Una espina en la garganta

La sentencia de Adorno de que “escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie” se cita a menudo sin tener en cuenta que el filósofo alemán se retractó poco después: “el sufrimiento perenne tiene tanto derecho a la expresión como el torturado al grito”. Nothing Will Remain Other Than The Thorn Lodged In The Throat Of This World de Noor Abed y Haig Aivazian es uno de esos necesarios gritos.

El título de esta obra deriva de las últimas palabras de Wadih Sanbar a su hijo, el historiador y poeta palestino Elias Sanbar. En su agonía Wadih le dijo: «No estés triste. Nadie conseguirá deshacerse de nosotros. Palestina es una espina clavada en la garganta del mundo. Nadie conseguirá tragársela. No te preocupes».

Si bien una de las estrategias de la propaganda sionista consiste en enumerar otros genocidios en curso para distraer de las atrocidades que los israelíes perpetran contra los palestinos, hay varios aspectos de la barbarie israelí que resultan únicos. En primer lugar está la responsabilidad europea en la creación del estado de Israel, con la implicación del Reino Unido mediante la Declaración de Balfour de 1917 antes mismo de la constitución oficial del Mandato británico en Palestina (1920-1948). Esta responsabilidad europea se ve acrecentada tras la Shoah y la transformación del trauma en arma de destrucción masiva. Ha habido otros genocidios en la historia pero ninguno donde los genocidas se presenten como víctimas. Como dijo Golda Meir: “nunca perdonaremos a los árabes que nos obliguen a matar a sus niños”. Solo la capitalización simbólica del holocausto puede explicar que occidente cerrase los ojos ante la brutalidad de la Nakba. Pero hay un trasfondo que va aún más lejos. Se trata de la mentalidad colonial, nacionalista y racista conjugada con los desmanes tecno-neoliberales y extractivistas que combinan el negocio de armas, el desarrollo de tecnologías distópicas de control y la especulación inmobiliaria ligada al robo de tierras. El ministro de finanzas ultra Bezalel Smotrich admite abiertamente que hay un plan de negocios para que norteamericanos e israelíes se repartan los beneficios inmobiliarios tras apropiarse de Gaza. En definitiva, las atrocidades de Israel contra los palestinos son un concentrado del horror inscrito en las dinámicas imperialistas de occidente. No solo está en juego la liberación del pueblo palestino, sino la posibilidad de purgar nuestra propia cultura de formas de hacer y pensar aterradoramente destructivas.

La referencia a la garganta en el título de la pieza de Noor y Haig no podría resultar más oportuna, ya que la pregunta capital es quién tiene derecho a respirar. George Floyd repitió “I can’t breathe” 27 veces durante el asalto policial que condujo a su muerte. “I can’t breathe” fue también una de las últimas frases de otras víctimas negras de la violencia policial estadounidense como Eric Garner, Javier Ambler, Manuel Ellis o Elijah McClain.

Hay una conexión directa entre la expulsión de los no cristianos de la península en 1492, el genocidio indígena en América (el santo Santiago Matamoros fue rebautizado Santiago Mataindios), el tráfico de esclavos de indianos como Antonio López o Josep Xifré, el supremacismo blanco norteamericano, los abultados vestigios del apartheid sudafricano y lo que está ocurriendo en Palestina. Se trata del convencimiento de que hay pueblos y etnias que no son realmente humanos. O que podemos ignorarlo siempre que eso resulte en un beneficio económico. No es casualidad que las primeras palabras de Nelson Mandela tras el fin oficial del apartheid fuesen “nadie será libre hasta que Palestina sea libre”. Ciertamente, esta espina no hay quien se la trague.

Los sonidos que emite la garganta solo son posibles si se garantiza el derecho a que el aire transite por ella. Los jadeos se convierten en el emblema de aquellos que viven asfixiados. ¿Qué sonidos emite una garganta cuando el derecho a la vida no está garantizado? ¿Cómo se acelera la respiración? Pero también, ¿qué sonidos podemos emitir para sanarnos a nosotros mismos y a los demás? ¿Qué sonidos son capaces de generar identificación? En su exploración sonora, la pieza de Noor y Haig habla también de la tortura sónica como una de las tácticas israelíes en el Líbano y Palestina, algo que cobraba protagonismo en Air Pressure, la performance de Lawrence Abu Hamdan que vimos en Hangar en 2023 gracias a la colaboración entre esta institución, La Virreina, La Casa Encendida y el Festival Domingo.

Sin embargo, la singularidad de la pieza de Noor y Haig tiene que ver no sólo con su capacidad para tratar el sonido desde diferentes puntos de vista sino sobre todo con su habilidad para captar su esencia simbólica. Las ondas sonoras resuenan por los cuerpos sin respetar los límites que supuestamente conforman al sujeto neoliberal. En el sonido se esconde una de las posibles claves para desmontar lo individual y construir lo colectivo. Por eso en determinadas ocasiones a lo largo de Nothing Will Remain Other Than The Thorn Lodged In The Throat Of This World se pide al público que una su voz a la de los intérpretes para generar una especie de coro. En ese coro radica la potencia de un movimiento colectivo e interseccional cuya necesidad resulta cada vez más acuciante ante los fascismos que ya están aquí. Pongámonos manos y gargantas a la obra.

Alonso del Castillo

Nothing Will Remain Other Than The Thorn Lodged In The Throat Of This World se presenta en inglés con subtítulos en castellano el sábado 25 de octubre a las 20h en La Escocesa gracias a una colaboración entre esta entidad y el festival Sâlmon. La entrada es gratuita y basta con registrarse aquí. Noor Abed es una artista palestina que trabaja en la intersección de la performance y el cine, combinando formas de lo «escénico» y lo «documental». Su práctica examina las nociones de coreografías sociales y formaciones colectivas, buscando la conexión entre la noción de «sincronía» y la acción social. Este año presentó en el Museu Tàpies A Night We Held Between y ha ganado el Gran Premio de la Bienal de Ljubljana de Artes Gráficas. Haig Aivazian aborda la naturaleza metamórfica de tres tecnologías: la luz artificial, la informática y la ley. Su trabajo, que abarca diversos medios y modos de interpelación, está animado por la investigación y los descubrimientos fortuitos, donde la historia es un zumbido omnipresente que conjura y choca contra futuros degradados y los persistentes esfuerzos por sobrevivir a los mismos. Alonso del Castillo es un comisario nacido en Granada que reside en Barcelona desde 2023.

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en la estrechez de la curva, un cencerro

Entro en la sala de exposiciones de la planta baja de La Fabra invadida por la memoria perturbadora de haber sido cercada por una jauría de perros. Un vacío inmediato por la ceguedad del blanco del espacio es rápidamente llenado por el reconocimiento de rostros familiares y por la identificación de los altavoces distribuidos por las paredes. Progress Barks (2022), de Rubén Grilo y Robert M. Ochshorn, insiste en ladrar, pero falla, a veces. Si le prestamos mayor atención, percibimos ruidos sutiles como distorsiones tonales que transforman el rottweiler en un robot. Es el primer anuncio de un programa que, guiado por el movimiento de la curva, parece querer abrir espacio a dinámicas de tensión.

Interval #1 se organiza en torno a prácticas vinculadas al sonido. Programado por Noela Covelo Velasco, es la primera edición de un ciclo que ocurrirá periódicamente dentro del proyecto de la nueva dirección de La Fabra Centre d’Art Contemporani. Bajo el título en l’estretor del revolt, una esquella, está compuesta por un ciclo de performances distribuido en dos noches y una instalación sonora que puede visitarse durante tres semanas.

Con el folleto naranja del programa en las manos, me comenta Noela que en catalán el título formaba una combinación de palabras que le parecía bastante abstracta. A mí también, pienso. Incluso en español, la palabra “cencerro”, que hasta entonces yo no conocía, me remitía a cenizas, como si de un incendio en la ruta se tratase. Esa es una experiencia que compartimos quienes vivimos en un lugar cuya lengua corriente no es la nuestra. En la traducción torcida, las palabras pueden sugerir imágenes que realmente no poseen ninguna conexión con su significado real, y eso indica que la comunicación puede estar ocurriendo en más de un plano.

Finalmente descubro que el cencerro es una campana. Comienzo por el texto del folleto porque entiendo que a partir de él surgirán las primeras emisiones sonoras, y ellas provienen de las gargantas de todas nosotras. En la lectura poco se revela acerca de las piezas. Sus títulos apuntan a un conjunto de acciones en bucle: movimientos circulares e incluso infinitos, como el progreso; señales luminosas que anuncian un verano sin fin o la próxima vuelta del faro. El texto de presentación define el desplazamiento de un cuerpo en el espacio como un ejercicio de lectura de un lugar, interrumpido, dentro de ese relato, por el sonido de un cencerro. Allí provoca un desvío para quien conduce, pero en su uso habitual, colgado al cuello de un animal, funciona como un dispositivo de orientación para quien pastorea.

Me aferro a esa idea porque la luz del faro, en el contexto náutico, también funciona como una guía a la distancia, especialmente durante la noche o en condiciones de baja visibilidad. Y el faro, en Interval #1, es evocado no solo en mebrat / መብራት, obra de Misiker Agulló, Adrasha presentada el primer día del programa, sino que también existe como resonancia de la investigación de Noela Covelo Velasco como artista. En próxima vuelta del faro, obra presentada en La Capella en septiembre de 2024, Covelo Velasco investigaba el estrechamiento como dimensión de la memoria y como acción vinculada al cuerpo a partir del movimiento vibratorio de las cuerdas vocales. El ir y venir de la cadencia de su aliento se conjugaba con un desplazamiento por el espacio que ocurría mediante un movimiento circular, configuración que vi repetirse en todas las piezas que integraron Interval #1. Es importante hacer esta observación porque Interval #1 no se anuncia como “curada por” Noela Covelo Velasco, sino como “acompañada por la práctica” de esa artista. Y este me parece un gesto pertinente que contribuye a las discusiones sobre los límites y las posibilidades del trabajo curatorial, la reconfiguración de sus formatos y de sus agentes, y que aquí se articula, de forma prometedora, por parte de un programa institucional.

Entonces viene la curva, que también por su estrechez nos sitúa en un momento de tensión. Aunque la curva se define justamente como el desvío de una línea recta, y puede instaurar, por lo tanto, un territorio de libertad, es por el rozamiento entre el neumático y el asfalto que el trayecto curvilíneo puede cumplirse. La curva es también el lugar de la incertidumbre – ¿qué viene después? – y de algún modo, el lugar de la desorientación.

Reverberación y distancia

feed ♾️ back (2025), pieza de Maguette Dieng en colaboración con Azadi Sound System, abre la programación de la segunda noche. La sala oscura está puntuada por azules que iluminan los sistemas sonoros preparados para la performance, con tres módulos del sound system triangulados por el espacio y una mesa de sonido. La sensación es que la vibración que emana de las torres transforma el espacio en una bolsa de aire que nos acoge con suavidad, un estado que es desplazado rápidamente por la imponencia vertical y totémica de los altavoces. Lo que se escucha es la modulación ondulada del sonido de los graves que crece y se complejiza a medida que nuevas capas van siendo añadidas, estrechando cada vez más la distancia entre nuestro cuerpo y lo que vibra.

A partir de aquí, la tensión que antes se establecía entre la audiencia y el sound system incorpora un tercer elemento, que es la propia artista. Acompañada por la selección de vinilos de reggae y dub traídos de Jamaica, Dieng se mueve alrededor de la mesa de sonido siguiendo los mismos códigos de un DJ set. El público, sin embargo, no se aproxima, manteniendo una distancia respetuosa que instaura un espacio intermedio lleno de vacío y que termina por dividir la sala entre escenario y platea. Sucede que, pasados algunos minutos de la performance, queda evidente que quien actúa esa noche es la música, y que, aunque sea la DJ la responsable de darle voz, quienes le daremos movimiento somos nosotras.

Se activa una negociación silenciosa entre todas, y la mirada que antes se dirigía al escenario, se rebate y distribuye por la platea. La danza es retraída. Lo que reverbera, entonces, no se restringe al campo sonoro, y pienso en los efectos causados por esa reverberación considerando la particularidad de un público que es, en su mayoría, europeo y más vinculado al circuito del arte que a la cultura Sound System o al reggae y al dub. El ruido es saludable dentro de un contexto tan habituado a los códigos de la performance, del arte contemporáneo y de las fiestas de música electrónica, donde Maguette Dieng también actúa como Mbodj o con el colectivo Jokkoo.

La cultura Sound System tiene su origen en las comunidades negras de Jamaica durante los años 50, en prácticas comunitarias y de resistencia frente a la cultura dominante. Más que un equipo sonoro, el Sound System es también un lugar. Un punto de encuentro que activa una experiencia sensorial colectiva vinculada a una conciencia política y social. El pliegue surge de la combinación entre eco y delay, y la percepción táctil del sonido de los graves, asociada al contenido de las letras, moviliza un “estar junto” que necesariamente pasa por la fisicalidad, por el roce, provoque situaciones de conflicto o de placer. Esa dimensión política y social del Sound System amplía los usos y los significados de la palabra sistema, que en toda la programación de en la estrechez de la curva, un cencerro es considerada como infraestructura, como aquello que hace posible la colectividad.

Regreso al peso de la palabra porque es un elemento implicado en todas las piezas del programa. El texto, que hasta ese momento se escuchaba fragmentado como letras de canciones como Poor and humble de Wayne Wade ou Talk Love de Sonia Spence, adquiere cierto protagonismo en los minutos finales de feed ♾️ back. A través de una lectura poética que mezcla testimonios de Dieng con los de constructores de sound systems o de personas de origen jamaicano que migraron a Europa, la artista reflexiona sobre las formas de vincularse con la música y la cultura Sound System, y la importancia de concebir la fiesta como otro lugar de compromiso e imaginación política.   

Distancia y distensión

El programa de la noche termina con endless summer (2025), de Adam Christensen. Ahora ya no estamos de pie ni nos relacionamos con el espacio desde nuestra verticalidad: nos sentamos directamente en el suelo intuyendo una dirección para nuestra mirada. Al fondo se escucha la grabación de una voz femenina en diálogos que parecen extraídos de cine antiguo, una sonoridad sombría donde el grave activa en nosotros una emoción distinta de la que habíamos experimentado en feed ♾️ back. Estamos esperando a Christensen, quien anuncia su llegada mediante el sonido de sus pasos en tacones.

Como una dama de negro, sexy, lleva un ramo de rosas rojas, un candelabro y una vela, indicando que la gravedad allí es la de un cuerpo abatido por alguna tragedia. La performance avanza a medida que estos elementos se articulan en la construcción de un espacio ritual que, aunque parece íntimo, también nos incluye. La comunicación verbal que en ocasiones establece con el público rompe el drama con algo de humor – are you okay? –, insinuando una invitación sutil y generando un instante de duda respecto a la dinámica de la performance.

Su espacio escénico incluye toda la sala, incluso los vacíos entre nosotras, por donde transita y tensiona, pero aún así sosteniendo la sensualidad y el misterio mediante gestos más pequeños, más o menos accesibles para el público, como el dibujo que hace en una pequeña placa apoyada en el suelo. El movimiento de abrir y cerrar, como indicativo de estar cerca o lejos, de incluir o aislar, revelar u ocultar, retraer o expandir, se manifestará en una variedad de acciones y objetos, como el acordeón. El instrumento, cuyo sonido es producido por el flujo de aire en movimiento a través de la contracción y distensión del fuelle, aparece como un segundo diafragma que acompaña, con cierta discreción, la modulación vocal imponente de Christensen. El timbre del acordeón trae el peso de otros escenarios a los que puede pertenecer, como el circo o el cabaré, contextos donde la risa y el llanto están tensando todo el tiempo.

La escucha es un gesto ético y espiritual. Escuchar es abrir espacio y ceder control. Es reducir distancias. En endless summer somos testigos de un relato melancólico, visceral y tragicómico que se realiza mediante la lectura de poemas, vocalizaciones y canciones transmitidas por un cuerpo que se mueve en círculos, que orbita. Nosotras frente a nosotras, y su presencia alrededor nuestro. En la práctica de Adam Christensen, su cuerpo funciona como un amplificador no sólo sonoro, sino también político. En sus piezas, el artista da voz a figuras marginadas, estirando los límites de las expectativas de género y sexualidad mediante referencias a la cultura trash y underground, al teatro de variedades y al cine de explotación y de horror de las décadas de los 70 y 80, mezclando esos materiales con expresiones de su propia vulnerabilidad.

La performance termina cuando Christensen desvía su camino hacia la salida y se va. Las rosas, el retrato, el guante, la vela y el candelabro permanecen en la sala como vestigios. Sigo pensando en la palabra “endless”, que es sin fin. Y en el movimiento de distensión, que puede ser relajamiento o lesión. Trauma, si estiramos demasiado.

Julia Coelho

Fotografías de Eva Carasol

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Kosmopolis: no solo Krasznahorkai

László Krasznahorkai (© Hartwig Klapper)

Hasta la semana pasada, László Krasznahorkai solo era un nombre más dentro de la larga lista de escritores incluidos en el programa de la nueva edición de Kosmopolis, la fiesta de la literatura amplificada que el CCCB acoge cada dos años y que se celebra del 22 al 26 de octubre. Pero desde finales de la semana pasada László Krasznahorkai es el nuevo premio Nobel de Literatura.

László Krasznahorkai publicó su primera y más famosa novela, Tango satánico, en 1985, en húngaro, cuando tenía poco más de treinta años. Edicions del Cràter acaba de publicar la traducción al catalán, Tango satànic, traducida por Carles Dachs. En 2017 Acantilado publicó la traducción al castellano de Adan Kovacsics. Está agotada pero probablemente no tardará en reeditarse, gracias al Nobel. Mientras tanto la podéis encontrar en bibliotecas (mañana mismo, en cuanto devuelva mi ejemplar, tendréis uno más disponible en la red de bibliotecas de la Diputació de Barcelona). El cineasta Béla Tarr, amigo de Krasznahorkai, adaptó la novela al cine con la ayuda del autor (que firma el guion). La película, Satántangó, se estrenó en 1994, está rodada en blanco y negro y dura siete horas. La podéis ver en Filmin, por ejemplo. Salvo contadas ocasiones, las adaptaciones de novelas al cine (o al teatro) suelen convertirse en experiencias decepcionantes si se ha disfrutado primero de la lectura del libro. Satántangó, curiosamente, podría ser una excepción a la regla. La película es muy respetuosa con la novela, la sigue muy de cerca, utiliza parte de su texto, mantiene su estructura en doce capítulos y en muchas ocasiones parece querer de verdad traducir en imágenes cada frase escrita. Una de las gracias de leer la novela y a continuación ver la película es observar cómo se las ingenian entre Béla Tarr y László Krasznahorkai para conseguirlo. El trabajo es minucioso. Hay un absoluto desprecio por lo que mandaría la convención en estos casos (recortar, suprimir, abreviar, resumir). En cambio, hay un cuidado exquisito por los detalles, por transmitir el ambiente un tanto alucinado del libro y por el tempo. Quizá por eso dure siete horas (si la novela tiene trescientas páginas, sale a algo así como un minuto y medio por página). Siete horas seguidas, según cómo, pueden ser una sobredosis pero también pueden convertirse en un tratamiento de shock contra la aceleración contemporánea. Sobre todo porque el ritmo de la película, como el del libro, es deliberadamente pausado, contemplativo. Aunque no por eso menos estimulante, porque el libro está repleto de juegos de todo tipo (formales, especulares, alegóricos) que la película recoge al tiempo que da espacio al espectador para que los capte y los procese sin prisas. Pero hay que llenar los pulmones de aire para acompasarse con el ritmo propuesto: en el caso de la novela, doce inmersiones en sendos capítulos de treinta páginas sin un solo punto y aparte (un poco como este largo párrafo en su homenaje). Para hablar del final de una civilización (aunque no se alude a él explícitamente, el final del comunismo, pero da igual, curiosamente: no en sus detalles pero sí en esencia, suena actual), de la esperanza y la desesperanza, del culto al líder, de lo ilusorio y de lo que se oculta, de la casi siempre conflictiva relación con nuestros semejantes, de lo visible de esa relación pero también del hilo invisible, como de tela de araña, que nos une a todos los seres que poblamos el planeta. Yo he hecho la prueba de sustituir durante un par de días el consumo de vídeos de Youtube y redes sociales por el visionado intensivo de Satántangó, inmediatamente después de la lectura de la novela, y no me atrevo a recomendarlo pero a mí me ha sentado de fábula. Para empezar, parecía imposible. Pero no solo es posible sino que, por lo que sea, me siento menos sucio. A pesar de la cantidad de barro que impregna la novela y la película. O quizá precisamente por eso: un poquito de destrucción de vez en cuando siempre viene bien.

Hasta hace dos días, Krasznahorkai era un autor relativamente desconocido por estas tierras. La sesión de Kosmopolis en la que participará no acababa de vender sus entradas. Si no le llegan a dar el Nobel quizá hubiese pasado desapercibido entre tanta programación. Ahora tendrá que lidiar con ese culto a la personalidad que tan bien retrata en su Tango satánico. Le deseamos buena suerte con eso. Mientras tanto, podemos disfrutar de otras sesiones de Kosmopolis, como la de la búlgara Kapka Kassabova y la catalana de origen rumano Corina Oproae, moderada por el escritor y periodista Jordi Nopca, que se centra en la contraposición de estrategias de ficción y no ficción para abordar el pasado propio (en una lengua diferente de la materna, en inglés en el caso de Kassabova y en catalán y castellano en el caso de Oproae). O la de María Reimóndez, Sara Guerrero y Blanca Llum Vidal, moderada por la investigadora y experta en literatura gallega (otro de los ejes de la programación) Helena González, sobre escrituras disidentes y políticas, donde posiblemente Raimóndez aborde cuestiones como las marcas de género y los dejes colonialistas que se nos escapan a la hora de traducir. O la de la escritora coreana Mirinae Lee (Corea es otro de los temas de esta edición), autora de Las 8 vidas de una centenaria sin nombre (Salamandra, 2025), sobre la vida de una nonagenaria coreana desde la Segunda Guerra Mundial hasta la actualidad. O la de Didier Eribon, que a partir de su experiencia personal (un intelectual francés de origen humilde que se aparta de su familia y vuelve a reencontrarse con ella años después), intenta explicarse por qué cuando dejó de tratar a su familia aún votaban al Partido Comunista y en cambio unos años después se los encuentra convertidos en votantes de la ultraderecha, todo un temazo del que quizá aún no hemos hablado lo suficiente y en el que Francia nos lleva unos años de ventaja que pareciera que vamos acortando a pasos agigantados.

Rubén Ramos Nogueira

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Festival TNT 2025

El pasado fin de semana estuve en Terrassa, a continuación doy cuenta de algunas de las cosas que pude ver durante esos días:

Les Chevaliers. Capítol 2, de Los Detectives

La compañía formada por María García Vera y Mariona Naudin estrena el segundo capítulo de Les Chevaliers, su serie sobre la búsqueda del Santo Grial. Este capítulo es un cuento medieval sobre dos caballeros que abandonan a sus familias, sus tierras y su patrimonio para emprender la búsqueda de un vaso mítico al que la tradición artúrica atribuye poderes grandiosos y un poco indefinidos. Durante diez años estos caballeros recorren Europa con determinación pero, a medida que el tiempo transcurre y las dificultades aumentan, su paciencia se desgasta. Con el tiempo la pareja acaba aborreciéndose: cada uno culpa al otro de su fracaso y de la pérdida de tiempo que esta búsqueda significa. 

El Santo Grial promete algo (inmortalidad) para lo que la humanidad probablemente no esté lista. El afán de perder una vida finita buscando otra que quizá nunca encuentres parece confirmar que quien va detrás del grial es incapaz de valorar lo que tiene. Quizá el objetivo de este cáliz legendario sea enseñar eso, que lo importante no es vivir mucho, sino estar atentos a cómo vivimos, aprendiendo de lo que podamos. El problema de estos caballeros es que a lo largo de su camino no parecen hacerse más sabios, sino al contrario: cuando después de viajar durante una década son interrogados por otros caminantes no aciertan a responder con inteligencia. De la ambición insatisfecha pasan a la frustración y al odio. Lo terrible no es que los personajes no encuentren lo que buscan, sino que sean incapaces de encontrar otras cosas valiosas en el proceso. Habrá que ver qué pasa con estos caballeros en el futuro, es sabido que, mientras quede aliento, todo fracaso es provisional.

No ser ni la sombra de lo que se fue, de María Jerez

La última pieza de María Jerez se estrena en el teatro Principal de Terrassa. Entramos por una puerta que atravesando unos almacenes nos lleva directo al escenario. El cortafuegos está abajo, así que el escenario será para nosotros todo el teatro. En el centro hay un cuadrado delimitado por cortinas. El público se sienta a dos bandas que están situadas en los lados opuestos del cuadrado. Al sentarte te darás cuenta de que no ves al público que tienes enfrente porque se interpone la escenografía. Con el correr de la obra te harás muchas preguntas, probablemente una de ellas sea si la mitad del público que quedó al otro lado está viendo la misma obra que tú.

No ser ni la sombra de lo que se fue es un trabajo que está entre la duermevela y la invocación. Lo que se invoca son fantasmas, personas que fueron y que insisten en no desaparecer del todo. La obra es un estado en el que se mezclan recuerdos con cosas que imaginamos que sucederán o que podrían suceder o que están sucediendo. Llamaría a estas cosas sueños, pero no lo son, son algo diferente. Durante la duermevela podemos visitar el pasado, el futuro y distintos presentes en distintas realidades. Allí, más que un cuerpo, somos un hueco con nuestra forma, un agujero por el que se ven el espacio infinito y el tiempo interminable que transcurrirá después de que hayamos muerto, cuando el conjunto abigarrado de partículas que hoy somos se esté dispersando lentamente por el universo. Igual que un recuerdo, la invocación es un esfuerzo por volver a atraer esas partículas para que vuelvan a estar unidas y recuperen la forma que solían tener. 

Es un lugar peligroso la duermevela, en el que puede pasar de todo y en el que todo pasa. Se viven vidas enteras en segundos. Te sientas en el sofá, te pesan los párpados y, de repente, un grito en la calle te devuelve a la realidad con el recuerdo de haber nacido, crecido y muerto en una tierra remota que no conocerás nunca. Por mucho que intentes explicarla, al ponerla en palabras esta experiencia pierde su sentido y se vuelve trivial. Por eso me dejó tan perpleja este trabajo, porque consigue llevarte a ese estado tan volátil y sostenerlo, y sostenerte a ti ahí adentro durante un buen rato, haciéndote transitar, además, por algunos de sus lugares más desconcertantes: pienso en cómo dudé de lo que veían mis ojos al presenciar una transmutación inesperada o en el segundo abominable en el que me vi, junto al resto del público, multiplicada por un espejo. 

Fasting girls, de Marta Azparren

Vi la versión de conferencia performativa del nuevo trabajo de Marta Azparren, Fasting girls. Una pieza en la que a través de la superposición de materiales diversos (vídeo, imágenes, testimonios en formato de audio, acciones, sonido, texto, objetos) se asocian ideas que a simple vista no están evidentemente vinculadas, o se conectan personajes que en principio no tienen nada en común a través de un hilo conductor: el ayuno voluntario. A medida que avance el discurso iremos entendiendo que en muchos casos la voluntad de no comer tiene que ver con la imagen que tenemos del propio cuerpo, y que esta imagen se construye no exclusivamente, pero casi, a través de la mirada del otro. A lo largo de la conferencia se discurre sobre las historias de personas que en distintos lugares y por diversos motivos decidieron o deciden pasar hambre. Un hambre no relacionado con la escasez ni la pobreza, sino con un deseo de delgadez, de pureza espiritual, de ocupar la menor cantidad de espacio posible o de no ser vista, de que te dejen en paz, de desaparecer.

Fogonazo, de Serrucho

La última pieza del colectivo Serrucho es una reflexión sobre la abundancia de imágenes con las que nos relacionamos a través de redes sociales. Mientras en una gran pantalla se proyectan paisajes capturados por cámaras de vigilancia situadas en lugares inhóspitos, unos robots-pantalla se mueven por el escenario, sobre ellos se proyectan transmisiones en directo de Tik Tok. Vemos canales en los que personas que se preparan para rendir exámenes de oposiciones estudian frente a la cámara, o en los que una persona rastrea objetos de metal enterrados en la arena. En otras dos pantallas más pequeñas leemos fragmentos de diálogos que algún miembro del equipo creador mantuvo (o quizá esté manteniendo en directo, creo que no) con algunos de los responsables de las transmisiones mencionadas, según entendí, con uno de los que estudiaba y con el que buscaba metales. 

De a poco la pieza avanza hacia la saturación de imágenes que se superponen en la pantalla grande, vemos sesiones de ASMR, un grupo de hombres que se acuesta, se levanta, baila un momento y se vuelve a acostar una y otra vez (es evidente que hacen esto a pedido del público que los mira), personas durmiendo, tocando el piano, haciendo ejercicio o cantando. El algoritmo (digital o humano, no lo sé) que selecciona el material que vemos parece tener cierta inclinación por la sordidez suave y por las mujeres jóvenes y atractivas. Quizá la cosa no fuera solo sobre el exceso de imágenes en general, sino sobre el exceso de un tipo de imágenes, o sobre el surgimiento de ciertos fenómenos propiciados por la facilidad de producir y compartir imágenes que surge con las redes sociales, tendré que seguir pensando. 

Extraña alegría, de Javier Hernando

Extraña Alegría es un monólogo interpretado por Rocío Bello. Un texto que es un intento de homenajear a los muertos (a algunos muertos, claro) de una forma particular: buscando formas de mantener la fe en la humanidad, o el optimismo por el futuro o las ganas de vivir. Para encontrar esta fe, este optimismo o estas ganas la obra busca en las historias de algunas personas que nos precedieron. Personas que en algún momento, de forma inesperada, se vieron envueltas en conflictos y decidieron oponerse con más o menos éxito a maquinarias que parecían imposibles de doblegar. Se habla, entre otras cosas, de un pequeño gesto que desencadenó una huelga nacional, de un intento de detener un desahucio con un poco de pintura, de una madre que se enfrentó a narcotraficantes y de un barrio que se salvó a sí mismo del olvido administrativo y el aislamiento. Creo que la obra va de recordar que quizá podamos hacer poco, pero casi siempre podemos hacer algo. En una conferencia pronunciada hace un par de años de la que hablé brevemente aquí, Andrea Soto Calderón dijo que “no es lo que existe lo que necesita de nosotros, sino lo que debería existir, lo que podría existir”. Desde entonces pienso mucho en esta idea y la recordé varias veces mientras veía esta obra: las cosas que son solo una posibilidad son las que requieren del esfuerzo de imaginarlas primero y de llevarlas a cabo después, un futuro posible es una criatura frágil de la que hay que estar pendiente, nada se arregla ni mejora si no hay alguien tomándose el trabajo de imaginar cómo podría funcionar bien. El problema es que últimamente y sobre todo en las ciudades, estamos todos muy reventados como para ponernos a imaginar, y también, creo, que nos está comiendo el discurso de que las cosas son ahora peores que nunca y que los sistemas están tan establecidos y son tan grandes y omnipresentes que un individuo no puede cambiar nada. En la obra de Javier Hernando el optimismo es una decisión política, pero no viene dado, se fabrica con voluntad y disciplina, se busca y es necesario para no languidecer en la angustia que, si bien es una respuesta natural a muchas de las cosas que nos rodean, al final nos vuelve dóciles, manejables. Algo habrá que hacer, porque los buenos no pueden haber muerto para nada. 

Symphony of horror, de Sara Manubens

El festival se cierra con el estreno del último trabajo de Sara Manubens. En una sala diáfana el público se acomoda en sillas situadas alrededor de un cuadrilátero vacío. Quien salga a ocupar ese espacio no tendrá dónde esconderse, los cuerpos que allí se sitúen estarán inevitablemente expuestos durante toda la pieza, serán observados desde todos los puntos de vista. 

El espectáculo comienza, mientras canta una canción de amor, Sara (o el personaje que Sara interpreta) es atacada por una vampira que sin que ella se diera cuenta la había estado acechando. Después de beber su sangre, la vampira descansa satisfecha y presume de su victoria. La que acaba de ser mordida queda inerte en el suelo, pero este estado dura sólo unos segundos al cabo de los cuales despierta, convertida ella también en una no-muerta que ataca a su creadora. A partir de esta primera interacción se sucederán entre Sara Manubens y Norma Pérez resurrecciones y transformaciones que las llevarán a transitar todos los estados y a habitar todos los cuerpos que son posibles en las historias de vampiros en sus diferentes versiones y variantes estéticas. El vínculo entre los dos personajes se reiniciará cada pocos minutos, una situación se convertirá en otra, cada una pasará de ser víctima indefensa a monstruo temible, de humana a criatura con poderes sobrenaturales. Cada vez que creamos que los roles se han establecido algo nuevo se desplegará y todo cambiará completamente. Los personajes se irán componiendo y descomponiendo a medida que se desprendan de su vestuario y se lo vuelvan a poner. La pieza es una sucesión de historias dentro de historias y personajes dentro de personajes en la que veremos doncellas frágiles, demonios, vírgenes puras o cazadoras. Entre las dos habrá un vínculo móvil, que irá de la amistad a la persecución, del ataque a la ayuda, como si fueran enemigas que no sabrían ni querrían vivir una sin la otra. 

La parodia y el humor aparecen a través de la sorpresa incesante y del esfuerzo máximo. Este trabajo es un ejercicio barroco durante el que las artistas entregan deliberadamente todo lo que tienen, sin preocuparse por administrar energía ni recursos, poniendo en juego todo el cuerpo que en más de un momento desborda el escenario.

María Cecilia Guelfi

Imágenes de Alessia Bombaci

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Entrevista a las comisarias de Sense esquerda no hi ha punt de llum

Entrevista a Carolina Campos y Tomás Aragay, comisarias junto a Sofia Asencio y Sara Manubens de Sense esquerda no hi ha punt de llum, exposición en Santa Mònica hasta el 25 de octubre con la participación de Sofía Archer, Lu Chieregati, Efe Ce Ele, Lucía Egaña Rojas, Sergio Fausttini, João Fiadeiro, Núria Güell, Jokkoo Collective, Bruna Kury, Márcia Lança, Las Mediocre, Xavier Manubens, Manicure, Merci Xula, Jorge Nieto, Calixto Neto, Norma Pérez, Daniel Pizamiglio, Puzzlemania, Mar Reykjavik, Victor Ruiz Colomer, Serrucho, Leticia Skrycky, Tres Peons y Mónica Valenciano. 

¿Cómo describís vuestra propuesta expositiva en Sense esquerda no hi ha punt de llum?

Tomás Aragay: El propio denominativo de exposición está puesto en cuestión a partir del trabajo del equipo curatorial. Viniendo de donde venimos las cuatro, también hubo tensión entre la palabra festival y la palabra exposición, o entre objeto artístico, instalación, cuerpo… El museo nos invita a partir de la pregunta de qué es un esdeveniment (acontecimiento), cuándo se produce un evento o algo relevante. Esto en un museo sucede cuando alguien se encuentra delante de una obra quieta, y en un lugar muy determinado para la cultura. Así que empezamos a jugar y preguntarnos sobre el esdeveniment en un museo bajo el paraguas de una exposición. La expo pone todo esto en cuestión y en tensión, tanto para la institución como para el visitante o la artista. 

Carolina Campos: También nos hemos preguntado por los flujos de atención en un dispositivo como el museo, tendiendo en cuenta la idea de invitación o el público que visita el museo. A partir de ahí empezamos a pensar distintas naturalezas de acontecimientos, más o menos artísticos, centrales o periféricos, con distintas temporalidades, y dibujamos las distintas capas de la expo. Por los protocolos asumidos del museo y la exposición, parece importante explicar que el público se va a encontrar una propuesta diferente en función del día, como si fuese un festival. Entonces el público tiene una tarea en relación a la atención. 

Tomás Aragay: Esta expo es un evento o algo que sucede cuando no lo esperas, que es entonces cuando coge su fuerza máxima, y puede producir una grieta en la realidad. Cuando algo que sucede no se le está mirando, genera un hecho poético que en una exposición, donde se supone que todo está explicado y quieto, es un problema y un acierto para el museo, porque genera un espacio nuevo que es el estamos intentado explicar. Hemos puesto en marcha estrategias desde la curadoría para que la sensación de cuándo va a suceder la cosa o quién es la cosa quede suspendida. En el texto curatorial se dice: “¿El acontecimiento seremos nosotras?”. 

Carolina Campos: Una pregunta importante que atraviesa nuestro trabajo es quién ocupa esos acontecimiento del museo, qué cuerpos pueden estar allí. Hemos hecho también el esfuerzo de programar pensando en quiénes son las personas que se acercan a cada tipo de acontecimiento.

A grandes rasgos, parece que la exposición se organiza a partir de instalaciones, residencias y activaciones, pero se entiende que hay mucho más y entre medias. ¿Cómo funciona la máquina de Sense esquerda no hi ha punt de llum? 

Tomás Aragay: La idea es mezclar públicos y clases de activaciones o sucesos en distintas temporalidades. Luego hay propuestas que están previamente anunciadas, que generan una expectativa, y cosas que no, que se generan en el tiempo de la exposición. Las cinco residentes estarán trabajando duracionalmente allí para generar algo en relación a la pregunta, pero que se activará cuando quieran, ni nosotras lo sabemos aún. Si bien hay ventanas que están marcadas para que lo hagan, esa tarde pueden estar en la escalera improvisando y los demás equipos acompañaremos y facilitaremos que eso pase. Esto supone una de las capas imprevistas de la exposición. Luego, en la tensión exposición/no exposición, el museo nos pidió que hubiera cosas fijas o instalaciones, y hay cuatro que también trabajan a partir del acontecimiento que sucede cuando sucede. Varias de ellas con temporalidades concretas y diversas, trabajando con la presencias o no de espectadores, funcionando como una especie de respiración interna que tampoco es fija aunque lo parezca, así que el espectador puede encontrarse las instalaciones activas o tendrá que tomarse el tiempo y esperar. Luego hay eventos puntuales con volúmenes muy diferentes. Desde un concurso de ajedrez que dura todo un día, o la Feijoada que es un espectáculo en toda regla con particularidades a su vez. La idea es cruzar todas esas capas en el tiempo. 

Carolina Campos: Nos interesa mucho la imprevisibilidad. Hay mucha cosa controlada, programada y divulgada, pero muchas otras van a pasar en el momento. Por ejemplo una performance de diez personas sucediendo a la vez que un desfile de moda o un campeonato de ajedrez. Hay un deseo de crear las condiciones para no saber que atraviesa la exposición. 

Tomás Aragay: En las primeras conversaciones del equipo curatorial, Sara Manubens trajo una lectura sobre la diferencia entre la catedral y el bazar. La catedral está quieta y rígida, y allí todo el mundo sabe lo que va a hacer y va suceder. El museo es muy parecido, es el templo del arte. El bazar es todo lo contrario, es el caos, el cambio y la mezcla. Y quisimos traer el bazar al museo. 

Santa Mònica se ubica en La Rambla de Barcelona, en un antiguo convento, después cuartel e iglesia del barrio, que tras la reforma proyectada por los arquitectos Albert Viaplana y Helio Piñón se convirtió en centro de arte. Desde que Enric Puig Punyet dirige la institución, hemos visto propuestas espaciales muy diversas en cada exposición, siempre en negociación con la arquitectura del espacio. Para Sense esquerda no hi ha punt de llum habéis contado con el diseño expositivo del artista Víctor Ruiz Colomer. ¿Cómo es la propuesta espacial de esta exposición? 

Tomás Aragay: Víctor Ruiz Colomer fue muy importante en el proceso curatorial. Santa Mònica es un centro muy particular espacialmente. Víctor ha querido reflejar la inestabilidad de la que hablábamos en el espacio, esa cosa que no acaba de estar del todo afirmada. Hay gestos en su propuesta que tienen que ver con eso, con cómo se accede al espacio, cómo se conforma el espacio representativo o la posibilidad de ser movible. También se ha trabajado el espacio con la idea de pasar tiempo en el museo, que no fuera un lugar de consumo de arte. Hay agua y comida hecha por Kantina Migrante. Esta expo responde a la idea del equipo comisarial de que alguien cuando vaya a ver algo concreto, se cruce con otra propuesta y se pueda tomar el tiempo. Ese ágora que llamábamos, sería el claustro del edificio. En el primer piso hay una instalación de Serrucho. En el piso de arriba hay un taller o atelier para las residentes, un espacio privado-público en el que trabajan, pero que también se puede ir a visitar. Durante el proceso hablamos de buscar maneras para que la espectadora entienda que todo lo que sucede en un lugar, más allá de si es señalado como arte u obra o no, ya forma parte del devenir de la cosa, como el personal de limpieza o de seguridad. Intentamos llevar la mirada o la sensación vital-coreográfica a eso y no darlo por supuesto. También comentar que a la artista Mar Reykjavik le hicimos un encargo poético-visual, una especie de coreografía de la atención a través de la palabra, en la que usará una radio interna del centro. 

Carolina Campos: Hay toda una infraestructura arquitectónica en el espacio, pero también otra invisible que condiciona las temporalidades, el material que se puede usar… por lo que hemos tenido en cuenta y jugado tanto para el espacio como para la curadoría las tensiones de protocolos del museo. A pesar de que Santa Mònica es un centro que se está experimentando mucho, tiene unas restricciones nada neutrales. Al respecto, Víctor por ejemplo ha querido trabajar con algunos materiales exposiciones anterior.

Tomás Aragay: Hay barreras de la institución que no hemos podido derribar. Por ejemplo y entre otras cosas, queríamos que las residentes pudieran dormir en el museo. Dentro de que estamos en un mundo muy normalizado y vigilado, hemos intentado crear otras dinámicas y flujos de públicos que no sean el típico consumo de arte. 

Santa Mónica se define como “un centro de artes público, gratuito y abierto a todo el mundo. No es un museo, es un espacio donde descubrir la creación artística más contemporánea. Es investigación, experimentación y creación participativa.” Si bien las artes performativas suelen estar demarcadas en los museos en actividades o programas públicos, y en pocas ocasiones son objeto central de interés, ¿qué pueden aportar las artes performativas a las propuestas museísticas y expositivas? ¿Cómo influyen en la vuestra? 

Tomás Aragay: Creo que el arte vivo puede generar tensión, lo que a su vez provoca pensamiento crítico para los tres lados, a quien lo propone, a la institución, y para el que se ve involucrado al visitarlo. Mientras esa tensión siga viva, me parece que vale la pena practicar. Santa Mònica lo intenta y ahí hay algo vivo. 

Carolina Campos: También tenemos que repensarnos dentro de las artes performativas. Ponernos en tensión nos hace ver también nuestros protocolos, lo que da conciencia de las neutralidades que creemos tener, y que no sé si son más o menos que las de los museos. Cuando nos ponemos en tensión con las cosas es donde aparece la vitalidad. 

La exposición se inaugura con una obra del colectivo Jokkoo y se clausura con la Feijoada de Calixto Neto, obra que se presenta por primera vez en el estado. ¿Cómo son y qué significan esta apertura y este cierre de la expo? 

Hemos tomado la decisión de empezar y cerrar con dos grandes eventos, tanto por las artistas que están involucradas como por sus propuestas. Es un privilegio poder programar la Feijoada en Barcelona. La obra ya juega en sí misma con el dispositivo teatral. Cerrar con una obra que es un gran acontecimiento que juega justo con la tensión entre celebrar y estar conscientes, desneutralizar y poner en movimiento lo que tú llamas alegría crítica. Feijoada te pone en un lugar festivo, pero también de conocer toda otra historia, y en el lugar de otra colectividad con sus rituales. Y empezamos con Jokkoo que trabaja con la arquitectura del lugar y las personas que entran en ella. Así que creo que vamos del espacio vacío con Jokkoo, cuando las artistas aún no están ocupando Santa Mònica, hasta el espacio lleno con la Feijoada. 

En el texto comisarial describís Barcelona como “una ciudad higiénicamente remojada de acontecimientos”. ¿Cómo se relaciona y qué propone Sense esquerda no hi ha punt de llum en relación a Barcelona y sus dinámicas?  

Tomás Aragay: Hay cuerpos y prácticas que no estarían en un museo o en un centro de atención que hemos intentado que aparezcan, en buenas condiciones y bien contextualizadas. Esto me parece que sí aporta en esta Barcelona donde lo institucional lo abarca casi todo y hay poco espacio para el underground, si es que esto es underground. Por un lado hay un intento de abrir esa grieta, y por otro el de desplazar el evento en una ciudad tan ordenada, que lo tiene todo en cajones y sus públicos bien separados, un intento deshigienizante o contaminante que, si sucediera un poco, sería increíble. 

Carolina Campos: Ahora cuando estamos empezando con la divulgación de la expo, nuestras preguntas iniciales están ahí, pero hay otra capa que ordena todo por ejemplo a través de llamarlo performances o instalaciones, y tenemos la sensación de que estamos alimentando la misma lógica que Barcelona. Hay que ir poco a poco intentándolo, no lograrlo y seguir intentándolo. Hemos intentado desde el inicio torcer las cosas al máximo, pero después se acomodan como se acomodan. 

Tomás Aragay: Los públicos también estamos súper formateados. A mí cuando me pregunta la gente qué o cuándo van a ver la expo, les digo que se pasen cualquier tarde, pero no es suficiente. “¿Pero qué tarde?” No lo sé, cualquiera puede ser la mejor.  

Carolina Campos: Hay un contexto en el que estamos todas insertas, en una cierta economía de la atención y de los algoritmos. En que yo como público no quiero editar la información, queremos que nos digan a qué ir. En esta exposición estamos jugando y en diálogo con el cansancio que creo ahora mismo sufrimos todas. 

Fernando Gandasegui 

Imágenes de Jordi Play de la performance de Jokkoo y las instalaciones de Efe Ce Ele, Leticia Skrycky, Jorge Nieto y Serrucho

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S’imposa un retorn al desordre

Què deu ser, el contrari d’arribar i moldre? Entrar ensopegant? A empentes i rodolons? Començar cancel·lant? És que ni fet expressament. O és que seria capaç, La Virreina Centre de la Imatge, d’ordir una producció d’abast internacional que coordinés milers d’activistes pro-palestins, l’abominable IDF, una manifestació convocada ad hoc i la decisió conseqüent d’anul·lar l’espectacle —i per tant, el primer dia de Poesia Hacció— per part del col·lectiu Nicomedes Mendes (que, per si no ho sabíeu, agafen el nom de l’últim botxí de Barcelona)? Un esforç ingent totalment incongruent per unes jornades així —i per tant, totalment adequat: tot el que provoqui curt-circuïts, tot el que trastoqui, tot el que vagi a la impensada és territori hacmorià i xargayà, o xarmorià, o hacgayà, esclar. Comencem bé: comença el fracassart. 

*

Quina patxoca, un ring al bell mig del pati de la Virreina!  Quina alegria, un espai dedicat al descontrol, un racó alliberat de la supremacia de l’excel i de la marca personal, una tarima elevada als quatre vents on no s’hi afirmi l’excel·lència, la fama ni el progrés!  Si es planta un ring a peu de carrer —al peu de la Rambla manifestada, de la ciutat atrafegada i alienada—, a banda del que hi passa dalt hi pot passar tot el que passa pel carrer —curiosos, badocs i despistats, els que reguen la ciutat, la gossa Tamariu que intervé amb algun lladruc, com les campanes o les llaunes de cervesa quan s’obren, que també van salpebrant el vespre—, i és per això que el 1992 s’hi va plantar un ring, a peu del carrer, en homenatge a Arthur Cravan, el poeta boxador, i és per això que s’hi torna a plantar ara, però a aquell homenatge se n’hi afegeix un altre, o dos, o més aviat cap o l’antítesi de tot homenatge —sí, més aviat això.  

*

Aquest divendres 3 d’octubre del 2025 a dalt del ring s’hi ha llençat insecticida contra la paparra del sentit, s’hi ha trobat la secta anti-sectària dels anti-anti-anti-anti-sistemàtics, la colla de la parapèmia i de l’embolica que fa fort, els del com més serem més riurem i qui dugui metrònom i tiralínies s’ha etivocat: cap al recinte firal falta gent! 

Aquest divendres 3 d’octubre del 2025 a dalt del ring, per començar, amb guitarra elèctrica, arquet, micros, megàfon i un loopstation la Pia Sommer compon en directe i aixeca tota un arquitectura sonora que omple el buit del pati de la Virreina; després l’Enric Casasses treu del cabàs un poema seu del 1987 dedicat a Cravan, recorda el poema obituari que li va dedicar a Hac Mor a partir del seu clàssic «Aquest poema no vol dir res, i tanmateix ja ha dit massa», i a la seva divisa «La perfecció és feixista» hi contraposa un poema que acaba dient «El pinyó és la perfecció del pi»; llavors s’enfila la Barbara Held i improvisa amb la flauta travessera sobre una base pre-gravada; i vet aquí que arriba el Pere Noguera amb tres grans rodones de feltre blanc, negre i vermell, sis bols de terrissa i tres bombetes i es posa a fer una ars combinatòria totalment anti-lul·liana; aleshores la Maria Sevilla, amb la seva veu i maquinetes, anuncia que, a partir del «Ara que dos i dos ja no seran quatre» hacmorià, farà un «Intent de demostració matemàtic del concepte d’infrapoesia», i ho fa, i sentim l’Esther Xargay en loop, i ens porta fins a l’hotel d’infinites habitacions on cada poema és un perill per a la poesia; just en aquell moment surt l’Albert Vidal vestit de boxador a llegir-nos un text amb la força dels recursos infinits del seu virtuosisme interpretatiu, tot per acabar convertint la concurrència en un gran càntic; l’entrada del Roger Pelàez és estrepitosa, el sentim contra la lona gairebé abans de veure’l i de seguida s’aixeca per aprofitar que fa segons que cantàvem per continuar cantant plegats les seves proclames goliardesques i reclamar unes noves croades per restituir prepucis a Terra Santa mentre a la pantalla institucional de darrere seu l’esperit morgayà fa de les seves i dispara espontàniament uns vídeos de gegants de la diada de Santa Eulàlia; el final de festa és el Llapispanc armat de reverb, caos i llentiscle, encarnant fidedignament l’actitud desmanegada i incontrolable de les revistes caminades del Carles i l’Esther. 

*

Quina gran segona/primera jornada! Quina gran primera/segona jornada! Quin gran començament/continuació del món xarmorià! Quines ganes que siguin les set de la tarda del sis de novembre per tornar-hi!

Martí Sales

Imatge: ‘Portraits and Selfportraits’ (1997) ©Ramon Guimaraes

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Seis propuestas para un otoño periférico en el Teatro Ensalle de Vigo

Vuelvo a la ría. Al fin. Verano complicado, lleno de muchas cosas. De días que son capaces de contener semanas en sólo veinticuatro horas. Y de largas semanas sin que suceda nada, abrazado a un ventilador, el amor de verano más tierno y metálico que se puede tener en la vejez. Casi me hace llevar al extremo aquello que dijo Heiner Müller: Ya no quiero amar a una mujer a un hombre a un niño a un animal (…) Quiero ser una máquina”. Es lo que tienen los veranos madrileños, que Müller se me viene a la cabeza y quiero convertirme en una máquina. A poder ser de tipo frigorífico.
Por suerte, cuando el verano debería agonizar y no lo hizo, pude asistir a Free Tour. Un festival maravilloso hecho desde la independencia creativa. Un oasis en la programación rancia e insulsa de Madrid, con los teatros públicos a la cabeza. Deberían darle un complemento salarial a las empleadas de la limpieza de esos teatros de tanta caspa que van a tener que barrer esta temporada. En este enorme festival, desarrollado en espacios tan convencionales en la vida diaria como un restaurante, una casa, un parque, una galería de arte o un descampado donde la ciudad deja de serlo para convertirse en misterio, subyacía la idea de que no tenemos casa. No hay hogar. Ni para vivir, ni tampoco para crear o mostrar. Un triste cielo azul surcado de gaviotas blancas estilizadas con el logo de la legión cóndor tatuado en sus alas. 

Vuelvo a la ría. Me asomo a la ventana de la cocina y huelo la llegada del otoño. Pienso que de alguna manera aquí sí tengo casa. Casa como lugar de refugio, como lugar de hacer y no cuestionar. Como habitación propia también. Como lugar amable en todos los conceptos que puede abarcar el verbo amar. A fin de cuentas, todos aspiramos a un espacio donde no pasar hambre, frío o sueño. 

Y sin poder esperar me asomo a la programación del Teatro Ensalle. Para ver qué alegrías voy a tener en los próximos meses. Además de las obvias de poder ponerme un forro polar en algún momento y de estirar un edredón bien gordo sobre la cama. Lo hago casi como un anticipo, como un aperitivo que degustar tranquilamente y salivar. Ruge el estómago, segundo lugar donde más neuronas se acumulan en el cuerpo humano, y ellas saben, claro que saben. 

Para este otoño en Vigo, Raquel Hernández, nos propone acercarnos a seis trabajos diferentes. Cuatro de ellos son creaciones específicas para la sala. Las otras dos son obras que ya han tenido recorrido en otros espacios y llegan ahora navegando hasta la ría. Los cuatro últimos de esta serie se agrupan bajo el paraguas del festival Catropezas en su XX edición y que suele agrupar las obras del mes de noviembre en la sala y se acompaña de algún tipo de taller o curso intensivo. El de este año de Body Weather a cargo de Andrés Corchero. La sala no descansa esos días, vamos. 

Van a continuación unas pequeñas notas kafkianas para acercarme a cada una de las propuestas que podremos ver antes de que las putas luces de navidad nos cieguen a todos y necesitemos gafas de sol en diciembre. Ya lo anticiparon Os resentidos hace mucho tiempo. “Fai un sol de carallo / haiche muito yeyé”. Algunos yeyés, por desgracia, en altos puestos de mando municipales. 

A diferencia de un festival, que se acerca más a un menú degustación con muchos platos y postres y sobremesas y cafés y copas y sobremesas y copas y cafés y más copas, un atracón en toda regla de mezcla de sabores intensos que inevitablemente deja un bajón parecido a la resaca al terminar, tener una programación estable es siempre mejor para la dieta. Y ya vamos teniendo una edad. Y también me gustan los festivales, eh, que uno es mayor pero no tanto.

Y vamos allá al fin. Tanta digresión no sé si puede ser buena.

Intermitencia + Ensalle “Innombrable” 17, 18 y 19 de octubre. 20:00h

Acaban de llegar de México. Once funciones de su penúltima obra, Sobre, en seis estados diferentes de los Estados Unidos de México, que por lo que leo sigue siendo el nombre oficial de la República Mexicana. Y por lo que me cuentan tiene sentido lo de los estados porque cada uno es de su padre y de su madre. Y nada tiene que ver el estado de Guerrero con el de Chihuahua y el de Chiapas con San Luis Potosí.
Pues no contentos con pasarse parte de agosto y septiembre de gira por allí ahora se traen a Galicia a dos artistas mexicanos para seguir trabajando. Esta vez a este lado del Atlántico.
Se trata de Cristel Romo y Caín Coronado, que forman la compañía Intermitencia Teatro. Parece que en algún momento estuvieron de alguna forma ligados al teatro El Rinoceronte Enamorado de San Luís Potosí y aunque ahora ya no están allí no me resisto a dejar de citar un nombre tan hermoso para un teatro. Por si algún día cunde el ejemplo.
¿La propuesta? Juntarse y hacer. Dos semanas y mostrar. ¿Sencillo, no? Bueno, detrás hay mucho trabajo. Experiencia también, pero sobre todo apertura de miras al abrir los brazos y acoger. 
Por lo que oigo quizá se hable de la memoria de México, de la relación con los colonizadores y de la ruptura de la forma, pero igual no. Tal vez se pinchen vinilos, pero es posible que no se haga eso y se opte por cualquier otra cosa. En cualquier caso allí estaré. Y si todo va bien lo contaré por aquí.
Como anticipo nos dejan unas frases. Entrecorto y copio: Como una vuelta a la conquista, ahora dos mexicanos llegan a las costas españolas para hablar de eso que ya no se dice o aquello que nunca debió ser pronunciado o simplemente eso que no tiene sentido… Una luz se enciende sobre el escenario….

AveLina Pérez “Segunda man. Estado aceptable” 24, 25 y 26 de octubre. 20:00h

Por seguir con el copia-pega empiezo con la presentación de la obra que no puede ser más sugerente. Ofrécese muller, dada de alta na seguridade social, para agarrar man de moribundo no último lance. Prezo, 35 €/h. Cóbrase por adiantado”. Con esto debería llegar para, al menos, despertar la curiosidad de cualquiera. No creo que haga falta traducirlo, pero si alguien lo necesita que me diga. 
Lina es una de las artistas residente en Teatro Ensalle. Allí residimos unos cuantos, algunos oficialmente y otros de estrangis, pero que no se enteren. 
En Ensalle hemos tenido ocasión de ver gran parte de su creación desde 2017. De hecho, Segunda man es una especie de reposición ya que se presentó inicialmente en 2023. Ahora tenemos la oportunidad de ver la evolución del trabajo.
De hace dos años recuerdo una mesa alrededor de la que estábamos sentados apenas un puñado de personas porque era un proyecto para público reducido, unos auriculares y unas proyecciones de vídeo. Recuerdo que las voces me llegaban a través de los cascos y que me evocaron a algún cuento de una Mariana Enríquez nacida en el barrio vigués de Teis, pero en aquel momento estaba obsesionado con la escritora porteña porque los papás de Cleo me regalaron un libro de ella y buscaba referencias en cualquier parte. Así que no os fieis mucho de mí.  
Siempre es mejor ir a voces más claras y autorizadas que mi recuerdo, que tiende a modificarse con el tiempo, y leer lo que Afonso Becerra escribió entonces en Artezblai: “¿Será el humor lo que nos salvará? Hay quien piensa que es el dinero. Con él podemos conseguir casi todo excepto la salvación. Se compra. Se vende. Se busca. Se ofrece. Verbos sin los cuales casi no podemos comprender la sociedad actual, sobre todo la que va tirando. Y luego también está la soledad. Ese lugar del que mucha gente huye. No toda.
Afonso escribe muy bien. Y Lina no se queda atrás. Será un placer volver a sumergirse en sus palabras y dejarse llevar. Está bien eso de volver a ver una obra viva pasado un tiempo. No sólo puedes ver cómo ha cambiado la obra si no que, si prestas atención, puedes incluso ver cómo has cambiado tú. Aunque eso dé mucho miedo. 

Antonio Fernández Lera / Magrinyana “Una obra imperfecta. Primera toma. Tres variaciones” 7, 8 y 9 de noviembre. 20:00h

Me cuesta mucho escribir sobre Antonio Fernández Lera. Por un lado pienso que podría rellenar tantas páginas que colapsaría el servidor de Teatron. Por otro lado pienso que ni así llegaría a decir una pequeña parte de lo que me sale del corazón. Con él no puedo ser objetivo. En realidad no puedo ser objetivo con nada, pero con algunas cosas puedo, al menos, tomar algo de distancia.
Antonio, para que os hagáis una idea, es de las pocas personas que si no existiesen habría que crearlas. No digo inventarlas o imaginarlas, digo crearlas. Aportando todos un poquito de nuestro talento, nuestra constancia y también nuestra discreción tendríamos sólo para empezar. Lo digo con conocimiento. 
Si no me hubiera cruzado con él cuando tenía dieciséis años, aunque fuera tangencialmente, habría muchas posibilidades de que no estuviera aquí sentado escribiendo. Ya os contaré antes de empezar el tomo II, para que hagáis sitio en vuestras bibliotecas. Es una historia de amor, no temáis.  O sí.

Antonio regresa a Ensalle. La última vez hace ya unos años con la creación de la serie Vida y materia / Entreactos / Poemas lentos. A Raquel Hernández, Artús Rei y Pedro Fresneda (equipo titular de Ensalle) se sumaba en aquella propuesta Carmen Menager en una creación específica para la sala. Hace ya unos cuantos años porque la obra de Antonio es, más que lenta, pausada. Porque Antonio es un poeta y cada respiración no sólo está meditada sino que ha sido vivida.
Ahora vuelve a emprender otra creación basada en su nuevo libro de poemas Una obra imperfecta. Tres variaciones (Ed. La Garza Roja, Pinto, 2025).
Para acompañarle nadie mejor que la más guapa y además de eso mi violinista preferida, Elena Vázquez, y la presencia, siempre poderosa con esa voz que nos podría arrastrar a donde quisiera, de Gonzalo Cunill. 
Os dejo como anticipo con el primer verso del libro, quizá de la obra: Qué mierda de guión es éste.

Amalia Fernández “Solala” 14, 15 y 16 de noviembre. 20:00h

Uno de los primeros recuerdos que tengo de Amalia me ha acompañado todos estos años desde entonces. Estamos a finales de los 90, con la difunta Sala Galán en plena actividad. Adivina en plata de el Bailadero. Mónica Valenciano, Raquel Sánchez, Amalia Fernández y Félix Santana (¿dónde estás, Félix?). Cuatro seres escapados de un cuadro de Goya que aterrizan en Polonia sin ninguna necesidad y después de dar una vuelta por Galitzia vuelven a huir perseguidos por un irritado Tadeusz Kantor llegando finalmente a Santiago de Compostela y a la otra Galicia, la buena, la mía. Cuatro seres que deambulan por el teatro diciendo sus cosas. Contándonos sus anhelos más profundos. Y en esto va Amalia y suelta sin anestesia: “Quiero vivir en una casa que desde la sala tenga vistas al Obradoiro y desde la cocina al Sacromonte”.
Mas de 20 años llevo creando versiones de esta imagen en mis sueños. Cambiando al Obradoiro por la ría de Vigo y el Sacromonte por el monasterio del Escorial, la plaza de Lavapiés o la medina de Tánger…
Amalia estará en Ensalle con Solala, una obra que comenzó a trabajar en 2022 y ya ha tenido un cierto recorrido. Según dice, la obra ha ido evolucionando hasta convertirse en un tríptico que se puede ver seguido. 
Siempre que me hablan de trípticos me viene a la mente El jardín de las delicias de Hyeronimus Bosch, como a todos. Pero no por lo obvio. Porque para mí lo mejor de ese cuadro es que tiene bisagras y se puede cerrar sobre sí mismo. Entonces aparece el reverso de las famosas tablas también pintado. A esa nueva fachada el pintor le llamó La creación del mundo. Si podéis id al museo del Prado en horas gratuitas y corred a ver esa obra. Mirad desde el ángulo adecuado. Vais a flipar. Y un día desarrollaré mi kafkiana teoría sobre esto, pero no hoy. 
Yo por mi parte iré a flipar a Ensalle y después le preguntaré si al fin ha encontrado su casa con las dos fachadas. Yo sigo buscando la mía con las dos escaleras sin descanso desde entonces.

Andrés Corchero “Palíndromos y viceversos” 21, 22 y 23 de noviembre. 20:00

Cuando de joven empiezas en este tinglado de las artes escénicas cada descubrimiento es un mundo que se abre. Recuerdo cuando me regalaron los primeros textos de Heiner Müller y flipar leyéndolos (fue Antonio Fernández Lera quien lo hizo, para más detalles ahí arriba). Y recuerdo después comprar por casualidad las Pavesas de Samuel Beckett y querer montarlas y enseñarlas todas. Recuerdo cuando vi por primera vez en vídeo Café Müller de Pina Bausch o cuando pude ver en Lisboa Alice de Bob Wilson y, casi lo más importante, una pequeña instalación suya en una pequeña galería de arte, Alice-Two Rooms, que me sigue rondando la cabeza porque me la hizo estallar para siempre. 
También me hizo estallar la cabeza, más moderadamente debo decirlo, conocer la danza Butoh. Por aquellos mismos tiempos. Fue mi hermana Estela Lloves quien me la presentó. A mí me revolvió la cabeza, pero a ella todo el cuerpo. Y ahí empezó su periplo, que le llevó a Barcelona, a Japón, de vuelta a Madrid y finalmente a Berlín, para ya quedar bailando por Alemania hasta ahora. A Barcelona se fue a estudiar con Andrés Corchero, en aquel entonces uno de los embajadores de la danza japonesa en la península.
Corchero es un coreógrafo de largo recorrido. Haberlo visto una vez implica que quieras volver a verlo. Por algún lado tengo una foto de un dúo de Andrés con una silla de madera de tijera delante de la Capela Xeral dás Ánimas en Santiago de Compostela. Fue en el primer En pé de pedra, aquel festival de calle que tantas alegrías nos dio en su momento y que no entiendo cómo no se ha reproducido en otras ciudades de las muchas ciudades de piedra. ¿Nadie tiene acceso a un concejal de cultura manirroto de alguna ciudad patrimonio de la humanidad? ¿Fotos comprometidas? ¿Nada?  Si hay algo avisad, porque hay un idea ahí.
Corchero ha puesto en pie multitud de obras. Con su compañía Raravis y también colaborando con músicos y poetas, algo que hace habitualmente. 
Para esta ocasión crea una pieza especial para Teatro Ensalle junto a dos artistas gallegas, la poeta lucense Nieves Neira y la violoncelista viguesa Macarena Montesinos, habitual de la sala y con la que tuve la suerte de trabajar en alguna ocasión.
Como no conozco la poesía de Nieves busco y encuentro. Me quedo prendado con dos versos: O home que fai nevar en agosto reúnenos á súa volta / e conta todas as historias que son a mesma historia. Su libro, por si lo queréis comprar, se llama Neve de agosto (Ed, Chan de Pólvora, Santiago 2022).  Yo voy a pedirlo. Robar poesía en una librería me parece un poco feo, aunque sea en la de El Corte Inglés. 

Daniel Navarro “El vuelo” 28, 29 y 30 de noviembre. 20:00h

Últimamente me pasa bastante que me alegro cuando voy a ver alguna cosa y no conozco a casi nadie del público. No es que no me guste dar abrazos y encontrarme con personas a las que aprecio. Sigue gustándome y me resulta agradable respectivamente. Pero también me gusta ver gente nueva aunque no vaya a compartir más que los minutos necesarios para asistir a una obra. Debe de ser porque en el fondo tengo miedo de que nos quedemos encerrados en un círculo endogámico. Me preocupa, no lo puedo remediar. Y porque también me gusta ver cómo respira la gente desconocida, ver cómo es la energía que recorre el patio de butacas ese día. De eso se pueden sacar muchas derivadas, pero no ahora.
También me gusta ver obras de artistas a los que no he visto nunca. Siempre que vaya bien asesorado, claro, y Raquel tiene barra libre con mi cuerpo, mis ojos y mi tiempo.
Pregunto un poco porque también escribo para vosotras. Y me cuentan que Daniel es un bailarín canario. Que además de la danza contemporánea también ha transitado el mundo de la danza urbana. Que ya ha estado por la sala en alguna ocasión. Y que ha trabajado con Dani Abreu y Paloma Hurtado.
La verdad es que tampoco quiero hacerme una idea precisa, sólo un par de pinceladas.
De su obra dice: Cambiar las mecánicas: mirarnos al espejo y reconocernos en lugar de ver una distorsión, dejar de luchar en contra para empezar a luchar a favor, comenzar a volar teniendo los pies en la tierra…”.
Al ver su programa veo que de las luces se encarga Alfredo Díaz. Y repasando me doy cuenta de que no he hablado de ningún técnico aún. Pues es el momento, aunque sea casi al final. Os digo. Si alguna vez veis un programa de mano y aparece como iluminador Alfredo Díaz Umpierrez no lo dudéis y entrad. Salvo que la entrada sea demasiado cara. Entonces ampliad vuestra visión y averiguad más cosas. Incluido, si es un teatro público, por dónde os podéis colar. 

Se prepara un otoño bonito. Lleno de muchas cosas, pero sin necesidad de ir corriendo, acelerándose. Una de las cosas que más me gusta de la periferia es que puedes llegar despacio a cualquier otra periferia. Sólo hace falta ir bordeando los centros de poder y mirando el paisaje mientras tanto. 
Y en esta reivindicación de la periferia y su vida propia que me he marcado como pauta a la hora de escribir en Teatron, no me olvido de ver con amor el enorme festival que se han montado en Algeciras los camaradas de Box Levante. SUR, le han llamado, Festival de escénicas del Estrecho, de apellido. Lo de estrecho es geográfico, os aclaro, porque por lo demás todo es inmenso. Leo un montón de nombres que no conozco y me gusta. Pero no voy a esconder la gran alegría que tengo al ver, entre tanta gente guapa, el nombre de Fernando Renjifo. 

Igual no os lo creéis, pero si lanzo una botella al agua en la ría de Vigo es muy probable que llegue hasta el puerto de Algeciras arrastrado por las corrientes buenas. Les mando un mensaje. Ahí va. Y si no creéis en el poder de los mensajes dentro de una botella peor para vosotros. He puesto sólo dos frases cortas: Desde el río hasta el mar. Viva Palestina Libre. 

Antoine Forgeron

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La Ribot, LaBOLA, los kafkianos y un revólver debajo de la almohada

Viajamos en coche. Atravesamos de sur a norte una pequeña cordillera entre dos rías, la de Vigo y la de Pontevedra. Montes desgastados por el tiempo, laderas tendidas y playas de arena blanca forman la península del Morrazo. Al punto más alto de esa pequeña elevación los autóctonos lo llamamos O Xaxán. Este monte de apenas 600 metros de altura tiene una aparición estelar en uno de los versos de “Miña Terra Galega”, la famosa canción de Siniestro Total que todas habéis bailado alguna vez en las fiestas de vuestro pueblo. Entre las zanfoñas de Ortigueira y la Liga Armada Galega aparecen “Los kafkianos del Jaján”. 
Con lo de kafkianos se deben referir a los indígenas de la península. Es cierto que los fuertes vientos que llegan del Atlántico pueden provocar que la visión de las cosas se altere un poco. Un poco solamente.
He convencido a unos amigos de ir a ver una pieza de La Ribot y de paso que me hagan de taxistas. 
Por el camino me preguntan qué vamos a ver y les cuento brevemente las tres primeras pinceladas que me vienen a la cabeza sobre María Ribot. 
El primer recuerdo que tengo de ella es de la “U.V.I. – La Inesperada”, una asociación informal que agrupaba en Madrid a seis jóvenes coreógrafas a mediados de los años 80. Entre otras estaban por ahí Mónica Valenciano o Elena Córdoba, les digo, porque sé que han visto trabajos suyos y sé que les han gustado. 
Después se marchó a Londres y más tarde a Suiza y ahí le perdí la pista. La emigración a lugares más receptivos a su trabajo y a la danza en general parece que fue fructífera y en los últimos tiempos ya se pueden ver con regularidad sus trabajos por aquí.
Lo último que les digo es que sus trabajos contienen mucho humor, al menos así me lo parece a mí. Un humor especial con mucha carga de profundidad detrás, eso sí. 

Viajamos para asistir a “LaBOLA” que es la última de las obras que forman parte del programa de Artes Vivas de la Bienal de PontevedraLa Bienal de Pontevedra nació en 1969 como certamen local impulsada por la diputación y la burguesía local como certamen competitivo al uso. Creció y en los años 80 tuvo un giro en su programación, amplió la visión, se modernizó adquiriendo un cierto prestigio internacional. Tuvo una trayectoria continuada hasta que en 2010, en su mejor momento, desapareció súbitamente con la excusa de la falsa crisis de 2008 que provocó un enorme ERE cultural en Galicia.
15 años después, el verano de 2025, reaparece bajo el título de “Volver a ser humanos. Ante a dor dos demais”. Bonita declaración de principios. Me recuerda al “Humain trop humain” con el que Rodrigo García rebautizó temporalmente el CDN de Montpellier. Una reflexión que podría servirme en general si no recordara que estamos en esta hipócrita Europa nuestra que hasta hace dos día miraba hacia otro lado ante el genocidio de los palestinos y aún ahora mira sólo de refilón y forzada por la presión de la opinión pública. 

El responsable de la programación de Artes Vivas de la Bienal es Iñaki Martínez Antelo. Está implicado en algunas de las cosas buenas que pasan en la esquina del noroeste. Ya lo conocíamos de la dirección del MARCO (Museo de Arte Contemporánea de Vigo) en los años que el MARCO molaba. Accedió por concurso público, lo que siempre es de destacar. Allí combinó las propuestas puramente plásticas propias de los museos con otras propuestas de artes vivas. Allí tuvimos la inolvidable experiencia de ver/participar (todos éramos participes) en “Laughing Hole” de La Ribot en 2012, si no me falla la memoria. Después de aquella vivencia de larga duración no se puede decir que no venimos avisados.
Dentro de la Bienal nos ofreció una programación muy variada. Se han podido ver obras de Janet Novás, Cris Balboa, Federico Vladimir y Pablo Lilienfeld o Marc Vives, entre otros. 12 propuestas a lo largo de 3 meses en diferentes lugares de la geografía pontevedresa. Desde una piscina en un complejo deportivo a una nave industrial en Ponteareas, del adro de una capilla en la playa de A Lanzada al Museo do Mar de Galicia en Vigo. También lugares más convencionales como el Teatro Principal.  

Esta vez la cita es en el salón de plenos de la Diputación de Pontevedra a las ocho de la tarde. 
Entramos en el enorme hall del pazo, pasamos el control del listado de invitaciones, ya que todas las entradas son gratuitas pero hay aforo reducido y debemos reservar con antelación, y nos indican que subamos las escaleras hasta el primer piso.
Las escaleras son monumentales. Del tipo de las que se ven en las películas. Las películas de gente rica con casas grandes. Muy grandes. Mármol blanco, un primer tramo común y en el giro se divide en dos vías que conducen al mismo lugar. Una cristalera que deja ver el salón de plenos. Entramos. Piso de madera y una gigante lámpara de araña en el centro de la sala. Espacio diáfano, salvo por un pequeño estrado dónde están los asientos que deben ocupar las diputadas y diputados en el pleno provincial.
La gente, el público, va muy bien vestido. A la altura de las escaleras de mármol y de los techos altos. A la altura del edificio. Me miro y pienso que al menos no he venido con pantalón corto. Aunque sí llevo las botas de trabajo que no me he sacado en muchos meses. Qué se le va a hacer.
Los que han llegado antes se situaron en el perímetro, les imito y busco un lugar donde apoyar la espalda. Algunos se sientan en sillas de tijera, otros más flexibles en el suelo. Pero casi todos buscamos los lugares donde la posibilidad de que nos ataquen por la espalda sea menor. Salvo algunos valientes. Pienso que quizá a la propuesta le vendría mejor algo de caos en la disposición, pero como no estoy seguro me quedo en el primer lugar que encontré. Nadie ocupa los escaños, que están vacíos y eso me sorprende. O no.
Mientras nos vamos situando, los tres bailarines van llenando el suelo de objetos, la mayoría prendas de vestir. Hay también gafas, algún libro, alguna linterna, zapatos, y otras cosas que no llego a distinguir pues están demasiado lejos. Todo muy colorido. De la gama cromática que se puede denominar llamativa.
Lo que sucede después nadie puede describirlo mejor que La Ribot en el texto que acompaña el programa: «Yo me imagino que podríamos estar todos bailando sin parar, todo el rato, todos a la vez, y haciendo más o menos lo mismo, transformándonos continuamente, pasando por todo tipo de experiencias; partiendo, por ejemplo, de nosotros mismos, intercambiándonos las camisas, los pantalones, los gorros; intercambiándonos los zapatos, las toallas y los vestidos, las formas; intercambiándonos las barrigas, los pelos, las narices, los muslos de pollo, las calaveras, los pelos de camello, las faldas largas, los chubasqueros, las alfombras, las mesas y las sillas, los cigarrillos y las escobas, la música y las luces, los libros, las fregonas y los cuchillos; intercambiar los cuerpos y las vidas, las historias y las mentiras, las mujeres y los hombres; intercambiar los cuernos, las quejas y los culos; intercambiar el nombre, la cara y los pasaportes.»  
Esto es exactamente lo que sucede, sólo que en imágenes tridimensionales. Con presencia y con sudor. Los tres cuerpos practican una coreografía con la premisa de no separarse más de lo imprescindible intercambiando sus ropas primero y después sustituyéndolas por las que se encuentran por el camino. El movimiento es constante, no demasiado rápido, pero sin pausa. Salvo cuando deciden que han conseguido crear una buena foto y entonces nos dejan unos segundos que la contemplemos. Y vuelve a comenzar el bucle. Hay un caos aparente, pero también mucha armonía. En su deambular a veces chocan con los cuerpos de los espectadores. No es que nos ignoren y no sepan que estamos ahí. Todo lo contrario. Yo lo sentí como si nos invitaran a sumarse al grupo, a intercambiar las ropas, las barrigas, los libros y también los pasaportes.  
Nadie se atreve, claro. Yo el primero. Aunque cuando se abalanza la BOLA sobre mí pienso que huelen muy bien y que no me importaría que se quedaran un ratito más aplastándome contra la pared. La verdad es estaría bien bonito que eso que imaginaba La Ribot de estar todos bailando a la vez sin parar intercambiando y mutando se pudiera dar alguna vez. 

En algún momento me viene a la mente algo que le leí a María Martinón-Torres hace tiempo. Ella dice que dormimos con un revólver cargado debajo de la almohada. Y esto es porque todas nuestras células se reemplazan en un periodo de entre 7 y 10 años. Es decir, mueren y nacen células en nuestro cuerpo constantemente. Quizá por eso hay veces que no nos reconocemos en el espejo y tardemos en darnos cuenta de que quien nos mira al otro lado seamos nosotros mismos. La posibilidad de que en esos cambios celulares se produzcan mutaciones que no sean detectadas y neutralizadas por las células vecinas y deriven en una neoplasia maligna están ahí. Constantemente. De ahí lo del revólver cargado bajo nuestra almohada mientras dormimos. Mientras cambiamos nuestro aspecto exterior, las ropas, el calzado, los peinados, por dentro también van cambiando nuestras células. 

Abandono mis pensamientos y me vuelvo a concentrar en lo que veo. Y lo que veo son mutaciones benignas. Veo que el público lo está pasando bien. Veo que La Ribot, entre el público, está concentradísima viendo el movimiento constante de sus bailarines. Que ellos tienen un dominio de su cuerpo en el espacio brutal. Esa plasticidad y ese dominio del entorno me hipnotiza. A fin de cuentas, si lo piensas, todo es muy kafkiano. Pero también de una belleza arrebatadora.
En un momento dado, casi al final, se introduce la palabra. Los tres bailarines siguen entrelazados pero ahora con un libro entre las manos. Van leyendo algunas frases alternativamente. Son frases sin conexión aparente. Uno de los libros hace comentarios sobre “Rebelión en la granja” o al menos a mí me lo parece. Otro quizá sea un libro infantil. El tercero algo más contemporáneo y ámbito familiar. Sólo me llega más directa una frase que dice algo de ”prostituir al padre”. Pero no acabo de entenderlo bien. Porque sigo absorto en el movimiento y las formas que van creando los cuerpos.
Mientas leen nos van llevado fuera de la sala de plenos y lo más impactante es que van descendiendo por las escaleras. Se van dejando caer escalón a escalón. Formando un nudo indestructible. Como una comitiva los vamos acompañando. Al final, cuando se detienen, vemos detrás de ellos las mesas de catering que han situado en el hall de entrada. 

Es el acto de clausura de la Bienal. Hablan las autoridades, que han estado presentes en el salón de plenos pero esta vez de pie, protegida su espalda con la cristalera de la entrada, controladas las rutas de huida.
Mientras hacen malabarismos delante del micrófono para no llamar genocidio a un genocidio no les presto demasiada atención. Pero al final se les escapa la frase que esa noche me apetecía escuchar en ese lugar. Que la Bienal de Pontevedra tendrá continuidad dentro de dos años, en 2027. Ahora sólo queda intentar que los años pares también podamos asistir a momentos hermosos como el de esta noche. Ya sólo queda la mitad del trabajo. 

Volvemos a atravesar la sierra hacia el lado sur de la península buscando nuestras madrigueras. A la sombra de O Xaxán. He tenido suerte y a mis acompañantes les ha gustado lo que han visto. Seguro que podré convencerlos de volver a ir a alguna otra obra a la que no me sea posible llegar con transporte público. Yo también estoy contento. He vuelto a ver a gente que le gusta su trabajo, eso siempre se nota, y me agrada.
Al llegar a casa busco “Homo Imperfectus”, el libro de María Martinón-Torres, pero no lo encuentro. Después recuerdo que lo he prestado. Hay libros que debería leer mucha gente, y este es uno de ellos. Así que bueno es que esté dando vueltas por ahí. 
Me asomo a la ventana como alternativa. Se empieza a oler el otoño en las suaves ráfagas de viento que arrastran unas nubes perezosas. 

Antoine Forgeron

Imágenes cortesía de la Bienal de Pontevedra

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BoCA – Biennial of Contemporary Arts- edición Madrid

BoCA regresa en 2025 sumando a la ciudad de Lisboa, núcleo de la bienal, a Madrid para generar así una suerte de alianza ibérica que lleva el título de Camino Irreal. En palabras de su director, el comisario John Romão, responde a darle una vuelta de tuerca contemporánea a los históricos caminos reales que, a mediados del siglo XVI, los colonos españoles fueron abriendo en América, hasta el ahora estado de California, para mantener el control en los nuevos territorios conquistados, imponiendo la lengua, la religión católica y la cultura europea a la originaria población indígena. Esos caminos de privilegio para los navegadores españoles se convierten ahora en unos caminos para dar espacio a lo irreal, a las disidencias, a lo diferente y a la experimentación en las prácticas artísticas. Un encuentro transversal donde caben performance, artes visuales, danza, cine, música y pensamiento. «El Camino irreal alude a un desplazamiento no solo físico y geográfico, que en esta edición de la bienal se opera entre Lisboa y Madrid, sino también simbólico y discursivo, en consonancia con la identidad de programación de BoCA».

Esta V edición madrileña arrancó en el Museo Reina Sofía y en la famosa Sala 102 dedicada al escultor norteamericano Richard Serra, que se viene reutilizando como lugar para presentaciones desde hace algún tiempo. Entre los espacios que deja su escultura de 38 toneladas y que cuenta, por otro lado, con una de las historias más surrealistas del arte al haber sido la original robada o desaparecida a mediados de los años 80 y sustituida por otra, se sucedió Espiral en Espiral de Naufus Ramírez Figueroa, conectada a su exposición Espectros luminosos, una de las grandes apuestas del museo este año. En esta performance toma una de las ideas principales del statement de la Bienal, el pensamiento crítico decolonial. Ramírez-Figueroa es artista guatemalteco. Toda su práctica artística versa sobre el genocidio silencioso ejercido contra el pueblo ch’olti, el más antiguo de la civilización maya. En la performance traslada a la acción su extensa obra visual, profundizando en una continua exploración acerca del simbolismo, la memoria y las tradiciones del folclore de su país. De Espiral en Espiral entrelaza esa historia colonial impuesta por Europa y Occidente como única con las memorias íntimas e intergeneracionales de la propia familia del artista, a partir de la revisión de la producción y usos de los naipes. Naipes de juego que fueron una fuente económica para la Corona española y que siglos después las mujeres de la familia de Naufus convierten en herramientas para la subsistencia en base a sus orígenes astrales y adivinatorios. Una nueva relectura con perspectiva histórica y unos usos distintos para esos naipes que en una suerte de ritual se transforman en una prenda que cubre a los performers Tania Arias Winogradow y Marcos Pelado Herrera. Ese vestido con carácter de escultura y de peso está compuesto por cartas bordadas al detalle por mujeres artesanas tejedoras guatemaltecas, vinculando así las tradiciones de su propia familia con los saberes ancestrales de Guatemala. 

La fisicidad de los cuerpos de los intérpretes, sus outfits blancos que remiten a la pureza y también a los rituales chamánicos, nos sumergen en una teatralidad inmersiva con aires de género fantástico que, a través de los movimientos y uso de los distintos elementos de la naturaleza como semillas, nos sumergen en un universo de magia santera que sirve de metáfora a un artista y una familia que tuvo que migrar a Canadá en 1980 después de la masacre. La práctica artística para revisitar más que nunca el trauma propio y los de un país marcado por el extractivismo colonial, la guerra civil y el desequilibrio social. Naufus Ramírez Figueroa vive y trabaja actualmente en Ciudad de Guatemala. 

La filmoteca española acoge durante estas semanas el ciclo Tainted Love, como la canción de Soft Cell, en portugués con el precioso nombre de Malamor (qué bonito suena todo en el idioma del país vecino) dedicado a la dupla de cineastas formada por João Pedro Rodrigues y João Rui Guerra da Mata en colaboración con la cinemateca portuguesa que invita a Los João a organizar una retrospectiva de su obra en diálogo con películas que les gustan y a producir una nueva localizada en uno de los lugares favoritos de João Pedro Rodrigues; así lo confesó en la presentación del ciclo en Madrid el pasado 13 de septiembre la Ermita de San Antonio de la Florida, pintada por Goya. 

El cine pensado desde un lugar de afectos, resiliencia, diversidad y riesgo temático y formal. Una propuesta de películas dirigidas por otros que interpelan a la educación sentimental de estos directores, muy en las antípodas de las consideradas obras maestras del cine. Así vemos títulos de John Waters, Jacques Demy, Pedro Almodóvar, Toshio Matsumoto, Eloy de la Iglesia o el francés más radical de los años 70, en los márgenes de la nouvelle vague, Guy Gilles, que inauguró el ciclo con la recuperada Absences, 1972. Una película-poema que habla sobre la fragilidad de la juventud y que se adelanta con el personaje protagonista François (Patrick Penn, bellísimo) a todo el cine marginal con temática de consumo de drogas y aislamiento que tuvo lugar una década después. Las ausencias repetidas de Gilles se proyectaron junto a dos películas cortas de João Pedro Rodrigues, Où en êtes-vous, 2017, y Nude descending a staircase (literalmente el título en pantalla) dirigida y protagonizada por João Pedro Rodrigues en 2020 y que repica en loop el inicio del filme anterior. 

La premiere mundial de su nueva película rodada entre Madrid y Lisboa y producida por la Bienal y las dos filmotecas 13 alfileres es una ficción sobre el deseo, los fantasmas y la devoción religiosa a San Antonio. Sabemos que la historia viaja por geografías y tiempos sobrepuestos y disociados de la Lisboa medieval, al Madrid del siglo XVIII reflejado en la pintura de Goya, hasta la Lisboa de hoy, donde los milagros ya no se dan — o tal vez se hayan simplemente desplazado de forma—. «La película es también un ejercicio de cinefilia barroca, en la que la teatralidad del gesto, la exuberancia de los espacios y la tensión entre lo visible y lo oculto construyen una atmósfera ritual y profana».

La bailarina y coreógrafa española Elena Córdoba y el bailarín y coreógrafo Francisco Camacho se reencuentran diez años después en la pieza de estreno Una ficción en el pliegue del mapa presentada en la Nave de las Terneras, una sala municipal en la Arganzuela próxima a MATADERO. 

Desde mediados de los 90, ambos creadores se conocían y seguían a través únicamente de sus trabajos. En 2014, el festival Citemor en la localidad portuguesa de Montemor-o-Velho les invitó a crear una pieza a partir de los recuerdos e impresiones que guardaban el uno del otro. El resultado fue un vínculo que perdura hasta hoy. Francisco en el cuerpo de Elena, Elena en el cuerpo de Francisco. En 2025, BoCA Bienal les propone volver a ese lugar y a ese archivo de memoria para trazar un mapa de afectos en el tiempo, sin la obligación de reconstruir ningún pasado común, sino llevarlo al presente, generando un paralelismo con las numerosas incertidumbres y tragedias del mundo que habitamos; el genocidio de Gaza atraviesa simbólicamente toda la obra. Elena y Francisco, con su sencilla, amorosa y detallista complicidad, se reencuentran a través de la danza que funciona como espejo del otro y de las realidades vividas, compartiendo afinidades, nuevas narrativas y unos cuerpos en escena que se tocan, se piensan y se respetan por mucho tiempo. Cuerpos maduros y visibles que poco tienen que ver con la construcción social que ha idealizado la juventud y la normatividad de la belleza del bailarín y bailarina perfectos. Los cuerpos cambian, se transforman y envejecen, los límites pueden empezar a ser también parte de la obra. En otra obra de Elena Córdoba, nos vamos al 2018; ella decía: «La bailarina vieja tiene una ventaja sobre las demás criaturas; ella baila con sus límites como parte de su propia esencia». 

La vulnerabilidad, distintas capas y sensibilidades que manejan ambos emociona al espectador tanto como la honestidad de su propuesta. Elena cuenta en castellano, Francisco en portugués. Francisco Camacho transita entre la fuerza de un cuerpo fibroso y masculino con el gesto frágil y suave de la feminidad que describía Jean Genet en su primera novela, la poética Nuestra señora de las flores, que Francisco ha bailado durante décadas. Una sensación sobrecogedora e íntima me cautiva cuando veo los movimientos en solitario de él ante una pantalla en blanco y una única luz cenital. Elena coge literalmente esas flores del título y se las coloca en su cuerpo, parcheando su abdomen con pequeños ramilletes que mueve a través de los movimientos temblorosos de su propio cuerpo. Esas flores, en otro gesto generoso y compartido, fueron dadas al público asistente. La obra de Francisco Camacho provoca temblor en Elena Córdoba; es muy bonito escuchar esa explicación de lo que significa un temblor, «’algo que no está premeditado ni controlado’» en boca de Elena. Algo que deberíamos dejar que suceda mucho más. En la parte final se produce un encuentro más potente aún entre ambos, frente a frente, representando una serie de secuencias a manera de rounds de distintos momentos ficcionados en una relación. Acercamiento, amistad, sexo, peleas, risas, complicidades y baile porque siempre lo más importante es bailar. Durante los rounds, los cuerpos semidesnudos desde el arranque se ven vestidos con camisetas superpuestas en las que prevalecen los colores de la bandera palestina: rojo, verde, negro y blanco. Finalizo este texto como empiezan ellos el suyo, con un clamor y un temblor para que todo lo malo pase; ¡Viva Palestina Libre! ¡Viva a Palestina Livre!

Natalia Piñuel Martín

Imágenes de Natalia Piñuel Martín y María LaMuy

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El Grand Tour

Empecemos por el nombre. El Grand Tour fue un viaje que se puso de moda entre aristócratas europeos durante el siglo XVII. Ante la poca calidad de la enseñanza universitaria, los ingleses de altos ingresos y buena posición entendieron que una ruta por Francia e Italia era imprescindible para completar su formación una vez llegaban a la mayoría de edad, a los veintiún años. Algunos viajaban con su tutor, criado, cocinero, cargados de baúles. Otros debían ir más ligeros de equipaje. Desde el inicio este tipo de viaje atrajo a los artistas. Unas como Mary Shelley llegaban al lago de Como y se quedaban. Otros, como Lawrence Sterne, encontraban la inspiración para bellezas de libros como el Viaje Sentimental. Leo por ahí que el Grand Tour es un precursor de las estancias de los Erasmus de ahora. Me da la risa floja. El Grand Tour se llevaba a cabo a pie, caballo o carruaje, y suponía un desplazamiento de muchos kilómetros. De hecho el desarrollo del ferrocarril y las facilidades para el turismo fueron minando su prestigio hasta que el concepto desapareció. La mayoría de Erasmus se mueven más bien poco desde su ciudad de acogida, a la que llegan más por estrategias idiomáticas (lo supuestamente fácil de probar que sabes italiano) o disponibilidad de plazas (me encantaría estudiar en París, pero me ofrecen Brujas), que por una voluntad de aprendizaje europeísta. Pero igual me equivoco. Ahora que lo pienso, aunque en su momento me pareció un pelín desastroso, mi año de Erasmus en Londres fue un punto de inflexión en mi vida. Entendí que había un mundo ahí fuera por descubrir, y me puse a la tarea con entusiasmo.

Es raro este asunto de la cultura. Hay proyectos que nacen ya bendecidos, proyectos que aparecen en prensa o son apoyados por las instituciones antes incluso de entender su sentido, pertenencia o calidad. Contactos, amistades, influencias, todos rezándole al dios de las convocatorias para que reparta algo de abundancia. Hay otros proyectos que nacen por inspiración, deseo, necesidad. Germinan en terreno fértil porque detrás empuja la voluntad decidida de quien no tiene nada que perder, quien no teme al azar ni a la sabiduría de la incertidumbre, que diría mi admirado Alan Watts. El Grand Tour pertenece a este segundo grupo. Este año se cumplió la undécima edición. Tuve la inmensa fortuna de formar parte del grupo. Este texto es un intento de narrar parte de su grandeza.

El Grand Tour del siglo XXI es una idea de Clara Garí. Hablemos de Clara, una mujer que ha hecho de su modo de vivir una obra de arte, un ser sensible que derrocha energía y pasión y que un día, cansada de participar siempre de procesos creativos similares, ver el mismo tipo de obras o escuchar conversaciones similares, decidió apostar por otra cosa, un proyecto que tuviera lógicas distintas, planificado pero abierto a lo inesperado, sometido a las inclemencias del tiempo y a la creatividad de sus colaboradores, una creación que incluso pudiera no controlar del todo. En su esencia, el Gran Tour es un viaje a pie en el que los participantes caminan unos 300 km, en veinte días, con artistas de todas las disciplinas, y donde el propio viaje, sus paradas, el paisaje, su temperatura son el material con el que se dibuja, pinta, o escribe. Más que una puesta en escena, una puesta en situación. Más que una exposición, un work in progress. Más que un inicio, nudo, desenlace, una estructura sin trama, un texto híbrido que creamos desde y con los bosques, las montañas, los ríos. Porque como escribió DH Lawrence “el espacio está vivo y se agita como un cisne, cuyas plumas relumbran sedosas con el aceite esencial de la experiencia”.

El Grand Tour acostumbra a empezar donde termina el año anterior. En 2024 la ruta concluía bajo la sombra de las tres chimeneas. Dos de ellas pertenecen a Sant Adrià. La tercera a Badalona. Misterios de la geografía o un buen tema de estudio para la Temporal School of Experimental Geography (TSOEG), esa red itinerante de artistas que comparten ideas y propuestas sobre el paisaje mediante el trabajo de campo que dirige Luce Choules, una de las artistas invitadas a esta edición. Luce es una artista que se inspira en el lenguaje de la naturaleza. Su mirada dialoga con piedras, signos, señales, que son anotados, fotografiados o movidos sutilmente de lugar. Es de esas personas con las que la complicidad se construye tanto desde el silencio como desde la conversación. Su fino humor inglés no se ha agrietado tras su voluntario exilio en un pueblo francés. Y si hablamos de francesas, otra artista invitada de esta edición fue Marie Bruneau, diseñadora gráfica y autora de un libro que narra un viaje, de Hendaya a Banyuls, del Atlántico al Mediterráneo, 55 días a pie con su compañero de vida, Bertrand. Y una tercera artista invitada fue Cristina Schultz, nombrada responsable de la biblioteca, para la que diseñó y cosió un bellísimo e impermeable farcell (hatillo) que acogió los libros que cada caminante trajo y que fueron redistribuidos al final del viaje. En mi caso aporté Del caminar sobre hielo, de Werner Herzog, en la edición argentina de Entropía. Me dolió deshacerme de él, lo releía esos primeros días del viaje y me emocionaba nuevamente. Pero nada de microapegos, son muy peligrosos. Lo solté, y se fue para Huesca, y en mis manos cayó Walking from scores, de Elena Biserna, una suerte de compilado de acciones, instrucciones o preguntas para hacerse caminando. Una antología inspiradora.

¿Cuál es el tempo de tu caminar normal?
¿Cuán a menudo parpadeas?
¿Cuál es el tempo de tu respiración?
¿Qué otros ritmos escuchas si prestas atención?
pregunta Pauline Oliveros en su pieza Rhytms

Las tres, Luce, Marie y Cristina, junto con Clara, fueron el cuarteto que inició el viaje. El quinto elemento, imprescindible, era Jordi Rayo, músico y maestro de la vida calmada, que aquí asumió con presteza el rol de chofer y cocinero. Porque el Grand Tour del 2025 no es aristocrático, pero se permite algunas comodidades. Los sacos, las tiendas, la comida, la ropa y demás enseres viajan en furgoneta y nos esperan cada tarde en el nuevo destino. Nuestras espaldas lo agradecen. Como agradecen nuestros estómagos los platos que cocina Jordi, siempre bien especiados, siempre generosos.

Llegué a Sant Pol de Mar en tren, el quince de agosto. Era un día de descanso tras los cuatro primeros en ruta. El alojamiento se localizaba en el camping Verneda, en Sant Cebrià, a 4 kilómetros. El tema de los campings es un temazo en el Grand Tour. Cada uno es un mundo. Mis conclusiones: 1. Cuanto más alejados de la playa, menos televisores. 2. Cuanto más arriba de la montaña, mayor disfrute. 3. Una buena piscina suple otras dejadeces. 4. ¿Por qué no hay dónde sentarse? Aprendí mucho estos días sobre montar y desmontar tiendas, y toda la parafernalia que rodea a la vida nómada. Hay que estar pendiente de muchos detalles. Te va en ello la comodidad y el descanso, claves para un buen caminar al día siguiente. Pequeños aprendizajes que a la larga son ejercicios de libertad. Poder dormir bajo un árbol amigo o despertar con un concierto matinal de pájaros es impagable.

En Sant Pol se celebraba esos días la Fira Alternativa, que dirige Alba Sauleda. En la edición anterior del Grand Tour Alba fue la artista invitada y trabajó el tema de los sueños. No sé si es el cansancio, los sonidos ambientales de la naturaleza o el estado mental que genera caminar tanto, pero se sueña mucho y variado en el Grand Tour. En mi caso anoté en mi diario sobre sueños en los que era invitado a bodas desastrosas, o a obras de teatro rarísimas e incluso a mi propia fiesta de cumpleaños, sin saberlo. También soñé con discusiones familiares con madre y hermanas. Sueños costumbristas. Siempre he envidiado a la gente que sueña ciencia ficción o sueños históricos o de otras vidas. Seguiré intentándolo.

El Grand Tour combina acampadas en campings con paradas en hostales, albergues, residencias de artistas o casas amigas. Así, dos de las primeras noches las dormí en una yurta colocada en el porche de Can Bon Amic, un espacio creado por Neus Borrell, con el apoyo de su familia, en la falda del Montseny, especializado en las artes de la voz y el cuerpo. La primera mañana asomé mi cabeza por la tela de la yurta justo en el momento en el que aparecían los primeros rayos de sol del día tras la montaña. ¡Cuánta sincronicidad! Miré a derecha e izquierda y ahí estaban Clara, e Imma, sonrientes, diciéndome en silencio: esto es el Grand Tour, disfruta. Dicen los que saben que la palabra sonrisa viene del inglés, sun rises

Todo lo que hacemos es una explicación del amanecer, escribió el poeta Robert Hass. También el Grand Tour. Quizás eso explique mi emoción al darme cuenta que había dormido a apenas medio kilómetro de la casa que se hicieron construir mis padres cuando yo tenía tres años. Carrer dels Tilers, Santa Margarida de Palautordera. Pasé diez veranos correteando y envuelto por un paisaje bellísimo que en esa época no me parecía tan especial. Un niño urbanita valora otras cosas. En esas cavilaciones andaba cuando casi aplasto un sapo que, inmóvil en medio del camino, tenía algo que decirme: “¿Estás haciendo lo que viniste a hacer? ¿Estás haciendo lo que te propusiste hacer como alma al encarnar aquí? Medita sobre eso y rectifica tu rumbo si crees que no. Aún es tiempo. Esto no se acaba hasta que te entierren o te incineran”. Imagino vuestras caras, ¿qué se tomó el cronista? Lo cierto es que sí entiendo el lenguaje de los sapos gracias al oráculo de Los animales de poder, de Karina Malpica. Fue una decisión de último minuto meterlo en la mochila. Si bien mi tarea en el grupo era impartir un taller de escritura del viaje, pensé que quizás encontrara momentos para ofrecer este otro servicio, llamémosle esotérico. Un juego, pero serio. Fue un acierto. Cada cual encontró sus aliados temporales para el viaje. Los animales regalaron consejos y respondieron a algunas preguntas. Fueron momentos breves, durante las jornadas de descanso o en tardes relajadas, lindos intercambios con los demás paseantes para los que fui un simple intermediario. Para Karina, los animales de poder son espíritus guías, arquetipos o modelos de conducta, energías que pueden ayudarnos. Gracias a mi maestra chamánica Magda, que se formó con ella, he aprendido su valor. Al final todo es un tema de presencia y conexión.

Pero basta de desvíos y sigamos el camino. Ahora estamos cruzando el Montseny. Hace calor, bebo mucha agua, la sudo toda. Nunca sudé tan a gusto como en este Grand Tour. Nunca me molestó menos pincharme con las zarzas del camino. En el Grand Tour no siempre vamos por el camino más previsible, o el más corto. Nosotros seguimos la ruta que dibujó Jordi Lafon. Se trata de evitar en lo posible el asfalto y el ruido, de apostar por el bosque y la sombra. Lafon es un artista y profesor multidisciplinar. Hace unos años fundó el colectivo Deriva Mussol, que asume el caminar y la deriva como formas de explorar posibilidades de creación y aprendizaje. Durante días Lafon fue un espectro, alguien a quien se mentaba en los cruces de caminos o a quien se maldecía cuando la ruta se complicaba. En esos momentos los pitidos del wikiloc nos asistían. Un pitido, vamos bien, dos pitidos, error. Lafon había estudiado el terreno con detalles. Teníamos que creer en Lafon. Finalmente, una noche, apareció. Lafon existía. Venía de turista. Los turistas del Grand Tour son las que no caminan etapas, pero llegan una tarde a conversar, una mañana para participar del taller de escritura, o se quedan un día a cenar. Unos, como Salvador Giralt traen vino natural hecho por él mismo, un vino que cambia en los pocos minutos que pasan entre que se abre y se bebe una botella, un vino numerado y azaroso, ampurdanés y osonenc al mismo tiempo, un vino que obliga a beber a abstemios en prácticas como yo. Cuando no habla del vino, Salvador declama poemas como aquel trovador que fue en otra vida. Salvador es también un escritor medio secreto al que quisiéramos ver más publicado.

Y entre bosques alucinantes de pinos lujuriosos llegamos a la fuente de Sant Marçal. Uno de mis lugares favoritos del viaje. Las raíces de las hayas, la luz que se filtra entre las ramas, las piedras en forma de herradura alrededor de los grifos. Recuerdo a Cristina insertada en un hueco del tronco del árbol que nos envolvía. Más tarde me mostraría una cicatriz que camina por su pierna. Cada una con su pequeña rareza. Todo es posible en este entorno. En ese momento, la actriz Rosa Cadafalch, caminante habitual del Grand Tour, mencionó La mort i la primavera, la novela de Mercè Rodoreda donde ciertas personas entran en los árboles a morir. Afortunadamente, Cristina salió del árbol. Fue un pretexto para hablar de la muerte ritual, del buen morir, de la necesidad de aprender a morir. Los paisajes excelsos inspiran conversaciones profundas. Y el agua, qué decir del agua de la Font de Sant Marçal. ¡Es del tipo de agua que ya no nos dejan beber! Les juro que no probé agua mejor en mucho tiempo. Vía directa desde el útero de la montaña. Esto es el agua. Y lo demás es cloro, microplásticos y filtros de dudosa procedencia.

Si hablamos de agua, tocará mencionar a la lluvia, a la que esquivamos con soltura durante el recorrido. Solo recuerdo dos o tres momentos “complicados”. El primero en la Riera de Ciuret, en pleno Montseny. Estaba yo leyendo a parte del grupo un texto de mi amigo Joseph Zárate en el que invoca al río Amazonas con una prosa poética elegante y musical, ese río que atraviesa fronteras imaginarias dibujadas en el agua, ese río que es también “un espacio para dialogar, para unir pensamientos indígenas y no indígenas que nos ayudan a sanar el mundo que sufre ahorita”. Les compartía que somos las historias, ciertas o inventadas, que contamos de nosotros mismos. Y agua por aquí, y agua por allá, y se largó a llover, y corrimos a recoger la ropa tendida. Fue una lluvia cariñosa, dócil, de esas que te permiten preguntarte, cuando llueve ¿quién se moja más? ¿El que corre o el que camina despacio? Nos lo preguntamos nuevamente en Vidrà, otra noche donde sí llovió con ganas, inundando algunas tiendas mal cerradas, la mía sin ir más lejos. Amaneció y seguía lloviendo y por asamblea se decidió no caminar ese día, se preveía un descenso peligroso, y llegar en automóvil a la finca de Elena y sus caballos, y su maravilloso domo. Pero a ver, de nuevo.

Cuando llueve, ¿quién se moja más? ¿El que corre o el que camina despacio? Adivina adivinador. ¿Nunca se sabrá?
Cuando llueve, el mosquito se moja menos que el elefante, y la mosca menos que el tigre y que las pulgas del tigre. Pero, ¿qué no daría el mosquito por tener la sombra de un elefante y la mosca la sombra de un tigre?
Cuando llueve, nadie quiere mojarse pero todos se mojan, menos los que consiguieron ponerse debajo de algo, techo o paraguas, que son casi todos. Así no vale.
Cuando llueve, el árbol que hace sombra de sol, hace sombra de lluvia.
Cuando llueve, no se puede volar o se vuela menos.
Y los pájaros buscan un árbol frondoso o un alero, porque nadie les enseñó a cubrirse con las alas.
Cuando llueve, a los mares o a los ríos ni les va ni les viene, porque nunca se mueren de viejos. Las lagunas y los lagos no están tan seguros y, cuando llueve, sonríen encantados.
Cuando llueve, es la fiesta de los sapos. No hay mal que por bien no venga.
Cuando llueve, fracasa la casa que no podemos terminar, como el fuego al aire libre que no podemos encender.
Pero… cuando llueve, las gotas se dan al fin un baño de tierra.
Cuando llueve, tu pelo se moja mucho y tus ojos nada… porque están bajo techo.
Cuando llueve, no hay canto de pájaros. Cantemos nosotros al ritmo del aguacero.
Cuando llueve, es mejor que sea verano que invierno, es cierto.
Pero… nunca se sabrá si se moja más el que corre o el que camina despacio.

Gracias Roberto Zelarayán. La poesía siempre lo cuenta todo mejor. Y el santuario que ha armado Elena Cuesta a los pies de Vallfogona de Ripollés es poesía en movimiento. Elena es una amante de la belleza, y se nota en cada rincón de La Plana Gran. Incluso la parte del río que discurre por su finca parece diseñada para amplificar el goce sensorial. De nuevo me sumerjo en el agua, primero la poza, luego la cascada. ¿Estaba fría? Qué va. El lugar es fascinante. El pueblo enmarcado a un lado, las montañas asomando por el otro, los caballos en libertad. Hacen lo que quieren todo el día, y lo que quieren la mayor parte del tiempo es comer de esta hierba fresca que el entorno les ofrece. Elena dice que ella no hace terapia, eso es algo del pasado, ella ofrece coaching. Los caballos que pueden vivir como caballos irradian presencia y coherencia. Su gran sensibilidad y empatía hace que actúen como un reflejo de lo que nos pasa internamente, sin filtros, ni interferencias. La noche que dormimos en La Plana Gran no soñé con caballos, sino con verde, mucho verde. En el sueño, alguien me susurraba: hace más ruido un árbol que cae, que el sonido de un bosque que crece en silencio.

El Grand Tour es terapéutico. Los pensamientos se cansan, las conversaciones se agotan y de repente un día te das cuenta que eres uno con el paisaje, que tu cuerpo echa raíces, que respira entre los árboles, estos árboles lisérgicos de les Guilleries con los que viviría por siempre jamás. Varias veces sentí ganas de perderme en el follaje, de desaparecer engullido por lo verde. Pero el Grand Tour no es el lugar para practicar el arte de perderse, tal como lo concibe Rebeca Solnit. Lo sabemos, aquello cuya naturaleza desconoces por completo suele ser lo que necesitas encontrar, y encontrarlo es cuestión de perderse. Pero aquí sacrificamos ese conocimiento en aras de la consistencia del grupo. Toca avanzar, paso a paso, en la dirección indicada. El arte de perderse no funciona en grupo.

El Grand Tour es un derroche físico, pero, para mi sorpresa, cada día me levantaba menos cansado que el anterior. Es cierto que la primera media hora cuesta un poco más. Piensas en las siete u ocho horas de ruta por delante y te estresas. Pero al rato te das cuenta que son juegos de la mente, que el cuerpo es feliz avanzando a tres o cuatro kilómetros por hora. Estamos hechos para caminar, esa fue casi mi única certeza del viaje. La otra es el llamado del agua. No resisto una poza, una cascada o incluso un charco. Soy adicto a los remojones, a sumergirme en el agua y soltar cualquier pesadez. Parece ser que es algo propio de los que somos signos de Tierra. Y bueno.

El Grand Tour es una escuela. Y algo que aprendemos es a convivir con personas con las que quizás jamás nos relacionaríamos en otro contexto, pero con las que, tras unos días, armarías una comunidad libertaria, o fundarías una religión salvaje. En pleno agosto, mientras la mayoría del país se agolpa en unos escasos metros de playa, un grupo de entusiastas recorre a pie el territorio. El Grand Tour enseña que deberíamos practicar más esto de llegar a pie a los lugares. Es más humano. El pueblo, el caserío, el hostal se despliega ante ti, se abre como una flor para que lo huelas y lo reconozcas. Bienvenido, le escuchas a las piedras.

Recuerdo un día, entre Bujons y Roda de Ter, que nos detuvimos bajo un manzano. Quizás porque intuimos que, cuando el fruto maduro cae, su dulzura destila y permea las venas de la tierra. Entre varios brazos, sacudimos al generoso árbol y recogimos unas manzanas que sabían indudablemente a manzana.

Recuerdo una noche que alguien quiso llamar a los Mossos porque se dispararon unos aspersores. Estábamos por dormir en las magníficas instalaciones de Cardant Cultura, una antigua fábrica textil que tiene unas naves que ya querrían muchos espacios de Barcelona. Habíamos asistido a una conversación suspendida bajo un tilo. Habíamos cenado y conversado de lujo cuando el agua, otra vez el agua, apareció por donde no se la esperaba. Se le mojó el equipo a la artista Carla Farreny y nunca más la vimos, ¿a dónde fuiste, Carla?

Recuerdo una mañana que practicamos yoga en el monte. La noche anterior habíamos recibido a un grupo de músicos nómadas procedentes del Rajasthan que llenaron de música y baile nuestras almas. Luego escuchamos la voz de Michael Gadish, que vino a hablarnos del Mahabharata. Lleva diez años haciéndolo. Habló de que vivimos en la era de la confusión, pero de su boca toda era claridad y belleza.

Recuerdo ese momento en la biblioteca del Mas Negre, albergue rural con unas vistas abrumadoras, cuando le leímos a Clara, o más bien a un “trapito” que la encarnaba, unos textos que le habíamos dedicado siguiendo una propuesta de Cristina Schultz. Antes habíamos discutido si dedicar un libro es lo mismo que agradecer. Me parece que no, pero no anda lejos. Opté por dedicarle un poema de Maggie Smith, en traducción de Ezequiel Zaidenwerg, que siento condensa su actitud al caminar.

POEMA QUE EMPIEZA CON UN RETUIT
Si vas por la ruta, te cruzás con caballos y no decís “¡caballos!”
es porque sos un psicópata. Lo mismo si ves un avión
pero no lo señalás. Un arcoiris,
un cardenal, una mariposa. Si no
susurrás a los gritos ¡ardilla albina! ¡Ciervo!
¡Zorro colorado! Si escuchás a un pájaro carpintero
y no hacés callar a todos los que te rodean.
Si encontrás una caracola plana en una tosquera. Si ves
una aleta hendiendo el agua.
Si ves la luna y no exclamás
por el amor de dios mirá esa luna. Si olés
humo y no buscás el fuego.
Si sentís que te desvanecés, te desvaneces,
y no le avisás a nadie hasta que ya no estás.

Y así entre poemas y recuerdos, podría seguir contando encuentros, conversaciones, lecturas, impresiones, pero es hora de terminar este texto, como terminó el Grand Tour, por todo lo alto, con una inolvidable subida al Taga. Cargamos a relevos el violoncelo de Frances Bartlett, un violoncelo que cumple su 200 aniversario como violoncelo y que lo celebró vibrando con Bach y los propios poemas de Frances en lo alto de la montaña. Fue muy emocionante. Me quité las botas, me acosté y explotó la psicodelia. Terminó Frances y nadie se movía. Estábamos todos en la cima, abducidos por los cambios de color, el sonido del viento, el ritmo de las nubes, en una suerte de subidón natural tan reconfortante que no queríamos salir de él. Con esfuerzo, descendimos la montaña muy lentamente, como si no quisiéramos dar por terminado el Grand Tour, como si nuestro destino fuera caminar día tras día sumando cada vez nuevos cómplices a esta banda de grandtouristas iluminados.

Marc Caellas

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