Caer casi en la mano

Este 31 de octubre pasado, como un hechizo que cae sobre nosotres y los tiempos complejos que habitamos, se inauguró, en el Mercat de les Flors, el ciclo Hacer Historia(s) VI curado por Las Poderosas: Beatriz Fernández y Mònica Muntaner. Ciclo que en esta ocasión insiste en poner el foco más en profundidad en las metodologías que en las temáticas, ya que es ahí donde Fernández y Muntaner consideran residen los superpoderes para comprender, transformar y sobrevivir nuestra realidad.

Yo llego a la segunda función del día, después de cruzarme con zombis, diablos y brujas por las calles: HIPERSUEÑO de Paz Rojo en la sala MAC. La programación del ciclo en el Mercat abrió con FäSL, el trabajo de la artista libanesa Nivine Kallas.

Antes de comenzar la función escucho que hablan sobre la teórica estadounidense: Karen Barad. Inevitablemente me quedo pensando en ella y cuando empieza la obra con las bailarinas Paz Rojo y Arantxa Martinez en escena, la primera en movimiento, transmitiendo; y la segunda sentada con los ojos cerrados, recibiendo lo desconocido; viene a mí el concepto de Barad de intracción: todes los sujetos son en la medida que se relacionan con otres. Paz y sus bailes son en relación a Arantxa, quien la percibe con la parte posterior del cuerpo. Y es así que, desde el minuto uno de la performance, la materia deviene en materia desde un estar siendo: bailando y sonando. Y una vez que empieza, este devenir, no se detiene.

En un principio, el espacio de baile se centra sobre una tarima negra casi rectangular, que resalta sobre el linóleo blanco del resto del escenario. Y digo casi rectangular porque le faltan dos esquinas: la superior derecha y la inferior izquierda (visto desde el público), y, aunque mi cabeza visualmente construye el rectángulo, en realidad no hay un rectángulo, es, tal vez, un agujero, una fuga más palpable a la fuga imposible del cuerpo: de la carne y de la palabra.

Durante un largo tiempo es Paz quien se mueve, Arantxa permanece en la quietud, atenta; su atención nos sugiere una atención colectiva, no es solo cosa de ella, es ese el lugar desde donde hay que atender estos bailes: con los poros de la piel y el espacio articular abiertos a todo lo que ahí sucede.

Se escuchan sonidos, no logro percibir del todo quién los emite; quién es ese pájaro que en otro tiempo/espacio reproduce la artista sonora y performer; Luz Prado. No sé si es el efecto luminoso pero todo se percibe en un tiempo dentro de otros tiempos, en un espacio dentro de otros espacios. ¡Holaaa!, dice Paz al vacío, como cuando en las películas de ciencia ficción llegan a un espacio nuevo, extraño, irreconocible…; a diferencia de Rojo, me enfrento al límite de las palabras para transmitirles la sensación. Y nadie desde su butaca consigue responder con la voz para hacerle saber que estamos aquí, con ellas; deseosas de escapar de una sociedad nostálgica de un pasado idealizado para explorar esos futuros posibles que nos transmiten desde este oscuro e incierto presente. Espero que nos perciba.

Después de un largo rato, Rojo se acerca a Martínez, si bien ya se tocaban de lejos, ahora se tocan con la mano, con el cuerpo. Aparecen así la sensualidad de la carne, el calor, la presencia y la presión de manera más tangible. Paz restriega a Arantxa, la saca de ese estado de escucha quieta y profunda en el que se encontraba. La trae aquí de regreso e intercambian los roles: Arantxa se mueve, y cómo se mueve, en respuesta de todo eso a lo que ha estado atenta. No sé si estaba acostumbrada a mirar los bailes de Rojo como unos bailes balbuceantes, pero en HIPERSUEÑO, si bien su práctica corporal, fascinante, insiste por el mismo camino, esta vez me atrevería a decir que hay una elocuencia en la exploración del movimiento. Las bailarinas profieren, hablan en voz alta. Y abren nuevos espacios con claridad como cuando Arantxa se sale por primera vez de la tarima negra para acostarse en el espacio vacío del rectángulo sugiriendo un mundo de posibilidades o Paz se mueve de manera repetitiva y con fuerza sobre el linóleo blanco dándonos la espalda, contoneando las caderas y levantando las piernas para dejarlas caer y sonar, sonar aquí y después, en ese futuro paisaje que Luz Prado desde el sonido va construyendo con la ayuda de todos esos micrófonos, que tan presentes se hacen en la pieza; su escucha es muy precisa haciendo visible el contraste con la magnífica imprecisión de la escucha humana.

Cerca del final el cuerpo se aquieta y da lugar a la voz, a la palabra, a la lengua. Caer casi en la mano, si mal no recuerdo, es la última frase lingüística que construyen Paz Rojo, Arantxa Martínez, de pie, en el centro de la plataforma negra, y Luz Prado, sentada, desde las máquinas. Después de la sucesión de varias palabras sueltas hacen, con este enunciado, visible, la infinita finitud de todo lo que nos ha tocado.

Un oscuro, un aplauso tímido. ¿Es así como termina? ¿El trabajo de Paz tiene un final? ¿El movimiento acaba? Sigue otro momento, en este oscuro nos envuelve un paisaje sonoro que entreteje muchas otras texturas. Se despiertan otros seres, otros espacios, otros tiempos; lo incontable se cuenta. La atención se expande a lo que pasa entre los que estamos aquí. Silencio.

Arantxa agita una kufiya. ATUREM EL GENOCIDI, se lee.

Tengo que salir rápido de este HIPERSUEÑO y perderme la convivencia postfunción tan importante en las artes vivas para terminar de ensancharse; mi hija necesita aún mi tacto para conciliar el sueño. Se ha hecho tarde.

Los zombis, los diablos y las brujas siguen donde los vi la última vez, pero, durante estos 70 minutos, todo se ha oscurecido un poco más.

Anabella Pareja Robinson

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Caminando hacia Una obra imperfecta de Antonio Fernández Lera en el Teatro Ensalle

El próximo viernes 7 de noviembre de 2025, a las 20:00h, se estrena en el Teatro Ensalle de Vigo una nueva obra de Antonio Fernández Lera. Esto que sigue es solamente una invitación a que vengáis y celebremos. El sábado 8 y el domingo 9 a la misma hora tenéis otras oportunidades. Yo aviso con tiempo. Vosotros veréis.

Antonio en Tipos Infames © archivo AFLera

Track 1: Intro. Los Hombres de Piedra y el nacimiento del Teatro Pradillo

El miércoles 7 de noviembre de 1990 abría por primera vez sus puertas al público el Teatro Pradillo de Madrid. Lo hacía con una obra llamada Los hombres de piedra con dirección de Carlos Marquerie, quien por aquel entonces era junto a Juan Muñoz una de los dos patas en las que se apoyaba La Tartana Teatro y el recién nacido teatro.

La antigua nave de transportes que antes utilizaba SEUR comenzaba su andadura en el mundo de las artes escénicas. Hasta hoy. Lo hacía en el barrio de Prosperidad, la Prospe. Un barrio del norte de la ciudad bastante alejado del centro, del eje Malasaña – Lavapiés dónde se concentraba el meollo de la actividad cultural tanto teatral como de la ya entonces decadente movida madrileña.

La obra se estrenaba bajo el paraguas del VII Festival de Otoño de la Comunidad de Madrid. Un festival internacional que intentaba concentrar en un mes lo más novedoso del mundo escénico a imitación de otras iniciativas otoñales europeas. Ahí sigue. Con sus bandazos y sus recortes presupuestarios, pero ahí sigue. Empezando hoy mismo su 43º edición.

He encontrado pocas referencias de aquel estreno en una búsqueda rápida por la red. Entonces los smartphones no existían y las redes sociales se activaban en las plazas y los bares, sobre todo los bares. Nadie podía dejar sus notas para la posteridad universal e incrementar así su huella de carbono. Encontré una fotografía distribuida por la agencia EFE. Y una amplia reseña posterior firmada por Pedro Valiente en la ya desaparecida revista Público. En su crónica, titulada Infiernos concéntricos, hace una introducción a doble cuerpo de letra: “El teatro Pradillo inauguró oficialmente su andadura con el estreno del último texto dramático de Antonio Fernández Lera, una bisagra en la que confluyen el estilo característico de La Tartana y nuevas propuestas escénicas, en lo que parece ser un viaje concéntrico desde el infierno hasta el infierno”.

Además de esto, hay un interesante artículo académico titulado La recepción crítica del teatro de vanguardia en Madrid (1990-1991) donde Eduardo Pérez-Rasilla se hace eco de varias críticas en la prensa generalista madrileña. Textos en Diario 16, El Mundo, Ya, El Sol, ABC y uno de Eduardo Haro Tecglen en El País. Sorprende la abundancia de reacciones en la prensa generalista comparando con la escasa atención actual. También habla de la expectación que se levantó entonces. De Haro entresaca un párrafo: “La belleza, la línea estética, es admirable, pero difícilmente llena por sí sola la hora y pico de representación, aunque sea también admirable y pulcra la interpretación de los actores, muy compenetrados y muy especializados en este género”. Pero ya sabemos que el histórico crítico de El País no siempre era comprensivo con este tipo de propuestas. Más bien todo lo contrario.

El Centro de Documentación Teatral conserva en su sede de Madrid un vídeo de aquel estreno. Habrá que verlo algún día.

Pausa en un ensayo. © archivo AFLera

El autor del texto de Los hombres de piedra, como habréis imaginado, es Antonio Fernández Lera. También participa en la dramaturgia.

Creo que algún día habría que escribir extensamente sobre el Teatro Pradillo. Sobre sus cuatro o cinco periodos bien diferenciados de gestión y sobre la cantidad de personas ligadas a las artes que hemos pasado por allí a lo largo de estos treinta y cinco años. Escribir sobre todo lo que saben y callan aquellas paredes mil veces repintadas hasta ir formando un altorrelieve de sudor y brochazos. Escribir sobre las tormentas de viento que generan los ecos de tantas palabras dichas rebotando en sus cerchas metálicas y sobre el abrazo que han dado tantas veces los viejos y pesados focos en las pieles hambrientas de calor. Otro día será. Y casi mejor otra persona.

Hoy quiero centrarme únicamente en la trayectoria de Antonio Fernández Lera. Empezar con esta introducción que habla de un estreno que no viví es más una cuestión sentimental. Porque la suma de Teatro Pradillo + Festival de Otoño suponen prácticamente una década de mi vida. La década de la emigración. La tengo aún muy presente, por dura y por cercana.

Para hablar de la obra de Antonio se podía empezar de un modo cronológico con su colaboración con Espacio cero, una compañía de teatro de-vanguardia-contemporáneo-o-como-hostia-se-quiera-llamar y después seguir. O se podía centrar en la época más actual con Magrinyana, su proyecto más personal y lo que todos tenemos más reciente. Pero de alguna manera el cuerpo me pide hacerlo de un modo fragmentario y con saltos en el tiempo. Una recopilación a modo de un mini-LP de grandes hitos, que no éxitos. Y tocando varios de los formatos que ha utilizado. Dejando huecos sin rellenar, como un edificio con muchas ventanas desde las que se pueda ver el tiempo fluir. Porque la obra de Antonio no sólo tiene valor por sí misma, sino que puede ayudar a comprender y contextualizar los últimos 40 años de las escénicas que a mí me gustan.

Track 2. La maquinahamlet, Espacio cero y los años 80.

Por aquel entonces aún se podía leer enfrente de la casa de mis padres la pintada que decía “A merda dos verquidos para a porca da Thatcher. Era lo primero que veía al salir de casa, junto al cartel de la taberna O Pote. Sólo unos pocos años antes se había conseguido frenar el vertido de residuos radioactivos en la fosa Atlántica y estaba muy reciente la épica aventura del Xurelo y de los otros pequeños pesqueros gallegos que se enfrentaron en alta mar a los cargueros que transportaban y dejaban caer al mar los bidones llenos de materiales radioactivos. Parece que aquello ayudó a provocar el nacimiento del movimiento ecologista (sea lo que sea el ecologismo). Y aquí seguimos, ahora ya más conscientes de que nos estamos cargando el planeta, pero procrastinando: el que venga detrás que se apañe. Se calcula que en la Fosa Atlántica hay 140.000 toneladas de residuos nucleares radiactivos depositadas en el fondo del mar y parece ser que la radioactividad acumulada en esa zona es siete veces mayor que la que rodea Chernóbil. Pero ya apenas nadie recuerda a los del Xurelo, ni a la bomba de relojería que tenemos a unas millas de las playas atlánticas.

Eran los años duros de las huelgas del metal en Vigo. Mi padre seguía evitando aparcar su coche en un cruce de calles porque sabía que eran los primeros que se cruzaban para hacer barricadas y ralentizar, de ese modo, las persecuciones y los porrazos de la policía que se sucedían día tras día sin piedad.

Reconversión naval en marcha, los puestos de trabajo habían sido sustituidos por la heroína barata que inundaba los barrios obreros. En mi instituto no resultaba nada complicado conseguirla, su presencia era directamente proporcional a la politización del alumnado.
Por si fuera poco teníamos a diario en las televisiones la sonrisa profident del que antes vistió chaquetas de pana y por aquel entonces aún ocultaba su colmillo retorcido de oro. Colmillo que todos los fascistas esconden en sus fotos más democráticas. Acabamos de ser admitidos en el Mercado Común Europeo y eso marcaba la senda: “es el mercado, amigo”.

En este contexto, duro contexto, una compañía fundada en Madrid por Chete Lera y Pepo Oliva a finales de los 70 llega a la ciudad. Van a la sala pequeña del gran teatro burgués de Vigo: el Teatro García Barbón.

La compañía se llama Espacio cero y la obra que traen a provincias es La Máquina Hamlet. Por azares del destino el profesor de filosofía de mi instituto tiene entradas para regalar. Para el 8 de mayo de 1986. Lo sé porque conservo la entrada con una anotación en el reverso, cosas de los fetichistas del papel. Y allí vamos, no recuerdo con quién, imagino que con los habituales de la pandilla. A fin de cuentas, desde la puerta del teatro a la zona de vinos que frecuentamos sólo hay dos calles, así que nos queda de camino.
Apenas recuerdo nada de aquella obra, sólo una sensación rondando la cabeza que persiste tantos años después y referida más a lo escuchado que a lo visto. “Esto puede ser más fuerte que el caballo”, pensé entonces. Lo debí pensar mientras íbamos camino de pillar un par de talegos de costo, echar unas partidas de futbolín y beber las especialidades de cada uno de los 6 o 7 bares que frecuentábamos en cada salida de fin de semana, a cada cual más alcohólica.
Así que al volver al instituto pregunté a mi profesor de filosofía, Miguel Vázquez Freire, si me podía conseguir el texto. Y me pasó la traducción, que entre otros hizo Antonio de la obra. Un pequeño librito editado por Cuadernos de Cántiga que aún conservo.

Ahí empezó todo.

La Maquinahamlet + entrada

Por no extenderme e ir a lo conocido. A finales de los años 70 se forma la compañía Espacio cero. Parece que a iniciativa de Chete Lera y Pepo Oliva, que sin experiencia previa en las tablas teatrales abandonan sus cómodos puestos de trabajo en cómodas oficinas y se lanzan a la carretera. Debutan con Asa Nisi Masa en 1980. Y a correr. Y vaya si corrieron.

En 1985 abordan su octava producción en sólo cinco años, se trata de Delante del muro, con texto de Antonio y dirección de María Ruiz. Es la primera vez que encuentro su nombre asociado a un montaje teatral.

Al año siguiente montan La Máquinahamlet de Heiner Müller. Antonio participa junto a los directores de la obra, Max Egolf y Sefa Bernet, en la traducción del texto.

Y al año siguiente Antonio escribe y dirige Carambola, que se estrena en la Sala Olimpia de Madrid, entonces Centro Nacional de Nuevas Tendencias Escénicas y hoy en día Teatro Valle Inclán del CDN. Si mis cuentas no fallan es su primera incursión en la dirección de escena.

A principio de los 90 la compañía desaparece después de varios montajes más. A Pepo Oliva se le vuelve a ver con uno de los primeros textos de Rodrigo García en la obra Reloj. Pasó por Pradillo y yo la vi en la recién nacida Sala Galán. Con Rodrigo también empezó a colaborar Chete. En gran parte de las primeras obras de su compañía, La Carnicería Teatro, Chete está en escena. Obras tan recordadas como Los tres cerditos, Protegedme de lo que deseo o Haberos quedado en casa, capullos.

Hay varias traducciones circulando por ahí de Die Hamletmaschine. Deberíais intentar leerla si no lo habéis hecho, aunque hoy ya sea un trabajo casi de arqueología. Son unos poquitos folios, no os llevará mucho tiempo, aunque no os garantizo el tiempo que después estaréis dándole vueltas, eso es cosa de cada uno. No enlazo ninguna versión porque la que siempre he tenido en mente es la que Espacio cero mostró hace 40 años y creo que no está disponible. Os dejo a modo de espóiler con el monólogo final de Ofelia, por si despierta vuestro interés: “Al habla Electra. En el corazón de la oscuridad. Bajo el sol de la tortura. A las metrópolis del mundo. En nombre de las víctimas. Expulso todo el esperma que he recibido. Convierto la leche de mis pechos en veneno mortal. Devuelvo a mi vientre el mundo que he parido. Asfixio entre mis muslos al mundo que he parido. Lo sepulto en mis partes. Abajo la felicidad de la sumisión. Viva el odio y el desprecio, la sublevación, la muerte. Si cruzo vuestros dormitorios con cuchillos de carnicero sabréis la verdad”.

Track 3. No somos el fuego. Empezar de nuevo a partir de cenizas.

El 27 de abril de 2012 comienza, a mi modo de ver, la tercera etapa del Teatro Pradillo de Madrid. Bajo dirección artística de Getsemaní de San Marcos, acompañada inicialmente por Fernando Renjifo y Carlos Marquerie, después de un periodo de reformas vuelve a abrir sus puertas al público. Lo hace con unas jornadas de apertura que llamaron Cuidar el fuego. En ellas participaron muchos de los que en los siguientes años formaron la Comunidad Pradillo y de alguna manera se encargaron de mantener la llama viva. Llama viva que, como todo el mundo sabe, es una de las cosas más conflictivas de gestionar en un teatro lleno de madera y multitud de elementos inflamables. Y no estoy hablando de egos ahora.
La primera de las acciones de esas jornadas fue No somos el fuego, iniciativa de Antonio Fernández Lera. Paradójicamente 22 años después vuelve a estar su nombre asociado a un comienzo.

Paulina Chamorro, en una entrada en Teatron de esas fechas lo define como “una acción en la que se quemaron cientos de fotos recortadas de periódicos, conservadas durante años para un fin desconocido que se concretó ese día”. En la fotografía que acompaña el post se puede ver a Miguel Ángel Altet (¿dónde andas, Miguel?) y a Carlos Sarrió quemando papeles sobre una plancha de metal.

Ésta acción vino precedida de Cuatrocientas, una exposición de esos recortes de prensa anteriores a 1994 que incluía unas cuatrocientas imágenes aparecidas en diferentes diarios destinadas a arder y de Antes del fuego, una introducción escénica con música de György Kurtág y poemas de Janos Pilinszky donde se creaba el espacio y la iluminación necesaria para la acción.

Paulina, reflexiona: “El gesto fundacional, se quiera o no, siempre se realiza sobre otro anterior, en este caso, sobre los residuos de un trabajo anterior, desde la memoria y el deseo de trazar un futuro. Durante una hora asistimos a la acción reiterativa que prendía fuego, una a una, a aquellas imágenes de archivo y de historias pasadas, nuestra historia pasada”.
Un nuevo inicio. Y allí, él.

Track 4: Bufones y payasos. Magrinyana y los proyectos más personales.

Carmen Menager, en penumbra, dice: “Pero lo que yo quiero es pintarme la cara como un jefe sioux / Quiero llorar como un jefe sioux / Ante tantas matanzas / Quiero destrozarlo todo / Y pintarme la cara como un jefe sioux / Para que nadie vea mis lágrimas”.

Jorge Rúa, también en penumbra, le contesta: “De cocodrilo”. “De cocodrilo / Eso es”, responde Carmen.

Estamos a finales de 2015, en diciembre. Se cierra el año y se cierra esa etapa que empezó como un luminoso sanjuán de fuego y termina entre sombras y niebla.
Carmen y Jorge eran los actores que daban vida a Bufones: Asombros / Microscopias / Desde la sombra / Bufones y payasos, también conocida como Bufones (versión final). Se estrenó en el Teatro Pradillo de Madrid el 3 de diciembre de 2015, hizo temporada hasta fin de año y se mostró también en el Teatro Ensalle de Vigo en enero de 2016.
La denominación de versión final es porque esos textos, esas ideas ya rondaban a Antonio desde antes.

Hay un Dende a sombra / Bufóns e pallasos de 2010 en el que, en galego, trabajaban Xan Solo y Paula Carballeira. Fue un proyecto para el Encontro de Artes Escénicas organizado por el Foro Costa da Morte en Muxía. En 2011 pasó por el teatro Ensalle y tuvo una última acogida en 2012 en el tristemente desaparecido Festival Escena Contemporánea de Madrid. La idea de reaprovechar, revisitar, volver a respirar textos es constante en la obra de Antonio.

De la versión final, la que más presente tengo, recuerdo escuchar en oscuro una letanía de voces diciendo “Nâo me queiras, abismo” verso del poeta portugués Miguel Torga, recuerdo a Jorge con la cabeza cubierta con una soga a modo de turbante recorriendo a ciegas la sala, recuerdo la niebla de una MDG Atmosphere que al final lo cubría todo y marcaba los haces de una proyección de vídeo, recuerdo las luces tenebrosas y sesgadas de Carlos Marquerie, una pequeña banda sonora muy sutil del Colectivo maDam que escucharon ensayos y devolvieron sonidos lejanos, y sobre todo recuerdo a una Carmen Menager llena de barro arrastrándose por el suelo como si le hubieran roto las piernas y diciendo al llegar a ningún sitio: “Un payaso con la cara llena de tatuajes. / Un bufón con lágrimas de plomo en los ojos. / Un payaso que guarda silencio en los zapatos. / Llenos de arena. Llenos de fango. Llenos de agua salada. / Un bufón que guarda silencio en los ojos. / Pintados con un pincel microscópico. Unos ojos invisibles”.

Carmen y cuerda ©Javier Marquerie Bueno

Pablo Caruana escribe en aquellos días: “Lera crea en esta obra como en pocas un espacio propio, un espacio común a la música, la palabra y la imagen, un espacio que es tiempo y reflexiona sobre él”. Y siempre es mejor escuchar a voces más autorizadas que recurrir a recuerdos fragmentados y borrosos.

Con esta obra se cerró una temporada y también se cerró algo más. La siguiente vez que Pradillo abrió las puertas al público fue, si no me falla la memoria, con otro programa inaugural llamado Jaleo que propiciaron Javier Cruz y Fernando Gandasegui. Un programa de un par de días con obras que abarcaban cinco siglos. Empezaba con la pausada música renacentista de Orlando Gibbons y la obra de Rubén Ramos Nogueira Gibbons amateur, un piano vertical clásico y unas manos delicadas, y terminaba con un coche convertido en discoteca móvil entrando en la sala a tope de subgraves e invitando a todo el público a bailar.

Track 5: las muchas vidas y materializaciones de Vida y Materia.

Vida y Materia, como pretexto o como residuo, es un libro formado por 36 poemas breves que se publicó definitivamente en 2020 dentro de la colección de poesía La Garza Roja, en edición conjunta con Libro de alegrías en un solo volumen.

Los poemas que forman este trabajo fueron escritos entre 2001 y 2011, una década de escritura pausada, vivida y finalmente materializada.
Antes de ser libro tuvo otras aventuras y se ha presentado ante nuestro ojos y oídos unas cuantas veces.

La primera de la que tengo constancia fue en el antiguo edificio de la Tabacalera de Madrid. En 2010, en junio. Dentro de una Gran convocatoria mundial auspiciada por La Tristura. Antonio, acompañado de un bote de pintura negra y una brocha, escribía sus poemas en los viejos muros de la fábrica. De fondo sonaba la música del Kafka fragmenten, de Kurtág. No pude ver esa acción que duró cerca de tres horas en directo pero visité los muros antes de que fueran repintados. O al menos soñé que lo hice. Cuando la lectura, asociada al acto íntimo y solitario, se hace pública algo sucede. De modo similar al que provoca un texto lanzado por un proyector de vídeo hacia una pared pero con otra textura más rica. Al hacerse pública y colectiva adquiere otro volumen. Otra densidad. Los que alguna vez hemos usado un bote de spray contra un muro sabemos de la urgencia, de la velocidad necesaria para plasmar el grito y huir. Con la acción de empapar el pincel en el bote, acercarse lentamente a la pared y trazar delicadamente la caligrafía se escapa de la premura, y entonces se susurra, se acaricia, se consigue pausa y perspectiva.
La segunda vez que los versos de Vida y materia se plasmaron sobre la pared fue de nuevo en Madrid. Dos años después. En la librería Tipos Infames y formando parte de Escena Contemporánea. En su XXII edición, el festival propiciaba una especie de retrospectiva del trabajo de Antonio que abarcaba la muestra de Dende a sombra / Bufóns e pallasos, una proyección de vídeos incluidos en sus últimas obras, una conversación pública que introducía la presentación de sus últimos trabajos editoriales, el estreno de una nueva obra escénica, Conversación en rojo, y la acción poético-pictórica de Vida y materia.
Hay que esperar a 2015 para que la acción se vuelva a materializar. Esta vez en el Teatro Ensalle. Se utilizó para esta ocasión todo el espacio de una sala anexa que normalmente se empleaba como aula o como lugar de calentamiento o ensayo. La idea era que perdurara, que se quedara como instalación permanente ya que las dos anteriores sólo alcanzaron a ser temporales. Y la instalación aguantó, de hecho todos los asiduos del teatro denominamos a partir de entonces a ese espacio como Sala Lera y así se le sigue llamando. Para esta ocasión las únicas diferencias significativas es que al ser negras las paredes la pintura era blanca. Y que entonces sonaba de fondo la música del contrabajista y compositor italiano Stefano Scodanibbio.

Y las pinturas permanecieron, aguantaron. Hasta que una inundación arrasó el teatro y, además de hacer peligrar su viabilidad, humedeció y desconchó las paredes. Hubo un momento en que la pintura se desprendía como tiras de piel quemada por el sol. La pintura negra de fondo y la blanca de los poemas unidas para siempre en su destrucción. Algunos fragmentos se conservan, enmarcados, imitando a los frescos de las iglesias medievales o las pinturas negras de Goya.

Esa inundación, que pudo ser fatal para la viabilidad del Teatro Ensalle, propició unos años más tarde un ejercicio de cabezonería. La sala, esta vez pintada de un color claro, acogió de nuevo la acción de Vida y Materia. Nuevamente Antonio cogía los pinceles y el bote de pintura, de fondo la música del contrabajista italiano. Acompañaban e intervenían la acción Carmen Menager y Pedro Fresneda, Raquel Hernández y Artús Rei, de Ensalle, la compañía asociada al teatro. Porque esta vez el programa era expandido y lo formaban Vida y Materia / Entreactos / Poemas lentos, otras dos obras escritas por Antonio. Estamos en marzo de 2020.

Vida y materia Ensalle © Elena Vázquez Ledo

Dejo sin comentar muchos otros trabajos para la escena que quizá lo merecían. Por citar alguno de las que tuve oportunidad de ver Las Islas del tiempo, en la que como paisaje de fondo están los desaparecidos de las dictaduras, Memoria del jardín que tuvo varias vidas y yo pude ver con Celso Giménez y una maravillosa Ana Buitrago o Conversación en Rojo, con dos de los actores que más me gusta escuchar en un escenario porque dicen tan bonito: Carlos Sarrió y Miguel Ángel Altet. También los trabajos de Elena Córdoba, que ha empleado textos de Antonio en sus obras, entre otras de Libro de alegrías o de Teorías de animales en su montaje Silencio. Y muchas otras que no he visto como Casa Sola con Gonzalo Cunill en escena, texto incluido en el libro de poemas Las Huellas del agua (Ed Trea, Gijón 2007), Mátame abrázame nuevamente con Altet y Marisa Amor o Plomo Caliente (Ed. Muestra de teatro español de autores contemporáneos, Alicante 2000) editado junto a Monos locos y otras crónicas, otra de sus obras escénicas.

Bonus track: el editor y la gran biblioteca: Los Pliegos de Teatro y Danza

Si editar en general no es un oficio rentable, editar teatro es directamente un ejercicio antieconómico. Si a esto le añadimos editar teatro contemporáneo-de-vanguardia-minoritario-o-como-queráis-llamarle es rizar un poco el rizo. De la danza mejor ni hablamos.

Pero alguien tenía que hacerlo. Y nadie mejor que Antonio, con su capacidad de trabajo y su visión a largo plazo, con su constancia y su paciencia. Porque es capaz de sentirse cómodo en el foco y también en la oscuridad del trabajo de base. Y porque es muy amigo de sus amigos. Afable y capaz de tejer y cuidar conversaciones a lo largo del tiempo con otros creadores. Y también por el rigor: corregir, editar, maquetar, diseñar una portada. No es sencillo llevar un texto a la imprenta. Y más sabiendo que el adelanto económico y de esfuerzo difícilmente va a tener retorno. Pero alguien tenía que hacerlo y él lo hace.

Esta vez sí voy a intentar ser cronológico e ir paso a paso con lo que conozco de su labor editorial, que es grande y constante a lo largo del tiempo.

La primera aventura relacionada con la edición que conozco de Antonio se llama Cántiga, una revista de poesía. Lo hace en compañía de Alfredo Buxán, a quien estará ligado en otros proyectos posteriores hasta hoy. Además de la revista publicaban unos libros monográficos de pequeño tamaño y cuidada edición: los Cuadernos de cántiga. Debió de comenzar a mediados de los 80. El primer cuaderno que tengo es el nº3, el famoso La Maquinahamlet (paréntesis, mientras escribía esto he buscado ese libro de segunda mano para poder regalar y efectivamente lo encontré, hay una librería de Sevilla que lo ofrece en todocoleccion por el módico precio de 99,99€, aunque en letra pequeña dice que admite ofertas, por si os interesa os lo digo, cierro paréntesis).

No sé hasta cuando se mantuvo la revista y hasta cuando se editaron estos monográficos. El último que tengo es el nº18, unos textos de Feliciano Lobelos que se titula La fotógrafa y otros cuentos de 1991.

Antonio tiene, que conozca, cuatro obras en esta colección. La primera se titula Proyecto van Gogh: Entre los paisajes. Esa obra la llevaría a escena en 1989 Cambaleo Teatro, los camaradas que mantuvieron durante tantos años aquel oasis de libertad llamada La Nave, en Aranjuez. La Nave fue lamentablemente clausurada hace unos años por los que desde siempre van apestando la tierra allá por donde caminan.

Otros textos suyos en Cuadernos de cántiga son Cuadros escritos, Cuentos melancólicos y Los ojos paralelos. Este último incluye el texto de Paisajes y voz que dio lugar a otro montaje de La Tartana Teatro dirigido por Carlos Marquerie en 1991.

No hay apenas información en la red de esta editorial y de su colección de textos. Apenas se encuentran ejemplares en librerías de segunda mano, al menos online, salvo el que os he comentado y algún otro suelto. Son tiempos anteriores a que las redes sociales con su inmediatez y su tiranía lo colonizaran todo y por eso hay poca “basura” informática que rastrear.

De estos años, los primeros 90, son otros dos proyectos editoriales en formato revista. La primera bajo el nombre de Fases es una publicación periódica que se edita al amparo del Teatro Pradillo. La otra se llama ConTextos y de subtítulo Boletín de las artes contemporáneas.
Fases tiene su número 0 fechado en noviembre de 1990 y en el escriben, entre otros, Manuel Llanes, Toni Cots, Guillermo Heras, Esteve Graset o el propio Antonio. En ese número hay un texto titulado Otro Loro de un jovencísimo Rodrigo García. Tenía una periodicidad trimestral y cubría sobre todo la programación del teatro mezclado con artículos de más calado. La última que tengo es el nº6 de enero del 92, que tiene en portada a una guapísima Mónica Valenciano que presentaba en la sala Puntos Suspensivos, una de sus primeras creaciones. Me han dicho que se editó un número más, correspondiente al siguiente trimestre y que allí terminó su recorrido.

La revista Fases tenía un formato A4 en papel reciclado y 16 páginas. En la contraportada venía calendarizada la programación de la sala, lo que habla de su vinculación directa con el teatro.

De ConTextos sólo conozco el último número doble de otoño del 94, con una editorial-despedida de Antonio muy triste, pero donde también dice: “Otras cosas serán”. Y claro que fueron.
En paralelo a Fases y también ligado a Pradillo, que era la gran fábrica de creación madrileña de aquel tiempo, se publicaron también dos textos en una edición cuidadísima con papel satinado y muchas fotografías y dibujos. El primero de ellos es Otoño de Carlos Marquerie y el segundo el ya reseñado Los hombres de piedra. Además de los textos de las obras teatrales se incluían reflexiones y conversaciones para acompañar, no sólo el propio texto, sino también los montajes que los llevaron a escena.

Jorge con máscara ©Javier Marquerie Bueno

Hay que esperar hasta el siglo XXI para que se ponga en marcha la gran obra editorial de Antonio Fernández Lera: los Pliegos de Teatro y Danza.
De entrada sé que esta colección se merecería un monográfico en exclusiva, pero no ahora. Quizá el año que viene, se cumplirán 25 del nacimientos de la colección, sea un buen momento.

Es en 2001 cuando aparece el primer número de Pliegos de Teatro y Danza. Está dedicado a Elena Córdoba y se titula El cuerpo en la palabra. Reúne cinco textos de Elena asociados a cinco de sus obras, empezando por los deliciosos Cuentos de la princesa suicida, base textual de su obra de 1993 Cuentos de amor y de la que me siguen apareciendo en sueños aquel par de zapatos de tacón que estaban impasibles en la boca del escenario toda la obra. Hay también notas de trabajo de Elena, algún otro texto breve y termina con dos textos ajenos, una comunicación académica del profesor de Bellas Artes Francisco Baena y un texto poético de Antonio: (Nueve) notas breves (como fotos) que referencia a la obra de Elena Nuestros rostros, breves como fotos, que siempre imaginé inspirada en el libro de poemas de John Berger Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos (Paginas de la herida, Ed. Visor, Madrid 1996) al que siempre merece la pena regresar.
El hecho de que el primer volumen esté dedicado a la danza, a la trayectoria de una coreógrafa, y no a un texto dramático más al uso deja claras las intenciones.

No voy a comentar ahora uno por uno todos los textos de esta colección porque no hay que colapsar el servidor de Teatron, aún no.
Tenéis un poco más arriba el enlace a la colección y la manera más directa de conseguir los textos que os interesen.
Sólo decir que recientemente se ha publicado el nº78 Sobre de Pedro Fresneda sobre el que podéis leer aquí.

Decir, eso sí, que son 24 años continuados de pliegos viajando de la imprenta a nuestras manos.

Que podéis encontrar 12 textos de Rodrigo García empezando con la tierna Agamenón Volví del supermercado y le di una paliza a mi hijo, que empieza golpeando a todo lo que se menea, luego nos explica la tragedia y termina extasiado ante la contemplación de unas gotas de rocío. Se lee del tirón y se vuelve a leer y se deja reposar sólo para volverlo a leer un tiempo después con la sensación de descubrirlo nuevamente.

Que está prácticamente la obra completa de Pedro Fresneda, la de Fernando Renjifo, la de Elisa Gálvez y Juan Úbeda y sus cantos de la cabra.

Que hay textos de Carlos Fernández, Carlos Marquerie y Carlos Sarrió.

Que de Elena Córdoba hay otros cuatro pliegos más, que hay dos dedicados a Mónica Valenciano: Disparates y La voz el cuerpo (Acústica del movimiento) y otros dos a Lola Jiménez y uno, más reciente, a Jesús Rubio Gamo. Con lo complicado que es encontrar referencias textuales sobre el mundo de la danza contemporánea.

Entre mis preferidos, Bonneville de Miguel Ángel Altet, una obra que (como tantas otras, lo sé) mereció girar mucho más y donde Altet pone en una balanza el macarrismo y el patetismo que un varón de mediana edad puede acumular sintonizando desde su sofá para (espóiler) acabar a tiros con la balanza. Deberíais correr a leerlo, si no lo habéis hecho aún.

Aunque también podrían estar entre los favoritos El rey de los animales es idiota de Marquerie, por lo que significó para mí en su momento ver esa obra o Prefiero que me quite el sueño Goya a que lo haga cualquier hijo de puta de García porque me flipó ver a Gonzalo Cunill embutido en un traje de mascota del Atlético de Madrid poniendo en claro las prioridades que hay que tener cuando eres padre y debes gastar algo de pasta con tus hijos. O el Mayo siglo XXI de Renjifo que resonaba en ese Pradillo pintado de plata suelos y paredes, o La Maleza de Fresneda por…, vale, ya paro.

Porque al margen de cada obra tomada en particular, la grandeza de los Pliegos de Teatro y Danza está en la colección. En el conjunto. En la suma. En el repaso a una forma de hacer y de decir. Sobre la absoluta disparidad de miradas de las autoras y autores que forman parte de la colección hay un guiño, una sonrisa y un abrazo. El que Antonio nos da.

También decir que a los periféricos fetichistas del papel con pocos recursos, cada vez que no podíamos ver una pieza porque se hacía sólo en centros de poder alejados, nos daba la vidilla poder tener un tiempo después, entre las manos, ese residuo en forma de texto con el que imaginar lo que no vivimos. 26 centímetros ocupa toda la colección en mi estantería. Poco espacio para la enorme cantidad de placer lector que me ha proporcionado a lo largo de los años.

Por completar su labor editorial, a Cuadernos de Cántiga le sucedió Cadernos de néboa / Cuadernos de niebla, una colección exclusivamente de poesía dónde volvemos a encontrar nombres habituales como Alfredo Buxán o Miguel Vázquez Freire. Del mismo formato que los Pliegos, un A4 plegado y grapado, fue un paso intermedio para su última y actual aventura relacionada con la poesía: la colección La garza roja, donde está publicado el texto punto de partida de la obra que veremos durante este fin de semana: Una obra imperfecta. Tres variaciones.
Seguramente en la siguiente edición habrá añadido una entradilla donde se diga que la obra fue estrenada el 7 de noviembre de 2025 en el Teatro Ensalle de Vigo bajo dirección de Antonio Fernández Lera con la participación en escena de Gonzalo Cunill y Elena Vázquez Ledo.

Para cerrar. Cito lo escrito a raíz de una de sus piezas, para mí extensivo a toda la obra de Antonio y que de algún modo la puede resumir. Dice Pablo Caruana: “Sus textos son metrónomos poéticos al mismo tiempo que están pensados para el actor y el espacio. Es ese maridaje uno de los puntos que lo identifican y lo hacen imprescindible. Además, su pensamiento político, donde se lucha desde el escepticismo por la no aniquilación de la esperanza, hace que sus textos resuenen en un presente que busca el peso de la pregunta y huye de la ilustración”.

Porque Antonio, sobre todas las cosas, es un poeta.

Antoine Forgeron

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Reminiscencia de Malicho Vaca Valenzuela

Primera visita de la temporada a Condeduque para ver el estreno en Madrid de Reminiscencia, la obra con la que el creador chileno Malicho Vaca Valenzuela lleva tres años recorriendo América y Europa, y que vaya a saber por qué tardó tanto tiempo en llegar a esta ciudad en la que vivo. 

Malicho Vaca nació en Santiago de Chile en un hospital antiguo y medio en ruinas. En Reminiscencia nos lleva desde la Vía Láctea hasta ese hospital para contarnos partes de su vida que también son partes de la historia reciente de la ciudad que habita. En el relato aparecen, además, los abuelos que lo criaron y un/a artista que durante treinta años dejó mensajes de amor escondidos a la vista de todos en diferentes puntos de la ciudad.

Reminiscencia es una pieza que nació durante el confinamiento pandémico. Un experimento que comenzó como una presentación online de ocho minutos y que fue creciendo a medida que se configuraba su lenguaje de ventanas que se abren, superponen y multiplican en la pantalla de un ordenador. Después de hacer funciones vía streaming durante más de un año la obra estrenó su formato escénico en el FIBA, en Buenos Aires, en 2022. El paso de la pantalla al teatro no la modificó demasiado, lo que hace que esta obra traiga consigo una buena parte de la atmósfera excepcional que le dio origen. 

Sentado en un escritorio a un costado del escenario, frente a un ordenador cuya pantalla se proyecta en el ciclorama, introduciéndonos en vídeos, fotos, canciones y recorridos espaciotemporales por Google Earth, Malicho recrea para nosotros una búsqueda. 

A lo largo de la obra vemos, entre otras cosas, fragmentos de reportajes televisivos de 2006 y 2011 que dan noticia de dos levantamientos estudiantiles de los que el creador formó parte, como alumno de liceo primero y universitario después. También vemos a periodistas informando sobre el estallido social de 2019, cuando a partir del malestar ocasionado por el aumento de las tarifas del transporte público se desencadenó una protesta masiva que paralizó al país durante meses y modificó temporalmente la fisonomía de la capital chilena. De esa misma época también es un vídeo en el que vemos una avenida por la que los manifestantes corren escapando de las fuerzas del estado que disparan balas de goma y gases lacrimógenos. Por esa avenida, a lo lejos, viene Malicho en bicicleta, se ha quedado rezagado, avanza lento y se lo ve luchar por evitar el desmayo. Finalmente se detiene y se lo ve desvanecerse, hasta que entra en el plano un desconocido que lo abraza y se lo lleva mientras la persona que captura la escena con su teléfono desde una ventana grita aguanta, hermano; aguanta, compañero. 

Estas historias se mezclan con fragmentos de vídeos que Malicho hizo con sus abuelos, que también son sus vecinos, y que cantan boleros, enamorados. Más tarde nos enteraremos de que ese cantar es metódico, que es un ejercicio para mantener en su sitio a una memoria en fuga. 

Entre todo este material aparecen unas misteriosas placas de metal, parte del mobiliario urbano de Santiago, en las que a lo largo de treinta años alguien grabó mensajes que ahí quedaron, escondidos a la vista de todos. Malicho rastreó y fotografió esas placas, sin llegar a conocer nunca la identidad de su autor/a ni saber a quién estaban dirigidas ni si estaban dirigidas a alguien en particular o solo eran ideas sobre el amor lanzadas al universo.

Durante este recorrido la obra va dando una respuesta provisional a las preguntas que plantea al principio: ¿Qué va a pasar con nuestras huellas cuando ya no estemos aquí? ¿Quedarán nuestras voces en las calles en la carpeta de una memoria externa? ¿Qué relato de nosotros contará Google cuando ya no estemos acá? y también ¿Qué significa dejar un mensaje en un lugar que no está pensado para ser mensajero?”.

Digo que esta respuesta es provisional porque el estado de los lugares que vemos y de las personas de las que se nos habla es mutable, porque a medida que avanza la pieza veremos a muchas cosas desaparecer sin dejar más rastro de su existencia que una imagen en la nube que podría ser borrada en cualquier momento: hace tiempo que sabemos que Internet no es un lugar democrático y que no tenemos mucho control sobre lo que aquí permanece y lo que no. 

En una charla que dio hace unos días sobre su pieza La dignidad del insecto, la artista mexicana Hebzoariba Hernández mencionó el Síndrome de la Referencia Cambiante. Con este nombre se designa en el campo de la ecología a un fenómeno según el cual cada generación acepta como estado natural de un ecosistema las condiciones en las que lo conoció, no llegando nunca a ser consciente de la verdadera magnitud de lo que se ha perdido antes de su llegada. El problema de esto radica en que cuando se establecen objetivos para la recuperación de ese ecosistema estos son siempre insuficientes porque aspiran a volver a un estado que ya era de degradación. El mecanismo es fácilmente extrapolable a lo social, lo económico y lo político y es consecuencia en parte de la falta de comunicación entre generaciones. Esta especie de amnesia colectiva hace que sea muy difícil imaginar futuros radicalmente distintos al presente porque el abanico de referencias es cada vez más estrecho. Es responsabilidad de las generaciones mayores, entonces, hablarle a los jóvenes de que la casa que ahora cuesta 130 salarios mensuales netos hace cuarenta años se compraba con 36 para que puedan ser conscientes de que ese estado de las cosas fue posible y de que son ocho años de salarios lo que perdieron (perdimos) en el camino, y sepan a qué pueden aspirar en vez de conformarse con que se les conceda acceso a una hipoteca. 

Reminiscencia es un trabajo autobiográfico que habla de historia colectiva. Más allá del arranque de nostalgia que podamos experimentar al pensar que el tiempo es un ladrón que nos roba el presente para convertirlo en pasado y que a veces ni con eso se conforma y vuelve para meterse en nuestras cabezas y llevarse también lo que recordamos, que es lo que aparece a través de la parte más personal del relato, creo que esta pieza viene a hablar de que la memoria es algo que debe ser cuidado por la comunidad y practicado en conjunto, porque a ningún poder le conviene que aquellos sobre los que gobierna recuerden nada: hay que ver si no lo rápido que se limpiaron en Chile todos los rastros de la última revuelta. 

María Cecilia Guelfi

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La risa del poder en la obra de Las Huecas

En la capital mundial de la libertad, las fisuras de su modelo neoliberal ahogan la vida común: la sanidad pública asfixiada, el precio desorbitado de la vivienda y la crisis de la educación pública, entre otros síntomas de deterioro social. En este territorio, es donde la compañía de teatro Las Huecas estrena su último trabajo, Risa caníbal, en el Centro Dramático Nacional. Una obra mordaz que se levanta contra el auge de la extrema derecha a lo largo y ancho de Europa y contra su ideología apocalíptica y desquiciada.

La trayectoria de este colectivo ya es ciertamente conocida, fundado en 2016, trabaja desde la práctica escénica compartida, y desde entonces explora la relación entre el cuerpo biográfico y cuerpo político. Con obras como Aquellas que no deben morir, han transitado múltiples identidades —desde etnógrafas a banda punk— y actuado en espacios tan diversos como calles, teatros y redes sociales. Su estética apuesta siempre por el distanciamiento y la poetización de lo común, exponiendo la fragilidad del cuerpo y de sus condiciones materiales.

El título de este nuevo trabajo se refiere al libro La risa caníbal de Andrés Barba, que reflexiona sobre la dimensión devoradora de la risa: “cada vez que un hombre abre la boca para reír está devorando a otro hombre” (Barba, 2021, p. 2). Y es que en una época donde los afectos alterados, más que la razón, dominan la esfera pública, la risa deja de ser un simple desahogo y se convierte en un acto de poder, incluso de violencia tal y como nos permite entender la última obra de Las Huecas.

La acción arranca después de que una voz en off cuente un chiste:

¿Cómo se acoge en una escena a las líderes de derechas de Europa?

De pie y contra la pared.

Sobre el escenario aparecen cuatro mujeres en fila agarradas a una cuerda para no perderse. Dirigidas por una regidora llegan a un espacio indefinido que puede ser una oficina o una sala de espera. Aparecen algunos elementos mínimos: una planta en una maceta, una máquina dispensadora de agua y un fondo de color azul, el de la vieja Europa. Las cuatro actrices son Júlia Barbany y Nuria Corominas, habituales del colectivo, y dos intérpretes invitadas: Judit Martín y Sofía Asencio, todas encarnan versiones grotescas y reconocibles de líderes políticas de la extrema derecha europea. Los personajes son: Giorgia Meloni representando a Italia, la francesa Marine Le Pen, Alice Weidel por Alemania y una mujer española que, aunque podría ser Rocío Monasterio, su caracterización e interpretación hace que se acerque más a la imagen de Isabel Díaz Ayuso. Estos personajes nunca se presentan explícitamente, pero su excelente interpretación, caracterización, y guion bastan para reconocerlas.

A partir de ahí, el juego macabro se desata cuando las políticas empiezan a reconocerse y a interactuar entre sí. La política italiana propone un juego importado de Estados Unidos, se ponen unas narices de payaso y comienzan a satirizar gestos de los movimientos feministas o a ridiculizar el acoso sexual. La figura del payaso encarna aquí lo que sale de control, su libertad les convierte en algo peligroso, porque transforma el humor en crueldad. Las risas del juego tienen que ver con la humillación y la degradación, aquí demuestran su canibalidad, en la risa que se alimenta del dolor y la degradación del otro. 

«Haced a los demás lo que no os gustaría que os hicieran a vosotros» 

(Barba, 2021, p. 45)

La recursividad de la nariz de payaso en la escena opera como una figura de lo siniestro, sus cuerpos deformes emergen de la repetición de elementos familiares que, al reconfigurarse, provocan una imagen perturbadora. Desde aquí suceden distintos momentos donde excretan fluidos corporales (orín, mocos, vómito, sangre y heces). El cinismo de las líderes se vuelve absolutamente flagrante hasta que la líder italiana se orina encima y las demás tratan de encubrir su excreción. Le sigue la política francesa que vomita mientras una maleta que lleva empieza a supurar sangre. Esta concatenación de hechos es resuelta por los personajes a través de la manipulación del lenguaje y la invención de narrativas. La mentira se impone como relato político y el delirio sustituye a la verdad. La situación se torna cada vez más extraña hasta el punto de que se arrastran por el suelo, defecan, se alimentan de sus propios excrementos y pierden el control. La pantalla que antes les subtitulaba se subleva con la aparición fragmentos del poema Los cobardes de Miguel Hernández. 

Hacia el final de la obra el discurso sobre la raza y la tradición llega e invocan al pasado neandertal como la verdadera pureza de la raza europea. Aparece en la escena una neandertal que cobra vida, se come sus ojos, estira su piel con los dientes para despellejarlas y les arranca la cabellera. Mientras, recita un monólogo que contesta las acciones de las políticas, afirma: “Si la comedia se ha vuelto barbarie, que la barbarie sea comedia”. La neandertal apila sus cuerpos, los rocía con un líquido y enciende una llama. La obra acaba y se hace oscuro.

Este cierre, condensa la violencia latente en los discursos de la extrema derecha y da paso a una lectura más amplia del trabajo de Las Huecas. Su propuesta no solo actúa como un espejo en el que reconocemos la deformidad de nuestro presente, atrapado en esa escisión entre lo imaginado y lo real, sino que también utiliza el humor cínico como síntoma de un sistema que se devora así mismo. La obra descubre las imposturas de los discursos de la extrema derecha que invaden nuestros días, la fragilidad del individuo en la masa y la estetización del cinismo hoy. En un mundo gobernado por la creciente opacidad del capitalismo financiero y la manipulación perceptiva de las redes, esta obra emerge como un ejercicio de resistencia. Al poner en escena el absurdo de nuestra complicidad con lo monstruoso, nos recuerda que la producción artística continúa teniendo la capacidad de confrontarnos con nuestras sombras para comenzar a imaginar otras formas de existencia colectiva.

Paula Noya de Blas

Imágenes de Geraldine Leloutre y Marta Lofi

Bibliografía

Barba, A. (2021). La risa caníbal: humor, pensamiento cínico y poder. Alpha Decay.

 

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La bella Helena

El jueves pasado tuve la suerte de asistir a La bella Helena, una creación de Antoni Hervás con Elsa de Alfonso y Kika Superputa que, aunque se encuentra en proceso, el festival Salmón decidió abrir al público para dejarnos asomar un rato a lo que están tramando. La cosa tuvo lugar en el Observatorio del Placer y, desde luego, no podría haber sido en mejor sitio, tanto por su arquitectura como por la propia cosa del placer a la que invita su nombre. Con curiosidad y un poco de miedo, después de las preguntas sobre nuestra capacidad motora que había lanzado previamente Quim Pujol (comisario del festival), un pequeño grupo nos dirigimos hacia dentro del espacio, nos descalzamos y esperamos sentadas en fila en un pasillo a que diera comienzo la obra.

La bella Helena es una ópera bufa de Jacques Offenbach, original de 1864, pero que fue representada con gran éxito en 1979 en Barcelona y Madrid bajo la dirección de Pere Planella y cuyo diseño escénico corrió a cargo de Fabià Puigserver. Con motivo del estreno de la pieza y como director del Teatre Lliure en ese año, Fabià declaraba en una entrevista: “El teatro es muy minoritario y lo ha sido desde hace muchos años, y creo que lo será también en el futuro. El principal problema y el más difícil de resolver es que no exista ya teatro contemporáneo que responda a la vida de la gente de hoy.” Parece que Puigserver no se equivocaba, pues ahora, en su futuro, seguimos encontrándonos con esta problemática: ¿cómo hacer un teatro que capte el espíritu del público contemporáneo?

Y es que parece que el paisaje de las artes escénicas actuales ha olvidado aquella pregunta de Puigserver: cómo pensar en el público para hacer algo para el público. Hoy responde cada vez más a una endogamia estética producida por la institución, donde toda práctica acaba cosificada y convertida en mercancía. Es difícil escapar de los corsés de la creatividad y la originalidad que imponen quienes ponen el dinero: siempre algo nuevo, siempre algo en tendencia. En este laberinto mercantil, la precariedad obliga a las artistas a pensarse como marca, como productos de sí mismas y olvidarse del público con el que compartirán su trabajo.

Últimamente, cuando voy al teatro, tengo la impresión de que las obras buscan articularse como statement, como si la preocupación principal fuera más ser leídas que ser disfrutadas. Así, el riesgo de hace unos años de presentar materiales fuera del marco de la excelencia, nacidos del placer de hacer más que del resultado estético, se ha convertido en un lenguaje más: una tendencia dentro de lo que llamaría la cosificación de lo amateur. Lo que antes surgía de la precariedad y de la urgencia de la inmediatez como un gesto ecológico, ahora aparece como una intención forzada, obligada a parecer eso que ya no es: el amateurismo como producto más que como modo.

Y ahí hay algo que no funciona. Tiene que ver con olvidarse de quien mira, con presentar algo para impresionar más que para compartirlo con quien viene. En ese lugar, al público solo le queda ser condescendiente y esforzarse por entender qué le quieren decir, qué le quieren transmitir. En definitiva, asistimos a un teatro que, en vez de ofrecernos un espacio de esparcimiento y relax, nos hace trabajar dentro de su propia vorágine estructural.

Sin embargo, en este rehacer, revivir o rescatar de La bella Helena, Antoni, Kika y Elsa parecen haber continuado con la pregunta de su predecesor: ¿cómo poner al público contemporáneo en el centro de la creación escénica? Y eso se nota, y mucho, a lo largo de toda la muestra. El modo del diseño me recuerda a cómo un grupo de amigos se organiza para preparar un cumpleaños sorpresa, o cómo los monitores de un campamento articulan las ideas para planear una gymkana para que la chavalada la disfrute al máximo. El artificio, la espectacularidad, la sorpresa, no buscan la originalidad ni cosifican pretenciosamente una supuesta estética amateur, sino hacernos pasar un buen rato, deleitarnos, invitarnos a celebrar. Todo lo que sale al final viene después, como accidente de ese deseo inocente de hacer un regalo. El tiempo justo para prepararlo todo, la emoción de ver entrar a los invitados, hacer algo, aunque sea un gesto, en compañía de los amigos: así da gusto ir a la ópera. Quizás lo que necesitamos es solo eso, un cumple inocente, un pasaje del terror. Y que ser espectador sea más dejarse regalar, sentir que han pensado en ti, estar dentro de la cosa con los hashtags del juicio silenciados, solo esperando qué vendrá después con la emoción contenida. Me imagino si esto es posible que ocurra en los teatros, y si no está pasando ya en el club, en el cabaret, en la sala de conciertos, en las fiestas populares.

De momento, salimos de la oscuridad para deslizarnos por un tobogán al encuentro de una vaca-toro-Antoni, que nos cuenta un poco sobre la pieza. El deseo de partida es hacer un dibujo, pero estar en el punto de antes de comenzar a saber qué es. Hay dos árboles de los que nace una manzana, pero la hoja de papel está en blanco, los colores esturreados por la mesa, quizás solo la primera línea, que al principio iba a ser una cosa pero que en el papel ahora podría ser cualquier otra. Decidir continuar la línea o dejarlo para luego porque has quedado para tomar algo y se está haciendo tarde. Estar con el dibujo entre la mente y las manos, de camino a tu cita, con todo lo que tenga que suceder entre medias: ese parece el punto de partida de La bella Helena.

Bueno, el punto de partida es en realidad una boda, la de Tetis (perfecto nombre travesti, si me lo permitís), a la que Eris no ha sido invitada. Es de todos sabido que Eris siempre la lía, siempre monta el pollo, es una problematic queen; y, cómo no, aparece en la boda de sorpresa, donde están todas las diosas bien engalanadas para la ocasión. Que si Hera, que si Atenea, que si Afrodita. Todas ellas son encarnadas por la inigualable Kika Superputa, encargada de recibirnos en este bodorrio. Qué decir de Kika que los tabloides no hayan dicho ya: siempre soberbia, rápida, bella, diva. Como venganza, Eris quiere boicotear la boda, por lo que lanza a las tres diosas una manzana en forma de desafío en la que se puede leer “¿Quién es la más bella?”. Y esta será la pregunta crucial que podría convertir la boda en Miss Olympo Grande Bellezza 2025. Pero esto no llega a pasar en la pieza: en la pieza nos detendremos en la susodicha manzana, interpretada por Elsa de Alfonso.

En el mito es Paris el encargado de elegir a la diosa más bella, pero aquí la manzana se emancipa: ella es en sí misma la belleza. O Paris es la manzana misma. O Elsa es Paris que es manzana al mismo tiempo. Que Paris sea lo que quiera ser. Unos arpegios la hacen aparecer; lo hace con timidez, viene a cantarnos unas cuantas cosas. La luz cambia de dirección y de color mientras miramos embobadas la belleza de la manzana. Surgen los diferentes deseos: ¿seré yo la más bella?, ¿será para mí la manzana?, ¡quién fuera manzana para ser así pelada! Es la primera vez que tengo la suerte de ver a Elsa actuar, y creo que su estar condensa mucho de lo que he hablado anteriormente. No hace falta hacer de, no necesita interpretar a. La tarea de gestionar su presencia ya es todo un trabajo hipnótico, y se agradece mucho notar este esfuerzo tan complicado de una manera tan liviana. En este tiempo detenido para espectar lo musical, me imagino otras manzanas: las de Ana Botella, la de Charli XCX, me imagino a Manzanita cantando también mientras todas observamos. El tiempo se alarga, en el buen sentido.

¿Se ha acabado? ¿Y ahora qué? ¿Cómo continuará la historia? Muy fácil saberlo si has visto Troya, de Brad Pitt. Nos vamos un poco más contentas, pero con ganas de más. Tiene muy buena pinta, y personalmente, no me gustaría perderme lo que está por venir.

Jose Velasco 

Imágenes de Mila Ercoli y Jose Velasco

Bonus track__

(estas son las canciones que le pediría al DJ de la boda de Tetis)

Ana Botella, peras y manzanas
Charli xcx – Apple (official lyric video)
Mónica Naranjo – Diva (Letra)
Espíritu Sin Nombre

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La nueva era

De la extensa programación del festival Surge he ido a ver una sola cosa en la sala Réplika. Se llamaba LA NUEVA ERA y es el último trabajo de Marie Delgado con La Tarara Company, colectivo que dirige desde 2011 (o 2013, según la fuente) y que también integran Iván Fernández Mayo, Luis Carlos Agudo y, quizá, Jose W. Paredes (también, según la fuente).

La Tarara se formó cuando sus integrantes finalizaron sus estudios de Arte Dramático en la Universidad de Sevilla, desde entonces ha estrenado cinco espectáculos, sin contar happenings y acciones callejeras. Es la primera vez que yo veo un trabajo de esta compañía, pero es la segunda que estrenan en SURGE: en 2022 participaron del festival con una obra llamada Dismorfia sobre “las alteraciones mentales causadas por la obsesión por la apariencia física”.

Marie Delgado es de Cádiz. En esta obra habla del futuro de la humanidad como especie, de la sanidad pública en Andalucía, de la salud mental y de los afectos. También menciona la condición periférica del sur de España, pero esta es una idea que no se desarrolla demasiado. 

La sala está más o menos vacía. Contra las paredes esperan objetos de los que los intérpretes se servirán a lo largo de la obra y que parecen construidos con material de desecho. Del peine cuelgan carteles que informan sobre el lugar que esa zona del escenario será en la ficción que comenzará dentro de un rato. Los carteles tienen dibujos que recuerdan al trabajo de Derek Riggs, el que hacía las portadas de los discos de Iron Maiden, e inscripciones como “Factoría”, “Casa de LLL” o “Consultorio de LLL”. Los vestuarios y el maquillaje están muy trabajados y construyen personajes de aspecto grotesco. 

Cuando la obra comienza Marie Delgado está en el hospital de Puertollano con su abuela, acompañando a su tía agonizante. Allí se pregunta cómo gestionará la humanidad el dolor en el futuro y se responde que, probablemente, en el futuro la muerte sea abolida y con ella desaparezca también el sufrimiento. Lo que seguirá a eso será una historia de ciencia ficción que ilustrará el posible resultado de esta hipótesis: 

En la Nueva Era los humanos no mueren, aunque, al parecer, sí se deterioran sus sistemas operativos y se degradan sus cuerpos si no reciben mantenimiento. LLL es uno de estos humanos. Su cuerpo es orgánico, fue fabricado a partir del de una persona que vivió hace tiempo, su nombre era Marie Delgado. 

LLL vive sola y se especializa en reproducir la antigua gestualidad humana. Trabaja entrenando a otros robots que por avería o antigüedad carecen de la capacidad de sonreír, demostrar asombro o poner cara triste. 

Un día, mientras trabaja, LLL experimenta un sentimiento, desde entonces comienzan a asaltarla recuerdos de una vida que no es suya. Parece que algo de Marie ha quedado atrapado en el cuerpo a partir del cual construyeron a LLL y ahora pugna por salir en forma de acento gaditano. Esto es un problema grave: en la Nueva Era los sentimientos están proscritos, quien los experimente será castigado con el destierro. 

La aventura de LLL es una lucha clásica del individuo contra el sistema, del sujeto diferente contra la uniformidad imperante y de la gracia gaditana contra el mundo, como también lo fue, en cierta forma (nos vamos enterando con el correr de la obra), la vida de la tía de la que nos hablaron al principio: una persona con discapacidad intelectual y coja que cargó con la etiqueta de “loca del pueblo” desde muy pequeña.  

A medida que avance la obra la historia de lo que ocurre en la Nueva Era se irá cruzando con la de Marie y las mujeres de su familia. En todo momento el lenguaje será crudo, sin eufemismos ni sutilezas. Se construirán imágenes que representarán de forma bastante literal lo feo, lo que está en proceso de descomposición, lo exagerado, lo que se deforma, lo que es viejo, está roto, parece basura o ya no sirve.

El trabajo con el cuerpo, que recae sobre todo en la propia Marie, en Carlos Pulpón y en Victoria Aime es preciso y da gusto verlo. Creo que en las escenas que LLL tiene junto a P (Pulpón) y a la Doctora (Aime) están algunos de los momentos más interesantes de la pieza, y también más divertidos. 

Para ir terminando diré que me costó entender el significado de algunas cosas y que creo que esa dificultad es el resultado de que con el correr de la obra se fueran olvidando convenciones que se habían establecido poco antes, o de que en algunos casos se diera información contradictoria: Cuando se nos presenta a LLL se nos dice que es una humana genéticamente modificada hecha a imagen de Marie Delgado, luego, en la escena que comparte con P, LLL es un robot que emite un sonido al moverse, más tarde, cuando recuerda el pasado es, o parece ser, porque el cuerpo de Marie Delgado tiene memoria, pero, hasta donde sabíamos, el cuerpo de Marie Delgado solo había servido como imagen a partir de la cual diseñar el de LLL. Me hice un lío. Sé que entender estas cosas no resulta imprescindible para comprender la pieza en su conjunto, pero soy de la opinión de que construir las historias con precisión es mejor que no hacerlo, porque es en los detalles donde una historia puede diferenciarse de todas las otras con las que comparte arquetipo. Atender a esta precisión, creo, también habría ayudado a recortar material redundante para que la obra pudiera tener una extensión más asequible.

No quisiera extenderme más, solo decir, a modo de resumen, que me pareció que este trabajo aspira a reconciliarnos con la idea de que todo lo de lo humano que intentamos aniquilar, porque no nos gusta y porque nos duele, está inevitablemente ligado a la podredumbre, y que los intentos por despojarlo de esta siempre fracasarán y que está bien que así sea, porque lo que no se pudre no es honesto, ni es real, ni estuvo vivo nunca, y no puede hacernos bien, de ninguna manera.

María Cecilia Guelfi 

Fotos de La Tarara y de Carmen Aldama

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Innombrable: al final no pinchaban vinilos, pero tampoco hizo falta

Es viernes tarde. Cojo el barco de pasajeros y cruzo la ría. Voy a ver Innombrable. Abre la temporada otoñal en el Teatro Ensalle.
Por el camino pienso en el título, en la palabra en sí. Innombrable es lo que no se debe o puede nombrar, hasta ahí todo claro. Pero no sé si no se hace por desconocimiento o porque, conociendo, es mejor callar. Espero resolver la duda. O no. En realidad sólo espero pasar un buen rato.
Por lo que sé, la obra es un encuentro entre dos realidades. El mundo de Caín Coronado y Cristel Romo, mexicanos de San Luís Potosí, con su compañía Intermitencia Teatro y el de Ensalle, la compañía titular de la sala. Se conocen de hace años, de las giras veraniegas de la compañía afincada en Vigo por la América Latina que les lleva con frecuencia a México. Cristel y Caín fueron en otras ocasiones anfitriones. Ahora son invitados. A este lado del Atlántico. 
La idea de partida es sencilla: juntarse dos semanas, intercambiar y mostrar. Nada más. O nada menos.

Al entrar  en la sala, Artús Rei, Raquel Hernández y Cristel están sentados en torno a una mesa. Hay vasos y botellas. Es como si estuvieran presentándose, conociéndose. Contándose de dónde son y que hacen. Pero no es una conversación. Son tres monólogos que a veces se escuchan nítidos, otras veces se superponen y algunas veces se cruzan. Por lo que veré después la idea de superposición será una pauta constante. Como si esas dos semanas, o todos los años desde que se conocieron, hubieran generado tantas cosas que decir que no hay tiempo ni espacio suficiente. Se cruzan al modo de Rayuela, la novela de Julio Cortázar, que aparece como juego y no deja de ser un baúl dónde acumular materiales diversos repletos de preguntas sin respuesta. 
Una vez terminadas las pseudo presentaciones, se retira la mesa. Ya no es necesaria. Y mientras Raquel y Artús lo hacen, Cristel empieza a contarnos recuerdos de las obras que vio de Ensalle en México. Eso subyace en toda la pieza, hablar del otro o de cosas que pasaron junto al otro. El tono va subiendo, cada vez más apasionado y cuando piensas que ya no se puede ir más arriba, Artús y Raquel la cortan diciendo: eso no era así. El recuerdo reelaborado, al que me siento tan próximo.
Se suceden las imágenes, y cuando alguna empieza a desarrollarse, viene otra capa, otra imagen que por posición o por volumen la va interviniendo y modificando. Hay textos que pasan a más velocidad de la necesaria para ser leídos completamente Hay un discurso grabado con la voz de Pedro Fresneda se ve solapado por los alaridos de los que se mueven por el espacio. Acumulación, amontonamiento. Una piñata surrealista, otro juego, que a ciegas golpean uno detrás de otro: caramelos para el público, antes pudieron ser palos, faltó un pelo.
Me viene a la cabeza cuando después de una buena fiesta en casa toca lavar los platos y los cubiertos y las copas y las cazuelas y los vasos de chupito, las tazas de café, los ceniceros. Y hay tanta vajilla que cuando se ponen a escurrir en la pila forman un montón bastante alto. Unas piezas van ocultando otras. La torre va creciendo y creciendo a medida que enjuagas y colocas, inestable, y al final inevitablemente se desmorona y algunas cosas se caen y se rompen. Y sencillamente no puedes evitar reírte. 
Porque también hay mucho humor en todo lo que veo. Y eso me gusta, siempre me gusta. No la risa fácil de un gag clásico o un chiste facilón, es una carcajada por acumulación de absurdos, por llevar las cosas al límite y entonces dejarlas caer para romper el discurso. 

Hay otra imagen que me traigo a casa. Artús, con una larga cuerda roja, va envolviéndose y enredándose cada vez más hasta quedar inmovilizado. Como un nudo tirado en el suelo. Se lo ha hecho él solito. Con una cuerda ha conseguido reflejar lo que tantos de nosotros hacemos sin siquiera necesidad de cuerda, sólo con nuestras cabezas. Liarnos de tal modo que al final quedamos paralizados. Sería otra imagen risible, si no fuera por los vídeos que, en segundo plano, nos muestran filas de personas caminando hacia una frontera o pateras a punto de naufragar.
Dejo para el final lo que, junto a la luz tan cuidada y eficaz de Pedro, más ayudaba a amalgamar todo el caos. La sucesión de temazos con los que Caín nos ha deleitado sobrevolando toda la obra. Ya me habían dicho que era muy buen pincha. Músicas de artistas mexicanos que no conozco, alguno del yanki, y para cerrar el maravilloso Augusta, Angélica e Consolação del maestro Tom Zé.

Terminado el estreno celebramos en el ambigú de Ensalle. Un mezcal siempre es bienvenido. Aprovecho para preguntar a Caín si no se debe o no se puede nombrar, ya que me han dicho que ha propuesto el título. Y me habla de la sensación que tuvo cuando, después de conocerse, se separaron por primera vez. Una sensación que no se podía decir, porque en español no existe esa palabra. Tuvieron que recurrir a un término en galego (y también en portugués): saudade. 
Yo ahora aún lo tengo demasiado fresco para tener saudades. Lo que sí me queda es gratitud por este regalo. Me ha quedado muy buen cuerpo. Me queda también la voluntad de escuchar más a menudo al gran Tom Zé. Y la nota mental de volver a zambullirme en Rayuela en cuanto pueda. 

Antoine Forgeron

 

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Artista externo

Foto: Sandra Figueras Valls

0.

El sábado por la mañana Montjuïc es un hormiguero de gente que se mueve en todas las direcciones. Hay un escenario al costado del MNAC donde los alumnos del Conservatori (CSD) interpretan unas piezas. Una voz anuncia la actuación, no consigo enterarme de qué se trata, tengo la sensación de que en Barcelona siempre pasan cosas al carrer. Se oye música mezclada con voces, con otras músicas. Todos parecen disfrutar del suave aturdimiento de una mañana soleada de otoño. Paso deprisa, sorteando turistas, vendedores, familiares… todos convertidos en público. Los cuerpos jóvenes de los bailarines embutidos en mallas, vestidos para la escena, cruzan en dirección contraria a la mía. Es una coreografía. Intento llevar a cabo mi papel con la mayor limpieza posible en la ejecución, cuando me choco con un moño. «Perdón» —le digo— y el moño me sonríe y continúa su camino. 

Voy un poco justa de tiempo y llego corriendo al vestíbulo del museo. He venido a ver una pieza de Esteban Feune de Colombi, dentro del programa Enmedio—Guèisers, comisariado por Marc Caellas. En el texto de presentación, Marc dice que el programa Enmedio «propone utilizar el Museo como un espacio de experiencia, donde ocurran cosas más allá del aparente estatismo patrimonial; de hecho, que activen el Museo como un espacio de relación, de relaciones y de conocimiento. Para ello, recupera prácticas que incorporan la performance, la teatralidad, el acontecimiento y la ficción». 

La pieza de Esteban es la segunda de cuatro que forman este pequeño ciclo. Se llama: «Artista externo». Una mujer me indica por dónde va el grupo que se dirige hacia el lugar donde comienza, la primera parada de una caminata. Les sigo. 

Volvemos a pasar por el escenario que acabo de dejar atrás. Veo que el moño está ahora en él, junto a otros cuerpos-moño que hacen arabescos con trajes de encaje. La música ha subido de volumen. Los espectadores están sentados. Continuamos. Bajamos unas escaleras y nos detenemos en una pequeña explanada entre árboles. Reina aquí un silencio que contrasta con la algarabía de unos metros más arriba, que llega amortiguada, que casi se nos olvida. Delante de nosotros hay un obelisco coronado por un busto. Es el monumento a Frédéric Mistral, uno de los líderes del movimiento felibrista, «asociación literaria que protege y cultiva el occità». Esto nos lo cuenta Esteban, que nos dice también que Gabriela Mistral cogió el apellido prestado de ese hombre encaramado ahí en lo alto. A ambos, a Frédéric y a Gabriela, les dieron el premio Nobel. Esteban comenta divertido que en el caso de Gabriela el apellido fue una buena elección. Los apellidos, por otro lado, siempre han asegurado prebendas cuando son los correctos —pienso. 

El cuerpo de Mistral es ese obelisco de piedra. Siempre he pensado que los intelectuales hombres no tienen cuerpo, que su cuerpo raramente se representa. Pienso en la fotografía de Simone Weil en la que se ven sus hombros. ¿Hay alguna fotografía de un filósofo al que se le vean los hombros? 

Hay unas inscripciones en el cuerpo-obelisco-piedra de Frédéric que fueron borradas durante la dictadura y luego reescritas en el 2014. Las que están en el lado donde me encuentro, dicen: «Ah! se sabien entendre / Ah! se me voulien segui»

Y seguimos a Esteban.  

1.

Nos cuenta Esteban que hace casi un año que recibió la invitación de participar en el programa Guèisers  y que le dieron una acreditación que decía «Artista externo». Él llega siempre por el mismo camino al museo y en ese trayecto, la parada del monumento a Mistral, es la primera etapa de sus frecuentes paseos por la zona. 

A raíz de esos paseos por el interior y también por el exterior del museo, Esteban se fue encontrando con muchos artistas callejeros que trabajan en los alrededores de la institución. Ellos son también artistas externos—nos dice.  

Para llegar a la próxima parada: las salas de románico del museo, volvemos a subir y pasamos una vez más por el escenario de camino al museo. «Ah! se me voulien segui». Ahora hay otros dos cuerpos en escena y ni rastro del moño ni de su propietaria bailarina. La danza continúa. Nosotros somos también una hilera para ser mirada. Ellos, los que nos miran, son los espectadores de los espectadores. Esteban lleva su acreditación de artista externo y nosotras, un distintivo de espectadoras de color verde. El primer artista externo es él, disfrazado de guía. El segundo artista es el joven Simón, llegado de Córdoba, Argentina. A Simón le encontramos situado, con su guitarra y su amplificador, delante de la lapidación de San Esteban, que es la primera pintura mural que fue traspasada, de la iglesia donde se encontraba originariamente, al museo. Esteban nos habla del strappo, la técnica con la que se desprenden los murales de su lugar de origen, y pienso que este paseo es también como un strappo en el que se desprende a los artistas callejeros del suyo y se les “coloca” dentro del museo. 

A Simón le gusta Monet y adoptó el nombre artístico de ‘Simonet”, que en Catalunya se transforma en ‘el pequeño Simón”. Yo no puedo evitar pensar en Albertine Simonet y en el cogollito de Proust, el lugar de encuentro de Swann con Odette, donde los artistas son decorativos invitados de honor, cubiertos de una gloria tan fugaz como arbitraria.

Cuando acaba la actuación de Simonet, Esteban señala su bolsa, al pie de donde se encuentra tocando el artista. Podemos echar dinero, claro. Me encuentro pensando en el dinero, en la su falta, en lo que se escucha por todas partes: precariedad. La pobreza de los artistas veteranos y la de los aspirantes. ¿Hay que llegar al nombre? ¿Es el nombre lo que proporciona dinero y estatus? Permanezco brevemente delante del cuadro y pienso que los artistas del románico son, también, como los artistas externos, artistas sin nombre. 

Foto: Sandra Figueras Valls

2.

Estamos dentro del museo. Estamos dentro del teatro. Estamos dentro del cine. Estamos dentro del festival, dentro de la institución. Somos artistas, becarias, performers, mediadoras o experimentales. Pensamos, producimos, realizamos, hacemos networking, hacemos videoteasers, nos presentamos en sesiones de pitching, hacemos dossieres, muchos dossieres… Leemos teoría, leemos convocatorias que dictan —en muchos casos— los temas que debemos recorrer. Me da la risa si pienso en que Proust trabajara por “temas”, pero Marcel no vale, Marcel era rico. Conocemos muchos artistas ricos, artistas herederos, artistas que tienen tiempo. Conocemos gestoras culturales, programadoras, conocemos galeristas, conocemos gente en general. Hacemos, investigamos, nos formamos, esto es, ¿adquirimos una forma? Hacemos presupuestos, hacemos facturas, hacemos trampas. Llamamos a otras compañeras artistas. Esperamos que alguien nos llame. Nos ponemos de moda y caemos en el olvido, en plazos cada vez más reducidos, tanto una cosa como la otra. Nos reproducimos en piezas, instalaciones, obras… algunas bien efímeras. Es el signo del consumo. Estamos dentro, haciendo equilibrios, pero dentro. 

Cuando vamos en el coche y pasamos por un túnel, Marina se lamenta de que no llueva. Los túneles solo sirven, en la imaginación de una niña de seis años, para guarecer. Hoy no llueve. Tal vez Marina viera como un desperdicio albergar artistas callejeros en un museo un día que no llueve. ¿Acaso los museos no sirven para lo mismo que los túneles, para dar un techo inmortal a los artistas “internos”? 

De camino a ver al siguiente artista, Yile Lin, que se define como acuarelista (eso me gusta, estar pegado a una técnica hace que todo esté presente en el puro trabajo), yo voy pensando que todos los artistas son artistas externos. Porque, ¿qué otra actividad puede desarrollar un artista que la de quedarse fuera, que la de ser, como el sujeto de Agamben, capaz de percibir en lo contemporáneo los signos de oscuridad de su tiempo?

Hace falta una distancia. A Lin «le pesa trabajar con galerías, alquilar un taller, exponer y hacer lobby» por eso se mantiene al margen y trabaja en la calle, cerca de la tienda del museo. Y ahora, dentro, esparce sus acuarelas por el suelo: 20 € las reproducciones, 80 € los originales. Sus acuarelas son hermosas, tengo un gran amor por la acuarela, por la técnica. Hace poco le pusieron una multa de 90 € por pintar en la calle. 

El pintor chino, que en nueve años no ha vuelto a su ciudad, tiene tres gatos y uno de ellos se llama Nada. Y nos dice que cuando está pintando y quiere ir más allá, mete algún gato silencioso en su composición. Y el gato maúlla el deseo de exterior del artista, traducido en una posibilidad de abstracción.  Más allá… ¿Qué afuera busca?—me pregunto—  porque conozco el temor de quedarse en el “más acá”, en el salvaje interior de la figuración. 

Me gusta esta pintura en la que se cuela el esfuerzo, el pensamiento o el ritual, igual que se cuela siempre en la actividad artística la limitación del creador que, tal vez, no sea otra cosa que su estilo. 

Foto: Sandra Figueras Valls

3.

En la siguiente parada no nos recibe un artista, sino una trabajadora del museo. Y lo hace delante de una puerta cerrada. No se puede abrir. “La dialéctica de lo de fuera y de lo de dentro se apoya sobre un geometrismo reforzado donde los límites son barreras”. Eso dice Bachelard en uno de sus topoanálisis en La poética del espacio, al describir la relación entre el adentro y el afuera.  “Ante todo hay que comprobar que los dos términos, fuera y dentro, plantean, en antropología metafísica, problemas que no son simétricos. Hacer concreto lo de dentro y vasto lo de fuera son, parece ser, las tareas iniciales, los primeros problemas, de una antropología de la imaginación. Entre lo concreto y lo vasto, la oposición no es franca. Al menor toque, aparece la disimetría”.

El exterior siempre rebosa. Es enorme. Es inabarcable. El interior solo crece hacia adentro. Cuando lleguemos a la última etapa del viaje planteado por Esteban, en la terraza del MNAC, miraré con sed de horizonte los límites de Barcelona, hacia las montañas y hacia el mar. 

«Para eso sirven las cuestas en las ciudades, para poder ver el horizonte» —eso me dijo una vez Natalia, una de las mejores artistas que conozco, que acabó dejando el arte y buscando horizontes en Lanzarote.

Una hilera de casas, edificios, plazas y algún árbol, hasta que la masa verde ocupa más espacio, ¿eso es el exterior?

Pero volvamos al Museo. La “guardiana” —dice Esteban—, la sibila, está delante de una puerta. El exterior del museo se dibuja desde esa puerta cerrada. Me gustaría quedarme, con ella, que es la tercera invitada y la única que no es artista  —o no lo muestra aquí—, en esa puerta. 

Ella dice que, algunos días, escucha desde ahí el sonido del saxofón que toca un músico. Que se acerca justo a ese límite a escuchar el sonido de la música. Otro afuera que se cuela dentro. Lucrecia Martel dice que las ondas de sonido son lo único que nos toca en el cine. Nos toca físicamente. A través del cristal de esa puerta: un escenario de verdes encendidos, aún veraniegos. Y el sonido del saxofonista que toca, calma y permite trabajar a la guardiana que, ahora, le pregunta un poco tímida a un misterioso hombre barbudo que asiste como público, «¿No eres tú el saxofonista?» Y él, muy convincente, entre divertido y sorprendido, dice que no con la cabeza. 

Foto: Sandra Figueras Valls

4.

La siguiente parada nos lleva a la sala donde se encuentran los murales de la Iglesia de Santa María de Taüll. El público permanece arriba, apoyado en las barandillas que recorren la sala, mientras abajo una contorsionista va haciendo y deshaciendo posturas. Esta vez aparecen dos moños, no uno, son los que lleva ella en la cabeza y que le dan un aire antiguo, como si hubiera salido de un circo de principios del siglo pasado. Los colores de su camiseta son los mismos que decoran las paredes de esta sala. Su precisión y sus movimientos son hipnóticos. 

Aplaudimos y Esteban le hace entrega, como a cada uno de los otros artistas, de la credencial de artista externo.

Y entonces, el hombre barbudo saca una pequeña flauta de su bolsillo y se pone a tocar. Juraría que toca la melodía de Pippi Långstrump:  «Ahí viene Pippi Calzaslargas». Ahí vamos nosotras, las espectadoras.

«¿Has visto mi villa?—dice Pippi—Mi Villa Villekullavilla / ¿Quieres saber?/ ¿Por qué se llama así la villa?/ Sí, porque ahí vive Pippi Calzaslargas […] Sí, ahí vivo yo./ No está mal, / Tengo un caballo mono y una villa, / y una maleta llena de dinero».

Pero no os fieis de mí, puede que la música no fuera esa. De hecho, toda esta crónica puede ser un invento impreciso, como toda construcción de la memoria y como toda invención de un artista. 

Foto: Marina Castillón

5.

El mundo del arte parece ensimismado, la precariedad y la dependencia de las instituciones y el sistema de subvenciones hace que los artistas estemos sujetos a una nómina escasa —en la mayor parte de los casos—, proveyendo de contenidos para permanecer dentro. ¿Dentro de qué? Y sobre todo, ¿quiénes son los artistas internos? ¿Qué es lo que marca ese interior y ese exterior? ¿La institución? ¿El mercado? ¿Los contactos? En una época en la que los artistas vivimos de subvenciones, trabajamos por proyectos y esos proyectos se fragmentan, como las pinturas románicas, no parece que sea posible ser un artista contemporáneo, uno de aquellos que trabaja —como decía Paul Klee— para un público que aún no está, que aún no existe. Porque el arte, más allá de cumplir con las expectativas, los temas o rellenar epígrafes de convocatorias y adaptar las prácticas, abre nuevas vías. Crear para un espectador que aún no existe parece lo contrario que producir para cumplir con los contenidos y los temas de cada momento. 

6.

Llegamos a la terraza, después de dar un laberíntico paseo siguiendo al flautista. Atravesamos las salas que restan de pintura románica, la sala enorme del Museo Nacional con sus gradas, la tienda, la cafetería y las escaleras: escaleras y escaleras… Me gusta subir estas escaleras, recorrer las terrazas y pasadizos que nos llevan, finalmente, a un pequeño teatro de gradas de madera donde «¿tú eres el saxofonista?» toca: 

«All of me». 

Billie… En mi cabeza resuenan  los versos: You took the best, so why don’t take the rest? ¿Los artistas callejeros agarran los restos de los artistas que trabajan dentro? El cielo despejado, la música que hace posible. ¿Estamos fuera o dentro ahora mismo? Tal vez haya que ser un artista que trabaja fuera. ¿Es posible crear siempre desde fuera?

Me fascinan esas historias de un gran artista (esto es, un artista-dentro) que se pone a tocar en un metro, como si fuera un artista desconocido y nadie se para. Circulan videos de cómo la mayor parte de la gente ignora…, no sé, a un tipo “de la talla” de Glenn Gould, con sus guantes y todo, algo así. Las historias de artistas que son descubiertos, es decir, artistas a los que se les abren las puertas del adentro. Alguien, un cazatalentos, les ve. El cazatalentos es también un artista en lo suyo. Pienso, también, pienso en esa historia que me contaron de un hombre que echa dinero a un artista callejero y coge el cambio. 

Jaime Vallaure comenzaba una de sus performances, El desdoblamiento, midiendo el grosor de una pared que separaba el espacio público, la sala de exposiciones, del espacio interno de la institución. Vallaure decía: «Con los años uno se da cuenta de que la creación que más merece la pena, es la creación que hace uno de puertas para adentro y que no obedece a una pulsión social del aplauso, del mérito, de la masa […] ¿Por qué enseñamos las cosas o qué necesidad hay de enseñar las cosas que hacemos para nosotros y en qué medida eso mueve a los artistas a ser públicos? Con los años pasa que las personas y las mentes más creativas que uno conoce, dejan de ser artistas. […] Gran parte han perdido la fuerza, o la necesidad de enseñar… se rompe esa fuerza o esa pulsión. Hay que trabajar en la dirección que uno no se espera nunca».

Mientras nos ofrece vino hecho por él y su compañera, Esteban lee un breve texto sobre el saxofonista, como ha hecho con cada artista presente en el recorrido de hoy. Nos dice que aprendió por sí solo a tocar el instrumento, y que tardó mucho tiempo en hacerlo. La flauta era un lugar más amable donde refugiarse de vez en cuando. Y pienso que la bailarina sigue peinándose su moño bien estirado, que Simonet sigue inventando canciones propias que nadie le pide y el acuarelista sigue pintando gatos, incluso si a veces caen multas. La contorsionista sigue trabajando en sus números pese al dolor al que ella misma se refirió con una sonrisa, y el saxofonista sigue estudiando y la guardiana… la guardiana sigue yendo a escuchar al lado de una puerta cerrada, que solo se abre para ella que escucha. 

Foto: Sandra Figueras Valls

El trabajo artístico no parece ser otra cosa que una insistencia. Un dulce empeño. Una obstinada perseverancia de siempre estar fuera y siempre buscar el adentro, que es lo que guarece, lo que posibilita y lo que da dinero, también, porque los artistas no trabajan solo “por amor al arte”.

Cecilia Molano

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Una espina en la garganta

La sentencia de Adorno de que “escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie” se cita a menudo sin tener en cuenta que el filósofo alemán se retractó poco después: “el sufrimiento perenne tiene tanto derecho a la expresión como el torturado al grito”. Nothing Will Remain Other Than The Thorn Lodged In The Throat Of This World de Noor Abed y Haig Aivazian es uno de esos necesarios gritos.

El título de esta obra deriva de las últimas palabras de Wadih Sanbar a su hijo, el historiador y poeta palestino Elias Sanbar. En su agonía Wadih le dijo: «No estés triste. Nadie conseguirá deshacerse de nosotros. Palestina es una espina clavada en la garganta del mundo. Nadie conseguirá tragársela. No te preocupes».

Si bien una de las estrategias de la propaganda sionista consiste en enumerar otros genocidios en curso para distraer de las atrocidades que los israelíes perpetran contra los palestinos, hay varios aspectos de la barbarie israelí que resultan únicos. En primer lugar está la responsabilidad europea en la creación del estado de Israel, con la implicación del Reino Unido mediante la Declaración de Balfour de 1917 antes mismo de la constitución oficial del Mandato británico en Palestina (1920-1948). Esta responsabilidad europea se ve acrecentada tras la Shoah y la transformación del trauma en arma de destrucción masiva. Ha habido otros genocidios en la historia pero ninguno donde los genocidas se presenten como víctimas. Como dijo Golda Meir: “nunca perdonaremos a los árabes que nos obliguen a matar a sus niños”. Solo la capitalización simbólica del holocausto puede explicar que occidente cerrase los ojos ante la brutalidad de la Nakba. Pero hay un trasfondo que va aún más lejos. Se trata de la mentalidad colonial, nacionalista y racista conjugada con los desmanes tecno-neoliberales y extractivistas que combinan el negocio de armas, el desarrollo de tecnologías distópicas de control y la especulación inmobiliaria ligada al robo de tierras. El ministro de finanzas ultra Bezalel Smotrich admite abiertamente que hay un plan de negocios para que norteamericanos e israelíes se repartan los beneficios inmobiliarios tras apropiarse de Gaza. En definitiva, las atrocidades de Israel contra los palestinos son un concentrado del horror inscrito en las dinámicas imperialistas de occidente. No solo está en juego la liberación del pueblo palestino, sino la posibilidad de purgar nuestra propia cultura de formas de hacer y pensar aterradoramente destructivas.

La referencia a la garganta en el título de la pieza de Noor y Haig no podría resultar más oportuna, ya que la pregunta capital es quién tiene derecho a respirar. George Floyd repitió “I can’t breathe” 27 veces durante el asalto policial que condujo a su muerte. “I can’t breathe” fue también una de las últimas frases de otras víctimas negras de la violencia policial estadounidense como Eric Garner, Javier Ambler, Manuel Ellis o Elijah McClain.

Hay una conexión directa entre la expulsión de los no cristianos de la península en 1492, el genocidio indígena en América (el santo Santiago Matamoros fue rebautizado Santiago Mataindios), el tráfico de esclavos de indianos como Antonio López o Josep Xifré, el supremacismo blanco norteamericano, los abultados vestigios del apartheid sudafricano y lo que está ocurriendo en Palestina. Se trata del convencimiento de que hay pueblos y etnias que no son realmente humanos. O que podemos ignorarlo siempre que eso resulte en un beneficio económico. No es casualidad que las primeras palabras de Nelson Mandela tras el fin oficial del apartheid fuesen “nadie será libre hasta que Palestina sea libre”. Ciertamente, esta espina no hay quien se la trague.

Los sonidos que emite la garganta solo son posibles si se garantiza el derecho a que el aire transite por ella. Los jadeos se convierten en el emblema de aquellos que viven asfixiados. ¿Qué sonidos emite una garganta cuando el derecho a la vida no está garantizado? ¿Cómo se acelera la respiración? Pero también, ¿qué sonidos podemos emitir para sanarnos a nosotros mismos y a los demás? ¿Qué sonidos son capaces de generar identificación? En su exploración sonora, la pieza de Noor y Haig habla también de la tortura sónica como una de las tácticas israelíes en el Líbano y Palestina, algo que cobraba protagonismo en Air Pressure, la performance de Lawrence Abu Hamdan que vimos en Hangar en 2023 gracias a la colaboración entre esta institución, La Virreina, La Casa Encendida y el Festival Domingo.

Sin embargo, la singularidad de la pieza de Noor y Haig tiene que ver no sólo con su capacidad para tratar el sonido desde diferentes puntos de vista sino sobre todo con su habilidad para captar su esencia simbólica. Las ondas sonoras resuenan por los cuerpos sin respetar los límites que supuestamente conforman al sujeto neoliberal. En el sonido se esconde una de las posibles claves para desmontar lo individual y construir lo colectivo. Por eso en determinadas ocasiones a lo largo de Nothing Will Remain Other Than The Thorn Lodged In The Throat Of This World se pide al público que una su voz a la de los intérpretes para generar una especie de coro. En ese coro radica la potencia de un movimiento colectivo e interseccional cuya necesidad resulta cada vez más acuciante ante los fascismos que ya están aquí. Pongámonos manos y gargantas a la obra.

Alonso del Castillo

Nothing Will Remain Other Than The Thorn Lodged In The Throat Of This World se presenta en inglés con subtítulos en castellano el sábado 25 de octubre a las 20h en La Escocesa gracias a una colaboración entre esta entidad y el festival Sâlmon. La entrada es gratuita y basta con registrarse aquí. Noor Abed es una artista palestina que trabaja en la intersección de la performance y el cine, combinando formas de lo «escénico» y lo «documental». Su práctica examina las nociones de coreografías sociales y formaciones colectivas, buscando la conexión entre la noción de «sincronía» y la acción social. Este año presentó en el Museu Tàpies A Night We Held Between y ha ganado el Gran Premio de la Bienal de Ljubljana de Artes Gráficas. Haig Aivazian aborda la naturaleza metamórfica de tres tecnologías: la luz artificial, la informática y la ley. Su trabajo, que abarca diversos medios y modos de interpelación, está animado por la investigación y los descubrimientos fortuitos, donde la historia es un zumbido omnipresente que conjura y choca contra futuros degradados y los persistentes esfuerzos por sobrevivir a los mismos. Alonso del Castillo es un comisario nacido en Granada que reside en Barcelona desde 2023.

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en la estrechez de la curva, un cencerro

Entro en la sala de exposiciones de la planta baja de La Fabra invadida por la memoria perturbadora de haber sido cercada por una jauría de perros. Un vacío inmediato por la ceguedad del blanco del espacio es rápidamente llenado por el reconocimiento de rostros familiares y por la identificación de los altavoces distribuidos por las paredes. Progress Barks (2022), de Rubén Grilo y Robert M. Ochshorn, insiste en ladrar, pero falla, a veces. Si le prestamos mayor atención, percibimos ruidos sutiles como distorsiones tonales que transforman el rottweiler en un robot. Es el primer anuncio de un programa que, guiado por el movimiento de la curva, parece querer abrir espacio a dinámicas de tensión.

Interval #1 se organiza en torno a prácticas vinculadas al sonido. Programado por Noela Covelo Velasco, es la primera edición de un ciclo que ocurrirá periódicamente dentro del proyecto de la nueva dirección de La Fabra Centre d’Art Contemporani. Bajo el título en l’estretor del revolt, una esquella, está compuesta por un ciclo de performances distribuido en dos noches y una instalación sonora que puede visitarse durante tres semanas.

Con el folleto naranja del programa en las manos, me comenta Noela que en catalán el título formaba una combinación de palabras que le parecía bastante abstracta. A mí también, pienso. Incluso en español, la palabra “cencerro”, que hasta entonces yo no conocía, me remitía a cenizas, como si de un incendio en la ruta se tratase. Esa es una experiencia que compartimos quienes vivimos en un lugar cuya lengua corriente no es la nuestra. En la traducción torcida, las palabras pueden sugerir imágenes que realmente no poseen ninguna conexión con su significado real, y eso indica que la comunicación puede estar ocurriendo en más de un plano.

Finalmente descubro que el cencerro es una campana. Comienzo por el texto del folleto porque entiendo que a partir de él surgirán las primeras emisiones sonoras, y ellas provienen de las gargantas de todas nosotras. En la lectura poco se revela acerca de las piezas. Sus títulos apuntan a un conjunto de acciones en bucle: movimientos circulares e incluso infinitos, como el progreso; señales luminosas que anuncian un verano sin fin o la próxima vuelta del faro. El texto de presentación define el desplazamiento de un cuerpo en el espacio como un ejercicio de lectura de un lugar, interrumpido, dentro de ese relato, por el sonido de un cencerro. Allí provoca un desvío para quien conduce, pero en su uso habitual, colgado al cuello de un animal, funciona como un dispositivo de orientación para quien pastorea.

Me aferro a esa idea porque la luz del faro, en el contexto náutico, también funciona como una guía a la distancia, especialmente durante la noche o en condiciones de baja visibilidad. Y el faro, en Interval #1, es evocado no solo en mebrat / መብራት, obra de Misiker Agulló, Adrasha presentada el primer día del programa, sino que también existe como resonancia de la investigación de Noela Covelo Velasco como artista. En próxima vuelta del faro, obra presentada en La Capella en septiembre de 2024, Covelo Velasco investigaba el estrechamiento como dimensión de la memoria y como acción vinculada al cuerpo a partir del movimiento vibratorio de las cuerdas vocales. El ir y venir de la cadencia de su aliento se conjugaba con un desplazamiento por el espacio que ocurría mediante un movimiento circular, configuración que vi repetirse en todas las piezas que integraron Interval #1. Es importante hacer esta observación porque Interval #1 no se anuncia como “curada por” Noela Covelo Velasco, sino como “acompañada por la práctica” de esa artista. Y este me parece un gesto pertinente que contribuye a las discusiones sobre los límites y las posibilidades del trabajo curatorial, la reconfiguración de sus formatos y de sus agentes, y que aquí se articula, de forma prometedora, por parte de un programa institucional.

Entonces viene la curva, que también por su estrechez nos sitúa en un momento de tensión. Aunque la curva se define justamente como el desvío de una línea recta, y puede instaurar, por lo tanto, un territorio de libertad, es por el rozamiento entre el neumático y el asfalto que el trayecto curvilíneo puede cumplirse. La curva es también el lugar de la incertidumbre – ¿qué viene después? – y de algún modo, el lugar de la desorientación.

Reverberación y distancia

feed ♾️ back (2025), pieza de Maguette Dieng en colaboración con Azadi Sound System, abre la programación de la segunda noche. La sala oscura está puntuada por azules que iluminan los sistemas sonoros preparados para la performance, con tres módulos del sound system triangulados por el espacio y una mesa de sonido. La sensación es que la vibración que emana de las torres transforma el espacio en una bolsa de aire que nos acoge con suavidad, un estado que es desplazado rápidamente por la imponencia vertical y totémica de los altavoces. Lo que se escucha es la modulación ondulada del sonido de los graves que crece y se complejiza a medida que nuevas capas van siendo añadidas, estrechando cada vez más la distancia entre nuestro cuerpo y lo que vibra.

A partir de aquí, la tensión que antes se establecía entre la audiencia y el sound system incorpora un tercer elemento, que es la propia artista. Acompañada por la selección de vinilos de reggae y dub traídos de Jamaica, Dieng se mueve alrededor de la mesa de sonido siguiendo los mismos códigos de un DJ set. El público, sin embargo, no se aproxima, manteniendo una distancia respetuosa que instaura un espacio intermedio lleno de vacío y que termina por dividir la sala entre escenario y platea. Sucede que, pasados algunos minutos de la performance, queda evidente que quien actúa esa noche es la música, y que, aunque sea la DJ la responsable de darle voz, quienes le daremos movimiento somos nosotras.

Se activa una negociación silenciosa entre todas, y la mirada que antes se dirigía al escenario, se rebate y distribuye por la platea. La danza es retraída. Lo que reverbera, entonces, no se restringe al campo sonoro, y pienso en los efectos causados por esa reverberación considerando la particularidad de un público que es, en su mayoría, europeo y más vinculado al circuito del arte que a la cultura Sound System o al reggae y al dub. El ruido es saludable dentro de un contexto tan habituado a los códigos de la performance, del arte contemporáneo y de las fiestas de música electrónica, donde Maguette Dieng también actúa como Mbodj o con el colectivo Jokkoo.

La cultura Sound System tiene su origen en las comunidades negras de Jamaica durante los años 50, en prácticas comunitarias y de resistencia frente a la cultura dominante. Más que un equipo sonoro, el Sound System es también un lugar. Un punto de encuentro que activa una experiencia sensorial colectiva vinculada a una conciencia política y social. El pliegue surge de la combinación entre eco y delay, y la percepción táctil del sonido de los graves, asociada al contenido de las letras, moviliza un “estar junto” que necesariamente pasa por la fisicalidad, por el roce, provoque situaciones de conflicto o de placer. Esa dimensión política y social del Sound System amplía los usos y los significados de la palabra sistema, que en toda la programación de en la estrechez de la curva, un cencerro es considerada como infraestructura, como aquello que hace posible la colectividad.

Regreso al peso de la palabra porque es un elemento implicado en todas las piezas del programa. El texto, que hasta ese momento se escuchaba fragmentado como letras de canciones como Poor and humble de Wayne Wade ou Talk Love de Sonia Spence, adquiere cierto protagonismo en los minutos finales de feed ♾️ back. A través de una lectura poética que mezcla testimonios de Dieng con los de constructores de sound systems o de personas de origen jamaicano que migraron a Europa, la artista reflexiona sobre las formas de vincularse con la música y la cultura Sound System, y la importancia de concebir la fiesta como otro lugar de compromiso e imaginación política.   

Distancia y distensión

El programa de la noche termina con endless summer (2025), de Adam Christensen. Ahora ya no estamos de pie ni nos relacionamos con el espacio desde nuestra verticalidad: nos sentamos directamente en el suelo intuyendo una dirección para nuestra mirada. Al fondo se escucha la grabación de una voz femenina en diálogos que parecen extraídos de cine antiguo, una sonoridad sombría donde el grave activa en nosotros una emoción distinta de la que habíamos experimentado en feed ♾️ back. Estamos esperando a Christensen, quien anuncia su llegada mediante el sonido de sus pasos en tacones.

Como una dama de negro, sexy, lleva un ramo de rosas rojas, un candelabro y una vela, indicando que la gravedad allí es la de un cuerpo abatido por alguna tragedia. La performance avanza a medida que estos elementos se articulan en la construcción de un espacio ritual que, aunque parece íntimo, también nos incluye. La comunicación verbal que en ocasiones establece con el público rompe el drama con algo de humor – are you okay? –, insinuando una invitación sutil y generando un instante de duda respecto a la dinámica de la performance.

Su espacio escénico incluye toda la sala, incluso los vacíos entre nosotras, por donde transita y tensiona, pero aún así sosteniendo la sensualidad y el misterio mediante gestos más pequeños, más o menos accesibles para el público, como el dibujo que hace en una pequeña placa apoyada en el suelo. El movimiento de abrir y cerrar, como indicativo de estar cerca o lejos, de incluir o aislar, revelar u ocultar, retraer o expandir, se manifestará en una variedad de acciones y objetos, como el acordeón. El instrumento, cuyo sonido es producido por el flujo de aire en movimiento a través de la contracción y distensión del fuelle, aparece como un segundo diafragma que acompaña, con cierta discreción, la modulación vocal imponente de Christensen. El timbre del acordeón trae el peso de otros escenarios a los que puede pertenecer, como el circo o el cabaré, contextos donde la risa y el llanto están tensando todo el tiempo.

La escucha es un gesto ético y espiritual. Escuchar es abrir espacio y ceder control. Es reducir distancias. En endless summer somos testigos de un relato melancólico, visceral y tragicómico que se realiza mediante la lectura de poemas, vocalizaciones y canciones transmitidas por un cuerpo que se mueve en círculos, que orbita. Nosotras frente a nosotras, y su presencia alrededor nuestro. En la práctica de Adam Christensen, su cuerpo funciona como un amplificador no sólo sonoro, sino también político. En sus piezas, el artista da voz a figuras marginadas, estirando los límites de las expectativas de género y sexualidad mediante referencias a la cultura trash y underground, al teatro de variedades y al cine de explotación y de horror de las décadas de los 70 y 80, mezclando esos materiales con expresiones de su propia vulnerabilidad.

La performance termina cuando Christensen desvía su camino hacia la salida y se va. Las rosas, el retrato, el guante, la vela y el candelabro permanecen en la sala como vestigios. Sigo pensando en la palabra “endless”, que es sin fin. Y en el movimiento de distensión, que puede ser relajamiento o lesión. Trauma, si estiramos demasiado.

Julia Coelho

Fotografías de Eva Carasol

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