En la sed siempre

Nunca olviden que, ciertamente, no están solos; simplemente tienen que emitir señales y encontrarse entre ustedes (…) Entonces, conscientes de que han elegido una tarea ingrata e interminable (de acuerdo con estándares de realidad no sensuada, debido a la locura, al mal entrenamiento, al trauma neurótico, a la confusión de género, a sus padres, a su grupo de pares o a sus padres) jamás se engañen a Sí Mismos acerca de por que eligieron ser artistas, o escritores o, en suma, seres impulsados por la creatividad. Se han vuelto parte de la metáfora, no parte del problema, sin importar cuan bajo asedio puedan sentirse.

GENESIS P- ORRIDGE

Una conjuración es, en primer lugar, una alianza, ciertamente, a veces una alianza política, más o menos secreta, cuando no táctica, un complot o una conspiración. Se trata de neutralizar una hegemonía o derrocar un poder. (…) Conjuración significa, por otra parte, la encantación mágica destina a evocar, a hacer venir por la voz, a convocar un encanto o un espíritu. En resumidas cuentas, el conjuro es la llamada que hace venir por la voz, y hace venir pues, por definición lo que no está ahí en el momento presente de la llamada.

DERRIDA

¿Sabes?, imaginaba que nos trenzábamos el pelo (1). Estábamos sentadas y se oía algo de fondo, aún no sabíamos el qué. Los mechones y los dedos de una se enredaban en los mechones y dedos de otras, y todas nuestras cabelleras quedaban atrapadas entre sí. Para entonces ya nos habíamos quedado ciegas. A veces nos decíamos cosas a lametazos, con esas lenguas grandes y ásperas con las que habíamos llegado a este mundo. No éramos las primeras ni seríamos las últimas, el fuego me lo dijo, ¿sabes? También el agua. No sé en qué momento aprendí a distinguir entre remolinos y ascuas los murmullos, pero un día pasó.

Bajábamos por la orilla del viejo cauce del manzanares, vi unos huesos y un lagarto, y recordé como había sido todo tanto tiempo atrás, cuando empezaron a acecharnos. A nosotras un día también quisieron llenarnos la garganta de cemento (2). Vosotras que me leéis aún no lo sabéis, pero no queda tanto para el último volcán y el último temblor. Aunque os advierta miraréis hacia otro lado, y así tiene que ser, pero pronto vendrán a por vosotras. Os abrirán la boca y los ojos a la fuerza con sus manos de esparto, y os llenarán de cemento para pudrir vuestra alma. Y te juro que antes de todo esto yo ni siquiera creía en que existieran las almas, pero esa fue otra cosa que aprendí, que en la muerte no se muere. Una de las trenzadas me agarró suave por la cintura y me dijo, no puedo ni pronunciar lo que vi dentro del vientre de la mar, me viene un eco pero no existen las maneras (algo le ataba los pies a la cama, o a la enredadera del jardín(3). Quiero bailar en el lugar de esas palabras, se que el eco soy también yo, como tú eres toda esa oscuridad viscosa (4)

Seguíamos bajando el río cuando apareció una que pronto también sería nuestra. Acunaba una barca, una barca hecha de astillas y paja, y flores de plástico y cera de vela y de perlas (5). Arrullaba con un toniquete agrio, rebotando la barquita sobre su pecho. Todas la mirábamos muy atentas con las lenguas fuera anhelando que al lanzarla atravesase el agua. Entonces, apareció un hombre que traía las cuencas oculares repletas de brasas. Parecía querer saltar desde el puente donde solían amarrar los ramos, cuando se acercaba el solsticio. Gritamos tanto como un trueno y del susto la barca cayó, y vimos como de las brasas del hombre se derramaban lágrimas azules. Quería subirse a un árbol, y dijo, ahí está el doblón en lo alto del tronco, arriba en el mástil (6). Quien cogiera el doblón sin haber visto estaría condenado, pero el que tenía carbones en los ojos en lugar de órganos podía ver lo que los demás habían dejado de ver, hace ya tiempo. Y tuvimos que ayudarlo y entre todas le aupamos. Y la chica de la barca subió con él y puso sus manos en lugar de sus manos, y con el doblón sostenido entre sus dedos miró hacia el río y vio como la barca empezaba a deshacerse. El río no vuelve, dijo el hombre ya con el doblón en la boca, y cuando los pies tocaron el suelo el doblón ya había entrado en su garganta empujado por su lengua. Y así, con el doblón atragantándole se fue, pero antes de llegar al cruce de camino pudimos oírle. Canturreaba. Y a veces una canción es como si fuera un olor que te persigue. Un olor de esos que inunda todos tus agujeros y te condenan a recordar algo que habías olvidado, pero que de repente, sin que una pueda escaparse, se pega a ti como los muertos. Y corriendo río abajo buscábamos desesperadas algún rastro de la barca, y saltando las zarzas y juncos canturreábamos esa canción también nosotras (7).

Llegamos a un claro y nos sumergimos en el agua. Agitábamos los brazos dando vueltas y celebrando la espuma verde brillante que aparecía con cada uno de nuestros movimientos. Los que habían matado el río estaban acurrucados sobre su cruz de mármol y nos miraban desde lejos. Es difícil explicar esa sensación, la de tener en la nuca el aliento hediondo de su odio. Nunca entendí porque hay gentes que se creen que bailar tiene que ver con ser visto y que te miren. Yo no soporto que me miren, y menos con esos ojos secos que nunca podrán ver. Fue en ese claro y con ellos rondándonos, que las unas a las otras nos arrancamos los ojos y nos revolcamos sobre las aguas putrefactas. Unas rellenaban las cuencas vaciadas con las flores silvestres (8) que habíamos recogido al atardecer, otras cosían los párpados; todas sosteníamos entre las manos nuestros ojos aún calientes, succionando el liquidillo que expulsaban las retinas. Rodeadas de susurros de quienes nos antecedieron, silbiditos y palabras entredichas que sólo algunas podemos oír, buceamos recogiendo puñados de la tierra de adentro que luego lanzábamos hacia la superficie, más allá de los sauces, intentando alcanzar la cruz. Queríamos asustarlos. 

Entonces fue cuando apareció el corzo llevando una niña encima con la lengua fuera. Su brazo estirado sostenía una antorcha, parecía que fuera a lamer la llama pero se acercó a la orilla. Empezaron a caer piedras sin piedad. Algunas se hundían en el agua estancada, otras amorataban nuestros rostros y extremidades. Llegaron más corzos y más niñas con antorchas, y todas les seguimos. Iban hacia la cruz, querían incendiar a los que habían matado el río y nos estrellaban piedras. Queríamos quemarlo todo. Trazar con las cenizas de sus huesos un alfabeto para que las demás nos encontraran. La hoguera era inmensa (9), y nos reíamos. El humo se arrastraba más allá de la ciudad y las montañas que la rodean. Los corzos y las niñas se sumergieron lentamente en el fuego hasta desaparecer. Nosotras contemplábamos el movimiento de las llamas deseando que todo estallara, a pesar nuestro; es lo que tenía que suceder. Pero había que dejar un rastro. Cada una cortó la trenza de la otra y cavamos con las manos y las uñas una fosa. Queríamos sepultar los cabellos enredados, amortajándolos con cenizas y esperando que, como en Pompeya, ese velo cubriera el tiempo y las maneras en las que habíamos resistido bordeando el otro lado de la noche.

(1) La imagen del trenzarnos viene de atrás, a veces le pido a amigas que me hagan trenzas. Imagino que es un gesto que me permite viajar hacia la infancia aunque yo apenas recuerde de mi infancia. Una vez soñé que un amigo me trenzaba, pero era como si yo no fuera yo. Más bien era como si mi cabellera fuera un ente vicario que estaba ahí para restituir un gesto anterior que no era mío. Tiempo después leyendo Cabeza Voladora de Mónica Ojeda, a quien conocí gracias a Paula Cueto, reapareció esta imagen, y me entró un deseo muy profundo de oírnos cuchichear entre dedos y mechones. Invoco imágenes para que algo acontezca, me digo. Según Cirlot la trenza simboliza relación íntima, corrientes enlazadas, dependencia mutua.

(2) Lo de llenar la garganta de cemento lo robé de la novela de Merce Rodoreda La muerte y la primavera, de la cual me hablo Julia Spínola (creo que te gustaría, es muy cruel y bella). En el pueblo cuando alguien muere, antes de que el alma se escape del cuerpo, se les abre la boca y se rellenan sus cavidades de cemento. Imagino como todos los órganos internos, de la tráquea hasta el útero, quedan lentamente aplastados como una cascada pegajosa y gris en un pantano putrefacto. Me recuerda al miedo (su miedo), y tarareo el verso de Silvina Ocampo “y siempre tengo miedo porque soy valiente” (nuestro salvaje miedo). Cada día quiero ser más peligrosa, me digo.

Esther Rodríguez-Barbero, Invocaciones en Arar (La Caldera), 2020. Fotografía de Tristán Pérez-Martín. 

(3) Esta frase se nos apareció durante la danza celebrada el 2 de octubre en la Caldera. Esther baila mientras yo escribo. Bailamos y escribimos a lo que no está, o a lo que está y al mismo tiempo no está. Hemos inventado una máquina que navega por cartografías liminales, nos reímos.  Ese día también fue cuando a Esther se le apareció el volcán que luego tanto la perseguiría. Cuando bailamos y escribimos suceden cosas que no sabemos explicar, no es una performance, ni tampoco una práctica adivinatoria. Hermandades en el más allá nos escribió Nuria Gómez Gabriel. No sabemos lo que pasa pero algo pasa. Hablamos con la voz que está detrás de la voz y emitimos los mágicos sonidos de la endechadora.

(4) Siempre he tenido miedo a la oscuridad. Confieso que hasta casi ser adolescente solía pedir que me dejaran encendida la luz del pasillo mientras dormía. En la oscuridad veía cosas, flashazos verdes, formas que salían de los espejos, caballos que me rodeaban. Hace no tanto durante un amanecer mágico escuchábamos Aunque es de noche de Morente y Alejandro Simón nos contó del artículo de María Salgado. Ahí escribe acerca del cambio que realiza San Juan de la Cruz en la estrofa 10, donde en lugar de aunque incorpora un porque, y traigo aquí sus palabras:  “conjunción causal que, a mi modo de ver, trae una sorpresa sonora y semántica muy fuerte, pues, por un lado, contrasta con la rutina sonora del poema entero, y por el otro, multiplica la paradoja de que las criaturas sepan, encuentren y hasta lleguen a hartarse de beber de una fuente que no se puede ver, precisamente porque no se puede ver. Esto es, que “aunque” y “porque” es “de noche”, ellas saben, ellas pueden, ellas van, ellas se mueven (…) yo construí mi versión intermedia a partir del mismo porque porque me cautivó ese punto de insistencia en la potencia inversa del obstáculo de la oscuridad, y por lo tanto, de la angustia, la incertidumbre, el miedo, que la “noche” representa. Son el poder del no poder, el saber del no saber y el movimiento liberatorio que propicia el no temer”.

Marina González Guerreiro, Acción en río Tamuxe, 2019.

(5) La primera vez que vi la fotografía que documentaba la acción que Marina había realizado en el río Tamuxe el verano de 2019 me asusté. Esa era la barca que yo había estado invocando durante tanto tiempo, la barca de aquel ritual que necesitábamos hacer. Ya había escrito sobre ella antes de cruzarnos, y luego volví a escribir de la barca para agarrarme a un sortilegio de metamorfosis que tenía que llevar a cabo si quería dejar pasar toda la tristeza que me invadía. Luego Marina y yo nos conocimos, disfrutamos de un anochecer increíble en Valencia, y en parte esa charleta en la plaza de la Virgen me ayudó a reconciliarme con una práctica, la artística, de la que me había desesperanzado. Un día llegó a mi casa un sobre. Dentro unas telas azules verdoso y perla, y una cadena dorada, y dentro, un rastro de esa barca que Marina había construido y lanzado al río unos veranos atrás. Un gesto tan precioso que no veas lo que me emocioné. Hice un altar que ahora estoy mirando mientras escribo. Menos mal que nos encontramos, digo, Marina, esa barca y yo. El próximo verano espero poder viajar al Tamuxe, hacer juntas una barca y navegarlo hasta desaparecer, como hizo Bas Jan Ander en su búsqueda del milagro.

Fernando Gandasegui, Pira velo en la Capella de Sant Roc (Valls), 2020. Imagen de Iñaki Álvarez.

(6) Excursión a la Capella de Sant Roc, íbamos Fer y yo a visitar su exposición. El viaje era largo en bus y yo iba muerta de sueño porque odio madrugar y habíamos tenido que madrugar y le dije, oye voy a echarme un ratito y ahora hablamos. No pasó ni un minuto cuando abrí los ojos y dije, no puedo estar aquí a tu lado y no hablar. Adoro hablar con Fer, somos un torbellino de palabras cuando nos juntamos. El deseo de compartir con él era mayor que mi cansancio, así que nos pasamos no todo el viaje en bus, sino todo ese día (de Barcelona a Sant Roc y vuelta pasando por la playa hasta un bar en San Antoni) sin parar de hablar y hablar y hablar de lo que nos importa. En ese momento él estaba obsesionado con hacer una carbonera, y yo seguía intentando entender de qué iba mi proyecto sobre el fuego. Le pedí si podía enseñarme la casa del viejo carbonero del pueblo (me entretengo acumulando rastros). Escribí un cuentito sobre ese carbonero que nunca he llegado a terminar, recuerdo que empezaba describiendo el marco de la puerta de su casa que era color verde. Antes de salir de la exposición Fer me dijo, mira arriba de la viga ¿viste el doblón? Cuando lo vi comprendí que entonces ya habíamos quemado el velo.

Carlos Saura, Cría Cuervos, 1976.

(7) Pienso en Por qué te vas, de Janet, no tanto en la canción (aquí de nuevo aparece Fer, esta vez junto a Marc Vives, pero seguro ellos podrían contarte mejor de este ritornello) sino en la escena de Cría Cuervos. Y me sumerjo en esas imágenes recordando una tarde, hace tres primaveras, en la que Raquel G. Ibañez me propuso que la bailaremos juntas durante una sesión de escucha que titulamos Ghost Dancers. Con Raquel apenas nos conocíamos y yo, que puedo ser lanzada pero más con el hablar que con el moverme, pedí fuerte que nos volviéramos invisibles antes todos esos ojos. Con cierta torpeza tomé las manos de Raquel que se había acercado a mí, y empezamos a balancearnos conjurando los cuerpos de las niñas que un día habíamos sido. Morí de vergüenza y de ternura. Reencarnar la infancia puede ser un gesto valiente y vulnerable, hacerlo en público lo convierte incluso es algo casi radical y de extraña belleza. Yo no tengo ni hermanas ni hermanos, pero me paso la vida deseando hermanarme, y por unos minutos, junto a Raquel sentí que tenía una hermana con la que bailar una aburrida tarde de aquel verano en el que el dictador moría entubado en una cama.

Paula García–Masedo, Fui â fonte beber água (Gresite), 2020.

(8) Le pedí a Paula que me contara por qué estaba trabajando con flores silvestres en sus últimas piezas. Hay algo en la generosidad con la que algunas artistas cuentan y comparten sus prácticas que tiene un efecto en mí muy poderoso, como un zumbido que puede volverse trueno en cualquier momento. Se me quedan revoloteando fragmentos de palabras y sensaciones de las conversaciones durante días, y ahueco mis obsesiones para que lo que fascina tanto a las otras pueda entrar un poquito en mí. Cuido muy mucho el no parasitar. Lo siento más bien como una experiencia en la que mi cuerpo se hincha poroso y absorbe  gestos e intensidades que mastico y rumio, para después, intentar hilvanar las sensaciones en una ejercicio de escritura en interdependencia, rozándome con las otras. Lo que intento es convertir mis ejercicios de escritura en una práctica de escucha. No sé si Paula recogía flores con su abuelo al atardecer, pero yo me imaginaba recogiendo con ella esas flores al atardecer. Aprendiendo a mirar a través de los ojos de sus antepasados modos de vida cifrados en el territorio, viendo en el gesto de sus manos al recoger esas flores un gesto que las orillas de los ríos han visto repetirse durante siglos hasta que matamos al río. 

Fotograma de una filmación de Carmen Main de la procesión del fuego en Humanes, Guadalajara.

(9) Rodeada estoy de fuego por todos lados. La estrella llamada Ajenjo ha debido poseerme. Quería escribir de la romería del fuego que hay en el pueblo de Carmen, de altares y procesiones, y de que un día vamos a juntarnos todas, las vivas y las muertas, para hacer una hoguera enorme en la vereda del río detrás del viejo Matadero. Pero todo está tan cerquita que aún no logro verlo y creo que aun no puedo contarlo. Mejor aguardar, y mantener el sortilegio en secreto. Pienso en las Mujeres Ardientes del cuento de Mariana Enríquez  Las cosas que perdimos en el fuego. Fue mi amiga Ana quien al oírme hablar de mi trilogía del fuego me dijo que tenía que leerlo. Una escribe imágenes que luego reencuentra refractando en imágenes de otras, y esa magia me mitiga la sensación de soledad. ¨Siempre nos quemaron. Ahora nos quemamos nosotras. Pero no vamos a morir: vamos a mostrar nuestras cicatrices¨.

Marta Echaves

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