“Somos enfermos de mierda francesa” – Entrevista a Terrorismo de autor


Aprender a devenir indiscernibles. A confundirnos. Volver a tener gusto

por el anonimato,

por la promiscuidad.

Renunciar a la distinción,

para desarticular la represión:

componer en el enfrentamiento las condiciones más favorables.

Devenir astutos. Devenir despiadados. Y para esto

devenir cualquiera.

¿Cómo hacer?, TIQQUN.

Hace unas semanas dos miembros de Terrorismo de autor accedieron a concedernos una entrevista. Fue un encuentro en el que puede ser que todos lleváramos máscaras, y que a nadie nos importase. Tipos altos, fumadores y con las ideas muy claras, su acento indica que provienen de un barrio de la periferia nordeste de Madrid, aunque poco más puedo decir.

El motivo de la entrevista no es otro que desear hacer público su discurso y compartirlo. Por un lado para contraponerlo al discurso que acompaña a muchos artistas, el cual, si no es pura morralla, suele ser abstruso, pretencioso, o lo que es peor, no vale para una mierda porque no consigue trasladarse a los trabajos. Pero sobre todo, publicamos esta entrevista por si entre todos, cada cual a su manera y en su campo, podemos hacer que el miedo cambie de bando. A ver si es verdad que es posible.

No sabemos demasiado sobre este colectivo. Son astutos. Han logrado volverse indiscernibles y se han confundido en su promiscuidad, aunque por supuesto pueden rastrearse por la red. Tienen Facebook, Twitter y canal de YouTube, algo más de una decena de trabajos, y han participado en festivales como ¿Y si dejamos de ser (artistas)?, Proyector, Zinexín o el Festival de Cine Lima Independiente. Nosotros ya escribimos aquí y aquí sobre ellos pero volvemos a hacerlo, porque queremos más y pensamos que vosotros, también.

Mayo-68

¿Queréis vino?

Gracias.

¿Qué es Terrorismo de autor?

Un grupo de amigos con ocupaciones profesionales diferentes que comparten inquietudes y gustos: el cine francés, la nouvelle vague, la cultura francesa, Mayo del 68, la filosofía, el gamberreo, Internet y especialmente el juego. Todos estos elementos dan lugar a un juego que los aglutina: el remake de Mayo del 68. Y nos hacemos la pregunta de cómo sería jugar a esto ahora, cómo sería protagonizar un remake ideológico y cinematográfico en este presente y en este contexto de crisis y luchas. Es un juego divertido pero también es un juego serio.

¿Por qué terrorismo, y por qué de autor?

Estos días hablábamos precisamente de eso, por un lado de la autoría no entendida tanto como el autor que firma su obra, sino como la posibilidad de ser todos los autores y al mismo tiempo ninguno. Y por otro de la idea de ser autor de tu propia vida. De ser nosotros quienes escribimos nuestra vida, y no un dramaturgo como si fuéramos personajes a los que nos escriben nuestra historia. Autor también está relacionado con la autonomía. ¿Qué pasaría si nos volviésemos autónomos y autores de nuestra propia vida, ya sea como grupo, como comunidad o como clase? Y de ahí el salto a la idea de terror, ya que la respuesta sería que si lo hiciésemos sería el terror, y entonces tendría por fin sentido afirmar la frase: “el miedo ha cambiado de bando”. Creemos que esta frase a día de hoy no es más que un deseo. Los guionistas de nuestra vida no tienen ningún miedo de momento, y afirmarla hoy queda muy bien, pero está todavía en nuestra imaginación porque el deseo no ha pasado al acto, no se ha convertido en acción, en deserción o en locura.

¿Cómo juega Terrorismo de autor?

A través de piezas audiovisuales que aportan una visión distinta de la realidad, que permitan alejarse del relato literal o de la opinión, que funcionen como pequeñas revelaciones. Intentando que tengan humor o un atractivo para que puedan ser compartidas, y que inviten a participar o a ser cómplices.

¿Revelación?

Sí, pero no en el sentido cristiano de la palabraEl insight que se dice en publicidad o en psicoterapia. Dar luz a lo que estaba en la sombra. Acercarse a la realidad de una manera que no sea la habitual.

¿Qué significa para vosotros el juego?

El aprendizaje se realiza a través del juego, la manera de aprender a relacionarnos unos con otros. A través del juego tenemos acceso a una experiencia compartida, que nos vincula y nos une con lo vivo.
Recuperar el juego como actitud sería uno de los objetivos de este colectivo, que tal vez sea la manera más subversiva de posicionarse hoy en día. Puedes salir a la calle a protestar, a manifestarte, que es muy distinto de salir a luchar, resistir o a jugar y crear.  Se trata de poder crear tu propio juego y jugar con la gente que quieres, tus amigos.  Y no jugar al juego que te impone todos los días el enemigo. Volver a recuperar la figura del niño que gamberrea, que transgrede, que se cuela en un garaje o en las alcantarillas. Recuperar esta figura del niño sin perder de vista la capacidad analítica, cognitiva y emocional del adulto. Ambos van de la mano.
Jugar también significa salir a la calle a relacionarse con otros, dejarse afectar por otros en esa experiencia que es el juego compartido. Y esa experiencia también construye nuestra identidad, historia y nuestro ser político. Es lo que nos permite crecer.

Haciendo un paralelismo con la figura del niño y su desarrollo evolutivo, el niño crece a partir de sus experiencias relacionadas con el juego, con la necesidad de socializar a partir del contacto con otros en la calle, su habitación o el patio del colegio… Sale al mundo y atrás quedan sus padres. De ahí el crecimiento. De no ser así, su desarrollo quedaría interrumpido en un estado de confluencia con los padres, sin poder diferenciarse de estos… Crecer pasa por separarse.  Dicho de otra manera: si quieres crecer, has de asumir la pérdida; si quieres ganar, has de perder algo. No puedes tenerlo todo. El problema es que hoy en día queremos ganar siempre sin perder nada a cambio.  Es como si ahora como adultos o como sociedad, estuviésemos interrumpidos en esa primera etapa evolutiva del niño, incapacitados para crecer individual y colectivamente. Padecemos de esta infantilización a todos los niveles. Seguimos seducidos por nuestros padres, ahora representados por el bipartidismo -papá y mamá-, un especie de matrimonio mal avenido que se pasa el día discutiendo, tirándose los platos, pero al mismo tiempo nos provee y manipula con su falso amor, con su idea de sostener y mantener a la familia unida a toda costa –eso que llaman democracia-, cuando la familia o la democracia, en este caso, ha demostrado ser bastante patológica.

Es cierto que mucha gente ha dejado de creer en estos padres, en esta familia, ya que no se sienten representados, ni identificados, y más cuando son víctimas, pues han sido abandonados por ellos. Y este abandono resulta muy doloroso. Sin embargo, no nos dolemos. Evitamos constantemente el dolor que supone la pérdida de nuestras creencias, la pérdida del ideal sobre el que habíamos depositado nuestra confianza: los padres, el partido, la democracia, etc. No queremos tocar fondo, reconocer que todo se ha ido a la mierda, que nuestros gobiernos demócratas ha cometido abusos con nosotros, nos han roto el culo, nos han maltratado, engañado y vendido al mercado como esclavos. Es muy doloroso aceptar esto, así que preferimos pelearnos con la realidad, negarla y maquillarla antes que aceptar el dolor de la perdida. Es lo mismo que hacen los niños cuando ven amenazado o frustrado el amor de sus padres. La diferencia es que el niño se defiende por una cuestión de supervivencia. Para él aceptar ese dolor sería insoportable. Y por eso se adapta a través de distintos mecanismos para no ver frustrado el amor de sus padres. El problema es que nosotros ya no somos niños, somos adultos, pero seguimos haciendo lo mismo que ellos. Nos defendemos con uñas y dientes de la frustración, la decepción y el desengaño, evitando así el dolor resultante. Por eso es necesario, si no queremos perdernos en el discurso, expresar ese dolor, ya sea a través de la rabia, la tristeza o incluso el mutismo más extremo.

Vivimos una experiencia de duelo y no lo sabemos. No es que la democracia esté en urgencias, en cuidados intensivos o en estado vegetal. No, la democracia ha muerto, y, con ella, papá y mamá. Es mejor que lo asumamos cuanto antes, que nos despidamos de ella, lloremos su inexistencia y aceptemos el vacío de su ausencia. Si no lo hacemos, repetiremos lo mismo, ya que el conflicto y el daño seguirán inconclusos; si es así, finalmente, acabaremos comprando a unos nuevos padres, adoptivos y más seductores, que nos los venderán -no sin grandes dosis de populismo y mucho cosmético Margaret Astor y Photoshop- como los auténticos demócratas o los salvadores de ésta.  La “Espe” del fascismo o el fascismo de sitcom, que diría nuestro amigo Daniel Bernabé.

Para nosotros éste es uno de los muchos juegos: el juego de los niños perdidos que diría Tiqqun. Y nos plantea la siguiente paradoja: cómo dejar de ser “niños” para ser todavía más niños. Es decir, cómo dejar de jugar al juego de “Mamá o Papá democracia” y, por extensión del capitalismo, para comenzar a jugar al juego que deseamos y con quien deseamos. Y es en este punto donde entendemos que nace el ser político. Un ser político que ha alcanzado su autonomía, no la autosuficiencia. El problema que se plantea es que no sabemos en qué consiste el nuevo juego, si tiene reglas o no, y, en caso de tenerlas, cuáles son éstas… En definitiva, es un juego que está por hacerse, por crear. Y crear significa permanecer en el vacío esperando que surja una nueva figura. Sin embargo, estamos tan contaminados por la lógica capitalista del beneficio y el resultado que queremos obtener las soluciones y respuestas rápidamente. No somos capaces de sostenernos en ese vacío porque nos resulta la mayor de las veces angustiante o ansiógeno. Pero no queda otra que atravesarlo.

¿Cómo?

No hay recetas para atravesarlo, únicamente hacerlo acompañado, contando con los otros. Pero está claro que no partimos de cero: la Historia, el pasado y el presente están llenos de referentes y faros que pueden alumbrar este nuevo juego que está por crearse. Es lo que tratamos de evidenciar en nuestras piezas a través de las máscaras y los personajes que trasladamos a este presente: políticos, economistas, filósofos, místicos, incluso el Ecce homo, todos ellos trabajan para nosotros y con nosotros. Resisten a nuestro lado. Son muchas las experiencias y ejemplos a los que hay que estar abiertos, en ocasiones reñidas entre sí, como pueda suceder entre algunas corrientes de la izquierda, en permanente disputa ideológica acerca de la concepción del Estado y otras diferencias estructurales. Por eso conviene, en esta primera fase de la creación del juego, ser ambiguo, no llegar con las cartas demasiado marcadas, es decir, no pecar de lo que criticábamos anteriormente.

Niños-Terroristas

Ya lo habéis mencionado, y es patente tanto en vuestras obras como en vuestro discurso… ¿qué sentido tiene para vosotros el remake?

Por una parte tiene un sentido ideológico, con referentes como el situacionismo o el grupo Dziga Vertov. Recogemos el testigo que se van pasando los movimientos sociales o las luchas a través de la historia.

Las crisis y contradicciones del capitalismo se repiten, de la misma forma que los movimientos sociales resurgen volviendo a poner de manifiesto la pugna de fuerzas entre la clase dominante y la clase dominada. La Historia se repite en un eterno retorno de lo reprimido: la lucha de clases.

La lucha de clases es lo innombrable, el conflicto que a toda costa se quiere domesticar despolitizando su memoria. Hoy, sin embargo, rebrota estableciendo de nuevo el vínculo histórico entre los diferentes movimientos sociales del siglo XX y sus precedentes.

El shock de la actual crisis amenaza con borrar de un plumazo los importantes logros que obtuvieron todos aquellos movimientos sociales en respuesta a las crisis económicas, políticas y sociales que padecieron. Pero al mismo tiempo que esta crisis amenaza con un cambio de paradigma, reabre el conflicto histórico que ha permanecido suspendido e inconcluso durante los últimos cuarenta años en Europa: la lucha de clases y la posibilidad de resolver este conflicto a través de un movimiento creativo, espontáneo, poético y, sobre todo, revolucionario.

Nos llama la atención que la Historia conmemorase en el 2008, con el inicio de la actual crisis financiera, el cuarenta aniversario de Mayo del 68. Esta sincronicidad histórica, más que apoyar la falacia profética del “fin de la historia” proclamada por Fukuyama, permite el regreso y la actualización de las grandes narrativas contemporáneas, la recuperación del pensamiento utópico y la reapropiación del deseo.

Los profetas del posmodernismo nos quisieron vender un mundo donde el conflicto se había extinguido de la faz de la tierra y, por tanto, tenía cierta lógica que enunciaran a bombo y platillo el final de la Historia. Lo que está claro es que no hay historia sin conflicto, ya sea ésta una dramaturgia de ficción o la historia de la humanidad. No hay avance ni motor sin el carburante del conflicto.

Creemos que con el panorama actual se abre una nueva oportunidad para recuperar nuestra memoria histórica como sociedad y, junto con ella también, los restos de nuestra identidad perdida en la narrativa posmoderna.

Con el objetivo de evidenciar todas estas cuestiones, planteamos la estrategia de un remake estético e ideológico del Mayo francés como la forma más eficaz de vincular los movimientos sociales hasta nuestro presente. Mayo del 68 supone el último gran movimiento revolucionario de la historia moderna y su eco, hallazgos y ejemplo, resuenan hoy en día en la lucha de los nuevos movimientos sociales.

¿Y en un sentido estético…?

El remake es para Terrorismo de autor una cuestión estética y lúdica. “Jugar al remake” y homenajear al cine de la nouvelle vague y demás. El juego de la adaptación. De jugar a creerse Godard o Chris Marker… y pensar que la vida es en blanco y negro, que Madrid es París y que el 15M es Mayo del 68.

Creer que somos quijotes que se lanzan a la aventura como caballeros andantes, pero en vez de enfermos de novelas de caballería, somos enfermos de mierda francesa.

También hay algo que tiene que ver con la seducción. La estética seseantayochista es seductora. Hablando de ideología y de estética, la izquierda no ha tenido grandes publicistas. Los artistas han sido comprados por el capital y se han convertido en los grandes profetas del capitalismo, ya sea a través de la publicidad que vemos todos los días o a través del entretenimiento que generan. La estética de los movimientos sociales y de la izquierda ha sido pobre, poco seductora. Y nosotros nos hacíamos la pregunta de si se podría hacer publicidad o propaganda sin cliente, sin mercancía, sin producto, sin amo, y seguir siendo estéticamente seductores, atractivos, con contenido y con ideología.

¿Cuáles son vuestras influencias?

Dentro de lo que es Terrorismo de autor hay unas influencias muy marcadas. Cineastas que ya han pasado por esto. Maestros que dan muchas pistas, y a los que les devuelves el favor y de los que recoges el testigo. Si la realidad fuera otra quizá Terrorismo de autor no existiría, estaríamos haciendo algo distinto… Estaríamos pensando cómo escribir la comedia más divertida de los dos últimos meses… Pero el contexto es el que es, la realidad es la que es, y nos afecta. Nos coloca en un lugar y nos imprime un deseo.

¿Cómo es la relación de Terrorismo de autor con la realidad presente?

Vivimos en una actualidad que no es la noticia. La realidad no es sólo material sensible, también es material audiovisual con el que puedes construir un relato. Nos interesa llevárnosla a otro lugar, darla un giro, y así iluminar los puntos ciegos para provocar la revelación de la que hablábamos antes

Entonces, ¿se pueden construir relatos?

Claro. Somos como Madrid Directo.

Dinero

Hablemos de algunos de vuestros trabajos. Salís a la luz con “Los cuatrocientos golpes”. ¿Por qué?

Terrorismo de autor estaba un poco atascado. Estaba el deseo de hacer, pero a lo mejor no encontraba la manera adecuada. La idea de salir al mundo de Terrorismo de autor era a través de un largo documental, de una especie de docuficción que hablaba sobre activistas que se afrancesaban. Gente de distintas disciplinas con inquietudes y gustos parecidos que se encerraban y se proponían convertirse en franceses en Madrid, protagonizando Mayo del 68 en este contexto.

¿Fue antes del 15M?

Sí, ante del 15M ya estábamos con esta idea. Y cuando surgió no pudimos aguantarnos más y nos dijimos: vamos a lanzarlo. Entonces, ¿por qué esta primera pieza? Porque la idea era muy clara. Ni siquiera había que grabar. Era el momento de Ocupa el Congreso en Madrid y de toda la represión brutal que hubo, también en Plaza Catalunya y Valencia… Y fue como ¡ya! Ya está. Y menos mal, porque nos mola mucho más esta manera de hacer libremente… Rápido. Pieza. Papapa.

Y os hicisteis terroristas.

Nos hicimos terroristas.

“Nouvelle Vague Blues” es un trabajo musical construido a partir de títulos de películas. ¿Abre esta obra otras vías de creación en las que queréis profundizar?

Sí. Puede ser una línea sobre la que sigamos trabajando, aunque quizá lo que más nos interese de esta obra sea su componente festivo.

“Obra Social” y “VHS Haiku” se crean y además se muestran en el marco del festival ¿Y si dejamos de ser (artistas)?, ¿cómo influye vuestro paso por el festival en estos dos trabajos?

Las ideas de partida ya estaban: hacer un muro en la SGAE con VHSs, y la otra era hacer una pieza en la viéramos a algunos de los terroristas, de nuestros enmascarados, robando cuadros de portales y llevándolos a exponer a galerías. Esas eran las ideas. Después surge la invitación a participar en el festival, hay un dinero de por medio, y esto nos permite producir las dos piezas.


Cada vez que veo “Le jour et la nuit” tengo la sensación de que es una invitación a algo. ¿A qué nos invita esta obra?  

Es una invitación a sentir dolor. Una invitación a decidir cuál es el límite de cada uno, y a preguntarnos cuánto dolor tenemos que sentir para darnos cuenta. Dejarnos sentir dolor y acabar con la anestesia nos permite darnos cuenta de qué cojones estamos haciendo todo el rato de forma irracional. Y esto tiene que ver con lo que antes comentábamos sobre el paralelismo entre el niño y el adulto. De jugar con nuestra idea de papá y mamá. Con nuestras creencias sobre la democracia, el partido o sobre lo que cojones sea. Seguimos pegados a eso porque nos dolería mucho que se cayera todo nuestro ideal, y seguimos negando la evidencia. Pero si dejáramos que nos doliera, eso nos permitiría ver la realidad, o nuestra realidad, de otra manera.

Toda esa gente avariciosa que aparece en la pieza no sabe lo que es el dolor. Más allá de que nos dijeran: “Es que habéis hecho la pieza en un Día% al que van determinado tipo de personas”… al final de la pieza hay un acto de justicia, que para que se dé ha tenido que pasar todo el día. Y después viene una reflexión sobre la experiencia límite. Este momento está siendo para muchas personas una experiencia límite. Y cuando pasas por una experiencia límite tienes dos opciones: negar la realidad, maquillarla, rechazarla… o aceptarla, aceptar el dolor, y al atravesar el dolor te pones en otro lugar.

¿Por qué creéis que es la obra que más veces se ha visto en YouTube?

Hay piezas que son más exportables, más universales, que no son tan localistas como cuando hablas de Froilán o el rey. “Le jour et la nuit” ha funcionado muy bien en el extranjero. Casi la mitad de visitas son de otros países. Luego hay mil factores, el día que lo lances, qué ocurre ese día, lo brasas que seas…

“Freudlán, el neoedipo”… ¿Qué queréis conseguir con este trabajo?

Froilán está en boca de todos. Va en camino de ser el próximo Pocholo. Pero nosotros no queremos un nuevo Pocholo, somos más ambiciosos. El reto era convertir a Froilán en un héroe. Apropiarse de un significante del enemigo para darle la vuelta y convertirlo en un símbolo de la lucha. Algo que hacían los Sex Pistols con la reina. Froilán como el gran anarquista o Froilán como el anticristo de Nietzche.

Todavía no estáis en la cárcel.

No, todavía no.

Un Perro Paco

 

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El futuro del pasado es el presente. Fiesta #1

Para inaugurar su espacio en Perro Paco, Tu Perra os invita a dos fiestas. Dos aproximaciones que proponen una revisión crítica de nuestro pasado y al mismo tiempo, una radiografía de nuestro presente a cargo de artistas nacidos en los años ochenta. En la primera entrega Luis López Carrasco y su película “El Futuro”. La segunda fiesta corre a cargo del Conde de Torrefiel y “La chica de la agencia de viajes nos dijo que había piscina en el apartamento“. Lo dicho: ¡Fiesta!

FIESTA #1:
El futuro del pasado es el presente.

Desiertas ruinas con bellas piscinas,
mujeres resecas con voz de vampiras,
mutantes hambrientos buscando en las calles,
cadáveres frescos que calmen su hambre.

En el festival de cine europeo de Sevilla, Tu Perra observa con atención los 68 minutos de El Futuro, la primera película como director solitario de Luis López Carrasco, integrante del colectivo Los Hijos.

La película se construye con un dispositivo aparentemente sencillo:

Sobre una pantalla en negro escuchamos la voz de Felipe Gonzalez. El Psoe ha ganado las elecciones. Corre el año 1982 y España mira hacia delante. El Futuro ya llega.

CORTE A:

Unos jóvenes celebran una fiesta en una casa. Beben, bailan, hablan, se miran, se ríen, se tocan, se besan, se confiesan. No escuchamos casi nada de lo que dicen. La música está muy alta y tapa las conversaciones, los intercambios, los timbres de voz. Se sucede una canción post punk tras otra a lo largo de toda la película. 68 minutos después se acaba.

FUNDE A NEGRO.

No hay trama ni historia ni pollas. Hay Historia. O el intento de localizar algo, de reproducir un estado de ánimo, de radiografiar a través de un retrato colectivo y aparentemente banal. Como voyeurs en una máquina del tiempo, observamos el desarrollo de una fiesta en una casa a principios de los años 80. Una recreación. Una fiesta que es antes y es ahora. Una fiesta tan aburrida y divertida como cualquier otra. Y como los protagonistas de Blow Up y La conversación, nosotros, espectadores, escrutamos las imágenes y los sonidos en busca de algo que está detrás, oculto entre los cuerpos y los rostros, flotando. Alguna clave escondida que nos permita entender nuestro presente. El error original. La caída.

Rodada en 16 mm y montada a través del corte abrupto y la pérdida continua de sincronía entre imagen y sonido, lo que vemos en la pantalla se convierte en un trampantojo, una ilusión. López Carrasco nos introduce en una fiesta anacrónica, tratando de recrear las imágenes perdidas de esos años. De inventar las imágenes que nos faltan. Y la ilusión funciona. La textura de la película, su color, su grano, su obscenidad llena de jump-cuts, de imperfecciones, nos transportan a las imágenes del underground de esa época, de Warhol a Cassavettes, de Almodovar a Zulueta.

Pero “El futuro” también es el documental de una fiesta temática. Una fiesta en la que jóvenes de 2013 reproducen una fiesta de los primeros ochenta. Una fiesta de disfraces con un Dj nostálgico. Con laca y sombras de ojos y hombreras y pelos cardados. Estos jóvenes que vemos son los hijos de aquellos que representan (no casualmente, el director dedica la película “a sus padres”). Una fiesta que retrata un momento muy particular de la historia de este país. La llegada al poder de González y sus palabras de entonces, resuenan en nuestro presente. Las mismas palabras prendidas de esperanzas, de disposición de los cuerpos y las mentes, de deseo, resuenan ahora como el epitafio de algo. De algo que no se hizo o que se hizo terriblemente mal. ¿Quién es esta gente? ¿Qué es lo que hicieron mal? ¿tenemos derecho a echárselo en cara? ¿se puede reprochar a alguien la alegría? ¿podemos pensar que la falta de miedo y la libertad anularon o apagaron el cambio verdadero? ¿qué dieron por supuesto? ¿qué dificultades encontraron? ¿Cómo hicieron uso de su libertad? ¿Cómo construyeron El futuro?

La película parece reprochar el desentendimiento de ciertas luchas por hacer a toda una generación, mientras observa hipnotizada el devenir de la alegría en esos cuerpos festivos.

Escuchamos fragmentos de conversaciones que no vemos mientras miramos a gente que habla sin escuchar lo que dicen. Las palabras no importan, parece decir López Carrasco. Importan las canciones, los ojos y los cuerpos. Y lo que flota entre todos ellos. La atmósfera en la que, por fin, en España, se puede respirar. Y esnifar y follar y reír y cantar.

De aquellas lluvias estas tempestades. En un momento en que la modélica Transición es cuestionada por la generación que nació de ella. Cuando la calle denuncia la falta de democracia confrontándola a una Transición insuficiente y tramposa, observamos en 1982 la celebración de algo que en realidad estaba por hacer. De algo que, por tanto, quedó a medio hacer. Deshecho. Abortado. Vivimos, parece, una resaca monumental.

La película muestra antes de juzgar. O, en cualquier caso, juzga con sutileza terrible. Esperanza y banalidad superpuestas. Manteniéndose en un equilibrado punto intermedio entre la celebración del hedonismo, la alegría que destilan esos cuerpos, la falta de miedo, la transgresión y la esperanza, que conviven con una sombra al acecho, el agujero negro del futuro proyectándose al pasado. Impregnándolo todo. “La película nace de una gran tristeza, de un sentimiento de pérdida”, dice el director. La pérdida de una lucha no luchada. La celebración de una victoria mentirosa.

“El futuro” es la sensación paranoica e hipersensible de ir a una fiesta y sentir que en el mejor momento te invade la tristeza de su final. Es vivir sintiendo desde el futuro el deterioro de todo presente. Es sentir que todo se pierde antes de llegar a tener lugar.

Dice López Carrasco: “(…) toda película es política, ¿no? Una película que no se posicione políticamente obedecerá a la estrategia más evidente, más clara y diáfana que hemos vivido en estos últimos veinte años: la de considerar este periodo histórico como un periodo por encima de las ideologías, un periodo en el que la “ideología” no opera como categoría que se pueda conjugar. Considerarse apolítico es la mejor manera de señalarse ideológicamente, demostrar a las claras que se está instalado en una connivencia acrítica con los dictados del poder hegemónico, llámesele financiero o institucional.

Sorprende la claridad y radicalidad de López Carrasco, un rara avis junto a su colectivo Los Hijos, en un cine español que, incluso desde los márgenes, busca encontrar su espacio. Dinamitar la llamada “Cultura de la Transición” para encontrar un hueco, un sitio, su lugar bajo el sol. “Más bien da la sensación de que nos encontramos ante la pataleta de un lobby cultural enfadado con otro que se le ha adelantado generacionalmente“, observa López Carrasco. Y Tu Perra no puede estar más de acuerdo.

Si algo nos mantiene hipnotizados en el juego temporal que plantea Lopez Carrasco es la observación de los cuerpos que bailan, se drogan, fuman, beben, miran, sonríen, se tocan, ríen, seducen y son seducidos. Ahora como entonces. Aniquilados en su propia fiesta. Mientras nos invade una banda sonora arqueológica y maravillosa en la que aparecen Aviador Dro, Monaguillosh, Los Iniciados, Oviformia Sci, Ataque de Caspa o Ciudad Jardín entre otros. Hasta en esto huye López Carrasco de la obviedad y recupera la explosión musical de la época.

En mitad de la película, precisamente Aviador Dro suena de manera nuclear sobre una colección de fotografías encontradas. Observamos a una familia de clase alta, en sus viajes y celebraciones, abuelos, padres e hijos, disfrutando de una España que pasa del blanco y negro al color con el brazo en alto. Una familia de derechas cualquiera. Un contraplano necesario. Una España que sigue ahí, cada día un poco menos escondida. Sin necesidad de simular una falsa vergüenza que no siente.

Hacia el final, el celuloide se deteriora, el sonido falla y la imagen es invadida por un agujero negro que parece devorar el pasado. Un eclipse que oscurece la fiesta. Un mensaje que viene del futuro. Una advertencia:

Cuando dejamos en manos de otros la construcción de nuestra libertad, sólo podemos esperar el entierro de nuestra libertad. Cuando dejamos en manos de otros la construcción de nuestro futuro, sólo podemos esperar el entierro de nuestro futuro. Todo lo que dejemos en manos de otros será robado. Todo lo que abandonemos al cuidado de otros será destruido. Todo aquello que nuestras manos no edifiquen será derruido. Todo aquello que nuestras manos no acaricien, quedará desierto.

Esta película extraña y experimental se emparenta con las últimas obras de Santiago Sierra (véase “Los Encargados”) y constituye una singular aportación desde el audiovisual a la construcción, en marcha, de una reescritura crítica de nuestro pasado reciente. Lo llaman democracia. No lo es. Qué putada, encima, haberse perdido la fiesta.

*Aquí la Fiesta #2

TU PERRA

Links de interés:

Entrevista al autor

Una colección de las canciones que suenan en la película

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Invisible o la apoteosis del espectador

Invisible. Victor Iriarte. MNCARS. Ciclo: Narraciones sin final.

Si se creen los cineastas, artistas plásticos, literatos o músicos que están a salvo de la saliva de esta Perra, déjenme decirles una cosa: se equivocan.

Si de algo estamos convencidos es de nuestra absoluta falta de prejuicio a la hora de valorar, experimentar y reflexionar sobre cualquier manifestación artística. Lo que no nos da la escena, que nos lo de la pantalla.

Así, Tu Perra se acercó a ver la primera película de Victor Iriarte, Invisible, al Museo Reina Sofía. Películas y museos. Ese otro cine. Bla bla bla. Desde aquí una advertencia: Siempre que a un grupúsculo de artistas (ya sean cineastas, poetas, escritores, músicos o teatreros) les cuelguen la etiqueta de “alternativos”, nuevo cine, secciones irregulares, los raros, los nuevos, los experimentales, los rompedores, escupan al que lo dice. Sin preguntar. Escupan. Y que solo se libre del salivazo aquel que acompañe su etiqueta con dinero. O con visibilidad. O con apoyo. O con recursos. Y si no: escupitajo a la cara. Sin preguntar. Y antes de que consigan que todos juntitos se metan en el saco de la vanguardia, de los diferentes, de los rompedores, de los novedosos. Y antes de que hagan grupito y se hagan amigos y se sientan contentos de haberse conocido y haber encontrado un entorno o un contexto o unos compañeros o una sala o un festival amigo, piensen en lo que significan esas etiquetas. Y dónde les coloca. Y a qué o a cuánto les da acceso. Y a cuánto no. Y qué lugares les van a dejar para desarrollar su trabajo. Y con qué proyección. Y con qué dinero. Y qué público conocerá su trabajo. Y cuánto podrá ese público multiplicarse. Y qué se consigue a cambio de vivir bajo un techo. El techo de lo diferente. El límite de lo experimental. Y entonces, una vez hayan conseguido pensar en esto, una vez hayan dejado de chuparse las pollas y lamerse los coños unos a otros, piensen a quien le conviene encerrar lo nuevo. Acotar la disidencia. Explicar lo diferente. Y a quienes les conviene controlar la Ruptura. Y pregúntense, también, cuánto tiempo van a aguantar viviendo bajo ese techo. Y en qué condiciones. Y cuando se hayan preguntado todas estas cosas, entonces, miren hacia atrás. A hace diez años. A hace veinte años. Y piensen qué era lo nuevo, lo diferente, lo alternativo, lo rompedor entonces. Y qué edad tenían aquellos rompedores alternativos de la música, del teatro, del cine. Y qué hizo ese techo con ellos. Y qué hizo con aquellos que pusieron el techo y aplaudieron y les dejaron sus salas para alternativos, y sus circuitos para alternativos. Y el público que eso creó. Y el que no. Y sin llegar a conclusiones, piensen, cuestionen, replanteen. Dónde, cómo, cuándo, para quién y en qué condiciones quieren desarrollar su trabajo. Y después, escupan. A no ser que la etiqueta se acompañe de recursos, de dinero, de visibilidad, de apoyo real, escupan. A todo el que encierre en lo emergente, en lo nuevo, en lo rompedor. Y traten de localizar a los vampiros. A los que sonríen a lo alternativo y chupan la sangre de lo alternativo. Al que aplaude lo alternativo y somete lo alternativo. Y okupen los teatros públicos, los museos y las salas comerciales, los festivales de alto abolengo y las fiestas de los pueblos, las ayudas públicas, las portadas de periódicos, la mirada de todos los agentes de la cultura. No se encierren en lo minúsculo, en lo confortable, en lo resistente. No se dejen avasallar por la incultura generalizada. Sí, qué risa lo de Angélica, ¿no? Qué fácil hacer leña del árbol que está por caer. Qué fácil agitar el hacha. País envidioso y pequeñopensante. Imiten a Angélica. Piensen en grande, joder. Y nunca nunca se conformen con ser alternativos (¿alternativo a qué? ¿a la mierda reinante?).

Pero no nos alejemos, que esta Perra se pone muy pesada: Invisible. Victor Iriarte.

 

 Ella escucha cosas que nosotros no escuchamos.

 

En la introducción, Victor en persona nos dejó una imagen con la que comenzar el visionado de la película. Una noche lluviosa. Un coche. Encender las luces, subir el volumen de la radio y arrancar. Y mirar de frente a ese negro que todo lo engulle, donde las imágenes se desdibujan y se tornan invisibles.

De esta manera, Iriarte nos introduce en un experimento fílmico que funciona de modo multicapa. Un mecanismo preciso de montaje y construcción. Así tenemos una banda sonora multipista que se convierte en protagonista. El soundtrack es la película.

Invisible es una película en la que casi no hay película. Es lo menos que dan como película. Es cine de cartilla de racionamiento. Cine anoréxico. Es la película que no has querido hacer en tu casa por falta de talento o por pereza. Invisible es un musical y la grabación de la música del musical. Invisible no es la película que necesitas ver cuando echas de menos Breaking Bad. Invisible son las putas proyecciones de texto que te encuentras en cualquier obrita de teatro contemporáneo, de esas que te hacen preguntas profundas mientras alguien se embadurna con nocilla o se mueve espasmódicamente. Invisible es un poema del todo a 100, pero también es una película honesta de cojones. Y el hueco que Invisible deja al espectador, es tan oscuro y profundo que asusta.

Y lo mejor es que Invisible es una película que extrema la paciencia del espectador de forma que ni Dios la vea (y es una pena), y en esa exageración de su apuesta, es donde encuentra su potencia. Resumiendo: si me vas a tocar los cojones, tócamelos pero bien. Y nosotros, los espectadores, decimos: si yo voy a hacer tu puta película por tí, y voy a tener que montarla en mi cabeza por ti, y llenarla con todos mis putos recuerdos por tí, pues qué cojones, deja la pantalla negra y así sabemos a qué estamos jugando. Invisible se convierte en una experiencia cojonuda para currar. Y está muy bien que el espectador curre, y se juegue el cuello, se juegue la vida, su vida, enfrentándola con lo que (no) ve en la pantalla. Enfrentándola a la oscuridad. Ahora, si no te apetece hacer el esfuerzo, mejor acércate a ver otra cosa. Porque aquí, ver, vas a ver poco.

Invisible es una película hecha desde el dolor por alguien que sabe dejar de lloriquear y ponerse a trabajar. Es el documental que tú nunca hubieras hecho.

El comienzo es brutal y te enfrenta a una manera de mirar, o mejor dicho, de no mirar, y de encogerte en tu butaca y de acojonarte un poco ante lo que vas a tener que poner de ti en la película. Y entonces cualquier palabra, cualquier nombre de ciudad, te meten el miedo en el cuerpo. Porque no quieres recordar. E Invisible es la fascinación ante la construcción de la belleza. Y la fascinación ante la dignidad del que construye la belleza. Y cada corte, cada herida rojo sangre en la pantalla, acechen tu pupila.

La película se articula como un mecanismo multicapa. El negro, las palabras escritas en blanco de ÉL, las palabras escritas en amarillo de ELLA, los violentos cortes a rojo, la voz del cineasta y la música de mursego. La únicas imágenes que vemos son el registro preciso y enmarcado de las grabaciones de Maite Arroitajauregui (aka. Mursego). Vemos construir y superponerse las capas de música, creando estados emocionales de alta intensidad. Una amalgama de sonoridades, un canto ancestral, una mixtape de valses, operas barrocas, conciertos punk y alaridos deliciosos. El negro sigue siendo el mismo, pero nosotros ya no.

Jugando con estos elementos, Iriarte nos introduce en un relato, en una ficción, la noche, la pareja, los encuentros, los recuerdos, el bosque, la separación. El relato se convierte en un retrato, el retrato en el minucioso documento del trabajo del artista, el documento en una carta de amor, la carta de amor en la historia de un amor perdido, la historia de amor perdido en una película de vampiros y vuelta a empezar. En el fondo Invisible es un musical, y del mismo modo que Coppola traicionaba el original para hacer de Drácula una historia de amor a través del tiempo, Iriarte nos cuenta que está haciendo una película de vampiros para no reconocer que está reescribiendo una historia de amor. O el recuerdo de una historia de amor. O el intento de volver a contar un amor, un encuentro compuesto de muchos encuentros, de viajes y confidencias, que hace ya dos años que terminó (y entonces la voz amarilla susurra: ya casi tres).

 

El cineasta y su musa. Un vampiro del recuerdo. Un vampiro cinemático.

Es difícil hablar de una película que se esconde, que deja esa noche abierta frente a los ojos, en la que cualquier palabra (bosque, nieve, Berlín) entra en resonancia con nuestros propios recuerdos, nuestras propias vivencias y, cuando queremos dejar de rellenar la película con nuestras cosas, con nuestras vidas, el espacio oscuro se llena de esas sonoridades profundas y dolorosas que invaden nuestro cerebro y golpean nuestros oídos para que no podamos dejar de vivir nuestro Invisible. Nuestro recuerdo.

La película funciona de manera violenta en sus pausas y en sus rupturas coléricas. Y por supuesto, es un viaje al particular universo de Maite Arroitajauregi, el rostro detrás de Mursego, una artista de la que sólo vemos su trabajo artesanal y minucioso, insistente y concentrado en la búsqueda de inspiración. del momentum. Construyendo capa tras capa, sonoridad tras sonoridad, edificando el espacio a solas. Su meticuloso proceder, siempre con los cascos escuchando todo aquello que nosotros no, inunda el espacio de la imagen, cantando, gritando, repitiendo y variando cada vez, tocando timbales, pianos, xilófonos, flautas, maracas y extraños instrumentos. Y tocando el cello, de manera suave y violenta, con arranques de furia desafinada y musicalidades deliciosas. Siempre que vemos a Maite, el relato se detiene, la narración desaparece y sólo observamos su búsqueda solitaria. Cuando la imagen ocupa la pantalla sólo escuchamos aquello que producen sus dedos o su garganta, hasta que un brusco fogonazo rojo sangre nos devuelve a la oscuridad y entonces sí, entonces todas las capas sonoras se superponen, provocándonos con sus texturas. Rellenando la oscuridad.

El problema es que cuando la película establece sus coordenadas y el negro envuelve tu mirada y tus recuerdos empiezan a llenar la pantalla, la película pierde importancia. Y te vas. Te vas de la película porque la película eres tú. Y entonces la película ya da un poco igual. Llegamos al paroxismo de la apuesta de Iriarte. Y el espectador, emancipado, se desprende de la película, descubriéndose el protagonista de lo que su imaginación crea.

Sin embargo, el quehacer y el rostro concentrado de Maite, sus manos y su garganta, sus dedos y sus ojos, nos devuelven una y otra vez al territorio inmanente de la creación. Y no podemos dejar de observar la evolución de esas melodías, de preguntarnos por cómo van a re-componerse todos esos sonidos. A sumarse, a potenciarse. Y vuelve el negro y la masa sonora nos vuelve a arrastrar.

Iriarte dice que es una película de vampiros. Una película en la que al final moriremos. Sin embargo al final, por fin, aparece el bosque, y no es de noche, sino que el día nevado se posa en las ramas de los árboles. Escuálidos los árboles, escuálida nuestra mirada. Vemos a Maite levantarse del suelo y caminar. Resucitada como en un sueño. Y con las pupilas encogidas por la luminosidad del recuerdo, cerramos los ojos. El viaje ha terminado y sólo queda la luz.

Victor, al terminar la película nos miente o no nos cuenta todas las verdades, y dice que lo que terminará haciendo es simplemente cantar. Subirse al escenario y cantar. Pero antes de cantar ha decidido hacerse canto. Y oscurecer el canto. Y hacer de la noche el lugar de su recuerdo.

 

Y para terminar, un poema para los curiosos:

¿Quién es Tu Perra? Dices mientras clavas

en mi pupila tu pupila inquisitiva.

¿Quién es Tu Perra? ¿Y tú me lo preguntas?

Tu Perra… eres tú.

 

 Y una cosa más: Tiemble Messiez. Tiemble Faüstino. Tiemble El conde de Torrefiel. Tiemble el cielo sobre la tierra. Están en la agenda y Tu Perra está en celo. Guau.

 

TU PERRA

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