, pero si que esperamos que se establezcan lazos. Después hay aquellas personas que realmente tienen inquietud espiritual y necesitan descubrir qué pensamos, qué hacemos y por eso se acercan a nosotros.

ÈB: ¿Qué influencia cree que tiene este proyecto en su comunidad cercana de Pubilla Casas y en general en la sociedad?

CS: Yo pienso que hemos influido positivamente en el hecho de que muchas veces hemos sido nosotros los que hemos tocado el cuerpo de las personas para que se preocuparan más de los demás y menos de las cosas materiales, que se respetara la vida humana y en este sentido creo que seguimos estando allí. Vivimos tiempos en los que nos damos cuenta de que no somos tan fuertes como pensábamos y pienso que hay mucha gente que sin saltar a la arena, como espectadores, nos miran, nos escuchan y tienen ganas de que les hablemos. Tenemos que ser capaces de transmitir todo lo que representa el reino de Dios no solo en palabras sino también en la forma de vivir. Ahora es un momento de necesidad y las personas que tiene una necesidad, normalmente, despiertan una inquietud espiritual auténtica. Hay personas que a raíz de la situación de necesidad se les abren los ojos y quieren saber sobre la existencia, sobre el sentido de la vida. Y algunas de estas personas, después de haber venido, haber superado esta etapa de crisis y sentirse más encaminadas, siguen viniendo para descubrir más allá. 

ÈB: ¿Cómo ve usted el momento actual para su iglesia y, en general, para el Evangelismo?

CS: La iglesia, por mala suerte, en los últimos años, se ha convertido en un artículo de consumo. La gente no va allí donde puede dar, que es de lo que se trata. Si das, por descontado que recibirás. Es la esencia de la enseñanza del cristianismo: qué puedo dar y no qué puedo recibir. Ahora hay mucho esta mentalidad de si el producto que me estás dando no me gusta me voy y busco otra cosa que me llene esta supuesta espiritualidad. La sociedad ha decidido que por si misma puede valerse y que no necesita a Dios. El materialismo ha hecho que la sociedad no crea que existe una verdad común para todos. Sino que cada uno tiene su realidad particular. Y, por otro lado, nosotros nos hemos equivocado y hemos hecho muchas cosas que no están bien. Uno de nuestros grandes defectos, es que hemos separado lo que es la vida religiosa de la vida no religiosa. Nos ha costado interiorizar el gozo, la alegría, el baile, expresiones buenas. No es malo hablar de cosas banales, de cosas que nos afectan en nuestro día a día. Haciendo autocrítica podría decir que hemos hecho una separación tan grande entre la vida religiosa y la vida de verdad que quien se encuentra en el otro lado no quiere cruzar el charco. Si tengo que dejar de reír, he de dejar de pasármelo bien, evidentemente no quiero salir de donde estoy. Cuando realmente, originariamente, en la religión judeocristiana, lo más importante siempre habían sido las fiestas.

ÈB: ¿Cuál ha sido su mayor logro como Anciano? ¿Y su mayor miedo?

CS: No cambiaria mi vida como creyente. Como Anciano es otra cosa, porque es un trabajo muy duro estar tratando con personas constantemente, tiene momentos muy difíciles. En mi vida no cambiaría todo lo que me ha aportado a mi la fe. Me ha aportado tanto que me da igual si es todo una mentira. Si es mentira, pues bendita mentira, porque todo lo que me ha aportado es tan bueno…no cambiaría nunca este referente que he encontrado en Jesús. Me siento orgulloso de que esta Iglesia siga adelante con toda la que está cayendo. Me siento orgulloso de formar parte de esta obra que ha sido testimonio aquí en el barrio. Estoy muy contento de haber sido de ayuda a toda la gente que ha pasado por aquí y transmitirles el evangelio de alguna manera. Y también he recibido mucho, muchísimo de gente muy sencilla, de gente con una fe mucho más grande que la mía que en su mayoría han sido mujeres. Mi mayor miedo, por otra parte, es el salto generacional. A estas alturas sé que quien mantiene la obras es Dios, no tengo miedo porque sé que Dios proveerá. Pero no deja de preocuparme que no haya una generación próxima que nos sustituya, con ganas de involucrarse, con ganas de aprender la Biblia…

Entre muchas otras preguntas y respuestas, Carlos Serra me hace pensar en lo perdidas que nos encontramos aquellas que no hemos sabido sacudirnos la sucesivas crisis de nuestro país y, ahora que se presenta otra, no hemos salido aun de la precariedad, la inestabilidad y la ambigüedad. Huimos de la autoridad, pero somos incapaces de imponernos nada. Estetas que se cambian las máscaras cada vez que encuentran un referente prometedor. Pero sentimos el cansancio de no ser capaces de diseñar nuestra propia alma(1) porque se nos ha negado la existencia de Dios sin haber propuesto otro sistema de referencia que no sea el que opera a través del consumo. Una rueda que se podía satisfacer cuando había trabajo. No hay una verdad, hay infinitas posibilidades que en vez de liberarnos, nos crean dudas y más dudas. ¿Cómo proyectarse hacia un futuro concreto si no somos capaces de percibirnos de forma no fragmentada? La realidad en clave hiperreal nos amansa para que perdamos nuestra subjetividad. Intentamos formar parte de grupos que den sentido a nuestra existencia individual, pero nos acaban pareciendo adoctrinadores y sofocantes, pues sin agencia propia no nos queremos hacer responsables de principios de otros. Ni dios, ni capitalismo, ni comunidad, pero nos sentimos solas y perdidas porque sabemos lo que no queremos y lo que queremos por ahora no lo podemos lograr.

Lo nuevo, esperanzador y milagroso, lo acostumbramos a distinguir de lo vulgar. De la misma forma que se escogió a Dios de entre sus semejantes predicadores errantes o el readymade de los otros objetos mundanos(2). Tal vez es por eso que, ahora que nada es común, reconocible, hay que cambiar de estrategia. En medio del sin sentido, buscar lo obvio.

Èlia Bagó

(1) The Obligation of Self-Design. Boris Groys. Published online by E-flux journal #0, 2008.

(2) Chapter 1: Sören Kierkegaard in Introduction to anti-philosophy. Boris Groys. Translated by David Fernbach. Published by Verso, 2012.

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Investigar p…!

…tengo la luz oblicua del atardecer en los ojos, su resplandor dorado sobre los pinos.
Oigo los pasos que desplazan la grava, los ciclistas derrapando, me duelen las piernas
aún de la caminata en el bosque. Esta mañana he escrito cinco horas en inglés, he
avanzado, la estructura no está clara pero he avanzado y no me quito de la cabeza “Los
argonautas” de Maggie Nelson. He buscado la referencia de Philippe Rahm que me dio
Berta, parece muy interesante, pero no encuentro ningún vídeo de la instalación que me
gusta en las fotos. En Collserola nos sentamos al lado de un riachuelo inmundo bordeado
de cañas secas y comimos bocadillos de jamón, mozzarella y aguacate; bebimos Ribera
del Duero. Se acercaban perros a olisquear, uno negro se llamaba Otto, husmeó las
bolsas vacías, ladró y salió corriendo. El sábado fui a ver el concierto de Venecia Flúor, en
un momento Alba se equivocó de escena y dijo “no me voy a disculpar porque es la
primera vez que lo hacemos… ¡¡¡Pero lo voy a dar todo!!!” y vaya si lo hizo. El vestuario
con hombreras y pamela delirantes, manicura de plumas, máscara imposible y capa de
tul, una de las canciones se llama “Ego y sombra”, referencias junguianas mezcladas con
Manuela Trasobares, maravilla todo se puede, a Ramón le costó bailar pero al final lo
hizo, le gustó pero la siguiente quiere venir sin sus padres, de camino al Paralelo
tarareamos “ahora el tiempo va más lento”, “ahora el tiempo va más lento”… Tengo los
hombros cargados de estar la mañana delante del ordenador y ahora escribo sentado en
la cama, no me he acordado de encender el radiador, no me extraña que tenga frío, vas a
ver la factura de la luz. Antes hoy me preguntaba qué sería un cuerpo atmosférico, nubes
de linfocitos, borrascas de dedos gordos, anticiclones de suspiros, brisas de ligamentos,
rayos oculares y granizo de deseo, también vi “Popcorn” de Adrià Julià, la semilla de maíz
sobre la negra superficie untuosa, hay unas marquitas en la parte superior, ¿son
pequeñas grietas que presagian la eclosión?, no, son burbujitas de aire en el
revestimiento de aceite, ahora hay más aceite, ¿la semilla se imbibe cada vez más o el
calor hace subir el líquido?, no son burbujas ni grietas sino listones muy pequeños y finos,
la semilla se ha alargado un poco, no, te lo estás imaginando, sí, sí que se alarga, un
poco al menos, ¿será que se ha movido la cámara? Sí, sí se alarga, se estira atrás, la
silueta se desdibuja, se está afilando, termina casi en punta, quizás era ya así y no te
habías fijado. ¿Hay una mancha más oscura? Parpadeo, sí, una superficie pequeña sobre
la semilla de un amarillo casi marrón, con forma de elipsis pero algo más ancha en la
parte de arriba. ¡Un kiko! ¡¡¡Una semilla de maíz tostada es un kiko!!! El recuerdo de las
bolsas de Churruca con el maíz rebozado de glutamato, se te quedaban los dedos
cubiertos de polvillo granate pringoso que te frotabas contra los tejanos o chupabas para
limpiarlos. Los listoncitos sobre la semilla proliferan, pequeñas arrugas de ceño fruncido o
desfiladeros en un desierto convexo. Se alarga, se alarga, pero no mucho. Brilla el aceite
sobre la superficie, la piel se ablanda y la semilla absorbe, la cutícula cuarteada aunque
de manera casi imperceptible, la textura grasa y rugosa. Se ha alargado un poco más. No,
has parpadeado y te ha dado la impresión. Es exactamente del mismo tamaño que antes,
mira hacia el borde de la pantalla, coge un punto de referencia, has parpadeado, inténtalo
de nuevo, no, resulta imposible, la semilla centellea, hay un punto en la esquina superior
izquierda donde incide la luz, una estrella diminuta justo antes de que la superficie se
incline hacia atrás, qué tensión los graves de la banda sonora, ¿se ha alargado una pizca
de nuevo? Pum el maíz explota, Marla, Juan David y yo nos sobresaltamos sobre los
asientos, ha reventado hacia la derecha dibujando tres picos puntiagudos, uno de ellos
hacia abajo con un ribete blanco, parece una sierra de lado o una tulipa de cristal, qué
finos los bordes, las puntas se tuercen ligeramente hacia atrás como pétalos. En el
bosque tuve a Berta y Elia delante un rato mientras hablaba con Denise, Elia llevaba el
casco sobre la mochila e iba dando golpes a cada paso, esta vez la ermita de Sant Iscle
estaba abierta y pudimos entrar, una de las ventanas estaba cubierta con una loseta de mármol blanco y emanaba luz tenue y difusa, había una pequeña excavación dentro que
mostraba tumbas antropomorfas, así las llamó la chica de la entrada, en un estrato
intermedio sobresalen restos de huesos entre la tierra húmeda y oscura, un fémur
seccionado, el lateral de una vértebra, astillas blancas y quebradizas; las pinturas de
detrás del altar restauradas al estilo románico pero con narices imposibles de dibujo
animado, al pasar por delante de Can Catá la glicinia está pelada, ni hojas verdes ni
racimos de flores lilas, qué lástima con lo bonita que estaba en verano y el casco cloc cloc
cloc sobre la mochila. El viernes Ana entrevistó a Doza de TD papeles, no había manera
de que se estuviese quieto, se bebió un litro y medio de agua, mientras hablaba daba
golpes a las botellas de cristal que rodaban sobre la moqueta gris, no me extraña que
tuviese que ir al lavabo, no, Ariadna no ha llegado, Doza defiende la inmediatez, el valor
de las ideas, lo pixelado, pásalo ya, no pierdas un segundo, hace diez años que no tiene
agua corriente en casa, trabaja por urgencia, por necesidad, nadie lo puede discutir, se
sale de sí mismo mientras habla, se desborda, al salir compro “It’s a match” de Alicia
Roselló y “Fin de la cita” de Olmo González, qué grandes, mi padre se troncha con el de
Rajoy aunque dice “lástima que esté pixelado” y yo no contesto que voy por la tercera
copa y aún no hemos comido, como siga con las olivas no voy a tener hambre pero me
sirvo un poco más de Pansa blanca, qué ganas de desbarrar, estoy como todas, oigo el
hilo musical del Mercadona y me iría de after, encima no se liga nada, voy a colgar fotos
en calzoncillos en las stories como algunos amigos, me acuerdo de aquel chico
encantador y torpe que no paraba de hablarme de su exnovio a la vez que intentaba ligar
conmigo, al marcharse me mandó un mensaje tirándome la caña y luego otro
retractándose antes de que viese ninguno de los dos y se extrañó de que no contestase,
me supo mal que pensase que lo rechazaba pero no supe explicarme mejor, un día
tendría que contárselo para subirle la autoestima como mínimo. Elia en el bosque nos dijo
que a ella también le habían encargado un texto, mientras subimos hacia la carretera de
les aigües estamos rodeados de hierbajos amarillentos, sólo los alyssum están florecidos
a ras de suelo, me olvidé de decirle a Denise que acercase la nariz, seguro que no sabe
que huelen a miel, y al volver de la excursión en el pasillo que lleva al andén han borrado
la pintada de “Investigar, putas!!!”, una lástima, la vi por primera vez camino a la expo de
Jaume en ET Hall con las galletas Digestive insertadas en el tablero de corcho y el rastro
de cacahuetes pintados y sin pintar donde la pared se junta con el suelo, estuve hablando
con Alicia y me dio tiempo a beberme dos birras y a visitar también la expo de Sinéad,
qué preciosidad las esculturas, sólo conocía su trabajo en dibujo, en una de las paredes
cuelga una especie de cuadro con un rulo de arcilla dentro de un bolsillo de látex, tiene un
cariz sexual pero desprende suavidad y dulzura, como hacer el amor poco a poco con
mucho tacto, qué ganas de tocar y chupar la pieza, qué bien ponerse tontito aquí, al salir
me llevo un cacahuete pintado de lo de Jaume y me voy a La Caldera, me compro cien
gramos de mortadela italiana y bastoncitos salados, qué hambre, lo del teatro es
fatal para el estómago, la pieza de Norberto no está acabada pero molan los materiales y
cómo están hilados entre sí, sobre todo esas escenas con Inka y Santi donde practican la
no-presencia, estamos aquí pero en realidad estamos en otra parte, chocándose con los
ojos cerrados, haciendo aspavientos, si ellos no están aquí entonces igual nosotras
tampoco, ¿quiénes son, rostros vagos nadando como en un agua pálida, éstos aquí
sentados, con ojos vivientes?, la tarde nos empuja a ciertos bares o entre cansados
hombres en pijama. Al día siguiente Norberto me habla de Mallarmé, su pasión por los
abanicos y el proyecto inacabado de “Le livre”, resulta casi imposible de encontrar ya sea
en papel o pdf, pero me bajo unos fragmentos de una edición en inglés y flipo con las
fórmulas matemáticas y la idea de convertir un libro en un teatro, pero al acabar la pieza
estoy agotado y me voy a beber con Elda, Marc y Tirso; Elda es Miss Mayo y yo Miss
Febrero, a la segunda copa me meto el cacahuete de Jaume en una fosa nasal y digo:
“Mirad, llevo una obra de arte en la nariz”, Tirso me pregunta qué tal la vida en Ele Eich, yo contesto que muy bien pero no canto a Loquillo, Tirso dice que la Torrassa es el barrio
con más nacionalidades diferentes del mundo, me lo creo, vamos hacia las bicicletas y
tardamos un buen rato en despedirnos, al bajar por Carlos tercero hay un restaurante con
una foto de Maradona y una nota manuscrita, lástima que hayan borrado la pintada del
pasillo de la estación, toda investigación es una experimentación porque participa de un
mundo que no está hecho sino que se está haciendo y en cuya formación la investigación
participa, cómo tarda en llegar el metro, qué fría la habitación aunque el radiador esté
encendido, a la que pueda salgo de la ciudad de nuevo, ganas de mirar el cielo abierto y
oír la grava que se desmorona flanqueado de pinos y romero…

Quim Pujol

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Ir al teatro es resistir

«My bed» de Tracey Emin

Salí del teatro y me acordé de lo que una vez le escuché decir a Tiago Rodrigues sobre la censura. En los años sesenta, durante la dictadura de Portugal, una compañía quiso montar Deseo bajo los olmos de O´Neill, que acababa de ser estrenada en el cine. Pidieron permiso para montar el texto en el teatro y la censura no se lo dio. Entonces escribieron al censor y el censor, que nunca respondía a las cartas explicando sus decisiones, les dijo que una película hecha en Estados Unidos, lejos, era algo que ya había pasado. En cambio, una obra hecha por portugueses mientras otros portugueses la están escuchando es algo que está pasando en realidad y eso es contagioso.

Cada día tengo una relación más difícil con las palabras y una de las palabras que ya apenas entiendo es teatro. Tal vez sea porque el teatro es una fuga de palabras. O porque si el teatro es representación todo el lenguaje es teatro y el mundo, por tanto, también lo es. Al final, para entenderme y entender a qué dedicaba la mayor parte de mi tiempo, ayer, a la salida del teatro, me quedé con la definición del censor: algo contagioso que está pasando en realidad.

Hacía tiempo que no iba al teatro. No me apetecía, por la pandemia que todos conocemos, pero también por circunstancias menos catastróficas como el cambio en las programaciones de varios teatros de Madrid. Llevo meses solo, encerrado, más por pereza que por miedo o responsabilidad social, viendo películas y leyendo los libros que un repartidor en bicicleta me trae amablemente a casa.

Una de las películas que he visto, tirado en la cama comiendo chetos, ha sido Talking about trees de Suhaib Gasmelbari. Es un documental que cuenta la historia de cuatro amigos que quieren revivir un viejo cine en Sudán. En el minuto 78, uno de los amigos les cuenta a los otros lo que le dijeron cuando fue a solicitar permiso para proyectar la película. Quizá porque se parece a la historia de Tiago, también me acordé de ella a la salida del teatro.

“Fui allí como habíamos concertado. Cogió los documentos y me preguntó para qué los llevé. «Ustedes los solicitaron». «Deberías haberlos enviado. No traerlos en persona». Me mandaron ir a la policía moral para ver al director. Me dijeron que estaba rezando. Después de dos horas esperando, me avisaron que estaba en el servicio religioso. (Los amigos ríen.) ¡Qué buena historia! Me mandaron de vuelta a Seguridad Nacional. Me preguntaron que por qué no usábamos nuestro local. (Más risas.) Le dije: «En nuestro local solo caben veinte personas». «Entonces, ¿queréis reunir a muchas personas?» Ese es el problema. Es que para eso es el cine”.

La respuesta de la censura es idéntica en las dos historias. Da igual la obra de teatro o la película que quieran proyectar, el problema es reunir a muchas personas frente a algo que pasa en la realidad. Es verdad que la película para el censor portugués no sería tan problemática, pero eso es porque el censor portugués solo sospecha que lo que pasa en realidad en un teatro o en un cine, no pasa en el escenario ni en la pantalla, sino entre las personas que se reúnen, que comparten espacio.

Ayer, cuando salí del teatro, me acordé de estas historias. La obra que acababa de ver me había parecido malísima y, por un momento, me arrepentí de haber salido de mi cama llena de chetos para ir a verla. Pero a la vez estaba extrañamente satisfecho, invadido por una sensación parecida a la alegría -que me había abandonado meses atrás, y quería saber el motivo. No me he vuelto loco, pensé, la obra que acabo de ver me parece una basura y estoy tontamente enfadado con personas que ni siquiera conozco. Mantengo mi mismo gusto exquisito.

Al llegar a casa, en la cama, después de la quinta cerveza -cierran los bares, pero, desgraciadamente, no las neveras- y con los dedos ya naranjas de comer chetos, me di cuenta de que no puede ser lo mismo el teatro -y no me refiero al edificio- que las obras de teatro. Por la tarde, de algún modo, el teatro había existido, aunque la obra había hecho todo lo posible para impedirlo. Y, a pesar de tener una relación cada vez más complicada con las palabras, me aventuré a pensar una definición: El teatro es lo que hace que un encuentro entre personas desconocidas, a veces sutil y casi siempre silencioso, se convierta en una manera de pensar y sobrellevar la existencia. No sé cómo se consigue eso, pero sí sé que a veces aparece simplemente con estar. Luego, me quedé dormido.

En tiempos de emergencias, pienso hoy, para escapar de nuestras camas llenas de chetos, es cada vez más necesario que volvamos a estar juntos. Hace tiempo que ya nos quitaron el futuro, al llenarlo de urgencia y de nostalgia, como señaló Franco Bifo Berardi, que también dijo que el arte a veces sirve para redefinir el campo imaginario. Yo creo, con mi tercera cerveza de hoy, que los imaginarios son el pensamiento de las sociedades. Y es en este punto donde no da igual la obra de teatro que vayamos a ver, que se programe o que se produzca –y por eso me cabrea lo de ayer y algunas de las programaciones de los teatros de Madrid.

Mientas abro la cuarta cerveza, con esperanza, pienso que: 1) el campo real solo cambia si antes ha cambiado el campo imaginario, 2) el arte es capaz de redefinir el campo imaginario, 3) los imaginarios son el pensamiento de las sociedades, 4) solo imaginando otros imaginarios podremos cambiar el pensamiento de las sociedades y, por tanto, las sociedades mismas, 5) solo cambiando las sociedades volveremos a conquistar el futuro, 6) el camino es la imaginación, que se pone a prueba en el arte. Pero también pienso que el primer paso y lo que ahora más necesitamos es el presente -y las presencias-. Necesitamos volcar en él toda nuestra imaginación y nuestros recursos. No podemos dejar que la normalidad nos lo quite y, en cuanto podamos, tenemos que salir a conquistarlo.

Después de la siesta, tirado en la cama con mis cervezas y mis chetos, he seguido leyendo la novela de Ocean Vuong, En la tierra somos fugazmente grandiosos. En ella se cuenta una historia que me ha llevado a pensar de nuevo en el teatro. Es una anécdota sobre una señora con un solo pie que entra en un salón de pedicura y pide que le hagan un masaje en el pie que no tiene, porque aún puede sentirlo. La madre de Voung, que trabaja en el salón, masajea el pie invisible bajo la mirada atenta de su hijo. El concepto de miembro fantasma lo desarrolló Merleau-Ponty para reflexionar sobre la percepción ausente. Pienso que el teatro también se parece bastante a un miembro fantasma, aunque esto lo dejo para otro día y otro texto. Ahora salgo de la cama y me voy al teatro. Porque ir al teatro hoy es resistir.

Javier Hernando Herráez

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