#3 Feria gayega | Esperando la primavera atlántica

Elefante EleganteGranito de Elefante Elegante

“Como van las cosas por Galicia?”-nos pregunta un amigo y distribuidor afincado en Alicante- “Yo he tenido que cerrar la oficina de Madrid y me he venido para el pueblo de mi mujer, hemos abierto una sala pequeña en el bajo de casa”. Las cosas en Galicia no son muy diferentes a las del resto de la península, pensamos de entrada, pero luego, nos damos cuenta de que igual sí, a lo mejor Galicia is different.

Quizás no contamos con la tradición teatral de los franceses, ni Santiago es Berlín… pero la gente hace frente a la que está cayendo como en todas partes. Aúnque quizás la administración aquí es un poco different y cuando cierra una puerta nos abre una ventana, eso sí, en el noveno piso.

Así, en caída libre, sálvese quien pueda.

Lo que se lleva, o lo que se puede llevar, es tener una compañía con nosotros mismos. Nosotros mismos para producir, nosotros mismos para crear, nosotros mismos para vender y claro, nosotros mismos para autoexplotarnos, eso sí, con dignidad y elegancia. Y es que más de la mitad de las empresas culturales gallegas no tienen asalariados. Y eso que las empresas teatrales representan el 25,9% de la actividad empresarial cultural gallega, según el último informe del Consello da Cultura Galega. Vamos a pararnos en lo de “empresa cultural”, ya que a pesar de que no tenemos más remedio que aceptar la onda de las Industrias Culturales, podemos y debemos expresar nuestras reticencias a entrar en el juego de comerciar con arte sin más guías que la oferta y la demanda. Obviamente las compañías gallegas deseamos y creamos nuestros espectáculos para que el público asista y le dé sentido con su presencia a nuestra creación. Queremos público, queremos llegar a más espectadores, espectadores potenciales, que están sentados viendo la tele sin saber que lo que hacemos les puede mover, remover e incluso conmover. Pero claro, eso no puede significar que el Estado se desvincule de los creadores dejándolos a la merced de las taquillas y de criterios de creación estrictamente comerciales. Nunca podemos dejar de insistir en esto, que es bien sabido, pero que siempre está a punto de olvidarse en un lejano cajón de la organización liberal. El arte y el entretenimiento son dos cosas bien diferentes en el sentido de que mientras el segundo necesita apoyos, el primero nace andando, como los hijos de las yeguas. Si en la época de las vacas gordas no se aprovechó para subir el precio de las entradas al teatro, ahora la gente no se habituará a pagar entradas que financien completamente el espectáculo.

Pero volvamos a casa.

En Galicia llueve más que en Alicante, por eso abrir una pequeña sala requiere cierto acondicionamiento. Pero, ¿quién se atreve a abrir un espacio cuando casi no puede pagar el alquiler de su casa? Pues algunos valientes como los que abrieron Extramuros Espazo de Colisións Artísticas, o La Casa Tomada, O Liceo Mutante, etc. Nuevas fórmulas de gestión para tiempos salvajes… Malabarismos para atraer al público a la sala. Pero, ¿hasta cuándo podrán resistir? El futuro es incierto. También la Rede Galega de Salas, de organización institucional abre nuevas puertas: la Sala Gurugú, A Sala Ingrávida, A sala de Talía. ¡Bienvenidas sean!

Si damos un pequeño salto más allá de los Pirineos descubrimos que el IVA de las entradas al teatro en Francia es del 5,5% y para más envidia, no sé si sana, las “primeras” 140 representaciones de un espectáculo tienen un IVA superreducido del 2,1%. Fue allí donde vimos, anonadados, -hace ya casi 10 años-, a un grupo de adolescentes haciendo cola un domingo por la tarde en el teatro para ver un Moliérè. Exactamente como aquí… ¡No todo iban a ser malas noticias del norte! 🙁

Por suerte también nacen nuevas compañías, o agrupaciones de personas sin personalidad jurídica propia, pero ahí están, creando y ayudando a que el teatro gallego siga hacia adelante en su evolución. Darwin estaría muy orgulloso de todos nosotros. De muchos de los veteranos también.

La así llamada crisis, ha traído mucha unión en la profesión con el nacimiento de asociaciones y plataformas de defensa de las artes escénicas que fueron fundamentales para aguantar las paredes de la casa del teatro en medio del terremoto. Y quien dice teatro hoy en día dice danza, dice nuevo circo, y todo con la boca llena. Y es que en Galicia hay mucho talento y grandísimos creadores. Creadores que van más allá en la búsqueda de lenguajes escénicos, allá donde las fronteras entre disciplinas y estilos se desdibujan con la fuerza de las ciclogénesis que nos acompañan durante el largo e incubador invierno. Quien no siempre está a la altura quizás sean las instituciones.

En Galicia hasta hace pocos años, para formarnos, teníamos que irnos a Barcelona y a Madrid -la mayoría-, otros dábamos el salto al corazón de Europa y los más intrépidos cruzaban el charco. Esto ha hecho que con el paso del tiempo y el retorno del emigrante cultural, nuestro panorama creador sea cada vez más rico, variado y de gran calidad. También los hubo que se quedaron aquí, grandes autores y creadores, grandes autodidactas. Menos mal que estaban, sino qué hubiera sido de nuestro teatro… La apertura Escuela Superior de Arte Dramático de Galicia en Vigo hace unos seis años vino a colmatar un vacío vergonzoso que cubrían dignamente otras escuelas privadas y municipales como la de Narón. Ahora quien se quiere especializar fuera puede hacerlo, después de recibir una sólida formación de base.

¿Y el público? ¿Qué piensa la gente que acude a los teatros? No hemos realizado ninguna encuesta con el CIS, pero sabemos por experiencia que las personas que asisten a las salas lo disfrutan, lo necesitan y quieren más porque “es una pena que no haya más de estas cosas”. Queremos una programación estable, variada y de calidad, tanto unos como otros. Para todo tipo de públicos, mayoritarios y minoritarios. Y los minoritarios, salvo honrosas excepciones, quedan en el cajón del programador a la espera de un futuro más propicio, en el mejor de los casos. Nuestra antaño flamante Rede Galega de Teatros e Auditorios, está funcionando en modo supervivencia, con menos teatros adscritos y menos programación, lo que dificulta tanto a la creación como a la conservación de públicos, incluso a la supervivencia de los creadores, por muy buena que sea, fuera o fuese, su programación.

ININ de E. E.

El auge de compañías que crean espectáculos para la infancia con un alto nivel de exigencia tanto a nivel de fondo como de forma, lejos de infantilizar al publico infantil, merece mención aparte. De hecho, en el año 2013, por primera vez en la historia de los Premios María Casares del Teatro Gallego, un espectáculo creado para la infancia, Nuncabunga, de nuestro Elefante Elegante, recibió el galardón de mejor espectáculo. Una fiesta para todos los creadores que creen que el teatro para los más pequeños es igual de Teatro que el de los grandes. Y es que a pesar de todo aún nos quedan algunos prejuicios de los que librarnos.

Hablando de prejuicios, aquí va el último, pero éste no es solo nuestro… Fuera de las grandes capitales del Estado, hay grandes creadores y grandes espectadores, llenos de brisa marina y aire puro. Es una pena que ciertos espectadores acepten pagar entradas más caras por espectáculos de fuera de Galicia como si aquí no tuviésemos que comer o pagar el alquiler o que fuésemos peores artistas. Es una pena que “el espíritu de las provincias” no haya pasado a mejor vida… Qué feo es el complejo de inferioridad, a este podían llevárselo las enormes olas de 10 metros que el océano nos mandó este invierno para enseñarnos su poder y ponernos en nuestro sitio de efímeros mortales, como el Teatro.

Afortunadamente para las compañías las redes sociales funcionan muy bien de altavoz. Arden de información, reivindicación y comunicación horizontal. Pero claro, siempre entre amigos, y la cuestión principal es llegar a donde no nos conocen. Y para eso también deberían estar los medios de comunicación.

Antes, cuando éramos jóvenes (hace tres años) todavía teníamos el apoyo y difusión de gran parte de los medios que ahora yacen. Otros, con mucho esfuerzo, se mantienen vivos online. ¡Gracias! Pues sabemos que no es nada fácil. Hay días en los llueve hasta en Alicante.

Sería fantástico que un día en las amplias explanadas de la Ciudad de la Cultura de Galicia se juntase todo el mundo que cree que pertenece de algún modo al mundo de la cultura. Entonces podríamos ver como aquello se llenaría por un lado de actrices, actores, escritoras, bailarines, tramoyas, acomodadores, iluminadores, directoras, dramaturgos, atrezzistas, músicos… y por la otra ladera del monte Gaiás subirían también las profesoras, los alumnos, médicos, bomberos, carteros, panaderas, universitarios… ¡incluso funcionarios!, todas aquellas personas que normalmente pasan por taquilla, se acomodan en la butaca y se lanzan curiosas rumbo a lo desconocido esperando la primavera. Lástima que cuando broten las flores, será demasiado tarde para traer a Pina.

 Iria Pinheiro y María Torres 

Elefante Elegante

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Muchas, grandes y livres #3 | Feria gayega

Un paisaje gallego.

El crisol del teatro posdramático gallego.

En el minifundio no puedo jugar.

Esperando la primavera atlántica.

Aquí está la tercera entrega de Muchas grandes y livres, esta vez sobre Galicia. Como hemos dicho en otras ocasiones: sería lógico y deseable que no todo el mundo estuviera de acuerdo con lo que se dice en cada uno de los textos. Más allá de los comentarios, si alguien consigue crear un hueco en su agenda pluriempleada y le apetece sumar su punto de vista que nos escriba, por favor.

Queremos agradecer a los autores de los artículos que hayan sacado tiempo y se hayan animado a colaborar en esta sección. Sus reflexiones arrojan luz y nos ayudan a dibujar el paisaje de las artes escénicas gallegas. Gracias.

También nos pusimos en contacto con otros creadores, compañías, salas, gestores, etc., que no han podido liarse esta vez. La puerta -y la invitación- sigue abierta.

Para terminar, dar las gracias a R.B., M.A.R., A.P. y E. F. por los consejos que nos han dado para armar esta nueva entrega sobre el fogar de Breogan.

Malo será!

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Carta a un joven imbécil #4 | Ana Vallés

cerrado.x..mataCerrado por aburrimiento (2009) de Matarile Teatro. Imagen: Jacobo Bugarín.

Oficio de tinieblas

(Este título está inspirado en el nombre que se le daba a un oficio religioso de maitines algunos días de la Semana Santa. Se cantaban poco después de medianoche y, según cuentan, las lámparas y las velas se iban apagando gradualmente quedando todo en tinieblas antes de que amaneciera. Así yo me voy quedando a oscuras estos días mientras trato de escribir. Nada que ver con la obra del mismo título de C.J.Cela.)

De entrada, digo que sí, sin pensarlo dos veces. Desde Perro Paco me contáis que en la sección cartas a un joven imbécil “distintos profesionales del medio escriben lo que dirían a un joven que se dedica a las artes escénicas con el deseo de que deje de ser un poco menos imbécil”.

Más tarde, cuando supongo que ya no tengo excusas para no ponerme a escribir, me replanteo si en realidad me seduce la idea de asociar JOVEN a IMBÉCIL, y menos “joven que se dedica a las artes escénicas”.

Busco la definición que da la RAE de imbécil: alelado, escaso de razón. O sea alguien que provoca el desinterés, el menosprecio o, incluso, el desprecio. Nunca les llamaría imbéciles a los jóvenes que se dedican o se quieren dedicar a estas artes.

Entonces, ¿por dónde empezar? Busco en el caos de mis notas habituales y me encuentro con un comentario sobre una fotografía que muestra un cuerpo en tensión, arqueado, podría ser un danzante. Entre otras cosas apunta: “Las manos son la comunicación; los pies la realidad”. Pero, ¿esto qué pretende decir? ¿Que la forma de andar o, mejor aún, la forma de pisar no comunican? ¿Que la constitución de nuestras manos y su manera de tocar, acariciar o apartar no forman parte de la realidad? Ay, ay.

Quizás el joven imbécil no sea tan joven, y ni siquiera se dedique a nuestra profesión. Quizás sea más bien alguien que mira y juzga desde el exterior, asomando sólo la punta de las narices: ¿un crítico? ¿un escritor? ¿un ex-actor? ¿un profesor? ¿un experto en dramaturgias varias? ¿un razonador que pretende traducir todo a palabras, interpretar lo inefable?

A veces esta profesión se entiende mal, o se desatiende al convertirse en una serie de habilidades técnicas, de métodos aprendidos, de prejuicios conceptuales o de discursos prestados.

Tal como yo la entiendo, supone el valor único de cada representación -cada movimiento, cada palabra, cada espacio, cada encuentro-, no pretende el virtuosismo del mono de feria ¿ese es el imbécil, hoy? ¿el repetidor incansable? Entonces, queridos pacoperros, el imbécil no es joven, no le ha dado tiempo.

Quizás sea yo la mona, la mona verde, la vieja mona, la petite monster.

Y cómo me apetece fumar un cigarrillo, tumbarme en el suelo, acariciar esa cabeza; lo retrasaré un poco más.

Así las noches, los días

Convirtamos el teatro (cuando digo teatro digo danza también) en objeto de análisis. Pero desde dentro NUNCA DESDE FUERA. El análisis en el propio teatro.

No será desapasionado, ni se hará sin querer percibir la carga humana que hay detrás.

¡Venga! ¡Hablemos del intrusismo!

Esta profesión es una mierda, lo dije muchas veces, la última en “Cerrado por aburrimiento”. ¿Por qué dejamos que hablen por nosotros los que intuyen u olfatean pero nada saben, joder, los habladores, a los que me refería ya en el programa de mano de “Acto seguido” en 2003:

Hablamos de actores porque eso es lo que somos.

Hablamos de teatro porque somos los actores quienes lo hacemos.

No son los periodistas, no son los académicos, no son los teatrólogos, no son los críticos, no son los autores.

Somos nosotros, los actores, quienes podemos saber qué es esto que hacemos.

Cuando lo hacemos. Cuando tomamos la determinación de actuar y no de interpretar.

 Lo que se dice a menudo sobre nuestra profesión, sobre el teatro,

no es más que una ficción. Un cuento.

Y nos preguntamos por qué los que no hacen teatro se empeñan tanto en hablar, hablar

y hablar de esto que hacemos nosotros y que, si verdaderamente pudiera ser hablado,

razonado, contado o explicado, sería absolutamente superfluo.

Si el teatro no es más que palabras, si se puede limitar a las palabras,

que se vayan a casa los actores.

Pero si por un momento admitimos que el teatro es, o mejor, puede ser

algo más, mucho más, tanto que nos es difícil definirlo, imposible registrarlo

y por supuesto entenderlo y explicárnoslo a nosotros mismos,

entonces

entonces

entonces

que se callen los habladores.

(y nosotros a lo nuestro, a disfrutar de ese vértigo que nos mata

y que precede a la bajada de luz de sala.

Nos agarramos a los sombreros y nos deslizamos a muerte cuesta abajo…)

Por si alguien, imbécil o no, no se había dado cuenta, esta es una profesión dada al menosprecio, al rapiñeo, a la copia burda, a la zancadilla y al siempre rentable maldecir (¿español? ¿Existe esta afición por la maledicencia en otras culturas?).

Todo dios opina; vivimos en el mundo de la opinión. Pero una cosa es saber y otra opinar. ¿Todo el mundo sabe? No: todo el mundo CREE.

Pero el caso es que nos empeñamos en encontrar cierta verdad en lo que hacemos y, desesperadamente, buscamos y aceptamos esas opiniones, que la mayor parte de las veces no hacen más que introducir la duda o la desconfianza sobre lo que hacemos.

Un día, después de una actuación, alguien me dijo: “la verdad es que cuando te veo actuar no sé hasta qué punto eres genial o me estás tomando el pelo”. Y, en otra ocasión, durante un encuentro con periodistas y público: “entiendo lo que dices pero no me lo creo”.

Concluyo que en este oficio se da cierta dosis de masoquismo. ¿Debo reconocer también la mía? Sí.

El peso de la chaqueta

En nuestra profesión está institucionalizado el patio de vecinos, el cotilleo y la maledicencia. Se practica regularmente el poner a parir a alguien como si estuviera ya muerto; ese es el discurso generalizado de nuestros críticos, abras el periódico que abras, ahí está, el elogio que precede indefectiblemente a la cuchillada, como en este periódico de hoy donde nuestro crítico de turno habla de un actor que interpreta a Macbeth, y después de decir que “brilla a gran altura en los soliloquios”, apuntilla un pero, un pero…; nada menos que “pero no alcanza la incandescencia alucinada que requiere su personaje”.

De todas maneras sólo es el reflejo escrito de esa práctica caníbal entre los distintos sectores de la profesión: actores, directores, programadores, técnicos, bailarines, coreógrafos, figurantes, diletantes, sus madres, sus mentores, sus padrinos, la madre que los parió, ¡qué voracidad! Ñam, ñam, ñam…

¿Cuáles son los límites de la crítica? ¿O sus objetivos? Se supone que informa, quiere convencer y mostrar relaciones, o sea, sugiere una mirada o perspectiva sobre la comprensión de una obra. Pero si partimos de que el arte provoca y estimula diferentes interpretaciones, miradas, lecturas, sentimientos, la crítica no debería nunca decirnos lo que se debe o no se debe ver o interpretar, y mucho menos aprobar o suspender. Es muy fácil caer en la tentación de tener poder, y de ejercer el poder, y es muchísimo más difícil desarrollar un discurso que no siente cátedra y que estimule el interés. Admiro a los críticos que se alejan del maniqueísmo, admiro a los que se apasionan, admiro a los que callan también.

Catálogo de variedades

Menos mal que tranquilamente, entre sorbo y sorbo de café, decido pasar la página correspondiente a la crítica de teatro sin detenerme, y puedo encontrar, como hoy, una fotografía bellísima, el cuerpo desnudo de una mujer sobre la hierba, fumando, de Peter Lindbergh. Y claro, me reconcilio con el mundo: si ha existido ese cuerpo que se deja observar, si alguien ha estado allí para contemplarlo y gozarlo y yo, ahora, tengo el privilegio  de compartir esa mirada, sólo puedo tener en este momento un sentimiento de gratitud. Una bella yaciente tan rotunda y potente como “El origen del mundo” de Courbet.

Cordula_Reyer-Peter_Lindbergh 4Ben Vautier dice que “para que lo bello sea bello es imprescindible que escandalice o haya escandalizado”. Aparte de ser una máxima como otra cualquiera y teniendo en cuenta que todas las máximas son cuestionables, es una tremenda chorrada. En todo caso, no creo que Peter Lindbergh pretendiera escandalizar y desde luego no nos escandaliza. Quizás sí haya escandalizado Courbet cuando pintó el origen del mundo pero es mucho decir que su belleza radica en ese escándalo.

Otra máxima: “escandaliza, que algo vende”. Con esta estoy más de acuerdo; Cela, después de ser censor, se tomó esta máxima al pie de la letra. El mito del artista provocador o escandalizador. Podríamos inventarnos ahora el decálogo del artista-artista: 1 – que escandalice. 2 – que se tenga bien trabajada la imagen, o sea, el marketing. 3 – que maneje mucha pasta, vamos, que detente o que aspire a un cargo público. 4 – que viva del poder y que desprecie el poder. 5 – que aborde discursos bio o eco (biopolíticos, bioéticos) 6 – que revisite periódicamente a los clásicos. 7 – que no hable de nadie más que de uno mismo bla bla bla (este párrafo es parte de un texto de “Cerrado por aburrimiento”).

“Para vender agua limpia es preciso aumentar el peligro del agua contaminada” es muy aplicable al teatro, desde un lado o desde el otro: para vender lo de siempre se acusa a los demás de no inventar nada nuevo, y para vender lo más provocadoramente provocador se acusa a los otros de ser comerciales, de estar acomodados, bla.

Quijoptimista

Cuando uno improvisa en escena no suele ser consciente de los movimientos que hace, de las palabras exactas. Después, al tratar de recrear una improvisación, el cuerpo busca energías y asociaciones, no sólo las que la provocaron si no las que fueron surgiendo al tiempo de la improvisación. Y al final, los movimientos van conformando una partitura, los tiempos acaban fijándose, las palabras precisas encontrándose.

Pero no quiero hablar mucho sobre lo que hago, porque no quiero poetizarlo. Odio “la palabra de artista” sobre sí mismo.

Me limitaré en este último apartado a dar unos consejos para la salud: aire fresco, ejercicio y conocer gente. Esto es fundamental. Comunicarse con el mundo. Así que no lo dudéis, pacoperros, o jóvenes que os dedicáis a las artes escénicas a pesar de la decepcionante realidad: EL TEATRO ES BUENO PARA LA SALUD.

Y como contrapunto al buen rollito quijoptimista -término que escuché en la radio y con el que me identifico plenamente- recopilo tres apuntes sobre la seriedad contemporánea:

Uno. Mi amigo actor -hace tiempo que no es joven, gracias a dios- está instalado en el pasado y de espaldas al público, con los brazos caídos. Así mira la escena; pero ¿es posible que desde esa actitud mire el mundo? Me resisto a creerlo. Quizás sólo esté atravesando un período de imbecilidad.

Dos. En un taller que di hace algún tiempo los bailarines participantes empezaban las improvisaciones situándose siempre de espaldas al público: misma quietud, mismo silencio, misma actitud.

Tres. Asisto a una función en la que alguien se mueve como si hubiera decidido despojarse de toda emoción: ninguna comunicación emocional visible. No hay premura, no hay sorpresa.

Hay que librarse de la seriedad. La risa destruye la seriedad. Para eso lo primero es reírnos de nosotros mismos. Reírnos del teatro también.

No es una reivindicación de la frivolidad. Igual que la violencia engendra violencia, la risa engendra placer o, por lo menos, predispone al placer. Y sobre todo el humor desmonta la trascendencia porque provoca un efecto espontáneo e inmediato. Nos instala en la realidad. Es una manera de resistir ante el desconcierto que nos provoca el mundo que vivimos.

Así que -dejando de lado la transgresión políticamente correcta, la convención de lo escandaloso y la inútil provocación- aunque parezca contradictorio, propongo tomarnos las cosas en serio y: ¡resistir por medio de un humor inteligente, un sarcasmo apasionado y una ironía sin cuartel!

Ana Vallés

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#2 La cosa balenciana | Ya lo decía Manolo García en El Último de la Fila

Valencia-3He estado leyendo todos los textos de los valencianos, y es interesante lo que se dice, y de alguna forma, yo, que también soy valenciano, quería participar en esto; o me tocaba participar en esto. Una de dos.

Estuve en Valencia durante 6 días hace un par de semanas, y recordé muchas cosas de antes, y después de leer estos pensamientos en forma de texto en “La cosa Balenciana”, me vino a la cabeza algo que llevo pensando desde hace bastante tiempo:

Cuando alguien habla de Valencia, cuando alguien la cita, la nombra, la invoca, la mayoría de las veces, habla de naranjas, de mandarinas, de horchatas, de chufas, de tipos de arroces, de paellas, de paellas de carne o paellas de marisco, de fideuás, de alioli, de arroces negros, arroces al horno, de Agua de Valencia, de buñuelos de calabaza, de Mercadona y Hacendado, de meterse pastillas, en definitiva, los referentes valencianos acaban siendo materia comestible. Algo que se mete por la boca y se saca por el culo. Y entonces, escuchando la lista de la compra valenciana dicha por alguien, pienso, entre otras cosas, que la idea de tradición, la idea de cultura, la idea de panorama artístico, estas cosas de costumbres y solera, y más ampliamente la misma idea de ciudad, se componen de personas haciendo cosas en la ciudad. Personas vivas o personas muertas, pero que, de alguna forma, con su dedicación en su presente, compusieron las tramas de la ciudad, el estilo, el rollito de la ciudad, la hicieron suya, la desarrollaron, la amaron o la despreciaron, da igual, pero la miraron a la cara. Y después de todo, después de hace ya casi 10 años fuera de Valencia, de no vivir allí, veo que los referentes culturales valencianos han pasado de ser cerebros de personas a convertirse en comidas para llevar. Lo importante en Valencia es lo que se pueda meter por la boca durante el día o por la nariz durante la noche. Pero que no se te meta en la cabeza. En el documental “Del Roig al Blau”( “Del Rojo al Azul”, en castellano) también se habla mucho mejor de todo esto. Veo otras tierras de españa que, ok, se come de puta madre, pero su pasado, presente y, sobretodo, su futuro pasa por la idea de saber qué cerebros se desgastaron y contribuyeron a que la ciudad despegue, que de alguna forma más o menos empírica, es para lo único que servimos. Ya lo decía Manolo García en El último de la Fila, durante esa canción del burro en la puerta del baile. “Llévame a comer un arrocito a Castellón. Si total son cuatro días, pa´qué vas a exprimirte el limón.” Y yo, cuando se habla de Valencia, oigo y callo y me río, y pienso que poco a poco, los milliones de años que llevamos de gobiernos zombies valencianos han ido dando buenos resultados, y pienso que se ha hecho un trabajo exquisito de extinción de cerebros valencianos. Que mejor presentar una ciudad a través de lo que se come, que a través de sus comensales. Sólo sobrevive Sorolla y porque el pobre hombre, Rita Barberá lo tiene esclavizado más de 100 años en una barraca de l’Albufera pintando falleras borrachas cocinando paellas en la playa de la Malvarrosa.

He querido escribir este pensamiento en forma de texto, así a lo rápido. Nada más. Y me alegra muchísimo que, artistas valencianos, los cerebros que viven ahora allí, se vayan reuniendo, que se hable, que se proponga, pero, por favor, que se lleguen a conclusiones, si no no mola.

Pablo Gisbert

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#2 La cosa balenciana | Valencia es bonita

huerta-en-peligro

(Un crítico de teatro de la capital de España al acabar una función se encuentra con ellos en la puerta de sala.)

CRÍTICO: ¿De donde habéis salido vosotros?

(Ellos dudan, no saben qué responder, no saben si pasarle el curriculum al crítico, si darle la web…)

Pérez&Disla:

… de Valencia.

Dos paisajes se nos pasan por la mente si tenemos que hablar de cómo van las cosas por Valencia: el bosque mediterráneo y la huerta valenciana. El bosque mediterráneo, a menudo arrasado se regenera cada cierto tiempo. A simple vista todo parece bosque bajo pero, si te acercas un poco, descubres la diversidad que lo compone y el bosque que podría llegar a ser. La huerta se compone de pequeñas parcelas donde el labrador cultiva sus verduras con mucho amor y trabajo pero queda aislado del resto de cultivos sin entrar en lo que cultiva su vecino más próximo. Eso es, un poco, Valencia en artes escénicas.

Ecosistemas compuestos por especies diferentes que habitan un mismo territorio. Cada cual luchando por su subsistencia y buscando los recursos que le ayuden a crecer en un paisaje local, marcado por la falta de referentes externos, lo que provoca (hay que decirlo) cierta frustración. Por otro lado, en una comunidad donde todos nos conocemos, es habitual que se confunda tu persona con tu labor profesional. Esto va desde “los contenidos que abordas y tu linea de trabajo me parece interesante pero me tú me caes de culo” hasta “eres muy majo aunque no me interesa lo que haces”.

En esta idea de que cada uno va a la suya, no hay corrientes que nos enmarquen (o nos integren) y teniendo en cuenta que somos muchos (y cada uno con sus propios referentes) es complicado definir un nosotros. No tener una identidad definida hace que seamos difíciles de reconocer (incluso por nosotros mismos) y ocasiona algunos problemas de visibilidad (tanto en Valencia como fuera de ella).

En uno de esos foros donde ocasionalmente coincidimos, alguien preguntó si había algún rasgo distintivo de la escena valenciana que pudiera funcionar a modo de “marca”. Renegamos de ese parámetro, pero sí que estábamos de acuerdo en que a todos nos unía la precariedad. La profesionalización, la continuidad y desarrollo de nuestra actividad cada vez se hace más difícil. Vivimos momentos de mucha incertidumbre y la situación no tiene visos de cambiar. Compañías, creadores y colectivos nos esforzamos en encontrar otras formas de habitar nuestro trabajo, de producir y colaborar.

Poco podemos aportar para describir la realidad social, política y económica de nuestro entorno. Los currículums de nuestros gestores responsables, de los que organizan los dineros públicos, de los que deciden qué es lo importante y que no, son muy extensos y de sobra conocidos. El olor a mierda seguro que se siente ya hasta en Portugal. La sociedad a la que pertenecemos y a la que nos dirigimos condiciona nuestras creaciones y discursos, nuestra trayectoria artística y profesional. Vivimos en un territorio que se sitúa a la cabeza del choricismo en España y esto nos afecta mucho. Mucho.

De repente, en los últimos años la administración valenciana, a la deriva después del naufragio, decidió que a quien se tenía que apoyar era a los “emergentes”. Lo hizo sin definir qué quería decir emergente, quien se consideraba emergente ni cual sería la mejor manera de apoyarlos. Finalmente entendimos que identificaban “emergente” con “precario”  y que pensaban que “eso” resultaría más barato. Por supuesto la cosa se quedó en un bluf y no pasó de un par de pseudo-iniciativas que no llevaron a ningún lado. Este tipo de incoherencias, falta de rigor y criterio es característica de nuestra administración. Así, la responsabilidad de lo público lleva desierta muchos años obligándonos a los creadores a tratar de compensar ese vacío. Todo proyecto escénico, toda creación, toda iniciativa depende del esfuerzo de sus integrantes, de las ganas y las horas que puedan dedicarle. Esto genera numerosas iniciativas pero pocas llegan a consolidarse.

Una de las más interesantes es la aparición del Comité Escèniques que aglutina a unas treinta y cinco compañías y creadores del ámbito del teatro, la danza, el circo, la performance o de todo junto y a la vez. Compañías y creadores con trayectorias diferentes, por los años, por las piezas creadas, por los intereses artísticos pero con el denominador común de entender las artes escénicas de otra manera. No es que todos sus componentes las entiendan de la misma manera. Es que las entienden de otra manera diferente a como se ha entendido hasta ahora en Valencia.

Normalmente se llega a los otros a través del resultado y no del proceso. El resto de creadores valencianos descubren nuestra obra ya acabada, no se comparten las herramientas. No existe discusión estética y el diálogo se da en encuentros puntuales. En este sentido nombramos el intento por establecer nexos que ha lanzado Espacio Inestable con lo que ha llamado graneros de creación en los que las compañías y creadores invitados compartirán algo más que la pura exhibición de la pieza.

También han aparecido, hace relativamente poco, festivales urbanos alrededor de un núcleo: el barrio. Nació Russafa Escènica y nació Cabanyal Íntim, pero sigue faltando un festival de artes escénicas contemporáneas con una programación coherente, que sirva de referente y estímulo. Mientras, las llamadas “salas alternativas”, acogen a los de aquí y a los de fuera, convirtiéndose así en la única posibilidad de hacer y ver algo diferente en esta ciudad.

El público aparece, desaparece y reaparece. En una área metropolitana de un millón y medio de personas hay un público latente a la espera de propuestas que le interesen. Seguro que hay cincuenta personas dispuestas a acudir a una pequeña sala para ver que se está haciendo. Y que esto pase cada día. Y seguro que puede pasar en varias salas de la ciudad a la vez. Más allá de si las artes escénicas valencianas tienen o no un público especializado de lo que sí estamos seguros es de que tienen un público potencial. Nosotros, con cada nuevo proyecto, tenemos que convocarlo.

  Pérez&Disla

 

 

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