
Cuerpos vivos, vitales, cuerpos en vivo y en directo. Cuerpos sudando, llenando el espacio de temperatura e incomodando con esa presencia única que cada vez nos resulta más extraña y aterradora.
El viernes pasado llegué a Can Batlló con muchas ganas de ver teatro y poca información sobre lo que me esperaba. La atmósfera de este emblemático espacio de reunión vecinal y militancia cultural era festiva, alegre, desenfadada.
El bullicio era alto y constante, hasta que una voz bien proyectada llamó nuestra atención y nos introdujo con un tono directo y misterioso a la vez, al mundo que nos esperaba del otro lado de la puerta negra: un conjunto intergeneracional y multicultural de miradas extremas, desafiantes; un grito de socorro ante la desconexión actual que nos enferma el alma; un pedido de auxilio para tratarnos con la ternura de un abrazo colectivo, como aquella ternura (spoiler alert) que exhudaron los besos entre el elenco y la directora llegado el final de la experiencia.
Digo experiencia, porque lo que vivimos el pasado viernes no fue una mera representación teatral. Lejos de las convenciones, Mi.Ser.IA de la compañía Babilónika nos propone un viaje de alto riesgo, que nos tumba como una ola tan violenta como necesaria. Nunca hubo artificio porque desde el primer momento fuimos parte, una masa separada por un hilo finísimo que es casi injusto llamar ficción: Trece cuerpos-personaje nos rodearon por completo con su gesto, sus voces expandidas y hondas, su mensaje punzante y provocador, su acción que busca incomodar adrede para despertarnos del sopor telemático en que nos encontramos.
Esta pieza es un grito de auxilio para la humanidad toda, que a través de una obra de relojería física y espacial nos revela la fuerza de la unión, de la escucha, del contacto humano, sencillamente humano. Trece cuerpos que dialogan sin pausa durante una hora, corriendo a toda velocidad, persiguiendo el delirio de la parodia, generando imágenes más arrolladoras y memorables que cualquier post viral. Y nosotrxs, siendo imposible permanecer ajenxs, miramos, reímos, nos conmovimos y sentimos miedo, además de un temblor en el pecho, pues la música que acompaña la acción nos envuelve y potencia las emociones que genera recibir tamaño escupitajo de verdad en forma de teatro. Los cambios de vestuario y foco espacial se sucedían por toda la sala, quedando ya muy lejos la pasividad de espectar.
Quien desee adentrarse en el universo de la compañía Babilónika deberá rendirse al juego de la incomodidad. Una incomodidad (o inconformismo?) trazada como un puente hacia una consciencia más clara de nuestra época: ¿Quiénes somos en sociedad? ¿Cuántas máscaras llevamos puestas? ¿Qué es el éxito? ¿De qué se trata, después de todo, la verdadera experiencia humana, entre tanta mediatización y deseos inducidos?
La propuesta nos invita a una fiesta, un banquete, un exorcismo colectivo. Turbulenta y ruidosa, Mi.Ser.IA nos recuerda que la falta de recursos no imposibilita la creación de teatro de calidad: muy por el contrario, es esta limitación la que deviene potencia cuando lo central es un mensaje fuerte y claro que interpela y genera interrogantes, dejándonos un eco en el pecho para seguir conversando durante la cola del baño, el camino a casa, la cena… No se queda atrás el pedazo de trabajo de lxs performers, que se aplaudíó de pie y con ovaciones. Unxs artistas que dejan el alma en cada paso, en cada texto, que creen visiblemente en aquello que tienen para contar. Una expresión irreprimible, una verborragia que se agradece ante tanta frialdad de pantalla y miradas perdidas.
DESPIERTEN, me queda sonando como un zumbido en los oídos. Estén vivxs. Sean personas. Busquen personas. Miren a otras personas. Hablen con personas. Abrácense con otras personas. Salgan de su confort ilusorio, que el malestar social y político se combate con arte y con trinchera.
Can Batlló, casa autogestionada y espacio de encuentro barrial que supone un punto neurálgico de suma importancia para el tejido social, es escenario de esta experiencia performática que no pueden dejar de vivir.
Una luz de esperanza se reflejó en los ojos de quienes estábamos allí esa noche. La humanidad aún está en vilo, con dignidad y fortaleza para frenar los delirios deshumanizantes que nos apremian, nos aprietan y nos quieren asfixiar.
Ante el ataque de la maquinaria capitalista, respondemos con encuentro, con curiosidad, con pensamiento crítico y sensibilidad ante la velocidad que se nos impone.
Melina Rosés

