Girar sin centro: sobre las Batallas de Aura

Ego tanquam centrum circuli 

[Yo como el centro de un círculo]

Dante; Vita Nuova, XII.4 

El pasado viernes 28 de agosto asistí, junto a cientos de adolescentes, varias televisiones locales, algún que otro influencer y una discreta, pero siempre atenta, Remedios Zafra, a la celebración de la primera gran Batalla de Aura multitudinaria, autoorganizada, de Madrid. Y la mayor sorpresa que me llevé fue encontrar tantas cosas que nunca había visto como tantas otras que conocía muy bien, y todas merecieron tomar estas notas. De entrada, me parece claramente una nueva iteración de uno de los fenómenos estéticos más estables históricamente: la ritualización lúdica e inviolenta de una competición entre jóvenes por agenciarse su propia capacidad para establecer relaciones, valoraciones y jerarquías de forma no supervisada ni sancionada por adultos.

Su morfología es antiquísima: se performa en corro, que es la estructura social primaria por la cual el propio público constituye el espacio físico en el que la acción adquiere valor. Esto es un motivo coreográfico recurrente al menos desde el mesolítico. La participación es voluntaria e inmediata, en solos o dúos, salen por turnos y se decide al ganador por aclamación, con un organizador o maestro de ceremonias aparentemente espontáneo que va rigiendo el evento. Visten de forma ecléctica pero llamativa, entre estridente, desordenada y un poco descocada (como seguirán haciéndolo los adolescentes mientras los siga habiendo), pero sin patrones uniformes o consignas explícitas, como antaño fuera el caso de las tribus urbanas o de las pandillas, aunque sí con apropiaciones evidentes de referencias cosméticas y meméticas salidas de ese castrapo invertebrado o pidgin caleidoscópico que es la actual cultura visual generalista en internet. Algunos nacidos en los noventa no tuvimos un móvil que no fuera un ladrillo con botones hasta segundo de carrera: ellos sí son los verdaderos primeros nativos digitales.  

Es lógico, por tanto, que de primeras resulten una comunidad aún desarticulada estética e ideológicamente, pero extremadamente estimulada y ya muy dispuesta a presentarse al mundo con el mismo movimiento con el que están descubriendo, y construyendo, lo que son. La música no parece importarles apenas: la ponen muy baja y son sonidos genéricos virales de reels y tiktoks. En un momento dado incluso hubo una batalla de gallos, y luego todo se transformó en un botellón.

Si la forma de ese círculo es antigua, su eje es constantemente nuevo: una morfología estable para una axiología variable. Pues en el centro del corro se hacen despliegues de cualidades corporales celebrables y deseables, preferibles, las cuales sí varían, y mucho, históricamente, porque no se valora lo mismo en una danza pírrica espartana que en una roda de capoeira o en un walk de ballroom, aunque distintas culturas reinventen una y otra vez dispositivos semejantes de exposición, comparación y jerarquización corporal. Así que hay formato antes que estilo. 

Por lo que vi el viernes, en las Batallas de Aura valoran el descaro, la impasibilidad, el timing, la autoironía con el ridículo y el conocimiento —y capacidad de variación y recombinación— de un repertorio meme/brainrot/emote/viral/gamer/anime de pasos (steps) autocontenidos y separados: la gran mayoría de movimientos son inmediatos, autoevidentes y discretos, es decir, no hay casi estructura, transición, flujo ni, en suma, sintaxis entre ellos. Empalman un paso tras otro sin apenas solución de continuidad, como ocurría en aquella fase de repertorios inconexos de los party dances afroamericanos sesenteros (Funky Chicken, Hully Gully, Boogaloo, etc.) que luego los funk styles o bailes Hip-Hop heredaron, recombinaron y transformaron en gramáticas corporales plenas, en sistemas generativos capaces de llevar esas figuras aisladas más allá de sí mismas y articularlas entre sí con sentido. Me sentí asistiendo, pues, a un posible momento fundacional de aún no se sabe el qué. 

Y por encima de ello, en el caso de estos performers neófitos, digo que evidentemente están compitiendo, como siempre harán los adolescentes, por soberanía microsocial: demostrar qué poco te gobierna la mirada ajena frente a cuánto la gobiernas tú. Es precioso ver un movimiento así en su fase tentativa y exploratoria; se notaba al público muy cargado de ganas de jalear cualquier cosa. Es energía social pura buscando su propia forma a partir de los materiales culturales disponibles, sometiéndolos a su propia preferencia y criterio según dinámicas de exposición —aún— no reglada.

Hay que decir que el interés u obsesión por descifrar y dominar qué códigos corporales permiten acceder a mayor aceptación y prestigio social no sólo es natural en el caso de los adolescentes (y de poblaciones adultas marginalizadas), sino que es incluso previo al Homo sapiens. Si tuviese que reducir toda la biología evolutiva a un solo criterio estético, sería este: que tienen más opciones de reproducirse y sobrevivir aquellos cuerpos que mejor aparenten (!) ser más capaces de producir, con mayor facilidad, más energía de la necesaria para hacerlo. Si queremos ponernos exquisitos: cuerpos que desplieguen capacidad excedentaria bajo dominio. 

Esto puede calificarse de sublime, majestuoso o formidable, y es generalmente atractivo. Desde un pez globo tratando de impresionar a la hembra al dibujar en la arena del fondo oceánico un complejísimo mandala, de veinte veces mayor diámetro que la longitud de su propio cuerpo, hasta un pavo real, un alce con veinte kilos de hueso en la cabeza que tiene que regenerar cada año o una orca que migra para degustar la lengua de crías de ballena jorobada, pero también un potlatch amerindio, un moka neoguineano o la horterada del nuevo rico que se compra un Ferrari. Sin olvidarnos de las altas damas de la dinastía Qing, que se dejaban crecer uñas imposiblemente largas como prueba de no necesitar hacer ningún trabajo manual, símbolo corporal de élite social que hoy reivindican con tanto entusiasmo nuestras divas musicales más queridas. 

Presenciar ese tipo de cuerpos genera un efecto sensorial autocontradictorio (“oximorónico”, diría un filósofo) que sería la primera posible definición de “aura”: a la vez atraen la atención y disuaden de acercarse, y así resultan grandiosos. Como un tsunami, un volcán en erupción o un flechazo de enamoramiento: su grandeza está en que no podemos apartar la mirada de aquello que nos paraliza. Es la famosa definición de Rilke en su primera elegía: “Lo Bello es el comienzo de lo Terrible que aún podemos soportar; y lo admiramos tanto porque, sereno, desdeña el destruirnos”. Toda la tarde los chavales rumoreaban, con gran expectación, que había venido “Kappah” (sobreentendí que un youtuber o similar), y efectivamente, en un momento dado una figura con capa al viento se nos irguió mesiánicamente, brazos en cruz y faz al cielo, caminante sobre el mar de hormonas, desde una de las asimétricas cúspides de la plaza de AZCA, esa fantasía tridimensional y tecnocrática del urbanismo franquista más eufórico y laberíntico, Rockefeller Center cañí, haciéndome entender de un plumazo que la figura alzada en un podio, púlpito o balcón cumple exactamente la regla aurática que nos hemos propuesto: es fácil de mirar, difícil de alcanzar, y está en lo alto de ti. La chavalada rugiente lo aclamó, por supuesto, con un gran furor.

La genealogía estética del “aura” creo que debería empezar por la de “magia”. Aunque es un concepto que ha atravesado infinitas reapropiaciones posteriores, la definición académica de magia, como concepto estético fundamental del arte paleolítico según autores como Frazer o Hauser, serían los principios “simpáticos” de que “lo semejante produce lo semejante” y “lo que ha estado en contacto mantiene una influencia recíproca”. Es decir, la idea de que dos realidades que se parecen entre sí, o que mantuvieron contacto, comparten causalidad o transitividad entre sus estados, como en un muñeco vudú. 

Es una tecnología estética que aún no distingue del todo entre representación y realidad: las pinturas de bisontes que tenían marcas de lanza indican que apuñalar la pintura era ya estar contribuyendo a cazarlo. El pensamiento mágico, por ende, es la creencia de que la similitud entre algo presente y algo ausente hace que esa ausencia se manifieste, al menos parcialmente. Es exactamente el mismo principio por el que hacemos efigies y retratos de los muertos, por el que guardamos amuletos en nuestros bolsillos y por el que colgamos en la pared de nuestra habitación fotos de nuestra familia y amigos al mudarnos a otra ciudad.

Y es también exactamente la famosa definición de “aura” que da Walter Benjamín: “la aparición de una lejanía por cerca que se esté”, que es justo lo que se pierde con la industrialización estética capitalista, porque el crucifijo hecho en serie ya no manifiesta al carpintero que aparentemente lo talló, pero que nunca lo hizo. Lo mismo con las latas Campbell de Andy Warhol, etc. El aura se pierde cuando las cosas dejan de ser la prueba de lo que aparentan. Esa sería la explicación más simple de las Batallas de Aura: una sana reacción joven por recobrar la autenticidad y la dignidad de las que carece el cajón de sastre digital post-cultural al que los ha arrojado el consumo sistemático de un internet algorítmico.

Pero creo que va mucho más allá. En 2019 di una conferencia titulada “Coreología y Fortnite: notas desde el Floss”, que luego amplié como artículo en 2022 bajo el título “Danza y mercancía: constelación y fetiche”, en la que argumentaba, a partir de la capitalización coreográfica de los emoticonos del Fortnite, cómo la cultura coreográfica digital estaba siendo industrialmente transformada en aglomeraciones inconexas de pasos aislados sin sintaxis propia ni coherencia interna, que es exactamente lo contrario de lo que habían hecho movimientos como el Break o el Vogue: articular referencias puntuales disgregadas en gramáticas corporales estructuradas y funcionales. En aquel momento aproximé la cohorte que estaba viviendo esa transformación como entre los 8 y los 14 años. Ahora, siete años después, coincide con que las participantes de Batallas de Aura tienen entre 15 y 21.

En la Japan Weekend de 2014 descalificaron a un amigo mío del torneo de Halo porque, después de matar a su rival, le hacía “tea-bag” sentándose repetidamente sobre su cadáver, cosa que se consideraba poco deportiva. Al fin y al cabo la FIFA impone sanción si un gol se celebra denigrando al contrario, y casi lo primero que hizo el futuro emperador Tito al conquistar Jerusalén tras la Gran Revuelta Judía del 70 d. C. fue sacrificar un cerdo entre los escombros del Segundo Templo. 

El Fortnite explotó ese nicho de la celebración humillante hasta que los jóvenes disfrutan de bailar esos emotes como si en sí mismos contuviesen la prueba de una superioridad, como Ilia Topuria apuntándose la victoria en su palmarés antes de haber peleado o Randy Orton posando cual escultura griega antes de hacerle el RKO a su rival: lo que más me interesa de las Batallas de Aura es que parecen estar aglomerando distintas versiones de celebración corporal de una victoria innecesaria tratando de extraer de ello un nuevo lenguaje performativo. La pregunta por supuesto es ¿y qué movimientos o figuras consideran que despliegan las cualidades que con sus cuerpos quieren presentar? Tengo varias ideas al respecto después de lo que vi. 

Damón, el músico tan admirado por Platón, asentó pedagógicamente el concepto de los “bíou mimémata” (imitaciones de la vida), según el cual hay una doble circulación entre que las almas bellas producen movimientos bellos y los movimientos bellos producen almas bellas. Es la típica kalokagathía griega: lo bueno es bello y lo bello es bueno. De ahí viene quizá la tradición estética corporal más antigua de Occidente: la creencia de que la apariencia es sustancia y que, por tanto, la danza no sólo permite demostrar nobleza, sino adquirirla. La coreografía occidental, por tanto, es una tecnología de producción corporal de posiciones sociales. Ser consiste en parecer. Performing is becoming

Esquines admiraba el gesto de apoyar el brazo dentro del manto al hablar, como hacía Solón, para demostrar serenidad eminente y autoridad contenida: de nuevo un símbolo de potencia controlada. Es la inmortal “noble simplicidad y tranquila grandeza” con la que definió Winckelmann la estatuaria griega, que “permanece compuesta aun en medio de la pasión”. El famoso manual de etiqueta de François Nivelon prescribió en el siglo XVIII exactamente lo mismo a los burgueses europeos (“audacia viril templada por la modestia”), y por eso tenemos tantos retratos de Napoleón con la mano metida en la chaqueta.

Y es que la tradición mágica que mencionamos sin duda se vuelve mística: “aura” en griego (y en latín) significa “brisa”, y la iconografía cristiana la representa con mandorlas, nimbos y aureolas (del latín aurum, “dorado”) en torno a personajes santificados, o sea, aquellas personas a través de las cuales consideramos que lo espiritual se está canalizando en la realidad. He ahí la “lejanía” de Benjamin. Es también el concepto teológico de “Gloria”: la manifestación visible de una Gracia invisible, la irradiación de una profundidad, el esplendor sensible de un misterio, la aparición de una forma flagrante, es decir, aquella cuya comparecencia conlleva su propia credibilidad, insumisa a toda previa autoridad, y que por tanto, en ese sentido, es joven. 

El castellano antiguo era riquísimo para referirse a estas cualidades inmateriales, pero ostensibles, de los cuerpos: garbo, donaire, flema, despejo, empaque, tronío, majeza, prestancia, cuajo, hondura, aplomo, gallardía, salero, dicacidad, donosura… Hoy ya casi sólo usamos el tener «pluma». En España este vocabulario aurático apenas sobrevive en el léxico taurino o marcial y, como importación cultural anglosajona, en la práctica queer del reading (throwing shade, “it’s giving…”, etc.), y así aprendemos del sociolecto digital imperial que nos domina las mismas funciones que olvidamos de nuestra propia lengua. 

Y la nobleza o virtud que se pretende demostrar es, por supuesto, la del poderío inesforzado. Sea con la sprezzatura italiana, el demure inglés o el despejo castellano. Quintiliano prescribía repetir los gestos correctos hasta eliminar toda “rusticidad e inelegancia” y que saliesen naturales. Resultar casual y effortless: mantenerse nonchalant. Quien no coge un canapé en una entrevista de trabajo pese a estar muerto de hambre para no parecer necesitarlo. Esa es la retórica corporal de la aristocracia: que tu grandeza emerja a través de ti, ya sea por tus maneras o por tu apellido, sin que tengas que esforzarte para lograrla pero tampoco para demostrarla. 

Y cuando esa nobleza no está dada, se finge igual, cultivando la apariencia de que no se cultiva nada, ya seas un rockero grunge que se peina durante media hora para lucir despeinado o el escudero que, en el Lazarillo de Tormes, sale a la calle hurgándose los dientes con una paja pese a llevar días sin comer. Corporalmente, lo mismo da que la dignidad sea un punto de partida o uno de llegada: en ambos casos la danza hace del cuerpo no un indicio, sino una prueba. 

Por eso Hugo de San Víctor, en sus reglas para novicios, cree firmemente en que el cuerpo ordenado exteriormente del fraile le ayuda a ordenar interiormente su alma. Cuerpo y aura se han de indistinguir. Al fin y al cabo, el cuerpo del rey es a la vez el del gobierno y el de todos a quienes gobierna, como en la famosísima portada del Leviatán de Hobbes, o pensemos en aquel joven Luis XIV bailando varios papeles del Ballet Royal de la Nuit durante toda la noche, hasta que —cuenta la leyenda— descorrían las cortinas al alba y el Sol nacía detrás de él, completada su apoteosis y hecho ya Apolo Musageta. Con esa misma soberanía enseño a bailar a mis alumnas, aunque no se den cuenta: si el rey no quiere lo bueno porque sea bueno sino que lo bueno lo es porque lo quiere el rey, la danza bella no será otra que la que a ellas les haga felices bailar.

Así que si Giovanni Gallini insistía en que no conviene que el noble muestre el aire y porte de un mecánico, pero no sería reprochable que un mecánico mostrara el porte y aire de un noble, tal vez no lo decía sólo porque él, de hecho, llegó a aristócrata a fuerza de bailar bien, sino porque aquello que elevamos al ponerle el cuerpo nos lo eleva a la vez también. Por eso una raíz histórica del Vogue podría estar en esas bailarinas pobres que revolucionaron la sociedad parisina dieciochesca aprendiendo a desplegar más nobleza aparente de la que las nobles tenían, provocando casi de inmediato una crisis de adulterios que llegó hasta el Moulin Rouge y no se sabe si hasta Broadway o Hollywood. Y por cierto que lo único que contuvo esa revolución fue el registro civil y que les era imposible perder su acento plebeyo al hablar.

El caso es que estar en boga, in vogue, a la última, ser hip, hippie, hipster, Hip-Hop, aura farming, distinguirse, molar, es siempre lo mismo: cotizar al alza en el espacio donde las posiciones sociales valiosas estén siendo replanteadas, dando a entender mucha capacidad implícita con poco esfuerzo explícito como prueba de merecer estatus. Para por supuesto luego intentar transferir ese rango de lo lúdico y microcultural a la jerarquía social real. Más clara no pudo ser Willi Ninja en su entrevista para el tan icónico como controvertido documental Paris is Burning (1990) de Jennie Livingston: “I want to take Voguing (…) to the real Paris, and make the real Paris burn”.

Llegamos así, por fin, a las conclusiones. “Aura” sería el efecto estético por el cual un cuerpo hace inferir una reserva extraordinaria de energía o capacidad (corporal, espiritual, afectiva, cultural o simbólica), de la que parece disponer sin esfuerzo o que se manifiesta a través de él, atrayendo la mirada sin solicitarla a la vez que impone una distancia física y social. 

Una “Batalla de Aura” sería el dispositivo agonístico y ritualizado por el cual los participantes se disputan reconocimiento público en un duelo coreográfico pacífico y espectacular mediante actuaciones breves destinadas a demostrar posibles cualidades corporales preferibles (que aún no han sido definidas), cuyo resultado transforma momentáneamente esa diferencia estética percibida en estatus social reconocido y, al mismo tiempo, pone a prueba empíricamente qué cualidades corporales merecen considerarse valiosas. Formalmente, están yuxtaponiendo citas aisladas hasta averiguar si de ahí puede emerger un lenguaje.

Y los materiales con los que lo hacen, extraídos espontáneamente de su culturización digital nativa, son una aglomeración aún inconexa de poses, provocaciones y aspavientos triunfalistas o burlones que anticipan una victoria que aún no se ha producido, usando gestos que no celebran una superioridad ya demostrada sino que la proclaman performativamente para tratar de producirla.

Por último, existe un paralelismo directo entre el funcionamiento del algoritmo y el de las Batallas de Aura: hay un bucle de retroalimentación, a saber, el algoritmo te enseña más de lo que predice que te gusta y, por tanto, como reaccionas más a eso, concluye que su predicción era correcta. Es una profecía autocumplida: produce —parcialmente— aquello que predice. No se sabe qué movimientos tienen aura, pero cuando el público reacciona a uno, pasa a tenerla como si ya la hubiera tenido antes de que el público reaccionase. Es una dinámica circular: ¿por qué gana? Porque tiene aura. ¿Por qué tiene aura? Porque gana. El corro es el mecanismo recursivo de entrenamiento del repertorio corporal que está proponiendo predicciones posibles sobre qué movimiento es correcto.

Si compruebo que el mewing después del six-seven produce una reacción positiva, la próxima vez que haga (o vea) un six-seven se crea la expectativa de un posible mewing: es el ejemplo puro de un coreolecto (por así llamarlo) naciendo. Es sintaxis por expectativa: una gramática comienza cuando, dado un elemento, se comprueba que es probable que otros en concreto le puedan seguir según unas reglas reconocibles, y así el caos inicial se va transformando en un horizonte de continuaciones plausibles y previsibles sin, por supuesto, llegar nunca a ser tan predecible que no aporte información. La novedad exige estructura suficiente para comprenderse pero desviación suficiente para sorprender. 

Y en este caso, la única autoridad que va informando ese proceso es la de los mismos jóvenes que se turnan entre mirar y bailar. Entonces no es sólo que la apariencia sea signo (que indique aura) o sustancia (que produzca aura) sino que cada paso es el molde específico que permite que la aprobación de la comunidad lo dote de un aura que el paso, en sí mismo, ni indicaba ni producía. El corro a la vez descubre y crea lo que valora (el aura). 

Me parece, pues, que están desafiando al algoritmo mediante una práctica que reproduce su estructura selectiva recursiva, pero sometiéndola a su propio criterio de disfrute presencial grupal y no al que maximice atención, viralidad ni beneficios empresariales. Se han reapropiado la facultad y la autoridad de decidir qué merece celebrarse y repetirse, imitarse y recordarse. 

Sólo cabría añadir que es espontáneo el acontecimiento, pero no el archivo. De hecho creo que son conscientes de que es un archivo contaminado y sesgado, y de ahí la intensa ironía con la que lo abordan. Lo que veo es que se agencian creativamente y según su propio criterio los desechos discretizados del vertedero algorítmico de su educación digital estética, y los purgan sometiéndolos a una nueva iteración del rito ancestral de selección social de lo excelente (y deseable) a través del encuentro presencial de adolescentes exponiéndose performativamente entre sí.

Y como en todo momento caliente o constituyente, igual que en la política, no se compite por ejecutar mejor un criterio ya establecido, sino que cada ejecución consiste en la propuesta de un nuevo criterio con el que juzgarse a sí misma y las siguientes. Lo que en la tradición estética desemboca en la “consagración”, “artista consagrado”, etc. Así, los resultados del proceso (la aclamación del público) acaban retrodeterminando a los sujetos, movimientos y códigos que los produjeron: parecen ganar porque tenían aura, pero pasan a “haberla tenido” porque ganaron. La prueba o huella de la identidad (aurática) resulta ser, en realidad, la máquina que la produce. 

Y eso completará una nueva fase de quizá el proceso antropológico más arcaico de todos: el recorrido desde el archivo cultural al ritual social, y desde ahí, finalmente, a la identidad personal (con +1000 de aura).

Miguel Ballarín

Fotos de Miguel ballarín tomadas el 28 de agosto en la Batlla de Aura de Azca (Madrid)

Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *