
Con el teatro lleno, Laura Ramírez Ashbaugh estrenó Oasis of Serenity los días 13 y 14 de mayo en el Centro de Cultura Contemporánea Conde Duque, en la primera temporada que dirige Jorge Volpi. Oasis of Serenity es el resultado de dos años de investigación en los que Laura ha cursado el Das Choreography, un máster de estudio y práctica coreográfica en Ámsterdam, yendo y viniendo desde la ciudad a Madrid sin perder el vínculo con su casa ni su red. Pero Laura Ramírez Ashbaugh ya llevaba años currándose la escena contemporánea. Yo la conocí en 2016 con una pieza que se levantó como el aire fresco, ¿Cómo se hace una performance? de las Twins Experiment, el colectivo que montó junto a Ainhoa Hernández Escudero (otra argonauta madrileña que vive y trabaja en Ámsterdam desde que cursara sus estudios de posgrado en el DAS Theatre), al tiempo que yo misma participaba en MovLab, un laboratorio que Laura dirigía junto a Raquel Sánchez en La Casa Encendida donde organizaban grupos de aprendizaje en torno a la práctica escénica. Y más recientemente he podido verla en Serenity Rave, un solo de danza que estrenó en Réplika la temporada pasada, donde componía paisajes de la rave con su cuerpo. Desde que la conozco, Laura compagina su trabajo como coreógrafa con el de docente y diría que es una artista que siente el espíritu de la comunidad escénica, algo que quizás le venga de su familia, que tenía una compañía de teatro ambulante llamada “Lope de Rueda”.
En un escenario vacío, casi a oscuras, entorno los ojos y distingo a una figura agachada que avanza girando sobre sí misma mientras dibuja una diagonal. El tiempo se ralentiza y me recuesto en mi butaca. Ya en primera línea, panza arriba, alza el pecho poseído y podemos verle la cara, solo un momento. Grita sin que podamos oírla, como en las pesadillas. Laura mueve el aire a su alrededor, pide y se le concede. Avanza esbelta por el escenario y ejecuta una coreografía de imágenes, flechazos pop del mundo de la mística, de la rave, de la moda y del cine. Entre estas visiones, yo veo también a la Laura adolescente que cierra una fiesta mientras clarea el día.
El sonido de Fernanda Libman acompaña la actuación, el espacio escénico es cortesía de Javi Cruz, el vestuario de Evadehouse, la dramaturgia de Bryana Fritz y la iluminación de George Marinov que interviene el ambiente componiendo oscuridades, provocando un apagón y un fogonazo que ciega a Laura como ciega quedaba Teresa cuando dice que en su éxtasis “veía un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo, no era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido que parecía de los ángeles muy subidos que parecen todos se abrasan. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande…”.
El título de este trabajo, Oasis of Serenity, anuncia la llegada a un lugar de descanso prometido. Sin embargo, en escena, el paisaje no es sereno y sosegado. El escenario recuerda a una nave industrial, suena música techno, Laura corre perseguida, persigue, manotea, le tiemblan las pupilas, encara un terror que nos es ajeno. En la noche oscura, ella corre a encontrarse con sus sombras, a purgar sus ansias. El oasis espera oculto fuera del escenario, después de que Laura atraviese el trance al que asistimos los espectadores. Laura es una bailarina con una gran fuerza física y para alcanzar su anhelo, antes tiene que rendir al cuerpo, cruzar el desierto. La búsqueda artística suele acompañar a la búsqueda personal y creo que eso es lo que ha hecho Laura en los últimos dos años: bailarle a las sombras, enfrentarse a ellas hasta deshacerlas.
Carmen Aldama
Imagen de la apertura del proceso de Oasis of Serenity en Ámsterdam, por Thomas Lenden





