La felicidad no importa

Esta afirmación, tan acertada como cargada de provocación, se escucha  como un eco, un mantra, una y otra vez, en directo, en escena, en boca de  Forner Lafuente. 

Estribillo que resuena durante el visionado de la crónica de veinticuatro horas  en la vida de Forner, proyectada en pantalla, al mismo tiempo que asistimos  a su tentativa de explicarnos —mientras ve con nosotros el registro de su  jornada laboral— su tesis sobre un posible “Museo de Papel”. 

Otro elemento, no menos importante, es el músico y batería, Nilo Gallego,  que pone ritmo a la imagen: una antibanda sonora perfectamente producida,  que acompaña, subraya, acaricia e intensifica la imagen en tiempo real,  ofreciéndonos otra capa para aproximarnos a la original propuesta de Tomàs  Aragay y su equipo. Sí, se respira equipo: ganas de experimentar, probar,  compartir qué es lo que les mueve y cómo contarnos lo que les conmueve. 

La felicidad no importa, señores y señoras, niños y niñas, avis y àvies, tiets i  tietes… y, sobre todo, personitas de clase media. Sí: la mayoría de nosotras. 

Esta es una pieza política y poética; un comentario agónico y, al mismo  tiempo, luminoso y sutil, sobre la intuición, quizás, de otros inicios posibles. 

Nos interpela a todas nosotras: a quienes hemos crecido rodeadas de  progreso y hemos creído en la cultura del esfuerzo y en sus promesas.  

Forner nos invita a acompañarlo en su tránsito cotidiano, situado y  encarnado: a mirar con él y, a través de él, a revisar nuestra propia  experiencia diaria como seres urbanos. Cómo organizamos los días. Cómo  los habitamos. Desde dónde, con quién, a qué ritmo, bajo qué mandato.  Porque ahí está, insistente y pegajoso, el imperativo de ser feliz a toda costa.  Y además: sé feliz tú, desde ti y por ti, sin cuestionar demasiado que el  Estado del bienestar brilla por su ausencia, y que a menudo olvidamos lo que  muchas de nosotras sabemos esencial: si hay algo que puede salvarnos es  lo común, lo colectivo, el nosotras. 

Sí, aquí, en el sur de Europa, vivimos instaladas en una paradoja sostenida:  el mercado se expresa con la misma lógica y opera igual que en la mayoría  de los países del norte, pero el Estado y sus las políticas públicas están lejos  de compensar su violencia; a veces, ni siquiera parecen anunciarse. 

Aragay pisa el freno ante la lógica acelerada en la que habitamos y nos  ofrece un paréntesis. Activa un dispositivo escénico de extrañamiento y nos  desplaza hacia otro lugar: un mundo de pequeño formato, compuesto por una superposición sutil y cuidada de elementos, excelentemente orquestados  en una puesta en escena caleidoscópica. 

El público entra en la sala y nos acogen unas pocas filas de asientos  numerados, a los que pocos hacemos caso, pues nos encontramos entre  amigos y conocidos. A esta primera acogida le sigue la aparición de Forner y  del músico Nilo, que, tras saludar y aceptar el aplauso, toman posiciones,  cada uno a un lado de la escena, mirando hacia la pantalla, desplegada y  ocupando la totalidad de la caja escénica. 

Abre la pieza un texto corto en pantalla, donde se nos avisa de que vamos a  ver a Forner, un joven que vive en la Valencia contemporánea y que trabaja  gestionando un espacio cultural paupérrimo. Leemos también cómo los  jóvenes actuales se inician en el mundo laboral después de haber estado,  durante años, secuestrados por la institución universitaria. Vamos a asistir al  despliegue del presente continuo de Forner. 

El relato visual se abre con unos encuadres del amanecer de la ciudad de  Valencia desde diferentes lugares periféricos: senderos rodeados de campos  cercanos a las vías del tren, parkings polvorientos enmarcados por torres de  alta tensión, etc., hasta que la imagen nos sitúa en la habitación de Forner,  que todavía duerme. 

Empieza a hablar sentado en una mesa, mirándose a sí mismo; comparte el  desarrollo de una idea: un posible museo de papel. De vez en cuando, hace  de apuntador de su propia imagen: “coge las llaves”, “ahora aquí hay una  pausa laboral”, etc. Entretanto, articula e intercala el leitmotiv: la felicidad no  importa. A veces varias veces seguidas; a veces una sola vez tras un largo  silencio. 

Se tejen estas capas como una forma caleidoscópica que gira sobre sí  misma y que obliga al público a una atención tranquila y despierta, para  seguir el relato visual, sonoro y textual. 

No hace falta haber leído teorías contemporáneas sobre el deseo  postcapitalista, Fisher por ejemplo, para apreciar la pieza, disfrutarla y  transitarla. Estamos ante un personaje que apenas sonríe, pero tampoco  bosteza; que nos ofrece una presencia tranquila y continuada; que acepta un  lugar vital, unas condiciones sociales y laborales, sin dejar de extrañarlas, de  comentarlas:

“Me dijeron: o te subes al carro o tendrás que empujarlo. Ni me subí ni lo  empujé. Me senté en la cuneta y, alrededor de mí, a su debido tiempo,  brotaron las amapolas”.¹

 “(…) asusta lo completo, lo posible, 

la demasiada luz, la cobardía, 

la gente que se casa, la tormenta (…)”² 

De esta manera, el caleidoscopio va girando sobre si mismo, y asistimos a  un relato político y poético de las “formas de hacer” de Forner: su voz nos va  conduciendo, el sonido de Nilo y las imágenes pausadas y amplias que  dibujan sus 24 horas. Un relato donde Forner parece consciente de cada  gesto que hace, de cada forma que nos propone: tantas veces recostado,  mirando el techo, tumbado en el campo, rodeado de hierba alta que cubre su  corpulento cuerpo. ¿Imágenes de descanso intencionado? ¿Contemplación  reparadora? ¿Silencios elegidos? ¿Y toda esa naturaleza olvidada, y ese  paisaje que orilla lo urbano? ¿Hay otras formas de hacer? ¿Hay otros ritmos  posibles, otras formas y culturas del trabajo? ¿Es posible conseguir recostar  el cuerpo a diario? ¿Es en las periferias y en su dejadez poética, en su  espejismo de no civilización, donde podemos reinventarnos?

 

Aragay nos invita a sospechar del mandato, o del “imperativo to be happy”.  Nos permite revisar y dialogar con el pensamiento de Fisher, de Sara Ahmed  y de tantas otras voces que nos recuerdan que la felicidad no es inocente.  

¿Qué es, entonces, la felicidad?  

Aragay responde no desde el escepticismo, sino desde el convencimiento y  el gesto encarnado por Forner: la Felicidad-No-Importa. 

Esta pieza nos conecta y nos sitúa ante la experiencia de tantas de nosotras,  que intuimos y experimentamos que la felicidad se nos impone como una  promesa que organiza nuestros deseos, nuestros cuerpos y nuestra vida:  qué debemos sentir, cómo debemos aparecer o aparentar, cómo debe ser  nuestra vida, de qué objetos nos tenemos que rodear: la pareja heterosexual,  la familia, la casa, la maternidad, la estabilidad, el éxito, la adaptación social,  el trabajo fijo, el éxito profesional. 

Aragay nos propone un espacio-tiempo donde vivir otro presente: desde lo  periférico en toda su amplitud —literal, simbólica y moral—; desde el cuerpo  presente, capaz de extrañar y de saberse otro, más allá de lo normativo. 

Desde el asombro de estar con la naturaleza a escalas y dosis mínimas: al  lado de la acequia, entre el sendero del terreno abandonado, bajo la sombra  de la torre de alta tensión, en el jardín improvisado entre vías. 

Y cierra esta pieza sutil y micro con un recital de voces poéticas, encarnadas.  Sí: más cuerpos, de pronto; voces activistas, cristalinas, visionarias. 

Es una pieza que te llevas a casa, que resuena en el cuerpo durante horas y  días, más allá del tiempo de visionado. 

Ojo: al lado de la puerta, nos indica Aragay en el aplauso final, junto a Forner  y Nilo, podemos hojear y ver la propuesta curatorial de Forner sobre su  “Museo de Papel”. 

 María Muñoz-Duyos

¹ “Me dijeron…” poema de Gloria Fuertes que pertenece a Mujer de verso en pecho, publicado por Cátedra en 1995.

² “Todo asusta”, poema de Gloria Fuertes publicado originalmente en Todo asusta (Caracas, Lírica Hispana, 1958)

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