En crudo

Esther Rodríguez-Barbero ensayando WE CAN DANCE en La Caldera. Foto publicada por La Caldera en Facebook.

El jueves pasado, La Caldera presentó su decimoquinta Càpsula de Creació en Cru, conducida por la artista residente Esther Rodríguez-Barbero. Estas cápsulas de creación en crudo están pensadas como un encuentro con los creadores residentes en La Caldera. Los creadores muestran algo de lo que se traen entre manos, de una manera informal, y luego comparten una conversación con el público en la terraza de la nueva sede de La Caldera, en lo que antes fue el cine Renoir Les Corts, acompañados de una copa de vino y algo para picar, cortesía de los organizadores. Desde febrero han participado en estas cápsulas abiertas al público creadoras y creadores (más creadoras que creadores) como Sandra Gómez y Santiago Ribelles, Quim Bigas Bassart, Iniciativa sexual femenina o Marina Colomina, creadoras que trabajan a partir del cuerpo. A finales de junio estuve en la presentación de Camping Glow, una investigación de Marina Colomina alrededor del arte conceptual, la performance y los objetos, que disfruté mucho. Y por eso volví el jueves pasado para ver en qué andaba Esther Rodríguez-Barbero, de quien ya nos había hablado Adán Hernández a su paso por el Leal.Lav de La Laguna.

Acceder a un trabajo en proceso siempre me parece estimulante. A veces suceden cosas que luego, cuando la pieza ya está vestidita y peinadita, se pierden por el camino. Que se pierdan por el camino también puede ser interesante pero si te gusta el despeinado es más fácil que lo encuentres en este tipo de muestras. Aunque despeinados, despeinados del todo, tampoco es fácil encontrarse a los trabajos en proceso porque, por mucho que hablemos de muestras informales, la mayoría de creadores peinan y acicalan sus trabajos un mínimo hasta el punto que a ellos les parece presentable. El punto exacto de cocción, como en los filetes de ternera, depende del gusto de cada uno, pero sobre todo también depende del punto en el que se encuentre el proceso de creación. Si te interesa la creación, porque tú también te dedicas a eso, porque estás estudiando o porque te gusta descubrir por dentro cómo funciona ese mundo, este tipo de presentaciones son un momento ideal para acercarte al trabajo de cada creador. Pero aunque no tengas demasiado interés en los entresijos de los procesos creativos puedes disfrutar del espectáculo como si fueses a ver una pieza acabada. Muchas veces uno no tiene ni por qué notar la diferencia. Si la escritura de un poema no se acaba sino que se abandona, lo mismo pasa con cualquier otro tipo de trabajo artístico o creativo. A veces, incluso, hay gente que disfruta más de un trabajo en proceso que de un trabajo completamente acabado. Los acabados, en ocasiones, dependen de lo que pida el contexto en el que se presentan y algunas de las normas no escritas de esos contextos no tienen por qué mejorar el resultado final desde el punto de vista de ciertas sensibilidades, incluso en el peor de los casos pueden estropearte el espectáculo. En cualquier caso, estas muestras de La Caldera no solo son gratis sino que cuando acaban te invitan a algo. Superad eso.

Puertas de acceso a las salas de La Caldera en el antiguo edificio del cine Renoir Les Corts. Foto extraída del Facebook de La Caldera.

Esther Rodríguez-Barbero presentó WE CAN DANCE, un proyecto que parte de la prohibición de bailar que existía hasta hace poco o sigue existiendo en algunos lugares tan dispares como Bruselas, Suecia, Nueva York, Japón o Irán. La propia Esther salió al encuentro del público, unas treinta personas, a la entrada de la sala, para contarnos cómo iba a ir la cosa. Al entrar encontramos un cuadrilátero en el suelo rodeado de sillas para el público. Ocupamos el espacio. De vez en cuando sonaba música electrónica, pero se cortaba rápido sin razón aparente (luego entendimos el por qué). Alrededor de ese cuadrilátero, en las esquinas, en algunos puntos, podíamos leer una serie de papeles esparcidos por el suelo con noticias que hablaban de casos como la bailarina iraní que ha tenido que refugiarse en un sótano cerrado al exterior para dar sus clases de danza (ilegal, en Irán). O bares de Bruselas donde no se puede bailar porque el permiso en forma de licencia para el bar es demasiado caro. Una licencia que el gobierno justifica para compensar los gastos que las consecuencias del baile comportan para el estado. Nos preguntamos qué consecuencias deben de ser esas. Parece claro que en algunas sociedades el baile se persigue siempre que desafíe el orden establecido. Unos bailes tradicionales perfectamente coreografiados no suelen ser vistos como una amenaza. A lo que le temen es al baile en libertad. O a la sensualidad del baile, en sociedades puritanas. A que la danza, los cuerpos en movimiento, incite al amor, o al sexo. Esther Rodríguez-Barbero baila, desplazándose poco a poco alrededor del cuadrilátero, con movimientos de piernas que pegan contra el suelo como el bombo a negras de la música tecno, como si ella estuviese escuchando esa música prohibida (porque incita al baile), mientras nos cuenta (a medida que va pasando el tiempo, ya casi sin aliento) algunas de estas historias sobre la censura del baile. Historias actuales. Cuando Esther entra por fin dentro del cuadrilátero la música suena. Allí Esther baila a placer hasta que abandona la sala y nos invita a hacer uso del dispositivo y convertir el solo en una pista de baile. Algunos del público, tímidamente, se levantan para entrar al cuadrilátero y probar sus límites. Cuando pisas dentro la música suena. Si sales del cuadrilátero vuelve el silencio.

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Me acuerdo de Lo que queda

El fin de semana pasado Los Bárbaros presentaron Lo que queda en el Antic Teatre. Probablemente fue la primera actuación en Barcelona de este colectivo afincado en Madrid, que en esta ocasión viajaba con dos de sus componentes: Miguel Rojo y Javier Hernando. Lo que queda comenzó con el público entrando directamente por la puerta que da al escenario, donde nos acomodamos en el suelo, sentados o tumbados sobre colchonetas y cojines. A continuación se apagaron todas las luces y nos quedamos en total oscuridad y silencio. Podíamos oír la respiración del público. Unos instantes después alguien que se encuentra entre nosotros comienza a hablar y ya no dejará de hacerlo hasta el final. Nos habla de sus recuerdos: “me acuerdo de mi primer día de colegio”, “me acuerdo de mi primer beso”. Algunos de esos recuerdos sintetizados en una frase le dan pie a profundizar en las historias que hay detrás de ellos. En algunos recuerdos se recrea. Otros simplemente son evocados en su mínima expresión. Durante quizá tres cuartos de hora, alguien sentado junto a nosotros va desgranando recuerdos propios y ajenos y lo escuchamos como si estuviésemos reunidos alrededor del fuego en una noche oscura. Siempre habla en primera persona pero, a medida que va avanzando en ese relato fragmentado, sospechamos que algunos recuerdos no son suyos, por la diversidad de géneros que utiliza pero también porque algunos recuerdos se remontan a la época de la Revolución francesa, por ejemplo. Es como si estuviésemos escuchando a alguien que es muchos otros a la vez, alguien cercano, que está con nosotros aquí y ahora pero que también podría ser un vampiro inmortal, o más bien el Orlando de Virginia Woolf, que vivió durante siglos adoptando diferentes géneros, alguien que fue hombre o mujer dependiendo de la época. De vez en cuando ese alguien nos lanza preguntas en segunda persona: “¿te acuerdas de tu primer beso?”. Y nos deja un espacio para adentrarnos en nuestros propios recuerdos y transportarnos a nuestra infancia, a nuestra adolescencia, a nuestros primeros enamoramientos, en general, a las primeras veces, aunque no siempre, también recuerda aquellos hechos singulares, como un golpe de estado o una muerte. Lo que queda es una pieza en torno a la memoria, y la comunidad (como señalan sus propios autores). Los Bárbaros, para crear Lo que queda, invitaron a su vez a otras gentes a que les enviasen sus propios recuerdos a través de una web. La pieza se inspira en el juego que el escritor francés Georges Perec tomó de la primera obra del escritor estadounidense Joe Brainard (I remember) y que trasladó a su propio libro Je me souviens. En ese libro Perec dejó unas hojas en blanco como una invitación a que el lector continuase el juego con sus propios recuerdos. Eso es lo que han hecho Los Bárbaros, trasladando ese juego a escena con una economía de recursos conectada coherentemente con el espíritu original. Si cuando leemos el libro solo disponemos de la palabra escrita para evocar los recuerdos, en escena solo escuchamos una voz, a oscuras. Solo podemos agarrarnos a la palabra hablada. El resto lo pone nuestra imaginación, como cuando leemos un libro. Al acabar se hizo la luz y quien presumiblemente nos hablaba salió de la sala sin que nadie aplaudiese. No procedía. Una gran parte del público continuó ocupando el escenario un ratito más hasta que, poco a poco, abandonó el mundo de los recuerdos para enfrentarse al mundo exterior, donde presumiblemente comenzaron a generarse nuevos recuerdos que seguirán alimentado nuestra memoria.

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Like a martian, com un marcianu

Jo a la P.A.W.N GANG no els coneixia. El Jan Monclús me’n va parlar fa uns mesos en una conversa sobre Trap i Reggaeeton en català. A mi el trap, més que com a estil de música, m’interessa per la seva posada en escena. Originat a finals dels noranta a la costa sud-est dels Estats Units, com a conseqüència de la crisi dels opiacis y l’automedicació social contra el dolor, és un moviment artístic dedicat al culte a la mercaderia. Una interpretació que porta al límit el consum d’objectes, substàncies i cossos com a resposta irònica a la doctrina del capital.

Or a la chais, or en els canells. Or a les peias, or a les dents. És pensar amb la pasta nai i em torno dement. –Monra Straps

La P.AW.N. GANG està formada per Yung Mare, Lil Guiu, Good Jan, Teuma Thug, Monra Straps i Willfree. Colegues de tota la vida, arrelats al districte 08024 de Barcelona, han publicat dos àlbums (AL FINAL ES ASHO, 2016 i PRETTY ASS WHITE NIGGAS, 2017) i compartit més d’una dotzena de mixtapes al seu canal de Youtube (actiu des del 2012). De Jonny Cash als Rollins o de San Goku a Star Wars, passant per Hogwarts i el Patufet, la seva música està plena de referències iconogràfiques. A mi, però, el que realment m’agrada és espiar-los per Instagram i imaginar la seva vida com una performance 24/7.

Quedo amb Y. Mare, Lil Guiu, Good Jan i Willfree al bar Xia Li d’Alfons X el 23 de juliol a la tarda. Ells parlen de música i drogues de farmàcia, jo pregunto sobre teatre i autenticitat.

En diverses ocasions heu reivindicat la importància del vostre treball com a precursors de l’escena trap espanyola pels volts del 2012. Més enllà de la disputa pels orígens, Yung Mare remarcava en una entrevista a Mondosonoro que per a vosaltres el trap és un estil de vida, un context vinculat a una generació. Quines icones us han influenciat?

Lil Guiu: Tots són niggas.

Yung Mare: A nivell musical sí, però també ens ha marcat molt el Rock&Roll. El pare del Guiu i el Jan és molt fan dels Rolling Stones. De fet, la generació que ens ha criat és aquesta i per tant també ens ha influenciat molt l’estil de vida del Rock&Roll.

Good Jan: En el fons és exactament el mateix que el Trap, però amb una altra manera d’explicar-ho. Festes, sexe, drogues i peleas.

YM: És el mateix però en un altre context. El Gucci Mane és també responsable de l’existència del trap als Estats Units. I, a partir d’aquí, un conjunt d’artistes que han posat el seu granet de sorra com el Lil B o Soulja Boy amb el salt de l’escena underground al mainstream. Sempre ens ha agradat mirar a Chicago, Atlanta i Califòrnia perquè són els més avançats. També el Hip Hop en general. No ens agrada tancar-nos a escoltar trap.

De quina necessitat neix la PAWN GANG i quina escena crea el vostre treball?

GJ: Vam començar fent la música que nosaltres volíem escoltar i que aquí no existia. La fèiem per a nosaltres sense voler arribar a ningú. I sempre hem fet la música en català perquè nosaltres somiem en català, pensem en català i el vocabulari que tenim és molt més extens. En castellà no s’havia fet trap encara, el 7 Notas 7 colores de Mucho Muchacho és el que més s’hi acostava. Era rap amb missatge trap. Un missatge destructiu: “tot és una merda”. Aleshores el que s’escoltava en català era reggae, rumba, etc. És a dir, el contrari d’allò que fèiem nosaltres. Nosaltres hem fet que el català s’escolti d’una manera més agressiva.

LG: L’insult en català tipus “tanoca”, “cul d’olla” o “capsigrany” no té força.

Willfree: Els insults en castellà si els dius en català no tenen tanta contundència, no tenen tanta sonoritat. A més nosaltres hi afegim la jerga del barri.

GJ: Ara està molt de moda el “trap ignorant” que dic jo, que és el del sud. Els que no “saben parlar bé”, que no acaben les paraules. En aquest sentit nosaltres vam trobar la nostra manera…

LG: El trap ignorant català. El català charnego.

Vosaltres treballeu a partir del remake, el tornar a fer

YM: Hem experimentat molt fins que hem trobat el nostre estil. Hem cantat a sobre una base de Johnny Cash per exemple.

LG: A Spotify tenim mixtapes amb tot aquest treball.

https://open.spotify.com/artist/46HCmOnDrKgcbvTFFgnkkC?si=qlAM9DmKRIywqVUeVoElxg

GJ: Ara mateix estic treballant un tema amb bases rítmiques del blues vinculat a l’esclavitud capitalista del cotó… rotllo gospel. Cançons que les cantes i se’t posa la pell de gallina. Mai ens hem volgut tancar a cap categoria. De fet, les influències que tenim són molt diverses, ja no només d’estil, sinó d’imaginari personal dels membres del grup, que com que som 6 és una locura.

El perill que té el fet d’estancar-se és convertir-se en la caricatura d’un mateix?

GJ: Aquest és el problema del mercat. Quan fas algo que et fa guanyar diners és molt fàcil caure en la repetició de la fórmula.

YM: …Perdoneu que he pres moltes drogues de farmàcia i tinc lagunes.

Quines drogues de farmàcia?

YM: Aquest finde pregabalina lyrica (drogues pel dolor) i uns antipsicòtics que portava l’Hacha.

NG: I com et deixen?

GJ: Com un vegetal.

YM: Et tallen les connexions neuronals que et puguin generar ansietat i al final tot et sembla fantàstic. No és físic, és de mental. Et dona peu a consumir qualsevol altre tipus de droga sense fre. És una passada encara que és perillós.

I la codeïna? Què passa amb el Lean?

GJ: La codeïna no serveix per res. El Lean aquí no arriba.

LG: El Lean crea morfina amb els enzims de l’estómac. Et quedes flotant.

GJ: A mi no m’ha enganxat mai.

YM: Sabem que la societat està una mica malalta i per això ens automediquem.

Fa un parell de setmanes vaig veure la pel·lícula Spring Breakers, dirigida el 2012 pel cineasta Harmony Korine. L’heu vist?

GJ: Sí, inspirada en Riff Raff que si no m’equivoco va acabar denunciant al director. Harmony Korine va contractar a Gucci Mane però no a Riff Raff. És totalment absurd. És com quan a Dos Hombres y Medio van excloure a Charlie Sheen. Vols un actor que interpreti el seu paper a la vida real però després com que va col·locadíssim i és difícil treballar amb ell, et rentes les mans, contractes un actor, el maquilles, li pintes quatre tatoos amb boli, li poses una dentadura daurada i a córrer…

Mentre Korine estrenava la seva pel·li i aplegava 35.000 espectadors a taquilla, From Di Soul –la pre-agrupació Pawn Gang– penja a Youtube el tema SWAG i rep més de 200.000 visites. En què es caracteritza l’estètica swag?

LG: El Riff Raff per nosaltres va ser la icona de “rapero blanc”. Tot tatuat, amb grills, arracades, trenetes i vestit de colorins. A nosaltres ens va impactar molt tot aquest rollo estúpid del pal digues el que vulguis i fes alguna cosa divertida

GJ: Quan el rap va deixar d’anar ample, amb gorres de visera plana, la música va deixar de ser una radiografia de la realitat per començar a dir tonteries. El swag és una estètica basada en el “ser estúpid” que funciona com a mitjà per riure’s d’un mateix. El Riff Raff i el Lil B van ser els precursors en aquesta moguda. Riff Raff, a més, va començar essent un entrevistador de la MTV…

LG: Mira, jo aquest tatoo li vaig copiar a ell. LIKE A MARTIAN. Com un marcianu.

LG: És bàsicament stupit shit: “no t’ho prenguis en sèrio”.

YM: “Fes-ho brillar tu”. El swag és una actitud.

LG: El Lil B. juga molt amb els estereotips. Per exemple, amb l’ús de roba sense distinció de gènere. D’alguna manera qüestiona el significat estètic que s’adjudica d’entrada. Res vol dir res. Deslliurem-nos dels prejudicis i la norma social.

YM: També és animar a la gent a trencar els motllos. El swag no es pot imitar.

Guiu, en el vostre llibre El codi (Ed. Base, 2018), afegeixes al swag la idea “d’amor a les coses”, el based…

YM: El swag i el based es contradiuen i a la vegada es complementen.

LG: Lil B canta “35 putes a la meva muñeca, or a les meves dents i només m’importa això”. Després fa un gir amb una cançó que és com una bufetada a la galta en què destapa que el que ha dit són tonteries…

GJ: Publica la cançó I love the you on va a una botiga d’animals i es posa a plorar.

Una de les facetes que personalment m’atrau més d’aquesta escena és l’apropiació de conceptes i codis de classe social. Un exemple d’això és el treball de La Zowi sobre l’etiqueta #mujersuperficial. Al canal d’entrevistes online IMPROVISTAS declara: “Ni me considero rapera, ni me considero cantante. No pretendo competir a ese nivel. Mi música es más conceptual, de feeling. Es algo de actitud, de representar cosas.”. El trap és conceptual? Quines coses representa la PAWN?

YM: Ho és. Una performance sobre drogues, sexe i carrer.

GJ: També sobre una identitat lliure de prejudicis. Nosaltres no critiquem a ningú pel que faci o deixi de fer. No tots vivim la vida que ha viscut el 50 Cent o altres cantants del rap “més real”. A tots no ens han fotut nou tirus. Aleshores, a partir d’aquí, i vivint a Barna, hem jugat en el sentir-nos identificats amb un estil lliure de prejudicis basat en la ironia. Podem parlar de putes, drogues i armes però la major part és una ficció, hipèrboles, exageracions… Amb això juguem. Això ens encanta. Fins i tot els nostres amics es posaven les mans al cap.

YM: Aquí el que és interessant és que potser en el nostre cas hi ha part de ficció però en el del veí no. En aquesta ciutat hi ha marrons molt hevies més enllà de la nostra vida privada. Nosaltres volem dir barbaritats per posar a prova la capacitat de jutjar (“això a tu no et passarà mai”.)

W: També és ostentar d’allò que tens i d’allò que t’agradaria tenir.

Què hi ha d’autèntic i què de personatge en les vostres vides?

YM: Entre els membres del grup hi ha diferents nivells d’interpretació. Jo no interpreto res, de vegades m’he de tallar amb el personatge.

GJ: El 100% d’això que veus (assenyala els tatoos) no és boli, però el Teuma per la seva mixtape de dancehall sí que s’ha pintat amb boli alguns tatoos fake. Depèn del nivell on cadascú vulgui portar el personatge que interpreta.

La ZOWI puta, una auténtica obra de arte”. Pimp Flaco també es descriu com “la puta más famosa del mundo” quan en el fons el seu treball és sobre la condició de hater i looser. És pura interpretació identitària. Tot i així, quan comparteixo algunes d’aquestes idees amb els alumnes de la universitat, sempre hi ha respostes afectades envers l’exaltació de la violència de gènere que promou el que anomenarem estètica G: “Violate That Bitch” (Lil. B.), “La vaig matar no em feia el pes”, “és l’ofici, matem putes a un preu mòdic”, etc. M’agrada pensar que l’exaltació dels valors del neoliberalisme heteropatriarcal (violència, poder, abús, consum, assassinat, etc.) és un mecanisme radical per fer visible les ombres de la nostra societat, i que en el fons és un recurs poètic que respon amb la forma de l’estereotip. És així? O estic sobre-interpretant?

GJ: Nosaltres la paraula puta la utilitzem perquè fa molt de mal però no té res a veure amb les dones. Una puta és algú que es ven per una cosa que no vol fer. Nosaltres tots som feministes. Jo he aguantat molta violència de gènere. Maltractaments psicològics i físics. La veritat és que ho he passat fatal. Jo el que vull és igualtat 100%. M’agradaria poder criticar igual als homes que a les dones. Però la societat no ho veu així.

W: Sabem que el que fem pot tenir repercussió i que els xavals joves que ens escolten poden créixer amb el sentit literal de les lletres. Si la gent no entén la ironia no hi podem fer massa cosa, no podem fer-nos responsables de la totalitat dels nostres seguidors. Jo estic tranquil perquè sóc educador i allà ja faig la feina que crec que és correcte.

Quin lloc li correspon a l’amor en aquest imaginari de machitos y putas?

YM: Al final el trap és un mitjà artístic i serveix per observar, canalitzar i expressar.

GJ: Per què el reggeaton d’ara triumfa tant? Perquè només parla d’amor i de desamor. El meu pare sempre em diu que les relacions de la gent de la nostra edat són tòxiques a muerte.

LG: Són les xarxes socials el que fomenta la paranoia.

GJ: I el poder lligar de manera tan ràpida i fàcil.

W: Instagram què és? A veure qui és el més guapo, a veure qui és el més poser…

GJ: El que està més bo, el que s’emporta més likes, a qui li obren més per dm…

En el fons totes les xarxes socials serveixen pel mateix. Per saber-se valorat i sentir-se estimat. Tot és Tinder.

Per finalitzar l’entrevista us proposo tornar a fer la seqüencia LOOK AT MY SHIT protagonitzada per James Franco en el paper de AL a Spring Breakers.

Núria Gómez Gabriel

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Yo estoy aquí para que todo se vaya a la mierda

Roger Pelàez el martes pasado en el Antic Teatre. Foto de Manel Vidal Boix extraída de su Twitter @zuvielzirkus

“Jo estic aquí per a que tot se’n vagi a la merda”. Esta frase de Roger Pelàez, lanzada como un escupitajo desde el escenario del Antic Teatre, podría ser el resumen de su actuación del martes pasado. Lo seguirá intentando, que todo se vaya a la mierda, el primer martes de cada mes. Esto no ha hecho más que empezar. De hecho, no hace más que continuar una labor de picapedrero que lleva a cabo desde hace años. El año pasado la temporada del Antic Teatre comenzó con él. Este año también. El objetivo que se ha propuesto da para muchas temporadas más porque todo se va a la mierda poco a poco pero hay que seguir empujando. Es una tarea infinita que no se puede acabar en un día. Mientras tanto, podemos escoger dos caminos (básicamente): el camino del llanto o el camino de la risa. El del llanto suele ser el habitual, el más transitado. Está bien llorar, es liberador, a veces es necesario, pero resulta un poco cansino. Si lloras mientras caminas enseguida te tienes que parar a un lado del camino, hecho polvo, para recuperar fuerzas. Pero la risa, la carcajada, mientras te cagas en todo, lo que te da es más fuerza, más ganas de seguir caminando. Y si caminas con tus colegas, aún más. Y si esa risa te la provoca una serie de conexiones cargadas de sorprendente inteligencia pero desprovistas de pedantería y llenas de actitud punk de barrio pues a muchos de nosotros nos puede porque conecta con algo dentro nuestro a lo que no estamos muy acostumbrados a que apelen, en los escenarios me refiero. Porque a mí lo que me recuerda lo que hace Roger Pelàez en el escenario es a ciertos colegas con los que me he reído hasta morir y luego resucitar, que es lo que suele pasar con la risa a muerte: que es tan poderosa que puede resucitar hasta a los muertos. Yo el martes llegué al Antic medio muerto pero salí como si hubiese visto a la Virgen María, ¡me cago en Dios! La risa es muy poderosa pero para que surja esa carcajada que crece en tu interior, en algún lugar de lo más profundo de ti que ya ni te acordabas de que existía, se necesita un espacio de libertad. Roger Pelàez se concede esa libertad cada vez que monta una de estas, igual que se la concede cuando dibuja sus cómics (no se pierdan el de El procès explicat als idiotes, por ejemplo) o cuando habla por la radio en el podcast Maximum clatellot. Esa libertad solo se consigue cuando desaparece el miedo. Y contra el miedo lo mejor es la risa. Así que es como una espiral de degradación, como cuando uno cae en las drogas, pero al revés: es uno de los caminos que llevan al cielo, por seguir con los símiles religiosos que los reaccionarios más casposos son incapaces de soportar. Pasolini defendía en sus artículos (lean sus Escritos Corsarios, por favor), poco antes de que lo asesinasen, que los años de fascismo en Italia no habían dejado ningún poso. Que la gente no había modificado sustancialmente su vida y su manera de ser por culpa del fascismo. Pero en cinco años, a finales de los sesenta, algo mucho peor que el fascismo, tal y como lo habían conocido, había conseguido cambiar por completo a toda la sociedad italiana (y me atrevo a decir que también la española y muchas otras en Europa): la sociedad de consumo. Y Pasolini decía que eso tenía consecuencias en el carácter de las personas. Antes de la llegada de la solución final, la sociedad de consumo, la gente quizá fuese pobre pero, según Pasolini, vivían alegres. Y ponía ejemplos como el del típico muchacho que repartía la leche de casa en casa, silbando y cantando, siempre con buen humor, quizá un humor simple, admitía Pasolini, pero que proporcionaba alegría. La sociedad de consumo lo que consiguió es que todo el mundo tuviese unos tejanos, una televisión y un coche pero dio como resultado una gente deprimida. Él no creía que eso fuese una casualidad y más de cuarenta años después, ahora que contemplamos el futuro que él solo pudo imaginar, yo tampoco creo que sea una coincidencia. Todo el mundo está muy serio, demasiado. Todo el mundo está agobiado. Por eso es tan importante lo que hace Roger Pelàez. Consigue reunirnos a cada vez más gente para reírnos de todo, de nosotros los primeros, sin que nada pueda escapar a un humor corrosivo, inteligente, despiadado y, lo más importante, liberador. Vamos a morir todos. No tardaremos mucho. Mientras esperamos en el corredor de la muerte podemos elegir morir en vida o partirnos el culo de todo mientras seguimos caminando juntos con el objetivo de enviarlo todo a la mierda y volver a empezar. Una y otra vez, amigos.

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Menos de dos contradicciones es fascismo

La coreógrafa portuguesa Vera Mantero presentó Os Serrenhos do Caldeirão, exercicis en atropologia de ficció, en La Caldera de Barcelona, dentro del Festival Grec, durante dos días. El primero, el 19 de julio, la sala estaba completamente llena. Primero me alegré. Luego me pregunté por qué hay veces que se llena y otras no. ¿Porque Vera Mantero es una reconocida coreógrafa que hace tiempo que no actuaba en Barcelona? Seguramente. ¿Pero por qué otras magníficas propuestas que últimamente programa La Caldera no se llenan así? (¿O sus absolutamente necesarios talleres, dada la lamentable situación de la educación artística en Catalunya?) ¿Porque no están dentro de un festival como el Grec, que cuenta con una difusión excepcional, con anuncios en televisión hasta durante el descanso de los partidos del mundial de fútbol? Está claro cómo conseguir que el público acuda a donde sea, hasta a la presentación de propuestas que a priori hay quien está dispuesto a catalogar de arriesgadas. Sólo hace falta voluntad y dinero. Me pregunto por qué esa voluntad solo se manifiesta durante el Grec. En Barcelona, quiero decir. Creo conocer la respuesta y me entristece. Seguramente el mundo está mal repartido.

Os Serrenhos do Caldeirão es una pieza que tiene seis años. Es lo que ahora llamarían una conferencia performativa, aunque hace seis años no sé si alguien utilizaba esa expresión. Vera Mantero nos habla de las antiguas costumbres, perdidas ya o en riesgo de desaparecer completamente, de los habitantes de una parte del Algarve portugués del interior, en la sierra. Sobre todo se fija en el uso que hacen del canto. Y, en concreto, del canto que acompaña al trabajo. Se apoya en documentos sonoros y audiovisuales grabados por ella misma y, sobre todo, grabados por Michel Giacometti durante los años 70. Ella también canta. Y está acompañada por el tronco de un árbol, con el que acciona en varios momentos. También utiliza a John Cage, una entrevista, y a Antonin Artaud, de quien lee un texto. Se permite algunas licencias sobre el tema de estudio pero, con total honestidad, al final acabará poniendo los puntos sobre las íes. Es, por tanto, una ficción, pero basada en hechos reales. Con ella parece querer reivindicar un modo de vivir, asalvajado, según nuestros parámetros modernos, y aparentemente contradictorio. Un modo de vivir en el que el arte está completamente imbricado en la vida cotidiana, acompañando al trabajo, por ejemplo. Un modo de vivir con el que hemos perdido el contacto pero que seguramente estaba presente no solo en el Portugal rural anterior a los setenta sino en toda la Península ibérica. Un modo de vivir que, a simple vista, parece mucho más loco que el nuestro pero que, analizándolo con más atención, quizá haya que reconocer que era ciertamente más armonioso para con la naturaleza y seguramente más apropiado para el alma del ser humano. Un modo de vivir de gente analfabeta y muy contradictoria pero quizá infinitamente más sabia que nosotros. Mientras escuchaba a Vera Mantero pensé en esa frase que dice que menos de dos contradicciones es fascismo. Y también entendí por qué soy incapaz de mantener una conversación con mis padres, que provienen de la Galicia rural, muy parecida al ambiente que describe Vera Mantero, procurando mantener un mínimo, aunque sea un mínimo, de lógica. Después de ver Os Serrenhos do Caldeirão empiezo a entender que el problema quizá no sean ellos. Soy yo.

 

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La Madrugá de Vértebro

Para lo que sin duda han servido las prácticas artísticas es para inventar otras formas de estar y utilizar un espacio, formas en principio abiertas, no tan claras en cuanto a su finalidad posterior, pero sí en cuanto a sus modos y maneras de estar. A lo largo de la historia estas formas de leer un libro o escuchar un concierto de música, visitar una exposición o asistir al teatro, han tenido distintas configuraciones públicas que se han cristalizado en las correspondientes instituciones materiales, cuando las hubo. Esto no ha impedido que fueran evolucionando. El término de “práctica”, que desde hace relativamente poco se ha generalizado para referirse a la actividad artística, insiste precisamente en esta capacidad que tiene un proceso de creación de transformar el entorno en el que se realiza planteando otras formas de usar el espacio, de ponerse en relación con él y los agentes que lo transitan. Especialmente si lo calificamos como público, el espacio es una dimensión básica de la política, entendida como administración de las formas de estar, transitar y juntarse, o no juntarse en un determinado lugar. Pero hablar del espacio y sobre todo de política supone hablar también de las fronteras. Una política no se puede limitar a la regulación del funcionamiento interno de un espacio, como si se tratara de un ente aislado, sino que debe plantearse desde los límites de ese espacio. Es lo que queda fuera, lo que no tiene cabida en un entorno definido como público, es decir, al servicio de todos, lo que marca a su vez los límites de estas políticas, espacios o instituciones, señalando sus deficiencias y posibilidades de desarrollo. Si adoptamos ahora la perspectiva de una política que pudiéramos definir como artística, es decir, una política que trabaja con la imaginación poética y la construcción de otros mundos sensibles, y en este sentido cualquier política debería poder calificarse de artística, la pregunta no sería por el modo en que se está y lo que se hace en un sitio y un momento determinados, sino por el cómo se podría estar y lo que se podría llegar a hacer; no se pregunta solamente por los que están y lo que sucede, sino también de lo que no está y no sucede, pero podría suceder. La imaginación colectiva de estas posibilidades puestas en práctica introduce un movimiento de desinstitución pública que abre los huecos necesarios para formalizar nuevos procesos instituyentes que deberían estar ocurriendo continuamente.

Tanto De sol a sol, el concierto de Llorenç Barber y Montserrat Palacios, como Madrugá, de Vértebro, las dos intervenciones que abrieron y cerraron el programa de Habitar el aire en las Naves de Matadero, propusieron contextos temporales extendidos a los que se hace referencia desde los títulos. No es casualidad que esta dimensión temporal estuviera también presente en los talleres de Los Bárbaros, Desayuno con lecturas, en cuya presentación se aludía igualmente a ese momento incierto de la mañana en torno a una taza de café, un momento de intimidad y dispersión, de concentración y fuga. Aunque las dramaturgias y el tipo de prácticas de estas propuestas sean muy distintas, una situación temporal extendida en el tiempo y las formas de utilizarlo y estar en un espacio, sirvió para organizar la estructura central de una dramaturgia que podría calificarse de lo público en la medida en que está propuesta en función de la posibilidad de que pueda darse otro tipo de encuentros y campos de experiencias no sujetos a los límites convencionales de los marcos de producción artística. Para ello, paso número uno: una cuidadosa intervención en las normas, explícitas e implícitas, que regulan el funcionamiento de un espacio y las formas de circulación y roles de los agentes que lo transitan. Podría afirmarse que cualquier obra implica una dramaturgia de lo público ya que propone unas formas de organizar la circulación de personas y objetos en un espacio durante un tiempo

Imágenes de Madrugá, de Vértebro. Fots. Francisco Blanes

El concierto de piano de Ignacio Marín Bocanegra, otra de las actividades programadas dentro de Habitar el aire, se atenía a las convenciones de cualquier concierto de música clásica. Sin embargo, considerado desde esta perspectiva espacial, estas convenciones no son sino una posibilidad más entre otras muchas de pasar juntos un tiempo. El concierto deja de ser la finalidad para convertirse en un medio, medios que en muchos casos están cargados con una historia, unos valores y una tradición. Podría parecer que con esto se relega la obra a un segundo plano, volviendo al lugar que ocupó el arte en tiempos pasados y que a menudo todavía hoy ocupa, pero no se trata de convertir la realización artística en una excusa decorativa, sino de abrir un plano de tensiones y desplazamientos en relación al entorno en el que se realiza la obra, entendiéndola justamente como un práctica; un entorno habitado no solo por las personas que asisten al evento, sino por la memoria de los espacios, la historia inscrita en el lugar y los cuerpos, las presencias y ausencias que lo ocupan, y la política que lo sostiene.

En el caso de un centro como las Naves de Matadero uno de los niveles más básicos de trabajo afecta a la propia estructura laboral de la institución, el reparto de las funciones, la ejecución de los plazos en relación a una determinada programación y el tipo de tareas de las que se responsabiliza o no se responsabiliza cada uno. Al cambiar los tiempos y modos de la producción artística surge una situación inédita que la institución tiene que afrontar. En este sentido obras de creación y obras de construcción como la de la casa de Recetas Urbanas se sitúan en un mismo territorio. Formas de trabajo, actitudes y modos aprendidos deben reaccionar ante unas circunstancias distintas que dan pie a un espacio compartido de conocimiento en el que la imaginación y la inventiva se convierten en recursos fundamentales para resolver situaciones inesperadas. La propia institución que acoge estos eventos, el personal administrativo, los encargados de seguridad, pasa a formar parte de un espacio de aprendizaje que estaría dejando de tener normas fijas. El saber de la institución se moviliza para entrar en relación con otras formas de hacer, que implican otros modos de conocerSE. La institución recupera una capacidad de conocimiento práctico que parecía no necesitar cuando se consideraba como un lugar autorizado que no tenía que recibir sino más bien “conservar, fijar y dar esplendor” a un saber y un patrimonio ya fijado. Este saber termina funcionando como un saber ordenar en el doble sentido de poner en orden y mandar, en todo caso, como una forma de poder.

Es cada vez más frecuente encontrar en instituciones y festivales este tipo de propuestas en las que el artista se convierte en una especie de anfitrión que da la bienvenida al espacio donde se va a desarrollar el trabajo, a menudo un espacio institucional, dada además la complejidad que a menudo conlleva la producción de estos eventos públicos. La propuesta funciona como mediación no solo entre el espacio en el que ocurre y la gente, sino también entre las memorias de ese espacio, las particularidades de su forma de producción, la singularidad de las personas que asisten, y un largo listado de elementos heterogéneos que pueden emerger o no emerger según la propuesta. En todo caso, el espacio, y la propia institución cuando es el caso, se convierten en uno de los agentes centrales. Si el tipo de espacio es un factor importante en cualquier propuesta artística, en estas se convierte en uno de los personajes centrales de una historia en la que el público pasa a ser una potencia colectiva e indeterminada cargada de posibilidades. Lo que termina sucediendo, la manera como cada cual vive la experiencia, el ambiente que se crea o la trama que se construye, termina confundiéndose con la obra sin que sea posible delimitar hasta dónde llega esta y a partir de qué punto todo aquello que se genera está más allá de la obra.

Tampoco es condición imprescindible que los tiempos sean largos, no se trata de una cuestión de cantidad como de cualidad del tiempo y lo que se hace con él. No sería difícil encontrar ejemplos de obras con una duración convencional construidas igualmente a partir de estos parámetros de creación de situaciones de (des)encuentro no dirigidas. Aunque es en las experiencias que se alargan más en el tiempo donde más se ponen a prueba las posibilidades y resistencias de la propia institución, del espacio, del público y de la propia obra. Dicho esto, y volviendo al caso que nos ocupa, las circunstancias, lenguajes y modos de intervención que proponen este tipo de obras no deben incluirse en un saco común bajo una etiqueta x, como si fueran todas parecidas, ya que en muchos casos se trata de trabajos totalmente distintos.

Estas obras exigen una formalización más precisa de lo que puede parecer cuando se observan desde fuera. Momentos de dispersión, tiempos en los que aparentemente no pasa nada o situaciones caóticas demandan justamente un trabajo riguroso de construcción formal. Sin embargo, no tendría mucho sentido reducir la discusión de estas propuestas a su lado más formal o técnico, como se ha hecho a menudo con otro tipo de obras analizadas desde una tradición formal que ha llenado gran parte del siglo XX, obviando las condiciones reales en que se produce y aquello que se llega a provocar. Lo que pasa con la obra es también la obra.

Por otro lado, estos desbordamientos es lo que hace que estas obras se puedan poner en relación más fácilmente con otro tipo de prácticas o actividades sociales que no se plantean desde el campo artístico, aunque en muchos casos no quede lejos, como los procesos de autoconstrucción de Recetas Urbanas. Es a partir de ahí que se crea un territorio común que está más allá de la especificidad de cada ámbito para hablar únicamente de la condición pública de un grupo de gente, un espacio, unas circunstancias y unas historias. En esos momentos de desbordamiento o desinstitución, las personas, como el lugar y su pasado, dejan de responder únicamente a una inscripción profesional en tanto que artistas, arquitectos, gestores, o en tanto que teatro, museo o centro social, y en su lugar surge un territorio común formado con los materiales del día a día, cansancio, excitación, agobios, emoción, pereza, deseo, rabia, inteligencia.

La actitud con la que se asiste a este tipo de eventos y a una obra con un formato habitual es obviamente distinta, aunque un mismo trabajo pueda ser considerado de las dos perspectivas. La convención que regula la relación entre obra y público queda suspendida y abierta a una suerte de negociación implícita que debe ser aceptada por todos, empezando por los trabajadores de la propia institución y promotores artísticos de la obra. Esto exige una confianza frente a una experiencia compartida de colaboración en la que pueden surgir numerosos imprevistos, y obliga a abandonar, no solo por parte del espectador, modos aprendidos, convenciones y resistencias.

La comparación entre la situación generada por el concierto de Llorenç Barber y Montserrat Palacios y lo que provocó el trabajo de Vértebro, resulta significativa en este sentido. En De sol a sol, un proyecto probado en numerosas ocasiones, aunque siempre al aire libre y generalmente en entornos naturales, la situación de encuentro y dispersión, aun pasando por momentos distintos a lo largo de la noche, se canaliza a través de un mismo plano sonoro con una disposición muy clara en cuanto a las posibilidades de habitarlo. Seguramente no sea tan casual el hecho de que tanto esta propuesta como el germen inicial de Madrugá, que fue Juerga, la primera de las Peregrinaciones, se realizaran en entornos naturales, lo que denota una clara voluntad por parte de la institución de abrir sus espacios a proyectos que puedan transformar los modos de utilizarlos forzando sus límites convencionales a partir de modelos de convivencia generados en otros ambientes. Pero más allá de este origen común, la relación de escucha, atención y cuidado hacia los sonidos y los sitios donde se iban ubicando los intérpretes se establece como consigna ya desde el comienzo a través de las instrucciones que se dan en la página de Matadero acerca de qué cosas se pueden llevar y cuáles no, como, por ejemplo, envoltorios o esterillas que puedan resultar ruidosas, o la breve presentación que hace Llorenç Barber al comienzo. Son las reglas del juego, la base de una dramaturgia sonora que opera sobre el espacio y la gente que lo ocupa. Se puede deambular libremente respetando los lugares donde están los instrumentos, y no se puede hacer ruido, de modo que si se quiere comer o hablar es necesario hacerlo con cuidado. Esta atmósfera de escucha tiñe la actitud y reacciones de la gente dispersa por el enorme espacio vacío de la nave 11, donde solo destaca la casa suspendida en el aire, iluminada de distinto modo a lo largo de la noche, y que el público aprovechó como cobijo para concentrar debajo o en sus proximidades sacos, esterillas, mantas y cojines. La propuesta vence desde el principio las resistencias del espacio y del público, seducido por las sonoridades, en alguna ocasión, como al comienzo, con un formato participativo, y la libertad para moverse y acomodarse como cual prefiera. El lugar del teatro, que es el uso habitual que se le da a esta sala, se transforma en una situación abierta y sostenida que envuelve en un plano horizontal a actores y público, agentes animados e inanimados.

La Madrugá puso las cosas más difíciles, más difíciles para el público, pero también para la propia estructura y dispositivo de la obra y, por ende, también para la institución y el espacio. La propuesta no se había probado previamente —costaría hablar de “estreno” para este tipo de trabajos— y las reglas del juego y consignas básicas, aunque marcaban ciertos límites para la actuación del público, al mismo tiempo invitaban a superarlos. Se establece así un juego que queda en manos de un público joven con ánimo de fin de semana y poco proclive a comulgar con misticismos que no le entraran antes por el cuerpo y los sentidos. El margen de posibilidades imprevistas sitúa la Madrugá  en un lugar muy distinto que De sol a sol, aunque en ambas se tratara de recorrer toda una noche juntos.

La diferencia no radica en que se proponga una experiencia más o menos mística o festiva. Eso sería solo una diferencia de contenido, la clave consiste en el lugar que se le ofrece a esa potencia de desconocimiento que es lo público, de la que los espectadores son solo una parte, la más visible y con más capacidad de reacción inmediata, pero no la única, público también es el tiempo compartido, o el espacio, materiales y lenguajes que se utilizan para organizarlo. En el caso de Barber y Palacios ese umbral de desconocimiento atravesada por sonidos improvisados se proyecta sobre un vacío que lo hace inmenso, esa es la potencia del concierto, pero la interpretación sonora, que es el medio que sostiene el evento, no forma parte del objeto colectivo de experiencia , es únicamente un medio cuyo conocimiento y valoración posterior queda para los intérpretes. En la Madrugá, sin embargo, el dispositivo teatral, revestido de una cierta sacralidad religiosa, porque la cultural en cierto modo ya la tiene, es juez y parte al mismo tiempo de la obra, es el instrumento de construcción y también el fin puesto en juego como parte del sentido del evento. Esto hacía que, en definitiva, fuera la misma obra la que termina poniéndose en juego en un pulso abierto con el público. La formalización instrumental, a modo de peregrinación a lo largo de la noche, materializada tanto en el dispositivo escénico como en la casa, se hacía visible como un personaje más, por momentos extraño y seductor, por momentos incómodo y disciplinar. Al público le tocaba como colocarse frente a todo aquello.

La capacidad de actuación provocada por un evento que, siguiendo el símil religioso, excitaba la potencia de los fieles allí reunidos se hacía imprevisible. Una vez superada la impresión inicial y casi parálisis que causaba la visión al fondo de la mole elevada de la construcción con sus enormes patas metálicas iluminado por una potente luz blanca y adornado con un humo que podría pasar por el aliento de la diosa, el público fue sintiendo la posibilidad y el deseo de apropiarse del espacio, de jugar con él y llevarlo hacia lugares menos normativos. Las expectativas ante lo que pudiera ocurrir a lo largo de la noche fueron en aumento. Se sabía que había unas normas. Se había repartido a la entrada una lista de recomendaciones y un plano de los espacios “de actuación”, dentro y fuera del templo, con la organización de toda la peregrinación y las horas en que tendrían lugar los distintos momentos. Existía, por tanto, una dramaturgia que servía para orientarse acerca de lo que ya había pasado y lo que estaba por venir, pero cuál era el modo finalmente de habitar cada uno de esos momentos y las posibles formas de transgresión dependía de cada cual.

La expresión simbólica más imponente de ese orden dramatúrgico fue el propio dispositivo escénico que organizaba todo el espacio con dos enormes gradas enfrentadas que dejaban un pasillo central al final del cual se veía la casa convertida en una suerte de divinidad. Aunque no había ninguna instrucción sobre si el público debía ocupar las gradas, la actuación de los tres intérpretes iniciales, subrayada por la iluminación, hizo que el público aceptara la convención teatral, a pesar de que el ánimo de los asistentes, entre los que se habían repartido las primeras cervezas, invitaba a otro tipo de ocupaciones. Estas tres primeras intervenciones, a modo de monólogos, plegarias o rezos frente a la misteriosa estructura cuidadosamente iluminada para la ocasión, fueron el punto de partida de una travesía por la oscuridad que había de conducir hasta el amanecer. Los fieles, convertidos en una masa alineada en sus correspondientes asientos y arropados por la oscuridad, se adueñaron de la situación tan pronto como acabó el último de los rezos, rompiendo la rigidez que imponía el dispositivo.

A partir de ahí se fue armando la fiesta y el barullo, acompañado de música, luces y proyecciones, que constituyó el bloque central del evento, denominado como éxtasis en el cuadernillo de festejos. Este momento acabó con la expulsión del templo, que se vivió como una suerte de condena divina o al menos teatral, y la salida a la intemperie de la planicie infinita del patio de atrás de Matadero donde estaba amaneciendo. Dos horas después, ya hacia las siete, se colocó en mitad del patio una mesa alargada cubierta con manteles blancos donde se repartían churros y chocolate. Hasta ahí se fue acercando todo el mundo, muchos ya con caras desencajadas, como si de un momento de comunión se tratara. Los churros debieron de significar para algunos de los que todavía quedaban el fin de la madrugá. Para el resto, los pocos resistentes que aún estaban allí, no fue fácil volver a la disciplina de las gradas y la quietud de un escenario-templo animado primero por los rompimientos de gloria, juegos de luces con la claridad que entraba por las ventanas, a lo que siguió una conversación en el interior de la casa, cuyo sonido se amplificaba al exterior, con Recetas Urbanas y mujeres de los colectivos feministas, y como cierre un acto de “humildad y fe”, quizá ninguno de los títulos tan acertado como este, en el que se aprovechaba el nombre de la propia agrupación musical de viento y percusión que estuvo tocando como cierre de la madrugá. Escenarios estos últimos que después de toda la noche terminaron cobrando tintes surrealistas.

Esta imagen sacada de contexto podría hacer pensar en lo que no es. Puesta en relación con los marcos habituales de presentación de un evento musical dentro de una sala, nos haría suponer o bien que el concierto estaba siendo muy aburrido, al menos para este grupo de espectadores, o bien que estos estaban muy cansados y tampoco les interesaba mucho, en cuyo caso habría que preguntarse qué les retenía en la sala. Si este último tramo de la Madrugá hubiera estado abierto a un público nuevo que se hubiera sumado a la obra ya por la mañana, tendríamos un tercera mirada, la de los nuevos espectadores, que nos harían tomar conciencia de hasta que punto a estas alturas de la madrugá el público que había todavía allí era tan actores como los propios músicos, aunque por las inercias de la propia dramaturgia les hubiera tocado hacer de nuevo de espectadores, un rol que ya se ajustaba con el estado de los cuerpos.

Si la presencia de los anfitriones en De sol a sol se hacía patente a través de la música que estaban interpretando en directo, recordando al público el lugar en el que se encontraba y las reglas que lo definían, en la Madrugá la presencia simbólica de los anfitriones, pues físicamente nunca estuvieron presentes, a través de la ordenación dramatúrgica y el dispositivo escénico que la sostenía, terminó funcionando como un reclamo teatral o religioso, para el caso daba igual, que como ocurre en la Semana Santa y cualquier otra fiesta popular cada cual utilizo como quiso. En este caso sirvió mayormente para sostener una experiencia de desbordamiento en la que por momentos la estructura dramática se perdía de vista o no era fácil de acompañar. La desinstitución pública del dispositivo escénico se hizo literalmente explícita. Un acto de desinstitución cuyos resultados ya estén previstos sería como el “teatro” de la desinstitución, una farsa para mantener al público y a la institución satisfechas con su cuota de transgresión. Y este no fue el caso. Se utilizó el teatro, dejándolo en suspenso, para que ocurriera algo más que el teatro. Se provocó un acontecimiento. Se abrió una fisura por la que se jugaron hasta el final las posibilidades, pero también las resistencias, de un público que vino a pasárselo bien y se lo pasó bien en el sentido más genuino del término, música, cerveza, baile, tiempos de descanso y gente con la que estar.

Ya en los años sesenta y setenta, algunos artistas y colectivos recurrieron a la alegría de los cuerpos como forma de disidencia y producción de una inteligencia colectiva no sujeta a la lógica de las palabras, en ocasiones todavía en tiempos de dictaduras, ofreciendo respuestas menos lineales pero en cierto modo más efectivas y en todo caso más liberadoras. Si en aquellos tiempos la fiesta surgía en los márgenes de la cultura y de forma clandestina, hoy la fiesta se propone desde la institución. Una fiesta institucional tiene algo de contrasentido. Como decía en la primera parte de este texto, la institución y las posibilidades de situarse frente a ella han cambiado enormemente en el último medio siglo. Hoy las formas de violencia, que antes se ejercían desde la institución, no son menos eficaces, pero sí más complejas y menos visibles. Si una fiesta supone un acto de institución, como suele suceder a menudo, o de desinstitución, depende de los contextos que moviliza, los huecos y desplazamientos que propone y las relaciones a las que da lugar, no solo al interior del evento, sino de este con otros agentes y maneras de pensar, decir y estar habitualmente excluidos de la institución.

Imaginemos que la fiesta de la Madrugá hubiera sido presentada como una celebración de fin de temporada de las Naves de Matadero, como podría ser también considerada. La situación hubiera sido distinta. El hecho de que esta confluencia de energías, voluntades y pensamiento que fue la Madrugá, con los signos visibles del cansancio inscritos en los cuerpos, se haya producido en conflicto con un dispositivo de representación, cargado de connotaciones religiosas que por otra parte nunca ha dejado de tener, exhibido sobre el mismo vacío que lo sostiene, en conflicto con un proyecto de arquitectura social cuya finalidad quedó débilmente enunciada en medio de la fragilidad que se respiraba ya durante todo el tramo final de la mañana, y sobre todo en conflicto con una institución, y sus formas de saber (hacer), que intenta replantear abiertamente sus límites y funciones, permite rescatar este evento como un espacio de reflexión puesto en acto, del que este texto es solo una posibilidad entre otras que puedan darse. Este momento abierto de reflexión es lo que sigue a cualquier acto de desinstitución para que se convierta en motor de nuevos procesos de institución de nuevas prácticas, formas de hacer y conocer.

Cambiar el conjunto de valores, prácticas y representaciones que configuran una esfera pública como el arte, el trabajo o el amor, es una tarea compleja que no se puede hacer solamente desde dentro de la institución, materializada en unos edificios, personas, presupuestos y estatutos, sino en relación a esas otros esferas públicas más o menos visibles, de las que es totalmente dependiente. Los espacios con una verdadera vocación pública nunca son autosuficientes, su telón de Aquiles, pero también su posibilidad de transformación, no está en su centro, sino en sus márgenes e insuficiencias. Si en otro tiempo la capacidad de apertura de una institución artística se reflejaba en el tipo de programación y los lenguajes más o menos experimentales que apoyaba, hoy esto solo es solo un indicador de las tendencias que conviven dentro de un juego político que en Madrid por fin, afortunadamente, parece que se va equilibrando, pero todo esto pasa a formar parte de un mecanismo de producción cultural ya previsto. Solo hay que ver la rapidez con la que después de tanta falsa controversia se ha impuesto en la escena madrileña la programación de los teatros públicos que recientemente cambiaron de dirección. Razones sobraban desde hacía mucho tiempo. Pero una vez dentro de la institución el criterio discriminante no se sitúa ya en el tipo de contenidos o lenguajes, sino en los modos de producirlos y utilizarlos, al igual que en la forma de producirse a sí misma como institución y reinventar el uso de sus espacios, potencialidades y presupuestos, en una palabra, en el modo de relacionarse con el mundo, no solo el mundo propio al que pertenece y al que se dirige, sino sobre todo con los otros mundos que solo aparentemente no le conciernen. Es en estos gestos de desinstitución que se abre un horizonte común de trabajo para instituciones artísticas y no artísticas que antes parecían claramente diferenciadas según sus funciones.

*Artículo publicado originalmente como La desinstitución pública del teatro (II): La Madrugá de Vértebro en el blog de Habitar al aire.

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En la Plaza, crónica de un martillazo

Parece ser que todo el mundo se ha leído a Byung-Chul Hang últimamente. Élites culturales progres, estudiantes de filosofía y dramaturgia o poseedoras de capital cultural en general hablamos sin problema de nuestra sociedad saturada de positividad, hablamos del imperativo de felicidad, de sujetos sonrientes en su precariedad. En el mundo de las artes escénicas parece que también resuenan, reverberan, este tipo de perspectivas críticas acerca de las nuevas formas del capital emocional y cognitivo (lo último de Agrupación Señor Serrano, Kingdom, parecía ir por esa línea) pero debe ser difícil, en un mundo dominado por el gustar y el ‘’me gusta’’, dominado por el consumo de experiencias y el elogio continuo a la energía y a la espectacularidad, debe ser difícil, digo, intentar contradecir este júbilo, poner en suspensión, aunque sea por un momento, el hedonismo infantil que nos regodea y nos aclama, que vuelca hacia nosotros el gusto por habernos conocido. Difícil, en definitiva, no caer en la autocomplacencia cuando lo que queremos es hablar de aquello que somos o del lugar que ocupamos en el mundo.

Es difícil y sin embargo, La Plaza, pieza que El Conde de Torrefiel llevó al Sat! de Sant Andreu en el marco del festival Grec hará casi dos semanas, lo consigue. O mejor dicho, lo provoca, lo instaura, lo expone, nos expone. La Plaza es, en mi humilde opinión, un martillazo a toda autocomplacencia, a toda complacencia entera, un martillazo que apela a nuestra propia mierda, a nuestra barbarie tolerada, a nuestros prejuicios, a nuestro sistema de creencias y a nuestra forma de mirar. La Plaza es una profanación de nuestro tiempo. Y digo profanación porque me parece un término interesante si tenemos en cuenta en qué universo de sentido lo incluye un filósofo muy majo de nombre Giorgio Agamben. Vale, me explico. Según Agamben existe una manera de resistirse a la saturación y al sufrimiento generado por la proliferación de dispositivos que median, controlan y gobiernan nuestras vidas –Foucault definió el término ‘’dispositivo’’ como un conjunto heterogéneo que incluye virtualmente cualquier cosa, lingüística o no: discursos, instituciones, edificios, leyes, medidas policiales… la función del dispositivo siempre es estratégica y se inscribe en las relaciones de poder y saber, además, un dispositivo lleva implícito un proceso de subjetivación, la cárcel, la escuela, son instituciones que generan subjetividades concretas marcadas por la docilidad-. La profanación sería, según Agamben, una especie de propuesta emancipadora que consiste en restituir al uso común –al uso compartido entre todas- lo que ha sido separado y capturado por los dispositivos.

En la era del capitalismo avanzado multinacional, global y tecnológico, los dispositivos como Facebook, los telediarios, Instagram o la publicidad, no solo median, controlan o articulan nuestras vidas, sino que, además, nosotros, los ‘’usuarios’’, no podemos recibir nada a cambio de este estar controlados, ningún proceso de subjetivación se da en el uso de las redes sociales, lo que sí se da es un devenir-datos fluctuantes del nuevo capital. Lejos de ser liberador, este proceso de des-subjetivación nos deriva a un devenir espectral, no tenemos ni idea de quienes somos pero sabemos que podemos consumir, no necesitamos saber qué significa ser quienes somos mientras la barbarie (la muerte, el genocidio, la injusticia) sigue su curso bajo el mantra de la positividad del mundo.

Pero a todo esto ¿por qué digo que La Plaza de El Conde de Torrefiel es una profanación? Pues bien, al turrón. Recordemos el inicio de la ‘’escena’’ de ‘’los musulmanes’’. Las espectadoras vemos un marco blanco, aséptico, con actores y actrices vestidos con ropas que nos remiten a aquellas ropas que llevan las ‘’musulmanas’’, las cuales también llevan cochecitos de bebé y carros con verdura dentro. En el fondo de la escena, un sin techo. En una primerísima línea del escenario, ocupando el centro, hay un soldado. Armado hasta los dientes. Podría ser un soldado americano en Irak. O en Afganistán. O en el Líbano. En algún momento el soldado se va. Un sonido envolvente y terrible nos penetra los tímpanos, un oráculo auditivo que nos dice que algo va, efectivamente, muy mal. Toda la escena se desarrolla en una gesticulación cotidiana pero extraña, ya que los actores y actrices llevan puestos unos monos japoneses de cuerpo entero, los zentai, que aniquilan toda expresión facial y ofrecen una sensación de distanciamiento, de irrealidad. Sin embargo, la gestión del tiempo y del gesto de los performers en escena nos remiten a algo que tiene que ver con ‘’lo real’’. Se podría pensar, en un ejercicio pueril de identificación, que estamos delante de una plaza de, quizás, una zona suburbial o un barrio del extrarradio o de un pueblo pobre de provincias –como el mio-.

Y ahora viene el toque de gracia, puesto que en la pared que funciona como fondo del escenario, un texto proyectado apela al espectador en segunda persona con un relato casi costumbrista, minutos antes hemos leído en el texto proyectado -–en la escena anterior a ‘’los musulmanes’’- que acabamos de visionar una pieza de El Conde de Torrefiel, que salimos a la calle, que paseamos por el espacio público y que estamos viendo a un grupo de ‘’musulmanes’’ interactuar. El texto nos dice, de alguna manera:

-Eso es lo que estás viendo.

Y bien. Sentada en la butaca del teatro tengo una intuición que solo ahora puedo explicar, me digo ¿cómo lo han hecho? ¿Qué es lo que han hecho? ¿Por qué me siento como si me hubieran reventado la barriga a hostias? Mi hipótesis es que la escena que acabo de describir operó en mí como una especie de reflejo de mi propia mirada. Reflejar la mirada sería imposible si pensáramos que la mirada es un canal neutro de reconocimiento del mundo, un aparato que capta lo real para hacerlo inteligible. Pero la mirada no es eso, la mirada es siempre una forma de mirar, una forma de mirar educada, dirigida, conducida y sesgada por discursos y prácticas y saberes, es decir, la mirada es un dispositivo que genera aquello mismo que ve. La forma de mirar, podríamos decir, funda lo real. Así pues me encuentro delante la escenificación de mi mirada propia. Y eso me genera ansiedad. Y pánico. Porque me reconozco como sujeto-observadora de lo que la ‘’identidad europea’’ configura como imagen de la otredad, una otredad que lleva aniquilando desde hace décadas en nombre de la libertad. Que La Plaza me proponga una restitución, eso es, la restitución de la violencia intrínseca en mi forma de mirar, en mi forma de comprender, es un movimiento radical porque revela la barbarie que reside en este, mi mirar, una barbarie sosegada, aplacada y capturada –más que escondida- por toda la superproducción de imágenes que consumimos, desde Facebook a los telediarios, desde Instagram a la publicidad. Después de ver esa escena lo que parecía idéntico a sí mismo ya no lo es. Reconozco en mí una arrogancia imperdonable, mi sistema ético, mi sistema de creencias, mi supuesta superioridad moral de izquierdas se hace añicos con el reconocimiento de mi propia mirada.

Es aquí el estupor y la revelación que lo acompaña, puesto que sí, es esto lo que veo, una imagen estática, un lugar común, una verdad que nada tiene que ver con la verdad ni debe tenerla, una manera de mirar, la asunción espectacular de un genocidio, la tolerancia tácita de la muerte de los otros, sí, es esto lo que veo, sentada en mi butaca, veo mi prejuicio, me veo a mí. Y no me gusta. No me gusta lo que veo. No me gusta en absoluto.

Supongo que así sí podemos hablar de un teatro que nos atañe porque nos han hecho sentir vergüenza y asco de nosotros mismos, porque nos obligan a reaccionar contra el fantasma de la tolerancia con nosotros mismos, porque nos deja postradas, porque no podemos, después de ver La Plaza, volver a casa sin dejar de pensar en aquello mismo que vemos, en todo lo que nos rodea, en lo que ‘’somos’’. La Plaza nos obliga a pensar. Y pensar, a veces, significa ir a hostias. Significa trabajar desde lo negativo, significa poner en suspensión lo que dábamos por hecho. Quien diga que el teatro es un anacronismo sin sentido que se vaya a La Plaza. Yo, al menos, he recuperado la fe.

Núria Corominas

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La caja

Decía leyendo a Ibsen uno de sus más fervientes versados, George Bernard Shaw, que preguntarle a un autor sobre su obra, es mayormente estéril, puesto que posiblemente proyectará su intención inicial, y no su resultado. Preguntarle a Àlex Rigola acerca del significado de la caja de madera que resguarda el Vania de Chéjov, nos remitirá inevitablemente a la voluntad de proximidad entre actores y público, acaso una conexión fruto de ese acercamiento. Hacerlo más de medio año después de su estreno, poco puede aportar de nuevo a toda la literatura crítica redactada al respecto, excepto quizá la sensación claustrofóbica de un espacio interior enrarecido por el calor húmedo del verano en Barcelona. Hay una evidente destreza técnica en la caja de Rigola, una navegación casi mecánica, que parece ha sido creada para hacernos sentir de una manera determinada –inserte aquí el vínculo actor-audiencia que nos proponía Rigola—. Sería tentador quedarnos con esa lectura, pero como toda caja su interior está destinado a la experiencia, abierto a la posibilidad.

La caja en cuestión es una caja vacía, ocho metros de largo por seis de ancho. Madera despojada de todo costumbrismo, de todo artificio, limpia de decorado. Para llenar el vacío de la caja al actor le corresponde representar esas ideas invisibles y ausentes, encauzadas por la fe y la imaginación del espectador. Se debe prescindir de la representación para que surja algo diferente y nazca algo más puro que la realidad. Recordamos la caja que ya vimos en Who is me: Pasolini, pero esta vez se ha ensanchado, pasamos de 25 espectadores a 60. En la intimidad del espacio, nos reconocemos como una suerte de comunidad secreta, en la que, a la luz de los focos, descubrimos las miradas de complicidad de la pareja de al lado, que se convierten en secundarios de la trama. Experimentando con la materialidad de la caja a modo de pieza escultórica, esta vez Rigola ha querido guillotinarle el techo, quizá también para ventilar un poco la idea del proyecto.

Un camino de post-it’s con árboles dibujados (una nube sobre una línea, geometría elemental), nos guía hasta la caja. Leí en algún lugar que recuerda a las cajas de transporte y embalaje de obras de arte. La vulnerabilidad de la madera encarnada es honesta, y a la vez impersonal. Los personajes exponen sus sentimientos, interpelan al público con sus declaraciones más íntimas, les hablan buscando con sus ojos atisbos de comprensión. La idea de una caja con soportes metálicos a modo de andamios remite a la provisionalidad, la deriva en la que los personajes navegan. Amenaza una cierta claustrofobia, sazonada por el vaivén de los actores, que entran y salen del espacio a través de una apertura permanentemente abierta. La bóveda invisible, ese techo inexistente, contribuye a diluir la sensación de encierro.

A Rigola le gustan los rituales. Prueba de ello que repita por segunda vez esa liturgia con la que los actores reciben al público invitándoles a entrar, sonriendo, lanzando globos, bromeando. Ya lo había puesto en práctica en el Ivanov del Lliure de Montjuïc, su primer Chéjov. Acomodada la audiencia en su sitio, los actores empiezan a contar anécdotas entre risas, cómplices. El público escucha el preludio atento, quizá impaciente, saboreando el que cree aperitivo de la función. ¿Cuánto tiempo hará que nos conocemos, Gonzalo? Pregunta Luis Bermejo. Nos conocimos actuando hará unos once años… Entonces eras un hombre joven, guapo. Has envejecido. Sin contar que ahora bebes. Rigola es un homo ludens. Entre juegos nos la ha metido. Sin esperarlo, ya estamos de pleno dentro del teatro de Chéjov. Para ello ha querido conservar el nombre de los personajes, nombres en forma de conjuros que invocan las emociones vividas de los actores, afirman al intérprete como persona y no como representación, depurando la esencia de la obra y desnudándola aún más de pretensiones costumbristas. La realidad entra en contacto con la ficción, al principio idénticas, poco a poco, cobran entidades diferenciadas, pero nunca han dejado de constituir una unidad. Louis Malle ya utiliza este recurso en su film Vania en la calle 42, la cámara va siguiendo los actores por la calle, ligados a su cotidianidad, hasta que llegan al teatro, donde en una transición imperceptible se encuentran de pronto hablando en palabras de Chéjov.

Diversamente admirable como director escénico, Àlex Rigola es uno de los dramaturgos más arriesgados de nuestros días. A través de su compañía Heartbreak Hotel, creada en 2013, el director barcelonés pretende investigar nuevas formas de narración escénica, y hacerlo, según dice, confrontando al espectador con los valores de su tiempo. Vemos en el tránsito de dos de sus últimas obras chejovianas, Ivanov y Vania, el tormento de cuando te das cuenta que la vida no ha sido lo que esperabas que fuera en la juventud. Obras en las que parece que Rigola se esfuerza en llegar a sí mismo, en entender su etapa vital. Rigola mutila la versión chejoviana de Vania y suprime gran parte del elenco, reduciendo la obra a una versión condensada y minimalista con tan solo cuatro personajes: Àstrov, Elena, Vània y Sonia, ahora convertidos en unos soberbios Gonzalo Cunill, Ariadna Gil, Luis Bermejo y Irene Escolar.

Vania es una historia desoladora, de tedio vital, de personajes hastiados con el rumbo de su vida. Gonzalo, médico rural, es un personaje cínico, cuyos sentimientos se han encallecido al son de los años. Su única semilla de sensibilidad, una comprometida devoción por la conservación de los bosques y la plantación de árboles, que se convertirá en un poderoso arrebato ecológico, se ve eclipsado por una recién nacida fijación hacia la bella Ariadna, tan intensa como pasajera. A su turno Ariadna, lamenta haber desperdiciado sus años de juventud en un matrimonio sin amor, e invierte sus días en lo que parece una rutina fatua, sin ambición ni porvenir, al servicio de su marido, el profesor (representado en escena por un dibujo del personaje de Tintín, Tornasol). Luis se arrepiente de haber dedicado su vida y sus ingresos al profesor, movido por una cegada devoción hacia el que creía era un genio, ahora un impostor. Patetismo en escena que queda suavizado a través de uno sus gestos de payaso triste, cuando descompuesto por la imagen de Ariadna haciendo manitas con Gonzalo, se come una flor. La desgracia lo lleva al abismo, y está a punto de acometer un suicidio. Lo frenan las tiernas palabras de Irene, o quizá una cobardía que le hace decantarse por el hastío antes que la muerte. Irene es juventud, pasión y esperanza, esperanza por un porvenir que queda truncado como su amor no correspondido por Gonzalo. A cada momento, el espectador va identificándose con alguno de los personajes, de acuerdo a su propia experiencia vital.

Y la obra, acaba como empezó, con esa mezcla de realidad y ficción. Irene y Luis dialogan sentados acerca de su futuro. No hay esperanza. Continuarán trabajando, pagando facturas, porque esa es su obligación y deben resignarse a cumplirla. El llanto de una Irene descompuesta, con los ojos hinchados y las mejillas encarnadas, se alarga hasta el momento en que se cierra la obra y los actores saludan cogidos de las manos, aún entonces se le escapan algunos sollozos. No sabemos si llora aún enternecida por el desconsuelo de la escena, o se ha emocionado con los aplausos al finalizar la función.

Laura Anglès

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PROTOTIPOAK 2018

Corbeaux de Bouchra Ouizguen.

Del 31 de mayo al 3 de junio se celebró en Azkuna Zentroa (AZ) PROTOTIPOAK, un Encuentro Internacional de Nuevas Formas Artísticas. Comisariado por Rosa Casado y Mike Brookes, trató de “acercar nuevos formatos artísticos a la ciudadanía a través de proyectos que abordan aspectos cotidianos”. Para esta edición, PROTOTIPOAK, además de expandirse en diversos formatos y por diferentes espacios de Bilbao, se instaló en una exposición que puede visitarse en el centro hasta el 16 de septiembre.

“La escena será troncal en Azkuna Zentroak”

Aires renovados por AZ con la vuelta de Fernando Pérez como director del centro tras su paso por el Gobierno de Navarra, quien ha estado ligado al proyecto desde su apertura como responsable de programación. Nos encontramos con Pérez tras la rueda de prensa de PROTOTIPOAK en el edificio de AZ, centro que “nació para complementar las actividades y los ámbitos que se hacían en la ciudad pero trabajando desde los márgenes o desde una forma más tangencial”, dice Pérez, quien entiende Azkuna como un proyecto “amplio y complejo”, para precisamente “hacer virtud de esas dificultades”. “Queremos trabajar el arte y el arte contemporáneo en sus diferentes disciplinas desde una perspectiva muy relacionada con los públicos, en plural, pensando en las comunidades mayoritarias y minoritarias que tienen mucho que decir”. A la pregunta de cómo definiría AZ, Fernando Pérez responde: “Muchas veces algo se define por lo que no es. No somos un teatro pero trabajamos las artes escénicas contemporáneas, no somos una biblioteca pero desde la Mediateca trabajamos los centros de interés del arte y el conocimiento, no somos un museo porque no conservamos pero trabajamos el arte contemporáneo y las artes visuales desde otro punto de vista”.

Querido entre la comunidad de artes vivas por el Festival BAD y el trabajo durante su anterior paso por AZ, unos de los pocos centros donde hace años ciertas creaciones encontraron cobijo, para su nueva etapa, Fernando Pérez anuncia que “la escena será troncal en AZ”, desde “una visión actual, coetánea, contemporánea” en la que “el artista tiene que estar en el eje”. En un país propenso a celebrar las artes vivas en festivales esporádicos, cuántos, peor, ya desaparecidos, y a la falta de apoyo a la continuidad, parece que Bilbao disfrutará en AZ de “una programación regular en diferentes espacios, los espacios públicos que tenemos en el centro y también los espacios no convencionales”, asegura Pérez. Con un “equilibro entre artistas locales e internacionales”, además, ya están abiertas las conversaciones para sumar “algún artista asociado”, “artistas que trabajen con nosotros tiempos más amplios”, en un programa especial de residencias, “lo que nosotros denominamos las residencias con apellido, es decir, residencias tematizadas en las distintas líneas estratégicas que el centro tiene en relación con el arte contemporáneo”.

Para el nuevo director de AZ, PROTOTIPOAK “puede ser un exponente” del programa del centro para los próximos años, ya que “esa idea de las nuevas formas artísticas, de la cotidianidad y de la intersección con la sociedad es algo que estamos obligados a hacer”.

“La performance como lugar”

El fin de semana de PROTOTIPOAK también nos encontramos con Rosa Casado y Mike Brookes, comisaria y comisario del encuentro. Un formato que proviene de lejos, de aquel encuentro de nuevas formas escénicas llamado 3,2,1… En 2016, AZ facilitó un espacio de trabajo para cuatro personas con distintos perfiles e intereses: Mateo Feijoó, Xabier Erkizia, Javier Duero y Rosa Casado. Así, con Fernando Pérez como catalizador, Lourdes Fernández, la ya antigua directora del centro, invita a Rosa Casado y Mike Brookes, y se termina, o empieza de nuevo, con PROTOTIPOAK, proyecto que continúa la línea de un encuentro bienal pero con una entidad propia. Encuentro que responde a “otras temporalidades”, a un trabajo sostenido de dos años que presta especial atención a los “procesos”, en defensa del potencial de éstos para la “integración del trabajo en el tejido local y social”, nos explican las comisarias. También, PROTOTIPOAK se ha articulado a través de formatos “que igual no son reconocibles, híbridos o con miradas desde otros lados”, con voluntad de expandirse, y “ocupar más el centro y la ciudad”.

Con especial interés en lo performativo, con propuestas escénicas o de intervención, sobre las líneas comisariales de PROTOTIPOAK, Casado y Brookes nos cuentan que “es la idea de lugar la que articula el proyecto”. Más específicamente, la idea de “la performance como lugar”, cuestión que ha investigado Casado en su tesis doctoral, “desde donde nos hemos planteado todas las piezas”. Sobre la exposición “… y las cosas que hacemos”, que dará continuidad al encuentro en AZ hasta el 16 de septiembre, los comisarios amplían la cuestión de “cómo lo que hacemos genera lugares y su performatividad”, no limitando “lo social simplemente a cuestiones humanas”, ya que plantean que “hay otros agentes que conforman dichos lugares y performatividades”, por ejemplo, la robótica, la biotecnología y la inteligencia artificial, como podemos ver en las distintas obras de la exposición. Una exposición, un lugar o muchos, que propone el reto de hacer “de un espacio expositivo un espacio performativo, en desarrollo y evolución”, ya que el mismo espacio se irá transformando durante estos meses por las acciones de las obras, “nos interesaba mucho que el día de la inauguración no fuera el día en el que estaba todo, sino que es al final cuando van a encontrar la cosa más compleja”.

Para el encuentro del 31 de mayo al 3 de junio, las comisarias intentaron “hacer del atrio un espacio de ocupación para invitar a quedarse” con obras de Bouchra Ouizguen (quien merecería, con su Corbeaux, un texto aparte), Los Torreznos o los Radios Shows de Consonni, otras con formatos híbridos como la Nana de los Gichi-Gichi Do, sold out incluido, ocuparon otros espacios del centro, pero PROTOTIPOAK también se expandió por la ciudad y sus comunidades, abriéndose en diálogo con el tejido social de Bilbao. Este fue el caso de Mirador de Camila Téllez, que a través de una publicación que guiaba un paseo por Bilbao activó “un espacio de ficción, una construcción invisible desarrollada en el espacio público de la ciudad” o Fuera de juego de Núria Güell. El proyecto de Güell, site-specific que consistía en “jugar al escondite con trabajadoras del hogar y de cuidados”, representa en buena medida el universo de PROTOTIPOAK, su capacidad de atender y afectar al entorno, antes y después de su celebración, ya que supuso “ocho meses hablando con asociaciones y muchas personas para identificar el colectivo invisibilizado, ya que debía ser distinto en Bilbao que en Copenhague o Madrid”, movilizando problemáticas que “obligan a entrar en diálogo con el contexto, y a su vez saca lo privado a lo público, que también es una de las cosas que nos interesaba: poner en cuestión estos conceptos y complejizarlos: qué es el espacio o lugar público”. Otro de los ejes del encuentro, en relación a todo lo demás, fue la programación de trabajos que interpelaban de manera “directa, sencilla y familiar”, invitando a la ciudadanía a participar de la “extrañeza que estos generan”, explican los comisarios. Así pasó con el proyecto Haircuts by children de Mammalian, el cual permitió a niños de un instituto de Bilbao, guiados por un peluquero profesional, cortar el pelo un fin de semana a quien quisiera ponerse en sus manos en una peluquería del Casco Viejo de Bilbao, metáfora hecha performance y lugar.

Viajamos a Bilbao la mañana del 31 de mayo para pasar una jornada en PROTOTIPOAK. Llegamos con chirimiri coincidiendo con el día que el PNV apoyaba la moción de censura y el cambio de gobierno. Espacio complicado la antigua Alhóndiga de Bastida, el viejo almacén de vinos, que con el nombre actual homenajea a Iñaki Azkuna. Por un lado, sus 43.000 metros cúbicos conforman un lugar sombrío, atrio de techos bajos, diseñado para conservar con poca luz, negativo de la luminosa Tabakalera donostiarra; por otro, es un centro dedicado al ocio y la cultura contemporánea por igual, con mucho tránsito de personas, cuesta distinguir a alguien que entra o sale de la piscina, una película comercial o de ver una performance. Para el arte contemporáneo, al contrario que el ocio, siempre es un reto hacer público, que la gente se quede. Todo a favor para consolidar el proyecto de Azkuna Zentroa (AZ). Al trabajo de años anteriores se suma el saber hacer de Fernando Pérez que, ahora director, junto a su equipo pueden convertir el centro en uno de los proyectos clave de la creación experimental en España, y en particular, por qué no, de las artes vivas. Esperamos viajar mucho más estos años a Bilbao, y al País Vasco, que con iniciativas como Bulegoa z/b, Azala, La Mostrenka, La Fundición, festivales como el BAD o inTACTO, galerías como Carreras Múgica y centros de arte como Artium o Tabakalera, con el tradicional apoyo a sus artistas locales, sobre todo visuales, muchos de ellos profesores en escuelas y universidades, conforma un territorio al que desde fuera miramos con atención y ganas. Uno de esos viajes, esperemos, sea dentro de dos años para la siguiente edición de PROTOTIPOAK, zorionak.

Haircuts by children de Mammalian.

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The show mustn’t go on

La clase nunca fue un conjunto de opiniones, identificaciones y comportamientos electorales, sino un mundo. Un mundo hecho de muchos mundos, de instituciones y tradiciones propias, de espacios y lugares comunes, de imágenes de referencia y de vínculos fuertes, de prácticas discursivas y no discursivas”

Amador Fernández-Savater

“Mi Mamá me dijo el alma no la vendas”

Yung Beef

El 20 de mayo en IFEMA, donde este año una obra fue censurada por motivos políticos, se representó uno de los espectáculos más impactantes de la temporada que se acaba. Puede que Spångberg, Fabre, Liddell, Putochinomaricón o el Voguing no hayan sobrecogido tanto como un esperpento llamado España ciudadana. Si la comparsa del aznarismo fueron Julio Iglesias, Lina Morgan o Norma Duval, el giro performativo de Ciudadanos ha conseguido aunar a Tamara Gorro, Vargas Llosa o Marta Sánchez. Albert Rivera, su protagonista, reflejo cóncavo de las Españas, tomó en IFEMA un aire grande y libre para hacer una pausa histórica, y anunciarnos en arenga oftalmológica que “recorriendo España yo no veo rojos y azules: yo veo españoles. Yo no veo, como se dice, gente urbanita y gente rural: yo veo españoles. Yo no veo jóvenes o mayores: yo veo españoles. Yo no veo creyentes o agnósticos: yo veo españoles. Yo no veo trabajadores o empresarios: yo veo españoles”. Olé Olé.  

Mezcla de Musolini, Primo de Rivera, Obama o Guillermo II, estas palabras, ecos de discursos prebélicos, trile y testosterona, representan las peores voluntades del último siglo. Como Marx, Rivera plantea el fin de la lucha de clases, pero no por la emancipación de la humanidad o los ciudadanos de un país que se ha inventado, sino como escopeta nacional que apunta al trabajador y sus mundos para conseguir reproducir sin réplica aquella fórmula de organizar la vida y el trabajo que describía Lengua Blanca: “Si juntamos a 39 estúpidos con un listo tenemos una pequeña empresa / Negligencia, optimismo y supervivencia / Melodramas del bienestar”. Si “detrás de cada fortuna se encuentra un crimen”, criminal, cri-criminal, la España ciudadana ha empezado su show y ya tiene banda sonora forfri.   

Como Rivera el “Listo” quiere hacernos ver sólo a “españoles”, el mundo neoliberal niega mundos alternativos. Fuera ni dentro, antes ni después, el final de los relatos era esto. Los reyes son “la economía, estúpido”. Pareciera que “lo que nos pasa» no alcanza a “transcender lo dado y crear lo nuevo”, como si nuestra experiencia no consiguiera elaborarse fuera ni después del relato de este mundoSi la lucha de clases trabajaba con la cultura de lo “impropio” y lo “imprevisto” para emanciparse del mundo dado, quizá hoy, otras luchas consigan desabordar la realidad en la que se inscriben antes de irnos a Marte. O no, porque nada pasará si “rojos, azules, urbanitas, rurales, jóvenes, mayores, creyentes o agnósticos” nos dejamos de ver como trabajadoras y trabajadores.  

A todo esto, ¿para qué vale hoy el arte? “Evidentemente, puede servir para cualquier cosa, esa es su potencia”. Por ejemplo, como termómetro o síntoma. En Madrid esta temporada hemos visto a miles de personas acercarse cada semana a teatros, centros de arte y otros espacios para encontrarse con creaciones desplazadas como alternativas: sensibilidades, estéticas, relaciones, mundos hasta ahora imposibles de sostener en la realidad. Aunque también, censura tras censura, autocensura tras autocensura, nos hemos topado con los límites de lo permitido. ¿Dónde está hoy lo impropio y lo imprevisto? Ni tan indiferente ni tan inofensivo, entonces, ¿para qué vale hoy el arte? Por ejemplo, todavía, “El espectáculo es la trampa donde atraparé la conciencia del rey” dice Hamlet. Hay shows como España ciudadana que pretenden atrapar nuestra conciencia para robárnosla, pero hay espectáculos que además por su propia condición de espectáculo nos invitan a quitarnos el jailaiter, tomar doble conciencia por si queremos liberarnos del papel que nos han dado, y ser así un poco menos «estúpidos». Algunos, como Le Direktør de L’Alakran dispara al arma que nos apunta vigilante: el mundo del trabajo. Y encima, nos reímos, no como Marta Sánchez.

Durante el mes de mayo, Naves Matadero celebró el 20 aniversario de L’Alakran, diseñando una suerte de ciclo con un talleruna instalaciónuna conferenciaun ciclo de cine y su última obra: Le Direktør (El jefe de todo esto). Un ciclo de justicia, la compañía de Oscar Gómez Mata afincada en Ginebra, antes fundador en el País Vasco de Legaleón, no se ha visto correspondida en este país ni después de su exilio y amplio reconocimiento internacional. Al ganar el irundarra el Premio Suizo de Teatro este año, nos llegaba un mail de Rodrigo García de asunto Albricias!: “Joder, qué emoción -emoción porque es Oskar quien dignifica el premio con su obra y su dedicación apasionada a este oficio-”. Por tanto, necesaria y oportuna la puesta en valor de Naves Matadero para acercar al público madrileño a uno de los artistas cruciales de nuestro teatro a través de dos semanas de actividades que culminaron con Le Direktør. 

Basada en El jefe de todo esto de Lars von Trier, Le Direktør parece un trabajo atípico en la trayectoria de la compañía: una adaptación teatral del guion de una película. Una decisión, la de adaptar un guion, una historia, una trama que determina una construcción más clásica o cerrada que aquellos rotos, huecos, paradas, saltos, idas y venidas de la dramaturgia que acostumbra Gómez Mata, hecha más en el contacto con otros, estructuras nacidas de notas corporales, plásticas, literarias o ideas, construcciones abiertas a todas las contingencias. También, la película de Lars Von Trier responde por completo al género de la comedia, mientras que L’Alakran ha trabajado desde Legaleón la farsa o lo bufonesco, género menos constreñido a las imposiciones de género que les ha permitido inventarse y reinventarse a su manera en cada obra. Pues, decía, en contra de que pueda parecer un trabajo atípico, Le Direktør ha permitido a Oscar Gómez Mata centrar toda la atención a su verdadera y particular materia de trabajo: el intérprete, ya que a través de los dobles juegos que plantea el guion de Trier, juega con la esencia de su método interpretativo: el conflicto del intérprete con su personaje, en la obra, el del actor con el trabajador y, sobre todo, en consecuencia, el del espectador como intérprete y trabajador consigo mismo y su mundo. Poca inocencia en la decisión de Gómez Mata, conciencia y contundencia, todas. 

La obra transcurre a partir del trabajador de una empresa que contrata a un actor para que interprete al jefe de la empresa. El motivo es sencillo, el trabajador es el jefe de todo eso y ha urdido un plan para que, sin saberlo, el actor venda la empresa, ya que, tras la venta, serán despedidos sin derechos los trabajadores que habían diseñado el producto marca de la empresa. Hasta que se vende, la comedia. La cual reside como casi siempre en caracteres especiales y la falta de información que a unos les falta de otros pero, sobre todo: la información o posibilidad de conciencia que falta de uno mismo en relación a los otros, por no llamarlo relaciones laborales. La conciencia del personaje-trabajador que cada uno de los actores porta y va recobrando a lo largo de la obra. Es decir, el recorrido del actor y la actriz que describía Camus: “Perderse para volverse a encontrar” hecho carne, verbo y metáfora con fuerza en cada uno de los actores para por si acaso los espectadores y espectadoras acortamos ese “camino sin salida que el hombre de la sala tarda toda su vida en recorrer” y tenemos un beef con nuestro jefe, nuestra “comedia de oficina”, nosotros mismos y nuestro mundo 

Gómez Mata traslada el cine al escenario y el escenario el patio de butacas, espacio posible de emancipación hacia donde los personajes desdoblados se dirigen toda la comedia. “El pensamiento va por dentro de la carne” y “el actor y el espectador piensan juntos”, son dos máximas del teatro de Oscar Gómez Mata que la decena de maravillosos actores activan en cada escena. Poco a poco, según vamos calentado juntas, “el arte, lo que yo hago, es un ejercicio para la vida”, la experiencia compartida de Le Direktør consiste en tomar posición sobre la comedia que estamos viviendo. La obra, como la vida hoy, es una triste comedia neoliberal donde nadie quiere responsabilizarse de las decisiones de los invisibles jefes de todo esto. Pero, ¿y si pudiéramos elegir? ¿qué pasaría si interrumpimos la representación? ¿y si como el actor-trabajador consciente pudiéramos parar el espectáculo? The show mustn’t go on es una de las respuestas de lo impropio y lo imprevisto en las artes vivas hoy, y Le Direktør una de las obras que mejor nos invitan a preguntarnos si es posible. Después de verla, soy un poco menos “estúpido”. Larga vida a L’Alakran.

Fernando Gandasegui

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