¿Qué hacer con mi libertad (suponiendo que la tenga)?
Me llaman a filas y acudo obedientemente con una bolsa con mi ropa. En el patio del cuartel me encuentro con un oficial de baja graduación (supongo, por la pinta que tiene). Lo saludo con un Buenos días, señor para ir ya integrándome. Me ordena que espere debajo de un porche de madera. Allí me estoy un rato esperando que alguien se acuerde de mí mientras observo el patio del cuartel, que me recuerda el Far West. Paso tres cuartos de hora y nadie me hace ni caso. Entonces recapacito y decido marcharme por donde he venido. La verdad es que no tengo trabajo, no tengo nada que hacer, y pensé que un año de servicio militar era la ocasión para no hacer nada y disfrutar sin preocupaciones con una coartada perfecta: mi deber con el Estado. Pero ¡qué coño! No necesito coartadas. Además, en su día me declaré objetor de conciencia. Nadie vendrá a buscarme. Voy a disfrutar de mi libertad.
Entrevista a Noam Chomsky, lingüista revolucionario y autor de libros como Los guardianes de la libertad
Sólo quiero dormir
Abro los ojos. Me despierto. Estoy en la oficina. Estamos de cierre. El lunes sale el próximo número de la revista. Richarte está sentado delante del ordenador. Se da cuenta de que me estoy despertando. ¿Qué tal, bello durmiente? Bien. No me extraña, llevas dos días durmiendo. Te dormiste el sábado por la noche y hoy es lunes. Hemos acabado el número sin ti. No había manera de despertarte, lo hemos intentado todo. Imposible, no puede ser. Y mientras digo eso echo mano de mi móvil para consultar la fecha pero Richarte quiere impedirlo avanzando hacia mí. Me escapo caminando hacia atrás sin darle en ningún momento la espalda para no perderle de vista. Está nervioso, no quiere que mire la hora. ¿Qué está pasando? ¿Por qué me engañan?
A veces no puedo resistirme
No puedo resistirme, le doy un beso a Shangay Mirinda. Se ríe, se da la vuelta y se pone a caminar por el pasillo. La sigo. Entramos en una habitación, se pone de rodillas en una cama pequeña con sábanas blancas. Me subo a la cama. La vuelvo a besar. La cojo por la cintura. Deshacemos un poco la cama. Se levanta. No, aquí no, ven. Sale de la habitación, la sigo. Recorremos el pasillo. Entra en otra habitación con una ventana muy grande. Nos tiramos en la cama. Creo que quiere que la bese. La beso en los labios. Es un fruto prohibido. ¿Qué estará pensando ella? Me pongo de rodillas. Por la ventana veo pasar a Lolita y Ludvik. Me tengo que ir ya a la estación para no perder el tren. Ramón nos espera en el teatro.
Nuevas tecnologías
Viajo por toda la Península, incluso más allá. Mi única ocupación es el paseo, la buena mesa y, cada noche, ir a ver algún espectáculo, sea lo que sea. Vivo tranquilo y distraído.
Muy al sur me acerco a una playa donde la temperatura invita a bañarse. Me meto en el agua sólo hasta los tobillos. Contemplo el mar. Poco a poco aparece una ola enorme en el horizonte. Se acerca a velocidad de vértigo. Cada vez es más alta y más alta, color azul marino muy oscuro. No me altero, no la encuentro amenazante, pero es la ola más monstruosa que he visto en mi vida, tan alta como un edificio de 20 plantas, bastante increíble. Cuando llega hasta la orilla se curva ocupando todo el cielo. Miro hacia la cúpula que se ha formado sobre mí y veo publicidad de una empresa audiovisual. Ya está aquí el cine en 3D, pienso. Debe de ser eso.
¿Por qué no?
Falta poco más de media hora para que se abran las puertas y el público entre en la sala. La Heroína se estira sobre el escenario mientras hablamos muy tranquilamente de nuestras cosas. Aún no hemos decidido qué vamos a hacer pero no nos preocupa demasiado aparentemente. Estamos acostumbrados a improvisar, nos conocemos mucho, podemos hablarlo cinco minutos antes de salir a escena y todo irá bien. ¡Qué tranquilidad trabajar así! Vivir así.
La Heroína ha muerto
La Heroína ha muerto. Así, de repente.
Las palabras sólo pueden ensuciarlo todo si pretendo utilizarlas para explicar este dolor. Lo veo todo teñido de rojo, como si fuese verano, estuviésemos en la playa y el sol se estuviera yendo. Pero es invierno, es por la mañana y estoy en el cementerio. Y la gente se cruza en mi estrecho campo de visión y me abraza, a veces llorando. Yo no puedo. Una rubia me dice que hay que seguir, etc. Sé que es con buena intención pero no lo soporto. Siento vértigo. Ya no puedo volver atrás. ¿Y ahora qué? No quiero ni pensar el infierno que nos espera.

Arpía
Huyo corriendo escaleras abajo. Me persigue una famosa arquitecta de origen judío vestida de uniforme militar años 30 apuntándome con una pistola. En el tercer piso me tiene a tiro. Me colapso porque no sé si atravesar el rellano para seguir descendiendo o darlo todo por perdido porque es imposible cruzar el rellano sin convertirme en un blanco perfecto. Me siento como un conejo asustado mientras ella dispara sobre mí sin conseguir dar en el blanco por muy poco, haciéndome saltar para esquivar las balas, mientras desciende la escalera poco a poco, riéndose.
Y entonces pasa. Ya ha pasado otras veces en situaciones extremas parecidas. Me encaro, grito, mi voz se vuelve ronca, salgo de mí, diría que crezco unos cuantos centímetros, me enfrento a la famosa arquitecta mientras le grito: ¡Déjame en paz! ¡Ya está bien! ¡Estoy harto de ti! ¡No te aguanto ni un minuto más! ¡Quién te has creído que eres! ¡Vete a la mierda!
Y se queda tan perpleja que cesan los tiros.
Álgebra

Mañana me voy de viaje. Preparo mi pequeña mochila con cuatro cosas de ropa y me voy a dormir. Duermo en la habitación de Mi Protegida en casa de Los Creadores. A medianoche me despierto pensando en cosas que se me ha olvidado meter en la bolsa. Cuando se trata de un viaje largo debería comenzar a preparar el equipaje desde la mañana, dejarlo todo por ahí a la vista para ir añadiendo todos esos pequeños detalles que con las prisas siempre se olvidan. Me levanto para añadir a mi equipaje todo lo que se me ha escapado y entonces caigo en la cuenta del puto examen de álgebra que me espera mañana. No me acordaba. No vale la pena mirarme los apuntes, son una montaña. Tendré que enfrentarme al examen con lo puesto. Ya lo hice una vez, ¿por qué iba a ser diferente ahora? Más tranquilo, me dedico a pensar cómo salir de La Santa por el laberinto de cinturones y nudos de autopistas. Es todo tan complicado. Se hace difícil vivir.
Universos paralelos
Pico al timbre del portal de un edificio antiguo. Me abren, subo. En el cuarto piso me espera una chica muy parecida a Black Mamba, es como su hermana gemela. Por su casa entra y sale gente. Alquila habitaciones para putitas jóvenes que se acuestan con sus clientes. Así se gana algún dinerito. Los Creadores son vecinos. Se van a enterar de que estoy aquí. Ella me propone que vayamos a un concierto esta noche. El caso es que tengo entradas pero ya he quedado con Black Mamba. Sería un lío combinar a Black Mamba y a su doble en la misma noche. Pero intento buscar una solución porque soy incapaz de decirle que no. Se va a montar un lío, lo sé. Las dos viven en el mismo barrio, sus balcones dan al mismo edificio, trabajan en la misma institución, ¿la gente no se da cuenta de que son la misma persona?
Bajamos a la plaza. Están Los Creadores con algún vecino. Uno de ellos me dice si le invito a un aperitivo. Bueno, vale. Pero me coge de la mano y me lleva hasta el restaurante japonés que hay al otro lado de la plaza. Me da todo igual porque sólo pienso en Black Mamba y su doble y cómo lo vamos a hacer para salir de esta. Es como vivir en dos universos paralelos superpuestos con un ligero retardo en la dimensión temporal, no sé si me explico. Entre dos tierras estás y no dejas aire que respirar …
El Sorderita

Desde la cama escucho voces de gente que se espera. Hablan de unas fotos. Pienso en la cantidad de tiempo que hace que no tiro una foto. Me levanto. Saludo a un par de colegas, los de las fotos. Me hablan de unas fotos antiguas, mías, que aún recuerdan. Me preguntan si ya no hago fotos. ¿Por qué?
Salgo de casa de Los Creadores, en La Santa. La calle Baleares, a su paso por el Parque América, vuelve a ser como antaño, como si la hubiesen reconstruido. En una tienda de muebles hay un letrero bien grande anunciando la reapertura de un restaurante de pescadores. No recuerdo el nombre: La Bagatela o La Galera, algo así. Una placa anuncia excursiones programadas para conocer uno de los caminos antiguos que llevan a la Sierra de la Marina. Turismo.
El Creador me habla pero no le presto atención. Se da cuenta y me pregunta si estoy enamorado. Más bien me debo de estar quedando sordo, Creador.


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