
Y ahora a ver cómo lo gestionamos. En realidad, a ver cómo lo gestiono yo solito.
Es una faena, una jugarreta del destino esto de enamorarse de las trapecistas por defecto. Me pasa siempre. Pero esta vez la trapecista se colgaba de un violín y, nada menos, que de una zanfona. También usaba un cencerro que deseé por un momento me colocara en el cuello (“I wanna be your dog”, me vino a la cabeza). Todos la veían sentada, pero yo vi los hilos que aguantaban su trapecio, la tela sobre la que hacía acrobacia, la vi levitar aguantada del arco del violín. Cosas de los temporales del Atlántico, pensaréis, que te hacen perturbar el sentido, me decís. Lo cierto es que venimos de un temporal bien hermoso. Pero hay mucho más que un viento húmedo que puede alterar el sentido en mi percepción.
El viernes, como es mi costumbre cuando estoy en la ría, me fui a Vigo a ver el estreno de la nueva obra de Antonio Fernández Lera en el Teatro Ensalle, Una obra imperfecta. Tres variaciones. Ya os hablé hace unos días de Antonio y de su trayectoria. En realidad intenté abrir una ventana e invitaros a venir. Sé que muchos no habéis podido. Y es una lástima que os lo perdierais.
Se me ocurre. Presionad a vuestros programadores locales y que la lleven. A fin de cuentas el 95% de ellos programan con vuestros impuestos. Y alguna parte de ese dinero debería estar destinado a programar algo que no sean sus colegas, sus compromisos y las mierdas que llevan porque “mi público no está preparado para ver esto de lo que me hablas”. Que usen, no sé, el 10% del dinero para obras que estén vivas, para obras que puedan romper la monotonía de lo estándar, para obras para las que seguro que no están preparados ellos, pero quizá sí alguien que pueda ir y entender. Y que yendo le cambie la vida (lo he visto y sucede, no es ficción). Porque en esta sociedad nuestra que propicia sin ningún rubor que un 10, un 15, un 20% de sus miembros se sitúen en lo que se denomina (eufemismo) exclusión social (en el 25 está el porcentaje de pobreza actual en el Reino de España, y subiendo) utilizar un 10, un 15% del dinero destinado a programación a fondo perdido, a arte, a cultura, no es pedir demasiado. El retorno será inmenso. Si ponen entradas asequibles, claro. No lo detectarán inmediatamente pero que tengan paciencia. Que dejen el resto del presupuesto para entretenimiento insustancial, si es su deseo. No tengo ninguna duda de que el acceso a la cultura, al arte, a la música, al pensamiento, a la poesía, es lo que permite que sus hijos puedan salir a la calle sin miedo a ser acuchillados.
Para que tengáis argumentos con los que interpelar a esos servidores públicos, y por lo tanto, empleados vuestros, os voy a contar un poco.
Desde siempre el amor y la muerte han sido dos ejes sobre los que reflexionar para el género humano. Son de alguna manera un principio (el amor) y un falso final (la muerte). Entre medias hablamos de memoria o de identidad, ocupación frecuente de los pensamientos de los vivos no enamorados.
En esta Obra imperfecta intuyo que el trasfondo es la muerte (Chete, querido Chete, cómo añoro no encontrarte en el Alaska y cerrar después todos los bares de San Lorenzo). Para trascenderla. Se trasciende porque la conversación sigue viva. Sigue habiendo alguien que dice y alguien que escucha. Alguien que escucha y que puede dar réplica. Y como presencia abrumadora que lo acompasa todo está el amor.
Porque hay un amor inmenso en todo lo que sucede en esta obra. Sin duda os acunará en sus brazos. Solo tenéis que abrir vuestros poros y por ellos se podrá colar. Por el resquicio más diminuto será capaz de entrar.
Os vais a enamorar de la voz y la forma de decir de Gonzalo Cunill. Si cerráis los ojos un momento os podéis teletransportar. Podréis viajar a cualquier lugar. Él os acompañará, será el anfitrión perfecto. Y si los abrís en el momento oportuno podréis ver el resumen del baile en dos movimientos precisos.
Si optáis por mantener los ojos abiertos también podréis ver la luz que generan las manos y las ideas de Raquel Hernández y Pedro Fresneda y enamoraros también. Una luz que combina focos y proyecciones de una forma que yo he soñado alguna vez, pero no he sido capaz aún de trasladar a un escenario. Envidia. Una luz que hace que el techo y el suelo puedan desaparecer a voluntad. Qué cosa, hay algo constante en los procesos de trabajo que suceden en esa sala, y no es la humedad que marca los haces de la luz después de un temporal, es la magia que se traslada a las retinas, algo que siempre redondea los filos, un acabado perfecto.
Pero esa magia no ha evitado que pudiera detectar que las cuerdas que sostenían a mi trapecista preferida, Elena Vázquez Ledo, venían de mucho más allá de la luna en cuarto creciente. De más allá de Orión. Porque los que no habéis atendido mi alerta no sabéis lo que es escuchar el puto Cum dederit de Antonio Vivaldi tocado con una zanfona, con ese sonido primitivo, medieval. Lo lamento por Jaroussky, por Scholl, por las versiones más canónicas de Nisu dominus que me han alucinado durante tanto tiempo. Tenéis mucho mérito, grandísimos contratenores. Pero no habéis conseguido lanzar una cuerda más allá de dónde el telescopio Hubble pueda mirar aún. Lanzar una cuerda para balancearos. Amarrarla al nacimiento del amor, que debió de ser, si mis cálculos no fallan, simultánea a la explosión de gases que dio lugar a este sindiós en el que naufragamos a diario. Y con esa cuerda bien amarrada ya puede Elena lanzarse a improvisar. El proceso nace de conocer y entender. Sólo después se aprende una partitura para olvidarla lo más rápido posible. Desnudarse y dibujarse notas sobre la piel. Sobre todo en las yemas de los dedos. Las destinadas a acariciar.
Ni qué decir que todo esto no existiría si Antonio Fernández Lera no lo hubiera impulsado con sus palabras. Generadoras y propiciadoras. Liberadoras, también. Versos y versos y versos, que llaman. Imágenes que convocan. Mucho amor. Con Isabel Albertus siempre acompañando.
He podido ver este fin de semana cosas que vosotros…, bueno, ya sabéis… y necesitaba contarlo.
Si hubierais estado a mi lado, en las gradas de Ensalle, no habría necesidad de decir más. Pero también os digo: a mí no me gustan las despedidas. Sonaría entonces, como respuesta, un acorde de violín.
Antoine Forgeron



