El viernes 24 de abril se estrenó LEXIKON, el último trabajo de El Conde de Torrefiel, en Madrid, en la sala principal del Teatro María Guerrero del Centro Dramático Nacional.
Un lexicón es una recopilación de palabras que pueden estar ordenadas en un catálogo, un diccionario, o revueltas en la memoria de alguien constituyendo el conjunto de lexemas que esa persona conoce del idioma que habla.
LEXIKON, la obra de teatro, es una colección de relatos compuesta por siete fábulas independientes. Si bien hay una atmósfera que recorre toda la obra (una atmósfera que yo sentí tensa, inquietante) cada fábula presenta una variación diferente de la misma y un lenguaje escénico particular, más allá de que, por supuesto, todos estos lenguajes surjan de la combinación, el desarrollo o la utilización de elementos propios de la poética de la compañía.
Las historias suceden en una casa, en la RAE, en la carretera, en la documenta de Kassel, en un cine, en un lugar indeterminado de una galaxia que no recuerdo si era la nuestra y en el teatro.
De lo que vi intentaré revelar solo lo indispensable porque esta obra va a estar en cartel hasta el 24 de mayo, así que puede que quien lea esto ahora la vea después, y yo creo que siempre es divertido que te sorprendan en el teatro.
En la casa alguien que no puede dormir observa desde la ventana de su piso a un grupo de personas que lleva a cabo una tarea. A la insomne no le interesa demasiado saber por qué o para qué hacen lo que hacen, le interesa el estado mental en el que trabajan.
En la RAE un académico suelta, por interpósita marioneta, un discurso de toma de posesión ante un auditorio en el que alguien se indigna, alguien no entiende, alguien se alegra, alguien se excita y alguien calcula sus posibilidades de ocupar un sillón en la organización. Para saber quién hace qué, mejor ir a ver la obra.
En la carretera a una persona que parece tener la vida bastante bien montada, se le desmonta la vida bastante después de ver una obra de teatro y beberse una botella de vino mientras cena con una amiga.
En la documenta unas turistas españolas visitan un centro de exposiciones y ven algunas obras.
En el cine se proyecta una película extraída de la mente de los espectadores.
En la galaxia dos seres, que creo que no eran de este mundo, conversan.
En el teatro sucede una obra de teatro.
En la escena de la casa se habla de la concentración. Una persona concentrada es, según dice la voz narradora, lo que más le gusta ver últimamente.
Como tengo el cerebro frito de divulgación científica de Youtube sé que a ese estado se llega (se puede llegar) haciendo algo que presenta una dificultad solo ligeramente superior a tus capacidades. Si la tarea es demasiado difícil el cerebro se frustra y se sale, si es demasiado fácil, se aburre y también adiós.
En estado de concentración el humano saca lo mejor de sí mismo, es donde crea, donde resuelve problemas y donde entiende cosas importantes. Es un estado que supera al lenguaje porque allí la cabeza va más rápido que las palabras, aunque se esté trabajando con palabras. En ese lugar no hay diferencia entre la mente y el cuerpo, es un estado divino porque es creador y es placentero, y es incompatible con el fingimiento, con sostener una fachada. Es un lugar en el que solo puedes estar siendo exactamente lo que eres.

En el cuadro de la RAE se habla de la palabra como instrumento de manipulación, de engaño, desde la institución que toma el lenguaje en estado de materia prima, móvil y espontánea, y lo procesa, lo reglamenta y lo fija. La RAE nos extirpa el idioma y lo convierte en una tecnología externa aplicable a procesos de exclusión, jerarquización, separación por clase social y por fronteras.
Entre los académicos que escuchan el discurso del escritor sólo uno lo celebra, no sé si es porque se divierte presenciando el suicidio social de su colega o porque disfruta de que alguien diga algo que todos fingen no saber. Puede que sea porque es el único académico dramaturgo (perdón, esto sí es un espoiler) y lleva años cargando el secreto de que está agotado, porque escribir para el teatro es estar constantemente intentando evitar que las palabras se le salgan de control y se lo traguen todo.
En la historia de la carretera el cansancio y una botella de vino marcan el límite entre la vida racional, contenida, y la vida vivida más de acuerdo al deseo, el límite entre el orden y la irrupción violenta de un caos después del que quizá puedan cambiar algunas cosas. In vino veritas y lo que eso implica. La creencia popular es que el borracho no puede mentir, no puede parapetarse tras el artificio del lenguaje. Mi experiencia personal con gente beoda me dice lo contrario, pero eso de ninguna manera viene a cuento en esta crónica.
En el relato de la documenta se presenta la retórica del arte moderno como un dispositivo hipócrita, formal y engañoso, que reproduce (y al reproducir confirma, refuerza y amplía) las dinámicas de la sociedad de mercado.
En la secuencia del cine irrumpe la fantasía de poder mirar directo al núcleo de los deseos del otro sin la mediación de un lenguaje codificado y de que en ese núcleo el logos se disuelva y aparezcan flotando alegres distintas formas de felicidad.

En el diálogo de la galaxia el lenguaje como lo conocemos es una antigüedad, una herramienta burda como podría parecernos un cuchillo del neolítico, o enigmática como esos dodecaedros que aparecen en las excavaciones de pueblos romanos y nadie sabe para qué servían.
Finalmente, en el fragmento del teatro se nos presenta una obra del futuro. El título de esta obra sale de la distopía de Orwell en la que aparece como síntoma de que, repitiéndola, hasta la idea más absurda e inverosímil puede convertirse en verdad. El lenguaje convertido en herramienta de domesticación.
Hay algo a lo largo de toda la obra que parece sugerir que las palabras están en la cabeza mientras que la verdad vive en el cuerpo, sobre todo cuando ese cuerpo no intenta ajustar a palabras lo que lo atraviesa. Que los elementos que me permiten hacer esa lectura sean difíciles de señalar es justamente lo que evita que la obra presente un binarismo mente=palabra=mentira=malo /cuerpo=sentimiento=verdad=bueno.
Salgo del teatro pensando que quizá la cosa sea tener más presente ese potencial performativo (por no decir mágico) del lenguaje, tanto para que el poder no nos pille desprevenidos cuando lo utiliza como para reclamarlo para una misma y empezar a relatar, y al relatar construir, el mundo que se desea.
LEXIKON se estrenó con la sala llena. Una vez más me sorprende la escasez (ausencia casi) de gente joven en el patio de butacas y me pregunto si esto es algo que a las instituciones de la cultura les preocupa o les importa. Yo empiezo a pensar que, como siga así la cosa, en quince años va a haber que hacer las funciones en el cementerio, que es donde va a estar el público, cosa que, ahora que recuerdo, El Conde de Torrefiel ya hizo, no hace mucho.
María Cecilia Guelfi
Imágenes de Bárbara Sánchez Palomero





