Tiempo de resurrección, el regreso
Como reza la propia página web de la bienal:
La Bienal de Pontevedra surgió en 1969 por iniciativa de la Diputación de Pontevedra a partir de la labor de promoción artística que la entidad desarrolla ininterrumpidamente desde el siglo XX, especialmente desde 1925. La idea era reunir en una exposición conjunta todo el arte realizado en la provincia, lo que dio origen a la I Bienal de Arte.
A lo largo de los años la bienal pasó por diferentes etapas, fue creciendo y expandiéndose de la mano de diferentes directores. Hasta que en el 2010 interrumpió su crecimiento por un periodo de 3 lustros de ausencia. En 2025 la bienal resucita con el título de Volver a ser humanos. Ante el dolor de los demás. En esta edición, dirigida por Antón Castro, la bienal de artes se abre a las disciplinas de las artes vivas en un programa dirigido por Iñaki Martínez Antelo.
Esta programación fue el germen de lo que hoy estamos viviendo como la primera bienal de artes vivas bajo el nombre de Nas marxes (En los márgenes).
Parece que en muchas ocasiones las bienales escénicas complementan, adornan o hacen de teloneros de la propia bienal de artes plásticas. Sería interesante que la declaración de intenciones del presidente de la bienal de dotar de una propia bienal a las artes vivas, en alternancia de años, sea un hecho, elevando así con este gesto a “arte” lo escénico, lo vivo, lo efímero.

El convento, desempolvando el rito, la fraternidad
En el 2025 la programación de artes vivas se extendió en el tiempo y en el territorio: 12 propuestas a lo largo de 3 meses en diferentes lugares de la geografía pontevedresa.
En la edición de 2026 son 11 días, del 2 al 12 de julio, y 22 propuestas y todo gira en torno a tres espacios dentro del convento de Santa Clara: la iglesia, el coro y los jardines.
Espacios que los que seguimos la bienal vemos transmutar. ¿Cómo es posible que esta sensación de espacio renovado la sienta con tanta potencia en estos días y no la sienta cuando voy al teatro, donde la caja negra se transforma por el efecto de los artistas, de la iluminación, de los elementos escénicos?
Os daré una pista muy obvia, la clave está en la mutación del enclave de escenario-patio de butacas y en la ruptura de la cuarta pared. Los márgenes se desdibujan, se borran las fronteras, se difuminan las miradas, escuchamos la respiración de los artistas casi hasta poder conectar su respiración a la nuestra. ¡Esta es la clave!
El continente en este caso, de por sí, aporta contenido a cada una de las performances. Es inevitable no incluirlo en la dramaturgia consciente o inconsciente del ojo que observa.
El espacio en sí me ha llevado a mil lugares, a mil territorios de mi memoria.
Desde que en el 1271 se fundó el convento hasta que en septiembre de 2017 sor Purificación y sor Sagrario lo abandonan, imagino los ritos celebrados en estos espacios: “la toma del hábito”, la ceremonia de los “votos simples” o los “votos solemnes o perpetuos”. Ceremonias que conducían a las jóvenes postulantes en su recorrido a la espiritualidad.
Después de 9 años de inactividad el convento se abre de nuevo al rito con un programa híbrido, en los márgenes de la danza, de la teatralidad, de la música, de la performance. Un programa que parece concebido para este espacio. Un programa que nos conduce como espectadores a una espiritualidad no buscada. Espiritualidad que se va forjando a lo largo de los días y que acaba por devolverme una sensación de fraternidad con los artistas, con los espectadores, con el equipo técnico y de producción, con el espacio. Así a lo tonto, casi sin darme cuenta, me veo sentada el último día de la bienal, después de la increíble presentación “mística” de Marco Bertani, charlando con algunas amigas, con algunas bailarinas, con algunas amigas bailarinas, con el propio Marco. Sí, me veo allí sentada, en las escaleras del acceso norte a la capilla, con el juicio final de la puerta como testigo, no queriendo irme, que mi retiro espiritual de 11 días concluya, aún sabiendo que el poso de lo vivido no se desvanecerá tan fácilmente con el tiempo.
Es cierto que no he podido ver las 22 propuestas del programa pero sí la mayoría y en un acto de conexión de propuestas buscando dibujar esa constelación de la que Iñaki (el artífice de esta programación) nos habla en el programa, encuentro algunos hilos conductores que acercan y unen gran parte de las propuestas: la exploración de la voz en sus límites, llevar los cuerpos a los límites del tiempo, de la resistencia, la deformidad, los límites de la inactividad, lo imperceptible. Otro hilo casi implícito por la propia utilización de algunos de los espacios es la búsqueda de la proximidad, de la apelación al público por la complicidad generada por el espacio compartido, la búsqueda de la revelación del secreto, de lo oculto, de lo prohibido, de la cara b de las cosas. Y es que nada es lo que parece, o sí, según se mire.
Y con estos hilos que unen y dibujan esta constelación me lanzo a dar una pincelada emocional de lo vivido. Porque así me siento yo, emocional.
La bienal se abre el jueves 2 con 2 propuestas: la de Blanca Tolsá en la iglesia con su Microdesfase y la de Clo Plas, Diego Sites y Javi Álvarez en el jardín con Clo Pau Plas Pedra.
Blanca Tolsá aun a pelo nos resonaba el alma.
Blanca surge de la puerta de la sacristía directamente al altar en una conversación vocal con el espacio, buscando resonancias, leyendo huecos y surcos, dibujando poco a poco el espacio que ocupamos tímidamente los espectadores. Dejándose dibujar en ese cuerpo que parece una extensión de sus resonadores craneales. Algunos nos movemos, nos acercamos a veces para escuchar o para sentir cómo cambia el sonido, la vibración. En algunos momentos la conexión del micro con la mesa se pierde de manera accidental, así que las resonancias quedan a expensas de la maestría y entrega de Blanca, del espacio y tal vez del espíritu de Sor Purificación animando a dar vida de nuevo a la iglesia. Personalmente me siento conmovida por estos momentos. Blanca a pelo, sin trampa ni cartón, llenándolo todo con casi nada. Haciendo vibrar de nuevo este espacio de comunión, esta vez entre el artista y el espectador.
A la salida de la función una espectadora me comenta, «yo veía cómo algunos os acercabais y lo sentía como una profanación». Sin decírselo pensé: claro, como si te vas al Louvre a ver la Venus de Nilo y decides abrazarla. Lo que ella no sabe es que Blanca nos propone movernos en el espacio, buscando resonancias al igual que ella lo hacía, buscando que nuestros cuerpos se transformasen por esa escucha.

Clo Pau Plas Pedra un espacio que invade los cuerpos, una fealdad que se torna bella, una voz que desganada desmigaja la emoción de lo cotidiano.
A las nueve después del viaje de Blanca pasamos al jardín del convento. Un espacio abierto bordeado por una alta muralla y como fondo de escenario una fachada trasera de un edificio de los setenta. Una fachada que percibo como fea, cutre, con sus pequeñas chimeneas de aireación, viejas, torcidas. Es cuando salen a escena los 4 integrantes de la formación, cabezudos maquineros, de almacén, los olvidados, es ahí cuando todo hace match y el espacio se dibuja acorde, forma parte de ellos y de ahí torna bello, belleza que inexplicablemente se mantiene en el tiempo a lo largo de los 11 días.
La voz livianamente descarada de Xiana Arias está envuelta por un espacio sonoro que juega con ella, con los cabezudos, con las ridículas coreografías. El todo funciona, Xiana atrapa, se hace atractiva, muy atractiva. Una atracción con toques gatunos y sutilmente insolentes.

Viernes 3, Martín Flores Cárdenas en programa único ocupando iglesia y coro con La fuerza de la gravedad.
Martín Flores Cárdenas y la profundidad de la gravedad o la gravedad del vivir.
La propuesta de Martín Flores comienza como una lectura de casi un testamento o una declaración de intenciones que propone leer a Laura López Moyano, su amiga actriz.
Martín tiene grandes amigos, al menos 137, yo diría que casi 200, a través de los cuales va relatando una vida, un hacer, un transcurrir del tiempo, un relato de los momentos compartidos, devorados a veces. Yo tengo un amigo sentado a mi izquierda que dice que la palabra por sí sola no le conecta, que le molesta escuchar la cantidad de amigos que tiene Martín, como una lista interminable de pertenencias. Yo tengo una amiga sentada a mi derecha que se emociona, se ríe y a veces siento sus ojos cargados, tal vez por el recuerdo de momentos perdidos, o amigos perdidos. Laura se mantiene al principio ajena a la lectura, para ir poco a poco, opinando de ella con una ironía sutil, bufona y que pretende inocente. Y el texto se va apoderando de la emoción ahora sí de mi amigo de la izquierda, en una pausa final que identifica y atraviesa a mi amiga actriz y también a mí. Después de esta lectura en el altar, con solemnidad y en silencio la seguimos a través de una diminuta puerta al coro de la iglesia. Allí nos espera Martín con sus raíces en forma de pluma en la cabeza, en medio de un espacio desdibujado por el humo, en un espacio que invoca y que ahora sí o sí nos agarra con la fuerza de la gravedad aun sintiéndonos en la luna. Una atracción entre lo más terrenal y lo más estratosférico cierra el viaje. Me veo de nuevo en medio de mis dos amigos y pienso en lo bonito que es la atracción de los cuerpos.

El sábado 4 la bienal nos ofrece tres propuestas la de Lara Brown con Tórtola Valencia pienso en ti con mis manos, Isabel do Diego con Bestia sagrada y Vacaburra con O raro é que bailar sea raro. Una programación que se articula con mimo desde una mirada queer.
Accedemos al coro desde una puerta lateral que nos guía atravesando una sala abovedada en plena excavación arqueológica, y un lagar que antaño trituró la uva que daría lugar al mosto que las monjas Clarisas fermentaban en la gran bodega del convento. María, mi amiga arqueóloga, me cuenta que el convento tiene un escrito en el que otorgaban el derecho al consumo de dos litros de vino diario a cada una de las monjas que lo habitaban. Me imagino que ese vino abriría las puerta a lo espiritual como lo puede hacer cualquier estímulo que produzca un pequeño estado alterado de la conciencia.
Lara Brown y la memoria que reconstruye y crea nuevos posibles.
Lara Brown nos cuenta con suavidad, simpatía y amor a raudales cómo lleva ya un tiempo investigando la vida y obra de Tórtola Valencia. Una investigación que empezó con la intención de acercarse a su mundo más personal para a partir de ahí reconstruir sus danzas desde el sentir y como única referencia las imágenes de archivo que atesora. Una aproximación no solo a la bailarina de éxito de principios del siglo XX, sino una aproximación a ella, a la persona, a esa mujer libre, rompedora de tabúes sociales que cruza el Atlántico, lejos de la mirada conservadora de la ciudad que la vio nacer. Es así y desde esta aproximación Lara se vuelve canal, construye desde el sentir, no obliga al cuerpo a nada, deja que él reconozca a partir de la realidad construida, a partir de mirar con lupa el mundo de Tórtola Valencia. Lara nos hace partícipes de su propósito invitándonos a sostener esas fotos guía que inspiran su baile. Salgo del coro con una sensación de intimidad muy calentita, con la inocente ilusión de haber contribuido a que Lara dé un paso más en su acercamiento al mundo de Tórtola.

Salimos de la intimidad del coro y de la sonrisa amable de Lara para entrar en el profundo mundo de Isabel do Diego, el alter ego del artista cordobés Juan Diego Calzada.
Un concierto con tintes cabareteros que en su ritmo hipnotizante me lleva a fusionar la imagen de Isabel con el retablo Barroco de la iglesia que le sirve de fondo. Una fusión que con el cambio de iluminación que acompaña su voz, parece dar vida a los querubines que lo custodian. Sonríen y se entristecen al ritmo de las voces cavernarias o de falsete que Isabel va alternado en una suerte de aquelarre electrónico ritualizado. Salgo desconcertada, con una sensación de irrealidad y también con el delicioso regusto de la irreverencia.

Vacaburra cierra el programa del viernes con O raro é que bailar sea raro. Un solo interpretado en los teatros por Andrea Quintana y que para la bienal Vacaburra recrea para cuatro cuerpos, los de Andrea, Ailen, Gael y Olga. Cuatro cuerpos no normativos para la danza, cuerpos habitados por almas que expresan con su presencia una reivindicación a ser lo que uno quiera, habitar el mundo sin artificios, sin estereotipos. El espacio está limpio y de nuevo admiro ese fondo de escenario con esos 4 cuerpos vestidos de negro, simples, bellos, siendo lo que quieren ser.

Las circunstancias del vivir me hacen saltarme el programa del domingo y el lunes y perderme las propuestas de Pista Cuatro con Sen Patrón, Javier Hernando (Los Bárbaros) con Extraña Alegría y Noela Covelo Velasco y Élise Moreau con Aplauso, vacío; y retomo el martes 7 con Jérôme Bel en programa único para este día.
María Roja presta su cuerpo y su presencia a Jérôme Bel para la pieza Jérôme Bel. Una conferencia a modo de las autobiocoreografías ya ensayadas con otros bailarines o coreógrafos como la de Veronique Doisneau o la de Isabel Torres, o incluso como la colaboración con su admirado Xavier Le Roy.
Maria Roja con su magnética presencia va tejiendo la autobiografía con la vida, la obra y los pensamientos ético-políticos de Jérôme Bel. Maria-Jérôme nos habla de «sí mismo» en primera persona de una manera pausada, clara, con una dicción cuidada, dándonos tiempo a la masticación, al pensamiento, a la construcción mental de nuestros propios argumentos. Jérôme se nos muestra humano, humilde y reflexivo en la mirada de su obra que continuamente actualiza conforme avanza la pieza. Me siento como en la sala de estar escuchando a mi colega después de haber hecho un proceso largo con su terapeuta. Me quedo con la resonancia de que el artista a través de su obra acaba mostrando su manera de estar en mundo.
La autobiografía comienza con un encuadre que anuncia 2 horas de duración, advirtiéndonos y animándonos a abandonar la sala si así lo necesitamos. Para mí las 2 horas vuelan, se crea en la iglesia un estado de atención plena y cuando salimos a la calle se activan las ganas de hablar con las colegas de la vida, de arte, de política, de dolor y de ecologismo.
De regreso a casa compruebo que para ver tu obra, Jérôme, he recorrido 60 kilómetros en mi Toyota Yaris, he consumido casi 4 litros de gasolina y he emitido 7 Kilos de CO2 a la atmósfera. C’est la vie.

Día 8. Maria Jurado con Angelical y Fran Martínez con Transfixión. Iglesias y Coro.
Maria Jurado, una pasarela a la transformación, a la deformidad, a lo no mostrable.
Vivimos en un mundo tremendamente polarizado y en continua lucha por ocultar, aniquilar el polo opuesto. Lo angelical parece vender y sin embargo lo que a mí más me atrae de María es lo dionisíaco. Esa pasarela de transformación y de bajada a los infiernos. Para Aristóteles, “la virtud está en el término medio”, a mí lo que me gusta es el baile entre los polos. Ah y esa luz “efecto Dios o Espíritu Santo de los libros de religión” que iluminaba a María en la pasarela que se crea disponiendo al público en dos largas filas a ambos lados de la iglesia.

Este mismo efecto de luz, esta vez natural y del atardecer, ilumina el coro para mostrarnos a un Fran pausado, dejándose llevar por el espacio ocupado por nosotros, por su espesura interna, por su sensibilidad externa. Un Fran en proceso de creación con una sensibilidad exquisita a flor de piel y un estar sin prisa, sin tiempo. Es una delicia dejar que la mirada busque posarse en Fran o en quien esté en la línea entre la luz y mi ojo.

El día 9 Ángela Millano con Scarlet y Manuel Rodríguez con Alien, no estuve allí. Día 10 iglesia, coro y jardín, Alejandra Pombo Su con E os ocos comenzaron a pegarse, Thiago Granato con Out of sight, out of mind, Leonor Leal y Antonio Moreno con En Talleres.
Alejandra emite alaridos desde el coro alto de la iglesia. No la vemos pero su voz parece acercarse, se transforma en graznidos, aullidos, gruñidos, berridos, guarridos, bramidos, ronquidos, balidos, lamentos, o en un llanto desesperado, visceral. Aparece a través de la puerta del coro bajo habitando un cuerpo, que aun siendo humano, se ve despojado de todo signo de humanidad. Alejandra deambula con su cuerpo carcasa por la iglesia, se encarama a lo que se encuentra, se me antoja que buscando dónde regurgitar su aliento.

Thiago Granato nos recibe en la entrada al coro y nos explica que lo que vamos a contemplar es un trabajo en proceso que presentará en Montemor o Velho en el Festival Citemor en un par de semanas.
Nos acompaña al coro y comienza a moverse en una danza que dibuja el espacio escénico. Una vez creado el espacio, sale para hacer un cambio de vestuario. En este tiempo, el público que está sentado a dos bandas, se mira, se pregunta, se da calma, se reconoce. Thiago no sé si este tiempo de espera es buscado, pero si no lo es, te diría que lo apuntes en tu cuadernillo de notas.
Thiago se mueve ahora en un pequeño espacio y en un non stop va creando imágenes con la ayuda de 4 elementos que sus brazos asistentes ejecutan. Un continuo a cámara lenta que atrapa. Thiago comparte la lectura que le inspira y nos regala sus reflexiones en una danza que muestra un cuerpo fuerte, contundente e inequívoco.

Leonor leal y Antonio Moreno nos presentan en el jardín un diálogo de baile y percusión. Una ejecución con una limpieza total y absoluta nos lleva a escuchar con una claridad finísima el chasquido de los dedos de Leonor o el susurro de Antonio. Un diálogo cómplice y muy jugado que acaricia el final del día.

El día 11 me pierdo a Celso Fernández Sanmartín con su Contar no apagón y me incorporo a la performance de Ana Borralho y Joao Galante en la iglesia.
Vamos pasando poco a poco a una iglesia a oscuras dónde varios cuerpos yacen inmóviles en el suelo (los cuerpos de un grupo de teatro del centro Asociado a la UNED). Tienen los ojos cerrados, a veces hablan muy bajito, apenas se les oye. Esto hace que nos tengamos que acercar mucho para escucharlos. Poco a poco se van creando composiciones de dos, tres, cuatro cuerpos alrededor de los cuerpos yacientes que hablan. Nos van contando una historia que se va repitiendo en distintos tiempos, en distintas voces. De repente todas las voces confluyen en una frase, en un mantra, para después de unos instantes de nuevo volver cada uno a un momento distinto del relato. A veces todos callan. Nosotros esperamos tranquilos a su lado.
Los espectadores cada vez se ablandan más, se acercan mas, se va creando una intimidad que relaja los cuerpos, que nos invita a acomodarnos cada vez más pegaditos, más cómplices.

Laia Estruch y Zunzún parece que llevan toda la vida juntos aunque el programa anuncia que se han juntado para la bienal. La bestia parda de Laia irrumpe con su voz que parece surgir del fondo de la tierra o de un volcán en erupción o de una caverna y parece surfear en un mar bravo que conoce como la palma de su mano. Grande Zunzún, la banda Pontevedresa que la acompaña y que llena el jardín del convento.
Jo em penso que sóc i no sóc res, però sóc quan sóc i puc ser allò que sóc, que sempre em penso que no sóc / Yo pienso que soy y no soy nada, pero soy cuando soy y puedo ser lo que soy, que siempre pienso que no soy.
Salgo cargada de energía, con ganas de ser lo que creo que no puedo ser, con ganas de bailar. Cenamos con amigas, bailamos música mala y reímos y somos felices mientras bailamos. Gràcies, Laia, deus cho page, Zunzún.

Y llegamos al último día, Montdedutor en el coro con sus Danzas románticas/antena fantasma y el solo de Alessandro Sciarroni en la interpretación de Marco Bertani en la Iglesia con Don’t be frightened of turning the page.
Dos hombres con cuerpos grandes, con una presencia inmensa, con una simpatía arrolladora.
Dos hombres con trabajos muy diferentes y que sin embargo atrapan hasta hacer que pierda la conciencia de mi propia realidad y me meta en su mundo, a fondo, a muerte. Los dos llenan el espacio de maneras muy distintas con fuerzas opuestas.
Guillem Mont de Palol parte de un cuadrilátero blanco y lo va llenando de color, de relatos, de relaciones, de invitaciones, de cuerpos, de retratos, de retratistas, de seres retratados y todo con la música de danzas románticas y sin palabras. Llena el espacio con simpatía y con juego.

Marco Bertani lo llena con la fuerza centrífuga de sus giros y los dibujos que surgen de su movimiento, que parece no tener fin y que me lleva a perder las coordenadas del tiempo.

Un final que me deja un sabor de boca dulce, suave, tranquilo.
Me siento feliz de estos días de bienal, feliz de los momentos compartidos. 11 días y 22 propuestas.
Google me dice que el 11 y el 22 son los llamados números maestros en numerología, representando vibraciones espirituales elevadas. El 11 es el Mensajero o Iluminador, asociado con la intuición, la clarividencia y la inspiración. El 22 es el Constructor Maestro, vinculado a la materialización, el liderazgo y la capacidad de construir grandes proyectos en el plano terrenal.
Me pregunto si fue el azar o la intuición lo que llevó a Iñaki a dar este orden a la constelación de propuestas. Fuere como fuere, ojalá esto represente un ancla al futuro. Larga vida a la bienal de artes vivas, larga vida a estos espacios de creación, intercambio y comunión.
Amén.
Uxía I. Lodeiro
Fotos de Romina Doce y Miguel Rubio

