Innombrable: al final no pinchaban vinilos, pero tampoco hizo falta

Es viernes tarde. Cojo el barco de pasajeros y cruzo la ría. Voy a ver Innombrable. Abre la temporada otoñal en el Teatro Ensalle.
Por el camino pienso en el título, en la palabra en sí. Innombrable es lo que no se debe o puede nombrar, hasta ahí todo claro. Pero no sé si no se hace por desconocimiento o porque, conociendo, es mejor callar. Espero resolver la duda. O no. En realidad sólo espero pasar un buen rato.
Por lo que sé, la obra es un encuentro entre dos realidades. El mundo de Caín Coronado y Cristel Romo, mexicanos de San Luís Potosí, con su compañía Intermitencia Teatro y el de Ensalle, la compañía titular de la sala. Se conocen de hace años, de las giras veraniegas de la compañía afincada en Vigo por la América Latina que les lleva con frecuencia a México. Cristel y Caín fueron en otras ocasiones anfitriones. Ahora son invitados. A este lado del Atlántico. 
La idea de partida es sencilla: juntarse dos semanas, intercambiar y mostrar. Nada más. O nada menos.

Al entrar  en la sala, Artús Rei, Raquel Hernández y Cristel están sentados en torno a una mesa. Hay vasos y botellas. Es como si estuvieran presentándose, conociéndose. Contándose de dónde son y que hacen. Pero no es una conversación. Son tres monólogos que a veces se escuchan nítidos, otras veces se superponen y algunas veces se cruzan. Por lo que veré después la idea de superposición será una pauta constante. Como si esas dos semanas, o todos los años desde que se conocieron, hubieran generado tantas cosas que decir que no hay tiempo ni espacio suficiente. Se cruzan al modo de Rayuela, la novela de Julio Cortázar, que aparece como juego y no deja de ser un baúl dónde acumular materiales diversos repletos de preguntas sin respuesta. 
Una vez terminadas las pseudo presentaciones, se retira la mesa. Ya no es necesaria. Y mientras Raquel y Artús lo hacen, Cristel empieza a contarnos recuerdos de las obras que vio de Ensalle en México. Eso subyace en toda la pieza, hablar del otro o de cosas que pasaron junto al otro. El tono va subiendo, cada vez más apasionado y cuando piensas que ya no se puede ir más arriba, Artús y Raquel la cortan diciendo: eso no era así. El recuerdo reelaborado, al que me siento tan próximo.
Se suceden las imágenes, y cuando alguna empieza a desarrollarse, viene otra capa, otra imagen que por posición o por volumen la va interviniendo y modificando. Hay textos que pasan a más velocidad de la necesaria para ser leídos completamente Hay un discurso grabado con la voz de Pedro Fresneda se ve solapado por los alaridos de los que se mueven por el espacio. Acumulación, amontonamiento. Una piñata surrealista, otro juego, que a ciegas golpean uno detrás de otro: caramelos para el público, antes pudieron ser palos, faltó un pelo.
Me viene a la cabeza cuando después de una buena fiesta en casa toca lavar los platos y los cubiertos y las copas y las cazuelas y los vasos de chupito, las tazas de café, los ceniceros. Y hay tanta vajilla que cuando se ponen a escurrir en la pila forman un montón bastante alto. Unas piezas van ocultando otras. La torre va creciendo y creciendo a medida que enjuagas y colocas, inestable, y al final inevitablemente se desmorona y algunas cosas se caen y se rompen. Y sencillamente no puedes evitar reírte. 
Porque también hay mucho humor en todo lo que veo. Y eso me gusta, siempre me gusta. No la risa fácil de un gag clásico o un chiste facilón, es una carcajada por acumulación de absurdos, por llevar las cosas al límite y entonces dejarlas caer para romper el discurso. 

Hay otra imagen que me traigo a casa. Artús, con una larga cuerda roja, va envolviéndose y enredándose cada vez más hasta quedar inmovilizado. Como un nudo tirado en el suelo. Se lo ha hecho él solito. Con una cuerda ha conseguido reflejar lo que tantos de nosotros hacemos sin siquiera necesidad de cuerda, sólo con nuestras cabezas. Liarnos de tal modo que al final quedamos paralizados. Sería otra imagen risible, si no fuera por los vídeos que, en segundo plano, nos muestran filas de personas caminando hacia una frontera o pateras a punto de naufragar.
Dejo para el final lo que, junto a la luz tan cuidada y eficaz de Pedro, más ayudaba a amalgamar todo el caos. La sucesión de temazos con los que Caín nos ha deleitado sobrevolando toda la obra. Ya me habían dicho que era muy buen pincha. Músicas de artistas mexicanos que no conozco, alguno del yanki, y para cerrar el maravilloso Augusta, Angélica e Consolação del maestro Tom Zé.

Terminado el estreno celebramos en el ambigú de Ensalle. Un mezcal siempre es bienvenido. Aprovecho para preguntar a Caín si no se debe o no se puede nombrar, ya que me han dicho que ha propuesto el título. Y me habla de la sensación que tuvo cuando, después de conocerse, se separaron por primera vez. Una sensación que no se podía decir, porque en español no existe esa palabra. Tuvieron que recurrir a un término en galego (y también en portugués): saudade. 
Yo ahora aún lo tengo demasiado fresco para tener saudades. Lo que sí me queda es gratitud por este regalo. Me ha quedado muy buen cuerpo. Me queda también la voluntad de escuchar más a menudo al gran Tom Zé. Y la nota mental de volver a zambullirme en Rayuela en cuanto pueda. 

Antoine Forgeron

 

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Artista externo

Foto: Sandra Figueras Valls

0.

El sábado por la mañana Montjuïc es un hormiguero de gente que se mueve en todas las direcciones. Hay un escenario al costado del MNAC donde los alumnos del Conservatori (CSD) interpretan unas piezas. Una voz anuncia la actuación, no consigo enterarme de qué se trata, tengo la sensación de que en Barcelona siempre pasan cosas al carrer. Se oye música mezclada con voces, con otras músicas. Todos parecen disfrutar del suave aturdimiento de una mañana soleada de otoño. Paso deprisa, sorteando turistas, vendedores, familiares… todos convertidos en público. Los cuerpos jóvenes de los bailarines embutidos en mallas, vestidos para la escena, cruzan en dirección contraria a la mía. Es una coreografía. Intento llevar a cabo mi papel con la mayor limpieza posible en la ejecución, cuando me choco con un moño. «Perdón» —le digo— y el moño me sonríe y continúa su camino. 

Voy un poco justa de tiempo y llego corriendo al vestíbulo del museo. He venido a ver una pieza de Esteban Feune de Colombi, dentro del programa Enmedio—Guèisers, comisariado por Marc Caellas. En el texto de presentación, Marc dice que el programa Enmedio «propone utilizar el Museo como un espacio de experiencia, donde ocurran cosas más allá del aparente estatismo patrimonial; de hecho, que activen el Museo como un espacio de relación, de relaciones y de conocimiento. Para ello, recupera prácticas que incorporan la performance, la teatralidad, el acontecimiento y la ficción». 

La pieza de Esteban es la segunda de cuatro que forman este pequeño ciclo. Se llama: «Artista externo». Una mujer me indica por dónde va el grupo que se dirige hacia el lugar donde comienza, la primera parada de una caminata. Les sigo. 

Volvemos a pasar por el escenario que acabo de dejar atrás. Veo que el moño está ahora en él, junto a otros cuerpos-moño que hacen arabescos con trajes de encaje. La música ha subido de volumen. Los espectadores están sentados. Continuamos. Bajamos unas escaleras y nos detenemos en una pequeña explanada entre árboles. Reina aquí un silencio que contrasta con la algarabía de unos metros más arriba, que llega amortiguada, que casi se nos olvida. Delante de nosotros hay un obelisco coronado por un busto. Es el monumento a Frédéric Mistral, uno de los líderes del movimiento felibrista, «asociación literaria que protege y cultiva el occità». Esto nos lo cuenta Esteban, que nos dice también que Gabriela Mistral cogió el apellido prestado de ese hombre encaramado ahí en lo alto. A ambos, a Frédéric y a Gabriela, les dieron el premio Nobel. Esteban comenta divertido que en el caso de Gabriela el apellido fue una buena elección. Los apellidos, por otro lado, siempre han asegurado prebendas cuando son los correctos —pienso. 

El cuerpo de Mistral es ese obelisco de piedra. Siempre he pensado que los intelectuales hombres no tienen cuerpo, que su cuerpo raramente se representa. Pienso en la fotografía de Simone Weil en la que se ven sus hombros. ¿Hay alguna fotografía de un filósofo al que se le vean los hombros? 

Hay unas inscripciones en el cuerpo-obelisco-piedra de Frédéric que fueron borradas durante la dictadura y luego reescritas en el 2014. Las que están en el lado donde me encuentro, dicen: «Ah! se sabien entendre / Ah! se me voulien segui»

Y seguimos a Esteban.  

1.

Nos cuenta Esteban que hace casi un año que recibió la invitación de participar en el programa Guèisers  y que le dieron una acreditación que decía «Artista externo». Él llega siempre por el mismo camino al museo y en ese trayecto, la parada del monumento a Mistral, es la primera etapa de sus frecuentes paseos por la zona. 

A raíz de esos paseos por el interior y también por el exterior del museo, Esteban se fue encontrando con muchos artistas callejeros que trabajan en los alrededores de la institución. Ellos son también artistas externos—nos dice.  

Para llegar a la próxima parada: las salas de románico del museo, volvemos a subir y pasamos una vez más por el escenario de camino al museo. «Ah! se me voulien segui». Ahora hay otros dos cuerpos en escena y ni rastro del moño ni de su propietaria bailarina. La danza continúa. Nosotros somos también una hilera para ser mirada. Ellos, los que nos miran, son los espectadores de los espectadores. Esteban lleva su acreditación de artista externo y nosotras, un distintivo de espectadoras de color verde. El primer artista externo es él, disfrazado de guía. El segundo artista es el joven Simón, llegado de Córdoba, Argentina. A Simón le encontramos situado, con su guitarra y su amplificador, delante de la lapidación de San Esteban, que es la primera pintura mural que fue traspasada, de la iglesia donde se encontraba originariamente, al museo. Esteban nos habla del strappo, la técnica con la que se desprenden los murales de su lugar de origen, y pienso que este paseo es también como un strappo en el que se desprende a los artistas callejeros del suyo y se les “coloca” dentro del museo. 

A Simón le gusta Monet y adoptó el nombre artístico de ‘Simonet”, que en Catalunya se transforma en ‘el pequeño Simón”. Yo no puedo evitar pensar en Albertine Simonet y en el cogollito de Proust, el lugar de encuentro de Swann con Odette, donde los artistas son decorativos invitados de honor, cubiertos de una gloria tan fugaz como arbitraria.

Cuando acaba la actuación de Simonet, Esteban señala su bolsa, al pie de donde se encuentra tocando el artista. Podemos echar dinero, claro. Me encuentro pensando en el dinero, en la su falta, en lo que se escucha por todas partes: precariedad. La pobreza de los artistas veteranos y la de los aspirantes. ¿Hay que llegar al nombre? ¿Es el nombre lo que proporciona dinero y estatus? Permanezco brevemente delante del cuadro y pienso que los artistas del románico son, también, como los artistas externos, artistas sin nombre. 

Foto: Sandra Figueras Valls

2.

Estamos dentro del museo. Estamos dentro del teatro. Estamos dentro del cine. Estamos dentro del festival, dentro de la institución. Somos artistas, becarias, performers, mediadoras o experimentales. Pensamos, producimos, realizamos, hacemos networking, hacemos videoteasers, nos presentamos en sesiones de pitching, hacemos dossieres, muchos dossieres… Leemos teoría, leemos convocatorias que dictan —en muchos casos— los temas que debemos recorrer. Me da la risa si pienso en que Proust trabajara por “temas”, pero Marcel no vale, Marcel era rico. Conocemos muchos artistas ricos, artistas herederos, artistas que tienen tiempo. Conocemos gestoras culturales, programadoras, conocemos galeristas, conocemos gente en general. Hacemos, investigamos, nos formamos, esto es, ¿adquirimos una forma? Hacemos presupuestos, hacemos facturas, hacemos trampas. Llamamos a otras compañeras artistas. Esperamos que alguien nos llame. Nos ponemos de moda y caemos en el olvido, en plazos cada vez más reducidos, tanto una cosa como la otra. Nos reproducimos en piezas, instalaciones, obras… algunas bien efímeras. Es el signo del consumo. Estamos dentro, haciendo equilibrios, pero dentro. 

Cuando vamos en el coche y pasamos por un túnel, Marina se lamenta de que no llueva. Los túneles solo sirven, en la imaginación de una niña de seis años, para guarecer. Hoy no llueve. Tal vez Marina viera como un desperdicio albergar artistas callejeros en un museo un día que no llueve. ¿Acaso los museos no sirven para lo mismo que los túneles, para dar un techo inmortal a los artistas “internos”? 

De camino a ver al siguiente artista, Yile Lin, que se define como acuarelista (eso me gusta, estar pegado a una técnica hace que todo esté presente en el puro trabajo), yo voy pensando que todos los artistas son artistas externos. Porque, ¿qué otra actividad puede desarrollar un artista que la de quedarse fuera, que la de ser, como el sujeto de Agamben, capaz de percibir en lo contemporáneo los signos de oscuridad de su tiempo?

Hace falta una distancia. A Lin «le pesa trabajar con galerías, alquilar un taller, exponer y hacer lobby» por eso se mantiene al margen y trabaja en la calle, cerca de la tienda del museo. Y ahora, dentro, esparce sus acuarelas por el suelo: 20 € las reproducciones, 80 € los originales. Sus acuarelas son hermosas, tengo un gran amor por la acuarela, por la técnica. Hace poco le pusieron una multa de 90 € por pintar en la calle. 

El pintor chino, que en nueve años no ha vuelto a su ciudad, tiene tres gatos y uno de ellos se llama Nada. Y nos dice que cuando está pintando y quiere ir más allá, mete algún gato silencioso en su composición. Y el gato maúlla el deseo de exterior del artista, traducido en una posibilidad de abstracción.  Más allá… ¿Qué afuera busca?—me pregunto—  porque conozco el temor de quedarse en el “más acá”, en el salvaje interior de la figuración. 

Me gusta esta pintura en la que se cuela el esfuerzo, el pensamiento o el ritual, igual que se cuela siempre en la actividad artística la limitación del creador que, tal vez, no sea otra cosa que su estilo. 

Foto: Sandra Figueras Valls

3.

En la siguiente parada no nos recibe un artista, sino una trabajadora del museo. Y lo hace delante de una puerta cerrada. No se puede abrir. “La dialéctica de lo de fuera y de lo de dentro se apoya sobre un geometrismo reforzado donde los límites son barreras”. Eso dice Bachelard en uno de sus topoanálisis en La poética del espacio, al describir la relación entre el adentro y el afuera.  “Ante todo hay que comprobar que los dos términos, fuera y dentro, plantean, en antropología metafísica, problemas que no son simétricos. Hacer concreto lo de dentro y vasto lo de fuera son, parece ser, las tareas iniciales, los primeros problemas, de una antropología de la imaginación. Entre lo concreto y lo vasto, la oposición no es franca. Al menor toque, aparece la disimetría”.

El exterior siempre rebosa. Es enorme. Es inabarcable. El interior solo crece hacia adentro. Cuando lleguemos a la última etapa del viaje planteado por Esteban, en la terraza del MNAC, miraré con sed de horizonte los límites de Barcelona, hacia las montañas y hacia el mar. 

«Para eso sirven las cuestas en las ciudades, para poder ver el horizonte» —eso me dijo una vez Natalia, una de las mejores artistas que conozco, que acabó dejando el arte y buscando horizontes en Lanzarote.

Una hilera de casas, edificios, plazas y algún árbol, hasta que la masa verde ocupa más espacio, ¿eso es el exterior?

Pero volvamos al Museo. La “guardiana” —dice Esteban—, la sibila, está delante de una puerta. El exterior del museo se dibuja desde esa puerta cerrada. Me gustaría quedarme, con ella, que es la tercera invitada y la única que no es artista  —o no lo muestra aquí—, en esa puerta. 

Ella dice que, algunos días, escucha desde ahí el sonido del saxofón que toca un músico. Que se acerca justo a ese límite a escuchar el sonido de la música. Otro afuera que se cuela dentro. Lucrecia Martel dice que las ondas de sonido son lo único que nos toca en el cine. Nos toca físicamente. A través del cristal de esa puerta: un escenario de verdes encendidos, aún veraniegos. Y el sonido del saxofonista que toca, calma y permite trabajar a la guardiana que, ahora, le pregunta un poco tímida a un misterioso hombre barbudo que asiste como público, «¿No eres tú el saxofonista?» Y él, muy convincente, entre divertido y sorprendido, dice que no con la cabeza. 

Foto: Sandra Figueras Valls

4.

La siguiente parada nos lleva a la sala donde se encuentran los murales de la Iglesia de Santa María de Taüll. El público permanece arriba, apoyado en las barandillas que recorren la sala, mientras abajo una contorsionista va haciendo y deshaciendo posturas. Esta vez aparecen dos moños, no uno, son los que lleva ella en la cabeza y que le dan un aire antiguo, como si hubiera salido de un circo de principios del siglo pasado. Los colores de su camiseta son los mismos que decoran las paredes de esta sala. Su precisión y sus movimientos son hipnóticos. 

Aplaudimos y Esteban le hace entrega, como a cada uno de los otros artistas, de la credencial de artista externo.

Y entonces, el hombre barbudo saca una pequeña flauta de su bolsillo y se pone a tocar. Juraría que toca la melodía de Pippi Långstrump:  «Ahí viene Pippi Calzaslargas». Ahí vamos nosotras, las espectadoras.

«¿Has visto mi villa?—dice Pippi—Mi Villa Villekullavilla / ¿Quieres saber?/ ¿Por qué se llama así la villa?/ Sí, porque ahí vive Pippi Calzaslargas […] Sí, ahí vivo yo./ No está mal, / Tengo un caballo mono y una villa, / y una maleta llena de dinero».

Pero no os fieis de mí, puede que la música no fuera esa. De hecho, toda esta crónica puede ser un invento impreciso, como toda construcción de la memoria y como toda invención de un artista. 

Foto: Marina Castillón

5.

El mundo del arte parece ensimismado, la precariedad y la dependencia de las instituciones y el sistema de subvenciones hace que los artistas estemos sujetos a una nómina escasa —en la mayor parte de los casos—, proveyendo de contenidos para permanecer dentro. ¿Dentro de qué? Y sobre todo, ¿quiénes son los artistas internos? ¿Qué es lo que marca ese interior y ese exterior? ¿La institución? ¿El mercado? ¿Los contactos? En una época en la que los artistas vivimos de subvenciones, trabajamos por proyectos y esos proyectos se fragmentan, como las pinturas románicas, no parece que sea posible ser un artista contemporáneo, uno de aquellos que trabaja —como decía Paul Klee— para un público que aún no está, que aún no existe. Porque el arte, más allá de cumplir con las expectativas, los temas o rellenar epígrafes de convocatorias y adaptar las prácticas, abre nuevas vías. Crear para un espectador que aún no existe parece lo contrario que producir para cumplir con los contenidos y los temas de cada momento. 

6.

Llegamos a la terraza, después de dar un laberíntico paseo siguiendo al flautista. Atravesamos las salas que restan de pintura románica, la sala enorme del Museo Nacional con sus gradas, la tienda, la cafetería y las escaleras: escaleras y escaleras… Me gusta subir estas escaleras, recorrer las terrazas y pasadizos que nos llevan, finalmente, a un pequeño teatro de gradas de madera donde «¿tú eres el saxofonista?» toca: 

«All of me». 

Billie… En mi cabeza resuenan  los versos: You took the best, so why don’t take the rest? ¿Los artistas callejeros agarran los restos de los artistas que trabajan dentro? El cielo despejado, la música que hace posible. ¿Estamos fuera o dentro ahora mismo? Tal vez haya que ser un artista que trabaja fuera. ¿Es posible crear siempre desde fuera?

Me fascinan esas historias de un gran artista (esto es, un artista-dentro) que se pone a tocar en un metro, como si fuera un artista desconocido y nadie se para. Circulan videos de cómo la mayor parte de la gente ignora…, no sé, a un tipo “de la talla” de Glenn Gould, con sus guantes y todo, algo así. Las historias de artistas que son descubiertos, es decir, artistas a los que se les abren las puertas del adentro. Alguien, un cazatalentos, les ve. El cazatalentos es también un artista en lo suyo. Pienso, también, pienso en esa historia que me contaron de un hombre que echa dinero a un artista callejero y coge el cambio. 

Jaime Vallaure comenzaba una de sus performances, El desdoblamiento, midiendo el grosor de una pared que separaba el espacio público, la sala de exposiciones, del espacio interno de la institución. Vallaure decía: «Con los años uno se da cuenta de que la creación que más merece la pena, es la creación que hace uno de puertas para adentro y que no obedece a una pulsión social del aplauso, del mérito, de la masa […] ¿Por qué enseñamos las cosas o qué necesidad hay de enseñar las cosas que hacemos para nosotros y en qué medida eso mueve a los artistas a ser públicos? Con los años pasa que las personas y las mentes más creativas que uno conoce, dejan de ser artistas. […] Gran parte han perdido la fuerza, o la necesidad de enseñar… se rompe esa fuerza o esa pulsión. Hay que trabajar en la dirección que uno no se espera nunca».

Mientras nos ofrece vino hecho por él y su compañera, Esteban lee un breve texto sobre el saxofonista, como ha hecho con cada artista presente en el recorrido de hoy. Nos dice que aprendió por sí solo a tocar el instrumento, y que tardó mucho tiempo en hacerlo. La flauta era un lugar más amable donde refugiarse de vez en cuando. Y pienso que la bailarina sigue peinándose su moño bien estirado, que Simonet sigue inventando canciones propias que nadie le pide y el acuarelista sigue pintando gatos, incluso si a veces caen multas. La contorsionista sigue trabajando en sus números pese al dolor al que ella misma se refirió con una sonrisa, y el saxofonista sigue estudiando y la guardiana… la guardiana sigue yendo a escuchar al lado de una puerta cerrada, que solo se abre para ella que escucha. 

Foto: Sandra Figueras Valls

El trabajo artístico no parece ser otra cosa que una insistencia. Un dulce empeño. Una obstinada perseverancia de siempre estar fuera y siempre buscar el adentro, que es lo que guarece, lo que posibilita y lo que da dinero, también, porque los artistas no trabajan solo “por amor al arte”.

Cecilia Molano

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Una espina en la garganta

La sentencia de Adorno de que “escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie” se cita a menudo sin tener en cuenta que el filósofo alemán se retractó poco después: “el sufrimiento perenne tiene tanto derecho a la expresión como el torturado al grito”. Nothing Will Remain Other Than The Thorn Lodged In The Throat Of This World de Noor Abed y Haig Aivazian es uno de esos necesarios gritos.

El título de esta obra deriva de las últimas palabras de Wadih Sanbar a su hijo, el historiador y poeta palestino Elias Sanbar. En su agonía Wadih le dijo: «No estés triste. Nadie conseguirá deshacerse de nosotros. Palestina es una espina clavada en la garganta del mundo. Nadie conseguirá tragársela. No te preocupes».

Si bien una de las estrategias de la propaganda sionista consiste en enumerar otros genocidios en curso para distraer de las atrocidades que los israelíes perpetran contra los palestinos, hay varios aspectos de la barbarie israelí que resultan únicos. En primer lugar está la responsabilidad europea en la creación del estado de Israel, con la implicación del Reino Unido mediante la Declaración de Balfour de 1917 antes mismo de la constitución oficial del Mandato británico en Palestina (1920-1948). Esta responsabilidad europea se ve acrecentada tras la Shoah y la transformación del trauma en arma de destrucción masiva. Ha habido otros genocidios en la historia pero ninguno donde los genocidas se presenten como víctimas. Como dijo Golda Meir: “nunca perdonaremos a los árabes que nos obliguen a matar a sus niños”. Solo la capitalización simbólica del holocausto puede explicar que occidente cerrase los ojos ante la brutalidad de la Nakba. Pero hay un trasfondo que va aún más lejos. Se trata de la mentalidad colonial, nacionalista y racista conjugada con los desmanes tecno-neoliberales y extractivistas que combinan el negocio de armas, el desarrollo de tecnologías distópicas de control y la especulación inmobiliaria ligada al robo de tierras. El ministro de finanzas ultra Bezalel Smotrich admite abiertamente que hay un plan de negocios para que norteamericanos e israelíes se repartan los beneficios inmobiliarios tras apropiarse de Gaza. En definitiva, las atrocidades de Israel contra los palestinos son un concentrado del horror inscrito en las dinámicas imperialistas de occidente. No solo está en juego la liberación del pueblo palestino, sino la posibilidad de purgar nuestra propia cultura de formas de hacer y pensar aterradoramente destructivas.

La referencia a la garganta en el título de la pieza de Noor y Haig no podría resultar más oportuna, ya que la pregunta capital es quién tiene derecho a respirar. George Floyd repitió “I can’t breathe” 27 veces durante el asalto policial que condujo a su muerte. “I can’t breathe” fue también una de las últimas frases de otras víctimas negras de la violencia policial estadounidense como Eric Garner, Javier Ambler, Manuel Ellis o Elijah McClain.

Hay una conexión directa entre la expulsión de los no cristianos de la península en 1492, el genocidio indígena en América (el santo Santiago Matamoros fue rebautizado Santiago Mataindios), el tráfico de esclavos de indianos como Antonio López o Josep Xifré, el supremacismo blanco norteamericano, los abultados vestigios del apartheid sudafricano y lo que está ocurriendo en Palestina. Se trata del convencimiento de que hay pueblos y etnias que no son realmente humanos. O que podemos ignorarlo siempre que eso resulte en un beneficio económico. No es casualidad que las primeras palabras de Nelson Mandela tras el fin oficial del apartheid fuesen “nadie será libre hasta que Palestina sea libre”. Ciertamente, esta espina no hay quien se la trague.

Los sonidos que emite la garganta solo son posibles si se garantiza el derecho a que el aire transite por ella. Los jadeos se convierten en el emblema de aquellos que viven asfixiados. ¿Qué sonidos emite una garganta cuando el derecho a la vida no está garantizado? ¿Cómo se acelera la respiración? Pero también, ¿qué sonidos podemos emitir para sanarnos a nosotros mismos y a los demás? ¿Qué sonidos son capaces de generar identificación? En su exploración sonora, la pieza de Noor y Haig habla también de la tortura sónica como una de las tácticas israelíes en el Líbano y Palestina, algo que cobraba protagonismo en Air Pressure, la performance de Lawrence Abu Hamdan que vimos en Hangar en 2023 gracias a la colaboración entre esta institución, La Virreina, La Casa Encendida y el Festival Domingo.

Sin embargo, la singularidad de la pieza de Noor y Haig tiene que ver no sólo con su capacidad para tratar el sonido desde diferentes puntos de vista sino sobre todo con su habilidad para captar su esencia simbólica. Las ondas sonoras resuenan por los cuerpos sin respetar los límites que supuestamente conforman al sujeto neoliberal. En el sonido se esconde una de las posibles claves para desmontar lo individual y construir lo colectivo. Por eso en determinadas ocasiones a lo largo de Nothing Will Remain Other Than The Thorn Lodged In The Throat Of This World se pide al público que una su voz a la de los intérpretes para generar una especie de coro. En ese coro radica la potencia de un movimiento colectivo e interseccional cuya necesidad resulta cada vez más acuciante ante los fascismos que ya están aquí. Pongámonos manos y gargantas a la obra.

Alonso del Castillo

Nothing Will Remain Other Than The Thorn Lodged In The Throat Of This World se presenta en inglés con subtítulos en castellano el sábado 25 de octubre a las 20h en La Escocesa gracias a una colaboración entre esta entidad y el festival Sâlmon. La entrada es gratuita y basta con registrarse aquí. Noor Abed es una artista palestina que trabaja en la intersección de la performance y el cine, combinando formas de lo «escénico» y lo «documental». Su práctica examina las nociones de coreografías sociales y formaciones colectivas, buscando la conexión entre la noción de «sincronía» y la acción social. Este año presentó en el Museu Tàpies A Night We Held Between y ha ganado el Gran Premio de la Bienal de Ljubljana de Artes Gráficas. Haig Aivazian aborda la naturaleza metamórfica de tres tecnologías: la luz artificial, la informática y la ley. Su trabajo, que abarca diversos medios y modos de interpelación, está animado por la investigación y los descubrimientos fortuitos, donde la historia es un zumbido omnipresente que conjura y choca contra futuros degradados y los persistentes esfuerzos por sobrevivir a los mismos. Alonso del Castillo es un comisario nacido en Granada que reside en Barcelona desde 2023.

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en la estrechez de la curva, un cencerro

Entro en la sala de exposiciones de la planta baja de La Fabra invadida por la memoria perturbadora de haber sido cercada por una jauría de perros. Un vacío inmediato por la ceguedad del blanco del espacio es rápidamente llenado por el reconocimiento de rostros familiares y por la identificación de los altavoces distribuidos por las paredes. Progress Barks (2022), de Rubén Grilo y Robert M. Ochshorn, insiste en ladrar, pero falla, a veces. Si le prestamos mayor atención, percibimos ruidos sutiles como distorsiones tonales que transforman el rottweiler en un robot. Es el primer anuncio de un programa que, guiado por el movimiento de la curva, parece querer abrir espacio a dinámicas de tensión.

Interval #1 se organiza en torno a prácticas vinculadas al sonido. Programado por Noela Covelo Velasco, es la primera edición de un ciclo que ocurrirá periódicamente dentro del proyecto de la nueva dirección de La Fabra Centre d’Art Contemporani. Bajo el título en l’estretor del revolt, una esquella, está compuesta por un ciclo de performances distribuido en dos noches y una instalación sonora que puede visitarse durante tres semanas.

Con el folleto naranja del programa en las manos, me comenta Noela que en catalán el título formaba una combinación de palabras que le parecía bastante abstracta. A mí también, pienso. Incluso en español, la palabra “cencerro”, que hasta entonces yo no conocía, me remitía a cenizas, como si de un incendio en la ruta se tratase. Esa es una experiencia que compartimos quienes vivimos en un lugar cuya lengua corriente no es la nuestra. En la traducción torcida, las palabras pueden sugerir imágenes que realmente no poseen ninguna conexión con su significado real, y eso indica que la comunicación puede estar ocurriendo en más de un plano.

Finalmente descubro que el cencerro es una campana. Comienzo por el texto del folleto porque entiendo que a partir de él surgirán las primeras emisiones sonoras, y ellas provienen de las gargantas de todas nosotras. En la lectura poco se revela acerca de las piezas. Sus títulos apuntan a un conjunto de acciones en bucle: movimientos circulares e incluso infinitos, como el progreso; señales luminosas que anuncian un verano sin fin o la próxima vuelta del faro. El texto de presentación define el desplazamiento de un cuerpo en el espacio como un ejercicio de lectura de un lugar, interrumpido, dentro de ese relato, por el sonido de un cencerro. Allí provoca un desvío para quien conduce, pero en su uso habitual, colgado al cuello de un animal, funciona como un dispositivo de orientación para quien pastorea.

Me aferro a esa idea porque la luz del faro, en el contexto náutico, también funciona como una guía a la distancia, especialmente durante la noche o en condiciones de baja visibilidad. Y el faro, en Interval #1, es evocado no solo en mebrat / መብራት, obra de Misiker Agulló, Adrasha presentada el primer día del programa, sino que también existe como resonancia de la investigación de Noela Covelo Velasco como artista. En próxima vuelta del faro, obra presentada en La Capella en septiembre de 2024, Covelo Velasco investigaba el estrechamiento como dimensión de la memoria y como acción vinculada al cuerpo a partir del movimiento vibratorio de las cuerdas vocales. El ir y venir de la cadencia de su aliento se conjugaba con un desplazamiento por el espacio que ocurría mediante un movimiento circular, configuración que vi repetirse en todas las piezas que integraron Interval #1. Es importante hacer esta observación porque Interval #1 no se anuncia como “curada por” Noela Covelo Velasco, sino como “acompañada por la práctica” de esa artista. Y este me parece un gesto pertinente que contribuye a las discusiones sobre los límites y las posibilidades del trabajo curatorial, la reconfiguración de sus formatos y de sus agentes, y que aquí se articula, de forma prometedora, por parte de un programa institucional.

Entonces viene la curva, que también por su estrechez nos sitúa en un momento de tensión. Aunque la curva se define justamente como el desvío de una línea recta, y puede instaurar, por lo tanto, un territorio de libertad, es por el rozamiento entre el neumático y el asfalto que el trayecto curvilíneo puede cumplirse. La curva es también el lugar de la incertidumbre – ¿qué viene después? – y de algún modo, el lugar de la desorientación.

Reverberación y distancia

feed ♾️ back (2025), pieza de Maguette Dieng en colaboración con Azadi Sound System, abre la programación de la segunda noche. La sala oscura está puntuada por azules que iluminan los sistemas sonoros preparados para la performance, con tres módulos del sound system triangulados por el espacio y una mesa de sonido. La sensación es que la vibración que emana de las torres transforma el espacio en una bolsa de aire que nos acoge con suavidad, un estado que es desplazado rápidamente por la imponencia vertical y totémica de los altavoces. Lo que se escucha es la modulación ondulada del sonido de los graves que crece y se complejiza a medida que nuevas capas van siendo añadidas, estrechando cada vez más la distancia entre nuestro cuerpo y lo que vibra.

A partir de aquí, la tensión que antes se establecía entre la audiencia y el sound system incorpora un tercer elemento, que es la propia artista. Acompañada por la selección de vinilos de reggae y dub traídos de Jamaica, Dieng se mueve alrededor de la mesa de sonido siguiendo los mismos códigos de un DJ set. El público, sin embargo, no se aproxima, manteniendo una distancia respetuosa que instaura un espacio intermedio lleno de vacío y que termina por dividir la sala entre escenario y platea. Sucede que, pasados algunos minutos de la performance, queda evidente que quien actúa esa noche es la música, y que, aunque sea la DJ la responsable de darle voz, quienes le daremos movimiento somos nosotras.

Se activa una negociación silenciosa entre todas, y la mirada que antes se dirigía al escenario, se rebate y distribuye por la platea. La danza es retraída. Lo que reverbera, entonces, no se restringe al campo sonoro, y pienso en los efectos causados por esa reverberación considerando la particularidad de un público que es, en su mayoría, europeo y más vinculado al circuito del arte que a la cultura Sound System o al reggae y al dub. El ruido es saludable dentro de un contexto tan habituado a los códigos de la performance, del arte contemporáneo y de las fiestas de música electrónica, donde Maguette Dieng también actúa como Mbodj o con el colectivo Jokkoo.

La cultura Sound System tiene su origen en las comunidades negras de Jamaica durante los años 50, en prácticas comunitarias y de resistencia frente a la cultura dominante. Más que un equipo sonoro, el Sound System es también un lugar. Un punto de encuentro que activa una experiencia sensorial colectiva vinculada a una conciencia política y social. El pliegue surge de la combinación entre eco y delay, y la percepción táctil del sonido de los graves, asociada al contenido de las letras, moviliza un “estar junto” que necesariamente pasa por la fisicalidad, por el roce, provoque situaciones de conflicto o de placer. Esa dimensión política y social del Sound System amplía los usos y los significados de la palabra sistema, que en toda la programación de en la estrechez de la curva, un cencerro es considerada como infraestructura, como aquello que hace posible la colectividad.

Regreso al peso de la palabra porque es un elemento implicado en todas las piezas del programa. El texto, que hasta ese momento se escuchaba fragmentado como letras de canciones como Poor and humble de Wayne Wade ou Talk Love de Sonia Spence, adquiere cierto protagonismo en los minutos finales de feed ♾️ back. A través de una lectura poética que mezcla testimonios de Dieng con los de constructores de sound systems o de personas de origen jamaicano que migraron a Europa, la artista reflexiona sobre las formas de vincularse con la música y la cultura Sound System, y la importancia de concebir la fiesta como otro lugar de compromiso e imaginación política.   

Distancia y distensión

El programa de la noche termina con endless summer (2025), de Adam Christensen. Ahora ya no estamos de pie ni nos relacionamos con el espacio desde nuestra verticalidad: nos sentamos directamente en el suelo intuyendo una dirección para nuestra mirada. Al fondo se escucha la grabación de una voz femenina en diálogos que parecen extraídos de cine antiguo, una sonoridad sombría donde el grave activa en nosotros una emoción distinta de la que habíamos experimentado en feed ♾️ back. Estamos esperando a Christensen, quien anuncia su llegada mediante el sonido de sus pasos en tacones.

Como una dama de negro, sexy, lleva un ramo de rosas rojas, un candelabro y una vela, indicando que la gravedad allí es la de un cuerpo abatido por alguna tragedia. La performance avanza a medida que estos elementos se articulan en la construcción de un espacio ritual que, aunque parece íntimo, también nos incluye. La comunicación verbal que en ocasiones establece con el público rompe el drama con algo de humor – are you okay? –, insinuando una invitación sutil y generando un instante de duda respecto a la dinámica de la performance.

Su espacio escénico incluye toda la sala, incluso los vacíos entre nosotras, por donde transita y tensiona, pero aún así sosteniendo la sensualidad y el misterio mediante gestos más pequeños, más o menos accesibles para el público, como el dibujo que hace en una pequeña placa apoyada en el suelo. El movimiento de abrir y cerrar, como indicativo de estar cerca o lejos, de incluir o aislar, revelar u ocultar, retraer o expandir, se manifestará en una variedad de acciones y objetos, como el acordeón. El instrumento, cuyo sonido es producido por el flujo de aire en movimiento a través de la contracción y distensión del fuelle, aparece como un segundo diafragma que acompaña, con cierta discreción, la modulación vocal imponente de Christensen. El timbre del acordeón trae el peso de otros escenarios a los que puede pertenecer, como el circo o el cabaré, contextos donde la risa y el llanto están tensando todo el tiempo.

La escucha es un gesto ético y espiritual. Escuchar es abrir espacio y ceder control. Es reducir distancias. En endless summer somos testigos de un relato melancólico, visceral y tragicómico que se realiza mediante la lectura de poemas, vocalizaciones y canciones transmitidas por un cuerpo que se mueve en círculos, que orbita. Nosotras frente a nosotras, y su presencia alrededor nuestro. En la práctica de Adam Christensen, su cuerpo funciona como un amplificador no sólo sonoro, sino también político. En sus piezas, el artista da voz a figuras marginadas, estirando los límites de las expectativas de género y sexualidad mediante referencias a la cultura trash y underground, al teatro de variedades y al cine de explotación y de horror de las décadas de los 70 y 80, mezclando esos materiales con expresiones de su propia vulnerabilidad.

La performance termina cuando Christensen desvía su camino hacia la salida y se va. Las rosas, el retrato, el guante, la vela y el candelabro permanecen en la sala como vestigios. Sigo pensando en la palabra “endless”, que es sin fin. Y en el movimiento de distensión, que puede ser relajamiento o lesión. Trauma, si estiramos demasiado.

Julia Coelho

Fotografías de Eva Carasol

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Kosmopolis: no solo Krasznahorkai

László Krasznahorkai (© Hartwig Klapper)

Hasta la semana pasada, László Krasznahorkai solo era un nombre más dentro de la larga lista de escritores incluidos en el programa de la nueva edición de Kosmopolis, la fiesta de la literatura amplificada que el CCCB acoge cada dos años y que se celebra del 22 al 26 de octubre. Pero desde finales de la semana pasada László Krasznahorkai es el nuevo premio Nobel de Literatura.

László Krasznahorkai publicó su primera y más famosa novela, Tango satánico, en 1985, en húngaro, cuando tenía poco más de treinta años. Edicions del Cràter acaba de publicar la traducción al catalán, Tango satànic, traducida por Carles Dachs. En 2017 Acantilado publicó la traducción al castellano de Adan Kovacsics. Está agotada pero probablemente no tardará en reeditarse, gracias al Nobel. Mientras tanto la podéis encontrar en bibliotecas (mañana mismo, en cuanto devuelva mi ejemplar, tendréis uno más disponible en la red de bibliotecas de la Diputació de Barcelona). El cineasta Béla Tarr, amigo de Krasznahorkai, adaptó la novela al cine con la ayuda del autor (que firma el guion). La película, Satántangó, se estrenó en 1994, está rodada en blanco y negro y dura siete horas. La podéis ver en Filmin, por ejemplo. Salvo contadas ocasiones, las adaptaciones de novelas al cine (o al teatro) suelen convertirse en experiencias decepcionantes si se ha disfrutado primero de la lectura del libro. Satántangó, curiosamente, podría ser una excepción a la regla. La película es muy respetuosa con la novela, la sigue muy de cerca, utiliza parte de su texto, mantiene su estructura en doce capítulos y en muchas ocasiones parece querer de verdad traducir en imágenes cada frase escrita. Una de las gracias de leer la novela y a continuación ver la película es observar cómo se las ingenian entre Béla Tarr y László Krasznahorkai para conseguirlo. El trabajo es minucioso. Hay un absoluto desprecio por lo que mandaría la convención en estos casos (recortar, suprimir, abreviar, resumir). En cambio, hay un cuidado exquisito por los detalles, por transmitir el ambiente un tanto alucinado del libro y por el tempo. Quizá por eso dure siete horas (si la novela tiene trescientas páginas, sale a algo así como un minuto y medio por página). Siete horas seguidas, según cómo, pueden ser una sobredosis pero también pueden convertirse en un tratamiento de shock contra la aceleración contemporánea. Sobre todo porque el ritmo de la película, como el del libro, es deliberadamente pausado, contemplativo. Aunque no por eso menos estimulante, porque el libro está repleto de juegos de todo tipo (formales, especulares, alegóricos) que la película recoge al tiempo que da espacio al espectador para que los capte y los procese sin prisas. Pero hay que llenar los pulmones de aire para acompasarse con el ritmo propuesto: en el caso de la novela, doce inmersiones en sendos capítulos de treinta páginas sin un solo punto y aparte (un poco como este largo párrafo en su homenaje). Para hablar del final de una civilización (aunque no se alude a él explícitamente, el final del comunismo, pero da igual, curiosamente: no en sus detalles pero sí en esencia, suena actual), de la esperanza y la desesperanza, del culto al líder, de lo ilusorio y de lo que se oculta, de la casi siempre conflictiva relación con nuestros semejantes, de lo visible de esa relación pero también del hilo invisible, como de tela de araña, que nos une a todos los seres que poblamos el planeta. Yo he hecho la prueba de sustituir durante un par de días el consumo de vídeos de Youtube y redes sociales por el visionado intensivo de Satántangó, inmediatamente después de la lectura de la novela, y no me atrevo a recomendarlo pero a mí me ha sentado de fábula. Para empezar, parecía imposible. Pero no solo es posible sino que, por lo que sea, me siento menos sucio. A pesar de la cantidad de barro que impregna la novela y la película. O quizá precisamente por eso: un poquito de destrucción de vez en cuando siempre viene bien.

Hasta hace dos días, Krasznahorkai era un autor relativamente desconocido por estas tierras. La sesión de Kosmopolis en la que participará no acababa de vender sus entradas. Si no le llegan a dar el Nobel quizá hubiese pasado desapercibido entre tanta programación. Ahora tendrá que lidiar con ese culto a la personalidad que tan bien retrata en su Tango satánico. Le deseamos buena suerte con eso. Mientras tanto, podemos disfrutar de otras sesiones de Kosmopolis, como la de la búlgara Kapka Kassabova y la catalana de origen rumano Corina Oproae, moderada por el escritor y periodista Jordi Nopca, que se centra en la contraposición de estrategias de ficción y no ficción para abordar el pasado propio (en una lengua diferente de la materna, en inglés en el caso de Kassabova y en catalán y castellano en el caso de Oproae). O la de María Reimóndez, Sara Guerrero y Blanca Llum Vidal, moderada por la investigadora y experta en literatura gallega (otro de los ejes de la programación) Helena González, sobre escrituras disidentes y políticas, donde posiblemente Raimóndez aborde cuestiones como las marcas de género y los dejes colonialistas que se nos escapan a la hora de traducir. O la de la escritora coreana Mirinae Lee (Corea es otro de los temas de esta edición), autora de Las 8 vidas de una centenaria sin nombre (Salamandra, 2025), sobre la vida de una nonagenaria coreana desde la Segunda Guerra Mundial hasta la actualidad. O la de Didier Eribon, que a partir de su experiencia personal (un intelectual francés de origen humilde que se aparta de su familia y vuelve a reencontrarse con ella años después), intenta explicarse por qué cuando dejó de tratar a su familia aún votaban al Partido Comunista y en cambio unos años después se los encuentra convertidos en votantes de la ultraderecha, todo un temazo del que quizá aún no hemos hablado lo suficiente y en el que Francia nos lleva unos años de ventaja que pareciera que vamos acortando a pasos agigantados.

Rubén Ramos Nogueira

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Festival TNT 2025

El pasado fin de semana estuve en Terrassa, a continuación doy cuenta de algunas de las cosas que pude ver durante esos días:

Les Chevaliers. Capítol 2, de Los Detectives

La compañía formada por María García Vera y Mariona Naudin estrena el segundo capítulo de Les Chevaliers, su serie sobre la búsqueda del Santo Grial. Este capítulo es un cuento medieval sobre dos caballeros que abandonan a sus familias, sus tierras y su patrimonio para emprender la búsqueda de un vaso mítico al que la tradición artúrica atribuye poderes grandiosos y un poco indefinidos. Durante diez años estos caballeros recorren Europa con determinación pero, a medida que el tiempo transcurre y las dificultades aumentan, su paciencia se desgasta. Con el tiempo la pareja acaba aborreciéndose: cada uno culpa al otro de su fracaso y de la pérdida de tiempo que esta búsqueda significa. 

El Santo Grial promete algo (inmortalidad) para lo que la humanidad probablemente no esté lista. El afán de perder una vida finita buscando otra que quizá nunca encuentres parece confirmar que quien va detrás del grial es incapaz de valorar lo que tiene. Quizá el objetivo de este cáliz legendario sea enseñar eso, que lo importante no es vivir mucho, sino estar atentos a cómo vivimos, aprendiendo de lo que podamos. El problema de estos caballeros es que a lo largo de su camino no parecen hacerse más sabios, sino al contrario: cuando después de viajar durante una década son interrogados por otros caminantes no aciertan a responder con inteligencia. De la ambición insatisfecha pasan a la frustración y al odio. Lo terrible no es que los personajes no encuentren lo que buscan, sino que sean incapaces de encontrar otras cosas valiosas en el proceso. Habrá que ver qué pasa con estos caballeros en el futuro, es sabido que, mientras quede aliento, todo fracaso es provisional.

No ser ni la sombra de lo que se fue, de María Jerez

La última pieza de María Jerez se estrena en el teatro Principal de Terrassa. Entramos por una puerta que atravesando unos almacenes nos lleva directo al escenario. El cortafuegos está abajo, así que el escenario será para nosotros todo el teatro. En el centro hay un cuadrado delimitado por cortinas. El público se sienta a dos bandas que están situadas en los lados opuestos del cuadrado. Al sentarte te darás cuenta de que no ves al público que tienes enfrente porque se interpone la escenografía. Con el correr de la obra te harás muchas preguntas, probablemente una de ellas sea si la mitad del público que quedó al otro lado está viendo la misma obra que tú.

No ser ni la sombra de lo que se fue es un trabajo que está entre la duermevela y la invocación. Lo que se invoca son fantasmas, personas que fueron y que insisten en no desaparecer del todo. La obra es un estado en el que se mezclan recuerdos con cosas que imaginamos que sucederán o que podrían suceder o que están sucediendo. Llamaría a estas cosas sueños, pero no lo son, son algo diferente. Durante la duermevela podemos visitar el pasado, el futuro y distintos presentes en distintas realidades. Allí, más que un cuerpo, somos un hueco con nuestra forma, un agujero por el que se ven el espacio infinito y el tiempo interminable que transcurrirá después de que hayamos muerto, cuando el conjunto abigarrado de partículas que hoy somos se esté dispersando lentamente por el universo. Igual que un recuerdo, la invocación es un esfuerzo por volver a atraer esas partículas para que vuelvan a estar unidas y recuperen la forma que solían tener. 

Es un lugar peligroso la duermevela, en el que puede pasar de todo y en el que todo pasa. Se viven vidas enteras en segundos. Te sientas en el sofá, te pesan los párpados y, de repente, un grito en la calle te devuelve a la realidad con el recuerdo de haber nacido, crecido y muerto en una tierra remota que no conocerás nunca. Por mucho que intentes explicarla, al ponerla en palabras esta experiencia pierde su sentido y se vuelve trivial. Por eso me dejó tan perpleja este trabajo, porque consigue llevarte a ese estado tan volátil y sostenerlo, y sostenerte a ti ahí adentro durante un buen rato, haciéndote transitar, además, por algunos de sus lugares más desconcertantes: pienso en cómo dudé de lo que veían mis ojos al presenciar una transmutación inesperada o en el segundo abominable en el que me vi, junto al resto del público, multiplicada por un espejo. 

Fasting girls, de Marta Azparren

Vi la versión de conferencia performativa del nuevo trabajo de Marta Azparren, Fasting girls. Una pieza en la que a través de la superposición de materiales diversos (vídeo, imágenes, testimonios en formato de audio, acciones, sonido, texto, objetos) se asocian ideas que a simple vista no están evidentemente vinculadas, o se conectan personajes que en principio no tienen nada en común a través de un hilo conductor: el ayuno voluntario. A medida que avance el discurso iremos entendiendo que en muchos casos la voluntad de no comer tiene que ver con la imagen que tenemos del propio cuerpo, y que esta imagen se construye no exclusivamente, pero casi, a través de la mirada del otro. A lo largo de la conferencia se discurre sobre las historias de personas que en distintos lugares y por diversos motivos decidieron o deciden pasar hambre. Un hambre no relacionado con la escasez ni la pobreza, sino con un deseo de delgadez, de pureza espiritual, de ocupar la menor cantidad de espacio posible o de no ser vista, de que te dejen en paz, de desaparecer.

Fogonazo, de Serrucho

La última pieza del colectivo Serrucho es una reflexión sobre la abundancia de imágenes con las que nos relacionamos a través de redes sociales. Mientras en una gran pantalla se proyectan paisajes capturados por cámaras de vigilancia situadas en lugares inhóspitos, unos robots-pantalla se mueven por el escenario, sobre ellos se proyectan transmisiones en directo de Tik Tok. Vemos canales en los que personas que se preparan para rendir exámenes de oposiciones estudian frente a la cámara, o en los que una persona rastrea objetos de metal enterrados en la arena. En otras dos pantallas más pequeñas leemos fragmentos de diálogos que algún miembro del equipo creador mantuvo (o quizá esté manteniendo en directo, creo que no) con algunos de los responsables de las transmisiones mencionadas, según entendí, con uno de los que estudiaba y con el que buscaba metales. 

De a poco la pieza avanza hacia la saturación de imágenes que se superponen en la pantalla grande, vemos sesiones de ASMR, un grupo de hombres que se acuesta, se levanta, baila un momento y se vuelve a acostar una y otra vez (es evidente que hacen esto a pedido del público que los mira), personas durmiendo, tocando el piano, haciendo ejercicio o cantando. El algoritmo (digital o humano, no lo sé) que selecciona el material que vemos parece tener cierta inclinación por la sordidez suave y por las mujeres jóvenes y atractivas. Quizá la cosa no fuera solo sobre el exceso de imágenes en general, sino sobre el exceso de un tipo de imágenes, o sobre el surgimiento de ciertos fenómenos propiciados por la facilidad de producir y compartir imágenes que surge con las redes sociales, tendré que seguir pensando. 

Extraña alegría, de Javier Hernando

Extraña Alegría es un monólogo interpretado por Rocío Bello. Un texto que es un intento de homenajear a los muertos (a algunos muertos, claro) de una forma particular: buscando formas de mantener la fe en la humanidad, o el optimismo por el futuro o las ganas de vivir. Para encontrar esta fe, este optimismo o estas ganas la obra busca en las historias de algunas personas que nos precedieron. Personas que en algún momento, de forma inesperada, se vieron envueltas en conflictos y decidieron oponerse con más o menos éxito a maquinarias que parecían imposibles de doblegar. Se habla, entre otras cosas, de un pequeño gesto que desencadenó una huelga nacional, de un intento de detener un desahucio con un poco de pintura, de una madre que se enfrentó a narcotraficantes y de un barrio que se salvó a sí mismo del olvido administrativo y el aislamiento. Creo que la obra va de recordar que quizá podamos hacer poco, pero casi siempre podemos hacer algo. En una conferencia pronunciada hace un par de años de la que hablé brevemente aquí, Andrea Soto Calderón dijo que “no es lo que existe lo que necesita de nosotros, sino lo que debería existir, lo que podría existir”. Desde entonces pienso mucho en esta idea y la recordé varias veces mientras veía esta obra: las cosas que son solo una posibilidad son las que requieren del esfuerzo de imaginarlas primero y de llevarlas a cabo después, un futuro posible es una criatura frágil de la que hay que estar pendiente, nada se arregla ni mejora si no hay alguien tomándose el trabajo de imaginar cómo podría funcionar bien. El problema es que últimamente y sobre todo en las ciudades, estamos todos muy reventados como para ponernos a imaginar, y también, creo, que nos está comiendo el discurso de que las cosas son ahora peores que nunca y que los sistemas están tan establecidos y son tan grandes y omnipresentes que un individuo no puede cambiar nada. En la obra de Javier Hernando el optimismo es una decisión política, pero no viene dado, se fabrica con voluntad y disciplina, se busca y es necesario para no languidecer en la angustia que, si bien es una respuesta natural a muchas de las cosas que nos rodean, al final nos vuelve dóciles, manejables. Algo habrá que hacer, porque los buenos no pueden haber muerto para nada. 

Symphony of horror, de Sara Manubens

El festival se cierra con el estreno del último trabajo de Sara Manubens. En una sala diáfana el público se acomoda en sillas situadas alrededor de un cuadrilátero vacío. Quien salga a ocupar ese espacio no tendrá dónde esconderse, los cuerpos que allí se sitúen estarán inevitablemente expuestos durante toda la pieza, serán observados desde todos los puntos de vista. 

El espectáculo comienza, mientras canta una canción de amor, Sara (o el personaje que Sara interpreta) es atacada por una vampira que sin que ella se diera cuenta la había estado acechando. Después de beber su sangre, la vampira descansa satisfecha y presume de su victoria. La que acaba de ser mordida queda inerte en el suelo, pero este estado dura sólo unos segundos al cabo de los cuales despierta, convertida ella también en una no-muerta que ataca a su creadora. A partir de esta primera interacción se sucederán entre Sara Manubens y Norma Pérez resurrecciones y transformaciones que las llevarán a transitar todos los estados y a habitar todos los cuerpos que son posibles en las historias de vampiros en sus diferentes versiones y variantes estéticas. El vínculo entre los dos personajes se reiniciará cada pocos minutos, una situación se convertirá en otra, cada una pasará de ser víctima indefensa a monstruo temible, de humana a criatura con poderes sobrenaturales. Cada vez que creamos que los roles se han establecido algo nuevo se desplegará y todo cambiará completamente. Los personajes se irán componiendo y descomponiendo a medida que se desprendan de su vestuario y se lo vuelvan a poner. La pieza es una sucesión de historias dentro de historias y personajes dentro de personajes en la que veremos doncellas frágiles, demonios, vírgenes puras o cazadoras. Entre las dos habrá un vínculo móvil, que irá de la amistad a la persecución, del ataque a la ayuda, como si fueran enemigas que no sabrían ni querrían vivir una sin la otra. 

La parodia y el humor aparecen a través de la sorpresa incesante y del esfuerzo máximo. Este trabajo es un ejercicio barroco durante el que las artistas entregan deliberadamente todo lo que tienen, sin preocuparse por administrar energía ni recursos, poniendo en juego todo el cuerpo que en más de un momento desborda el escenario.

María Cecilia Guelfi

Imágenes de Alessia Bombaci

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Entrevista a las comisarias de Sense esquerda no hi ha punt de llum

Entrevista a Carolina Campos y Tomás Aragay, comisarias junto a Sofia Asencio y Sara Manubens de Sense esquerda no hi ha punt de llum, exposición en Santa Mònica hasta el 25 de octubre con la participación de Sofía Archer, Lu Chieregati, Efe Ce Ele, Lucía Egaña Rojas, Sergio Fausttini, João Fiadeiro, Núria Güell, Jokkoo Collective, Bruna Kury, Márcia Lança, Las Mediocre, Xavier Manubens, Manicure, Merci Xula, Jorge Nieto, Calixto Neto, Norma Pérez, Daniel Pizamiglio, Puzzlemania, Mar Reykjavik, Victor Ruiz Colomer, Serrucho, Leticia Skrycky, Tres Peons y Mónica Valenciano. 

¿Cómo describís vuestra propuesta expositiva en Sense esquerda no hi ha punt de llum?

Tomás Aragay: El propio denominativo de exposición está puesto en cuestión a partir del trabajo del equipo curatorial. Viniendo de donde venimos las cuatro, también hubo tensión entre la palabra festival y la palabra exposición, o entre objeto artístico, instalación, cuerpo… El museo nos invita a partir de la pregunta de qué es un esdeveniment (acontecimiento), cuándo se produce un evento o algo relevante. Esto en un museo sucede cuando alguien se encuentra delante de una obra quieta, y en un lugar muy determinado para la cultura. Así que empezamos a jugar y preguntarnos sobre el esdeveniment en un museo bajo el paraguas de una exposición. La expo pone todo esto en cuestión y en tensión, tanto para la institución como para el visitante o la artista. 

Carolina Campos: También nos hemos preguntado por los flujos de atención en un dispositivo como el museo, tendiendo en cuenta la idea de invitación o el público que visita el museo. A partir de ahí empezamos a pensar distintas naturalezas de acontecimientos, más o menos artísticos, centrales o periféricos, con distintas temporalidades, y dibujamos las distintas capas de la expo. Por los protocolos asumidos del museo y la exposición, parece importante explicar que el público se va a encontrar una propuesta diferente en función del día, como si fuese un festival. Entonces el público tiene una tarea en relación a la atención. 

Tomás Aragay: Esta expo es un evento o algo que sucede cuando no lo esperas, que es entonces cuando coge su fuerza máxima, y puede producir una grieta en la realidad. Cuando algo que sucede no se le está mirando, genera un hecho poético que en una exposición, donde se supone que todo está explicado y quieto, es un problema y un acierto para el museo, porque genera un espacio nuevo que es el estamos intentado explicar. Hemos puesto en marcha estrategias desde la curadoría para que la sensación de cuándo va a suceder la cosa o quién es la cosa quede suspendida. En el texto curatorial se dice: “¿El acontecimiento seremos nosotras?”. 

Carolina Campos: Una pregunta importante que atraviesa nuestro trabajo es quién ocupa esos acontecimiento del museo, qué cuerpos pueden estar allí. Hemos hecho también el esfuerzo de programar pensando en quiénes son las personas que se acercan a cada tipo de acontecimiento.

A grandes rasgos, parece que la exposición se organiza a partir de instalaciones, residencias y activaciones, pero se entiende que hay mucho más y entre medias. ¿Cómo funciona la máquina de Sense esquerda no hi ha punt de llum? 

Tomás Aragay: La idea es mezclar públicos y clases de activaciones o sucesos en distintas temporalidades. Luego hay propuestas que están previamente anunciadas, que generan una expectativa, y cosas que no, que se generan en el tiempo de la exposición. Las cinco residentes estarán trabajando duracionalmente allí para generar algo en relación a la pregunta, pero que se activará cuando quieran, ni nosotras lo sabemos aún. Si bien hay ventanas que están marcadas para que lo hagan, esa tarde pueden estar en la escalera improvisando y los demás equipos acompañaremos y facilitaremos que eso pase. Esto supone una de las capas imprevistas de la exposición. Luego, en la tensión exposición/no exposición, el museo nos pidió que hubiera cosas fijas o instalaciones, y hay cuatro que también trabajan a partir del acontecimiento que sucede cuando sucede. Varias de ellas con temporalidades concretas y diversas, trabajando con la presencias o no de espectadores, funcionando como una especie de respiración interna que tampoco es fija aunque lo parezca, así que el espectador puede encontrarse las instalaciones activas o tendrá que tomarse el tiempo y esperar. Luego hay eventos puntuales con volúmenes muy diferentes. Desde un concurso de ajedrez que dura todo un día, o la Feijoada que es un espectáculo en toda regla con particularidades a su vez. La idea es cruzar todas esas capas en el tiempo. 

Carolina Campos: Nos interesa mucho la imprevisibilidad. Hay mucha cosa controlada, programada y divulgada, pero muchas otras van a pasar en el momento. Por ejemplo una performance de diez personas sucediendo a la vez que un desfile de moda o un campeonato de ajedrez. Hay un deseo de crear las condiciones para no saber que atraviesa la exposición. 

Tomás Aragay: En las primeras conversaciones del equipo curatorial, Sara Manubens trajo una lectura sobre la diferencia entre la catedral y el bazar. La catedral está quieta y rígida, y allí todo el mundo sabe lo que va a hacer y va suceder. El museo es muy parecido, es el templo del arte. El bazar es todo lo contrario, es el caos, el cambio y la mezcla. Y quisimos traer el bazar al museo. 

Santa Mònica se ubica en La Rambla de Barcelona, en un antiguo convento, después cuartel e iglesia del barrio, que tras la reforma proyectada por los arquitectos Albert Viaplana y Helio Piñón se convirtió en centro de arte. Desde que Enric Puig Punyet dirige la institución, hemos visto propuestas espaciales muy diversas en cada exposición, siempre en negociación con la arquitectura del espacio. Para Sense esquerda no hi ha punt de llum habéis contado con el diseño expositivo del artista Víctor Ruiz Colomer. ¿Cómo es la propuesta espacial de esta exposición? 

Tomás Aragay: Víctor Ruiz Colomer fue muy importante en el proceso curatorial. Santa Mònica es un centro muy particular espacialmente. Víctor ha querido reflejar la inestabilidad de la que hablábamos en el espacio, esa cosa que no acaba de estar del todo afirmada. Hay gestos en su propuesta que tienen que ver con eso, con cómo se accede al espacio, cómo se conforma el espacio representativo o la posibilidad de ser movible. También se ha trabajado el espacio con la idea de pasar tiempo en el museo, que no fuera un lugar de consumo de arte. Hay agua y comida hecha por Kantina Migrante. Esta expo responde a la idea del equipo comisarial de que alguien cuando vaya a ver algo concreto, se cruce con otra propuesta y se pueda tomar el tiempo. Ese ágora que llamábamos, sería el claustro del edificio. En el primer piso hay una instalación de Serrucho. En el piso de arriba hay un taller o atelier para las residentes, un espacio privado-público en el que trabajan, pero que también se puede ir a visitar. Durante el proceso hablamos de buscar maneras para que la espectadora entienda que todo lo que sucede en un lugar, más allá de si es señalado como arte u obra o no, ya forma parte del devenir de la cosa, como el personal de limpieza o de seguridad. Intentamos llevar la mirada o la sensación vital-coreográfica a eso y no darlo por supuesto. También comentar que a la artista Mar Reykjavik le hicimos un encargo poético-visual, una especie de coreografía de la atención a través de la palabra, en la que usará una radio interna del centro. 

Carolina Campos: Hay toda una infraestructura arquitectónica en el espacio, pero también otra invisible que condiciona las temporalidades, el material que se puede usar… por lo que hemos tenido en cuenta y jugado tanto para el espacio como para la curadoría las tensiones de protocolos del museo. A pesar de que Santa Mònica es un centro que se está experimentando mucho, tiene unas restricciones nada neutrales. Al respecto, Víctor por ejemplo ha querido trabajar con algunos materiales exposiciones anterior.

Tomás Aragay: Hay barreras de la institución que no hemos podido derribar. Por ejemplo y entre otras cosas, queríamos que las residentes pudieran dormir en el museo. Dentro de que estamos en un mundo muy normalizado y vigilado, hemos intentado crear otras dinámicas y flujos de públicos que no sean el típico consumo de arte. 

Santa Mónica se define como “un centro de artes público, gratuito y abierto a todo el mundo. No es un museo, es un espacio donde descubrir la creación artística más contemporánea. Es investigación, experimentación y creación participativa.” Si bien las artes performativas suelen estar demarcadas en los museos en actividades o programas públicos, y en pocas ocasiones son objeto central de interés, ¿qué pueden aportar las artes performativas a las propuestas museísticas y expositivas? ¿Cómo influyen en la vuestra? 

Tomás Aragay: Creo que el arte vivo puede generar tensión, lo que a su vez provoca pensamiento crítico para los tres lados, a quien lo propone, a la institución, y para el que se ve involucrado al visitarlo. Mientras esa tensión siga viva, me parece que vale la pena practicar. Santa Mònica lo intenta y ahí hay algo vivo. 

Carolina Campos: También tenemos que repensarnos dentro de las artes performativas. Ponernos en tensión nos hace ver también nuestros protocolos, lo que da conciencia de las neutralidades que creemos tener, y que no sé si son más o menos que las de los museos. Cuando nos ponemos en tensión con las cosas es donde aparece la vitalidad. 

La exposición se inaugura con una obra del colectivo Jokkoo y se clausura con la Feijoada de Calixto Neto, obra que se presenta por primera vez en el estado. ¿Cómo son y qué significan esta apertura y este cierre de la expo? 

Hemos tomado la decisión de empezar y cerrar con dos grandes eventos, tanto por las artistas que están involucradas como por sus propuestas. Es un privilegio poder programar la Feijoada en Barcelona. La obra ya juega en sí misma con el dispositivo teatral. Cerrar con una obra que es un gran acontecimiento que juega justo con la tensión entre celebrar y estar conscientes, desneutralizar y poner en movimiento lo que tú llamas alegría crítica. Feijoada te pone en un lugar festivo, pero también de conocer toda otra historia, y en el lugar de otra colectividad con sus rituales. Y empezamos con Jokkoo que trabaja con la arquitectura del lugar y las personas que entran en ella. Así que creo que vamos del espacio vacío con Jokkoo, cuando las artistas aún no están ocupando Santa Mònica, hasta el espacio lleno con la Feijoada. 

En el texto comisarial describís Barcelona como “una ciudad higiénicamente remojada de acontecimientos”. ¿Cómo se relaciona y qué propone Sense esquerda no hi ha punt de llum en relación a Barcelona y sus dinámicas?  

Tomás Aragay: Hay cuerpos y prácticas que no estarían en un museo o en un centro de atención que hemos intentado que aparezcan, en buenas condiciones y bien contextualizadas. Esto me parece que sí aporta en esta Barcelona donde lo institucional lo abarca casi todo y hay poco espacio para el underground, si es que esto es underground. Por un lado hay un intento de abrir esa grieta, y por otro el de desplazar el evento en una ciudad tan ordenada, que lo tiene todo en cajones y sus públicos bien separados, un intento deshigienizante o contaminante que, si sucediera un poco, sería increíble. 

Carolina Campos: Ahora cuando estamos empezando con la divulgación de la expo, nuestras preguntas iniciales están ahí, pero hay otra capa que ordena todo por ejemplo a través de llamarlo performances o instalaciones, y tenemos la sensación de que estamos alimentando la misma lógica que Barcelona. Hay que ir poco a poco intentándolo, no lograrlo y seguir intentándolo. Hemos intentado desde el inicio torcer las cosas al máximo, pero después se acomodan como se acomodan. 

Tomás Aragay: Los públicos también estamos súper formateados. A mí cuando me pregunta la gente qué o cuándo van a ver la expo, les digo que se pasen cualquier tarde, pero no es suficiente. “¿Pero qué tarde?” No lo sé, cualquiera puede ser la mejor.  

Carolina Campos: Hay un contexto en el que estamos todas insertas, en una cierta economía de la atención y de los algoritmos. En que yo como público no quiero editar la información, queremos que nos digan a qué ir. En esta exposición estamos jugando y en diálogo con el cansancio que creo ahora mismo sufrimos todas. 

Fernando Gandasegui 

Imágenes de Jordi Play de la performance de Jokkoo y las instalaciones de Efe Ce Ele, Leticia Skrycky, Jorge Nieto y Serrucho

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S’imposa un retorn al desordre

Què deu ser, el contrari d’arribar i moldre? Entrar ensopegant? A empentes i rodolons? Començar cancel·lant? És que ni fet expressament. O és que seria capaç, La Virreina Centre de la Imatge, d’ordir una producció d’abast internacional que coordinés milers d’activistes pro-palestins, l’abominable IDF, una manifestació convocada ad hoc i la decisió conseqüent d’anul·lar l’espectacle —i per tant, el primer dia de Poesia Hacció— per part del col·lectiu Nicomedes Mendes (que, per si no ho sabíeu, agafen el nom de l’últim botxí de Barcelona)? Un esforç ingent totalment incongruent per unes jornades així —i per tant, totalment adequat: tot el que provoqui curt-circuïts, tot el que trastoqui, tot el que vagi a la impensada és territori hacmorià i xargayà, o xarmorià, o hacgayà, esclar. Comencem bé: comença el fracassart. 

*

Quina patxoca, un ring al bell mig del pati de la Virreina!  Quina alegria, un espai dedicat al descontrol, un racó alliberat de la supremacia de l’excel i de la marca personal, una tarima elevada als quatre vents on no s’hi afirmi l’excel·lència, la fama ni el progrés!  Si es planta un ring a peu de carrer —al peu de la Rambla manifestada, de la ciutat atrafegada i alienada—, a banda del que hi passa dalt hi pot passar tot el que passa pel carrer —curiosos, badocs i despistats, els que reguen la ciutat, la gossa Tamariu que intervé amb algun lladruc, com les campanes o les llaunes de cervesa quan s’obren, que també van salpebrant el vespre—, i és per això que el 1992 s’hi va plantar un ring, a peu del carrer, en homenatge a Arthur Cravan, el poeta boxador, i és per això que s’hi torna a plantar ara, però a aquell homenatge se n’hi afegeix un altre, o dos, o més aviat cap o l’antítesi de tot homenatge —sí, més aviat això.  

*

Aquest divendres 3 d’octubre del 2025 a dalt del ring s’hi ha llençat insecticida contra la paparra del sentit, s’hi ha trobat la secta anti-sectària dels anti-anti-anti-anti-sistemàtics, la colla de la parapèmia i de l’embolica que fa fort, els del com més serem més riurem i qui dugui metrònom i tiralínies s’ha etivocat: cap al recinte firal falta gent! 

Aquest divendres 3 d’octubre del 2025 a dalt del ring, per començar, amb guitarra elèctrica, arquet, micros, megàfon i un loopstation la Pia Sommer compon en directe i aixeca tota un arquitectura sonora que omple el buit del pati de la Virreina; després l’Enric Casasses treu del cabàs un poema seu del 1987 dedicat a Cravan, recorda el poema obituari que li va dedicar a Hac Mor a partir del seu clàssic «Aquest poema no vol dir res, i tanmateix ja ha dit massa», i a la seva divisa «La perfecció és feixista» hi contraposa un poema que acaba dient «El pinyó és la perfecció del pi»; llavors s’enfila la Barbara Held i improvisa amb la flauta travessera sobre una base pre-gravada; i vet aquí que arriba el Pere Noguera amb tres grans rodones de feltre blanc, negre i vermell, sis bols de terrissa i tres bombetes i es posa a fer una ars combinatòria totalment anti-lul·liana; aleshores la Maria Sevilla, amb la seva veu i maquinetes, anuncia que, a partir del «Ara que dos i dos ja no seran quatre» hacmorià, farà un «Intent de demostració matemàtic del concepte d’infrapoesia», i ho fa, i sentim l’Esther Xargay en loop, i ens porta fins a l’hotel d’infinites habitacions on cada poema és un perill per a la poesia; just en aquell moment surt l’Albert Vidal vestit de boxador a llegir-nos un text amb la força dels recursos infinits del seu virtuosisme interpretatiu, tot per acabar convertint la concurrència en un gran càntic; l’entrada del Roger Pelàez és estrepitosa, el sentim contra la lona gairebé abans de veure’l i de seguida s’aixeca per aprofitar que fa segons que cantàvem per continuar cantant plegats les seves proclames goliardesques i reclamar unes noves croades per restituir prepucis a Terra Santa mentre a la pantalla institucional de darrere seu l’esperit morgayà fa de les seves i dispara espontàniament uns vídeos de gegants de la diada de Santa Eulàlia; el final de festa és el Llapispanc armat de reverb, caos i llentiscle, encarnant fidedignament l’actitud desmanegada i incontrolable de les revistes caminades del Carles i l’Esther. 

*

Quina gran segona/primera jornada! Quina gran primera/segona jornada! Quin gran començament/continuació del món xarmorià! Quines ganes que siguin les set de la tarda del sis de novembre per tornar-hi!

Martí Sales

Imatge: ‘Portraits and Selfportraits’ (1997) ©Ramon Guimaraes

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Seis propuestas para un otoño periférico en el Teatro Ensalle de Vigo

Vuelvo a la ría. Al fin. Verano complicado, lleno de muchas cosas. De días que son capaces de contener semanas en sólo veinticuatro horas. Y de largas semanas sin que suceda nada, abrazado a un ventilador, el amor de verano más tierno y metálico que se puede tener en la vejez. Casi me hace llevar al extremo aquello que dijo Heiner Müller: Ya no quiero amar a una mujer a un hombre a un niño a un animal (…) Quiero ser una máquina”. Es lo que tienen los veranos madrileños, que Müller se me viene a la cabeza y quiero convertirme en una máquina. A poder ser de tipo frigorífico.
Por suerte, cuando el verano debería agonizar y no lo hizo, pude asistir a Free Tour. Un festival maravilloso hecho desde la independencia creativa. Un oasis en la programación rancia e insulsa de Madrid, con los teatros públicos a la cabeza. Deberían darle un complemento salarial a las empleadas de la limpieza de esos teatros de tanta caspa que van a tener que barrer esta temporada. En este enorme festival, desarrollado en espacios tan convencionales en la vida diaria como un restaurante, una casa, un parque, una galería de arte o un descampado donde la ciudad deja de serlo para convertirse en misterio, subyacía la idea de que no tenemos casa. No hay hogar. Ni para vivir, ni tampoco para crear o mostrar. Un triste cielo azul surcado de gaviotas blancas estilizadas con el logo de la legión cóndor tatuado en sus alas. 

Vuelvo a la ría. Me asomo a la ventana de la cocina y huelo la llegada del otoño. Pienso que de alguna manera aquí sí tengo casa. Casa como lugar de refugio, como lugar de hacer y no cuestionar. Como habitación propia también. Como lugar amable en todos los conceptos que puede abarcar el verbo amar. A fin de cuentas, todos aspiramos a un espacio donde no pasar hambre, frío o sueño. 

Y sin poder esperar me asomo a la programación del Teatro Ensalle. Para ver qué alegrías voy a tener en los próximos meses. Además de las obvias de poder ponerme un forro polar en algún momento y de estirar un edredón bien gordo sobre la cama. Lo hago casi como un anticipo, como un aperitivo que degustar tranquilamente y salivar. Ruge el estómago, segundo lugar donde más neuronas se acumulan en el cuerpo humano, y ellas saben, claro que saben. 

Para este otoño en Vigo, Raquel Hernández, nos propone acercarnos a seis trabajos diferentes. Cuatro de ellos son creaciones específicas para la sala. Las otras dos son obras que ya han tenido recorrido en otros espacios y llegan ahora navegando hasta la ría. Los cuatro últimos de esta serie se agrupan bajo el paraguas del festival Catropezas en su XX edición y que suele agrupar las obras del mes de noviembre en la sala y se acompaña de algún tipo de taller o curso intensivo. El de este año de Body Weather a cargo de Andrés Corchero. La sala no descansa esos días, vamos. 

Van a continuación unas pequeñas notas kafkianas para acercarme a cada una de las propuestas que podremos ver antes de que las putas luces de navidad nos cieguen a todos y necesitemos gafas de sol en diciembre. Ya lo anticiparon Os resentidos hace mucho tiempo. “Fai un sol de carallo / haiche muito yeyé”. Algunos yeyés, por desgracia, en altos puestos de mando municipales. 

A diferencia de un festival, que se acerca más a un menú degustación con muchos platos y postres y sobremesas y cafés y copas y sobremesas y copas y cafés y más copas, un atracón en toda regla de mezcla de sabores intensos que inevitablemente deja un bajón parecido a la resaca al terminar, tener una programación estable es siempre mejor para la dieta. Y ya vamos teniendo una edad. Y también me gustan los festivales, eh, que uno es mayor pero no tanto.

Y vamos allá al fin. Tanta digresión no sé si puede ser buena.

Intermitencia + Ensalle “Innombrable” 17, 18 y 19 de octubre. 20:00h

Acaban de llegar de México. Once funciones de su penúltima obra, Sobre, en seis estados diferentes de los Estados Unidos de México, que por lo que leo sigue siendo el nombre oficial de la República Mexicana. Y por lo que me cuentan tiene sentido lo de los estados porque cada uno es de su padre y de su madre. Y nada tiene que ver el estado de Guerrero con el de Chihuahua y el de Chiapas con San Luis Potosí.
Pues no contentos con pasarse parte de agosto y septiembre de gira por allí ahora se traen a Galicia a dos artistas mexicanos para seguir trabajando. Esta vez a este lado del Atlántico.
Se trata de Cristel Romo y Caín Coronado, que forman la compañía Intermitencia Teatro. Parece que en algún momento estuvieron de alguna forma ligados al teatro El Rinoceronte Enamorado de San Luís Potosí y aunque ahora ya no están allí no me resisto a dejar de citar un nombre tan hermoso para un teatro. Por si algún día cunde el ejemplo.
¿La propuesta? Juntarse y hacer. Dos semanas y mostrar. ¿Sencillo, no? Bueno, detrás hay mucho trabajo. Experiencia también, pero sobre todo apertura de miras al abrir los brazos y acoger. 
Por lo que oigo quizá se hable de la memoria de México, de la relación con los colonizadores y de la ruptura de la forma, pero igual no. Tal vez se pinchen vinilos, pero es posible que no se haga eso y se opte por cualquier otra cosa. En cualquier caso allí estaré. Y si todo va bien lo contaré por aquí.
Como anticipo nos dejan unas frases. Entrecorto y copio: Como una vuelta a la conquista, ahora dos mexicanos llegan a las costas españolas para hablar de eso que ya no se dice o aquello que nunca debió ser pronunciado o simplemente eso que no tiene sentido… Una luz se enciende sobre el escenario….

AveLina Pérez “Segunda man. Estado aceptable” 24, 25 y 26 de octubre. 20:00h

Por seguir con el copia-pega empiezo con la presentación de la obra que no puede ser más sugerente. Ofrécese muller, dada de alta na seguridade social, para agarrar man de moribundo no último lance. Prezo, 35 €/h. Cóbrase por adiantado”. Con esto debería llegar para, al menos, despertar la curiosidad de cualquiera. No creo que haga falta traducirlo, pero si alguien lo necesita que me diga. 
Lina es una de las artistas residente en Teatro Ensalle. Allí residimos unos cuantos, algunos oficialmente y otros de estrangis, pero que no se enteren. 
En Ensalle hemos tenido ocasión de ver gran parte de su creación desde 2017. De hecho, Segunda man es una especie de reposición ya que se presentó inicialmente en 2023. Ahora tenemos la oportunidad de ver la evolución del trabajo.
De hace dos años recuerdo una mesa alrededor de la que estábamos sentados apenas un puñado de personas porque era un proyecto para público reducido, unos auriculares y unas proyecciones de vídeo. Recuerdo que las voces me llegaban a través de los cascos y que me evocaron a algún cuento de una Mariana Enríquez nacida en el barrio vigués de Teis, pero en aquel momento estaba obsesionado con la escritora porteña porque los papás de Cleo me regalaron un libro de ella y buscaba referencias en cualquier parte. Así que no os fieis mucho de mí.  
Siempre es mejor ir a voces más claras y autorizadas que mi recuerdo, que tiende a modificarse con el tiempo, y leer lo que Afonso Becerra escribió entonces en Artezblai: “¿Será el humor lo que nos salvará? Hay quien piensa que es el dinero. Con él podemos conseguir casi todo excepto la salvación. Se compra. Se vende. Se busca. Se ofrece. Verbos sin los cuales casi no podemos comprender la sociedad actual, sobre todo la que va tirando. Y luego también está la soledad. Ese lugar del que mucha gente huye. No toda.
Afonso escribe muy bien. Y Lina no se queda atrás. Será un placer volver a sumergirse en sus palabras y dejarse llevar. Está bien eso de volver a ver una obra viva pasado un tiempo. No sólo puedes ver cómo ha cambiado la obra si no que, si prestas atención, puedes incluso ver cómo has cambiado tú. Aunque eso dé mucho miedo. 

Antonio Fernández Lera / Magrinyana “Una obra imperfecta. Primera toma. Tres variaciones” 7, 8 y 9 de noviembre. 20:00h

Me cuesta mucho escribir sobre Antonio Fernández Lera. Por un lado pienso que podría rellenar tantas páginas que colapsaría el servidor de Teatron. Por otro lado pienso que ni así llegaría a decir una pequeña parte de lo que me sale del corazón. Con él no puedo ser objetivo. En realidad no puedo ser objetivo con nada, pero con algunas cosas puedo, al menos, tomar algo de distancia.
Antonio, para que os hagáis una idea, es de las pocas personas que si no existiesen habría que crearlas. No digo inventarlas o imaginarlas, digo crearlas. Aportando todos un poquito de nuestro talento, nuestra constancia y también nuestra discreción tendríamos sólo para empezar. Lo digo con conocimiento. 
Si no me hubiera cruzado con él cuando tenía dieciséis años, aunque fuera tangencialmente, habría muchas posibilidades de que no estuviera aquí sentado escribiendo. Ya os contaré antes de empezar el tomo II, para que hagáis sitio en vuestras bibliotecas. Es una historia de amor, no temáis.  O sí.

Antonio regresa a Ensalle. La última vez hace ya unos años con la creación de la serie Vida y materia / Entreactos / Poemas lentos. A Raquel Hernández, Artús Rei y Pedro Fresneda (equipo titular de Ensalle) se sumaba en aquella propuesta Carmen Menager en una creación específica para la sala. Hace ya unos cuantos años porque la obra de Antonio es, más que lenta, pausada. Porque Antonio es un poeta y cada respiración no sólo está meditada sino que ha sido vivida.
Ahora vuelve a emprender otra creación basada en su nuevo libro de poemas Una obra imperfecta. Tres variaciones (Ed. La Garza Roja, Pinto, 2025).
Para acompañarle nadie mejor que la más guapa y además de eso mi violinista preferida, Elena Vázquez, y la presencia, siempre poderosa con esa voz que nos podría arrastrar a donde quisiera, de Gonzalo Cunill. 
Os dejo como anticipo con el primer verso del libro, quizá de la obra: Qué mierda de guión es éste.

Amalia Fernández “Solala” 14, 15 y 16 de noviembre. 20:00h

Uno de los primeros recuerdos que tengo de Amalia me ha acompañado todos estos años desde entonces. Estamos a finales de los 90, con la difunta Sala Galán en plena actividad. Adivina en plata de el Bailadero. Mónica Valenciano, Raquel Sánchez, Amalia Fernández y Félix Santana (¿dónde estás, Félix?). Cuatro seres escapados de un cuadro de Goya que aterrizan en Polonia sin ninguna necesidad y después de dar una vuelta por Galitzia vuelven a huir perseguidos por un irritado Tadeusz Kantor llegando finalmente a Santiago de Compostela y a la otra Galicia, la buena, la mía. Cuatro seres que deambulan por el teatro diciendo sus cosas. Contándonos sus anhelos más profundos. Y en esto va Amalia y suelta sin anestesia: “Quiero vivir en una casa que desde la sala tenga vistas al Obradoiro y desde la cocina al Sacromonte”.
Mas de 20 años llevo creando versiones de esta imagen en mis sueños. Cambiando al Obradoiro por la ría de Vigo y el Sacromonte por el monasterio del Escorial, la plaza de Lavapiés o la medina de Tánger…
Amalia estará en Ensalle con Solala, una obra que comenzó a trabajar en 2022 y ya ha tenido un cierto recorrido. Según dice, la obra ha ido evolucionando hasta convertirse en un tríptico que se puede ver seguido. 
Siempre que me hablan de trípticos me viene a la mente El jardín de las delicias de Hyeronimus Bosch, como a todos. Pero no por lo obvio. Porque para mí lo mejor de ese cuadro es que tiene bisagras y se puede cerrar sobre sí mismo. Entonces aparece el reverso de las famosas tablas también pintado. A esa nueva fachada el pintor le llamó La creación del mundo. Si podéis id al museo del Prado en horas gratuitas y corred a ver esa obra. Mirad desde el ángulo adecuado. Vais a flipar. Y un día desarrollaré mi kafkiana teoría sobre esto, pero no hoy. 
Yo por mi parte iré a flipar a Ensalle y después le preguntaré si al fin ha encontrado su casa con las dos fachadas. Yo sigo buscando la mía con las dos escaleras sin descanso desde entonces.

Andrés Corchero “Palíndromos y viceversos” 21, 22 y 23 de noviembre. 20:00

Cuando de joven empiezas en este tinglado de las artes escénicas cada descubrimiento es un mundo que se abre. Recuerdo cuando me regalaron los primeros textos de Heiner Müller y flipar leyéndolos (fue Antonio Fernández Lera quien lo hizo, para más detalles ahí arriba). Y recuerdo después comprar por casualidad las Pavesas de Samuel Beckett y querer montarlas y enseñarlas todas. Recuerdo cuando vi por primera vez en vídeo Café Müller de Pina Bausch o cuando pude ver en Lisboa Alice de Bob Wilson y, casi lo más importante, una pequeña instalación suya en una pequeña galería de arte, Alice-Two Rooms, que me sigue rondando la cabeza porque me la hizo estallar para siempre. 
También me hizo estallar la cabeza, más moderadamente debo decirlo, conocer la danza Butoh. Por aquellos mismos tiempos. Fue mi hermana Estela Lloves quien me la presentó. A mí me revolvió la cabeza, pero a ella todo el cuerpo. Y ahí empezó su periplo, que le llevó a Barcelona, a Japón, de vuelta a Madrid y finalmente a Berlín, para ya quedar bailando por Alemania hasta ahora. A Barcelona se fue a estudiar con Andrés Corchero, en aquel entonces uno de los embajadores de la danza japonesa en la península.
Corchero es un coreógrafo de largo recorrido. Haberlo visto una vez implica que quieras volver a verlo. Por algún lado tengo una foto de un dúo de Andrés con una silla de madera de tijera delante de la Capela Xeral dás Ánimas en Santiago de Compostela. Fue en el primer En pé de pedra, aquel festival de calle que tantas alegrías nos dio en su momento y que no entiendo cómo no se ha reproducido en otras ciudades de las muchas ciudades de piedra. ¿Nadie tiene acceso a un concejal de cultura manirroto de alguna ciudad patrimonio de la humanidad? ¿Fotos comprometidas? ¿Nada?  Si hay algo avisad, porque hay un idea ahí.
Corchero ha puesto en pie multitud de obras. Con su compañía Raravis y también colaborando con músicos y poetas, algo que hace habitualmente. 
Para esta ocasión crea una pieza especial para Teatro Ensalle junto a dos artistas gallegas, la poeta lucense Nieves Neira y la violoncelista viguesa Macarena Montesinos, habitual de la sala y con la que tuve la suerte de trabajar en alguna ocasión.
Como no conozco la poesía de Nieves busco y encuentro. Me quedo prendado con dos versos: O home que fai nevar en agosto reúnenos á súa volta / e conta todas as historias que son a mesma historia. Su libro, por si lo queréis comprar, se llama Neve de agosto (Ed, Chan de Pólvora, Santiago 2022).  Yo voy a pedirlo. Robar poesía en una librería me parece un poco feo, aunque sea en la de El Corte Inglés. 

Daniel Navarro “El vuelo” 28, 29 y 30 de noviembre. 20:00h

Últimamente me pasa bastante que me alegro cuando voy a ver alguna cosa y no conozco a casi nadie del público. No es que no me guste dar abrazos y encontrarme con personas a las que aprecio. Sigue gustándome y me resulta agradable respectivamente. Pero también me gusta ver gente nueva aunque no vaya a compartir más que los minutos necesarios para asistir a una obra. Debe de ser porque en el fondo tengo miedo de que nos quedemos encerrados en un círculo endogámico. Me preocupa, no lo puedo remediar. Y porque también me gusta ver cómo respira la gente desconocida, ver cómo es la energía que recorre el patio de butacas ese día. De eso se pueden sacar muchas derivadas, pero no ahora.
También me gusta ver obras de artistas a los que no he visto nunca. Siempre que vaya bien asesorado, claro, y Raquel tiene barra libre con mi cuerpo, mis ojos y mi tiempo.
Pregunto un poco porque también escribo para vosotras. Y me cuentan que Daniel es un bailarín canario. Que además de la danza contemporánea también ha transitado el mundo de la danza urbana. Que ya ha estado por la sala en alguna ocasión. Y que ha trabajado con Dani Abreu y Paloma Hurtado.
La verdad es que tampoco quiero hacerme una idea precisa, sólo un par de pinceladas.
De su obra dice: Cambiar las mecánicas: mirarnos al espejo y reconocernos en lugar de ver una distorsión, dejar de luchar en contra para empezar a luchar a favor, comenzar a volar teniendo los pies en la tierra…”.
Al ver su programa veo que de las luces se encarga Alfredo Díaz. Y repasando me doy cuenta de que no he hablado de ningún técnico aún. Pues es el momento, aunque sea casi al final. Os digo. Si alguna vez veis un programa de mano y aparece como iluminador Alfredo Díaz Umpierrez no lo dudéis y entrad. Salvo que la entrada sea demasiado cara. Entonces ampliad vuestra visión y averiguad más cosas. Incluido, si es un teatro público, por dónde os podéis colar. 

Se prepara un otoño bonito. Lleno de muchas cosas, pero sin necesidad de ir corriendo, acelerándose. Una de las cosas que más me gusta de la periferia es que puedes llegar despacio a cualquier otra periferia. Sólo hace falta ir bordeando los centros de poder y mirando el paisaje mientras tanto. 
Y en esta reivindicación de la periferia y su vida propia que me he marcado como pauta a la hora de escribir en Teatron, no me olvido de ver con amor el enorme festival que se han montado en Algeciras los camaradas de Box Levante. SUR, le han llamado, Festival de escénicas del Estrecho, de apellido. Lo de estrecho es geográfico, os aclaro, porque por lo demás todo es inmenso. Leo un montón de nombres que no conozco y me gusta. Pero no voy a esconder la gran alegría que tengo al ver, entre tanta gente guapa, el nombre de Fernando Renjifo. 

Igual no os lo creéis, pero si lanzo una botella al agua en la ría de Vigo es muy probable que llegue hasta el puerto de Algeciras arrastrado por las corrientes buenas. Les mando un mensaje. Ahí va. Y si no creéis en el poder de los mensajes dentro de una botella peor para vosotros. He puesto sólo dos frases cortas: Desde el río hasta el mar. Viva Palestina Libre. 

Antoine Forgeron

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La Ribot, LaBOLA, los kafkianos y un revólver debajo de la almohada

Viajamos en coche. Atravesamos de sur a norte una pequeña cordillera entre dos rías, la de Vigo y la de Pontevedra. Montes desgastados por el tiempo, laderas tendidas y playas de arena blanca forman la península del Morrazo. Al punto más alto de esa pequeña elevación los autóctonos lo llamamos O Xaxán. Este monte de apenas 600 metros de altura tiene una aparición estelar en uno de los versos de “Miña Terra Galega”, la famosa canción de Siniestro Total que todas habéis bailado alguna vez en las fiestas de vuestro pueblo. Entre las zanfoñas de Ortigueira y la Liga Armada Galega aparecen “Los kafkianos del Jaján”. 
Con lo de kafkianos se deben referir a los indígenas de la península. Es cierto que los fuertes vientos que llegan del Atlántico pueden provocar que la visión de las cosas se altere un poco. Un poco solamente.
He convencido a unos amigos de ir a ver una pieza de La Ribot y de paso que me hagan de taxistas. 
Por el camino me preguntan qué vamos a ver y les cuento brevemente las tres primeras pinceladas que me vienen a la cabeza sobre María Ribot. 
El primer recuerdo que tengo de ella es de la “U.V.I. – La Inesperada”, una asociación informal que agrupaba en Madrid a seis jóvenes coreógrafas a mediados de los años 80. Entre otras estaban por ahí Mónica Valenciano o Elena Córdoba, les digo, porque sé que han visto trabajos suyos y sé que les han gustado. 
Después se marchó a Londres y más tarde a Suiza y ahí le perdí la pista. La emigración a lugares más receptivos a su trabajo y a la danza en general parece que fue fructífera y en los últimos tiempos ya se pueden ver con regularidad sus trabajos por aquí.
Lo último que les digo es que sus trabajos contienen mucho humor, al menos así me lo parece a mí. Un humor especial con mucha carga de profundidad detrás, eso sí. 

Viajamos para asistir a “LaBOLA” que es la última de las obras que forman parte del programa de Artes Vivas de la Bienal de PontevedraLa Bienal de Pontevedra nació en 1969 como certamen local impulsada por la diputación y la burguesía local como certamen competitivo al uso. Creció y en los años 80 tuvo un giro en su programación, amplió la visión, se modernizó adquiriendo un cierto prestigio internacional. Tuvo una trayectoria continuada hasta que en 2010, en su mejor momento, desapareció súbitamente con la excusa de la falsa crisis de 2008 que provocó un enorme ERE cultural en Galicia.
15 años después, el verano de 2025, reaparece bajo el título de “Volver a ser humanos. Ante a dor dos demais”. Bonita declaración de principios. Me recuerda al “Humain trop humain” con el que Rodrigo García rebautizó temporalmente el CDN de Montpellier. Una reflexión que podría servirme en general si no recordara que estamos en esta hipócrita Europa nuestra que hasta hace dos día miraba hacia otro lado ante el genocidio de los palestinos y aún ahora mira sólo de refilón y forzada por la presión de la opinión pública. 

El responsable de la programación de Artes Vivas de la Bienal es Iñaki Martínez Antelo. Está implicado en algunas de las cosas buenas que pasan en la esquina del noroeste. Ya lo conocíamos de la dirección del MARCO (Museo de Arte Contemporánea de Vigo) en los años que el MARCO molaba. Accedió por concurso público, lo que siempre es de destacar. Allí combinó las propuestas puramente plásticas propias de los museos con otras propuestas de artes vivas. Allí tuvimos la inolvidable experiencia de ver/participar (todos éramos participes) en “Laughing Hole” de La Ribot en 2012, si no me falla la memoria. Después de aquella vivencia de larga duración no se puede decir que no venimos avisados.
Dentro de la Bienal nos ofreció una programación muy variada. Se han podido ver obras de Janet Novás, Cris Balboa, Federico Vladimir y Pablo Lilienfeld o Marc Vives, entre otros. 12 propuestas a lo largo de 3 meses en diferentes lugares de la geografía pontevedresa. Desde una piscina en un complejo deportivo a una nave industrial en Ponteareas, del adro de una capilla en la playa de A Lanzada al Museo do Mar de Galicia en Vigo. También lugares más convencionales como el Teatro Principal.  

Esta vez la cita es en el salón de plenos de la Diputación de Pontevedra a las ocho de la tarde. 
Entramos en el enorme hall del pazo, pasamos el control del listado de invitaciones, ya que todas las entradas son gratuitas pero hay aforo reducido y debemos reservar con antelación, y nos indican que subamos las escaleras hasta el primer piso.
Las escaleras son monumentales. Del tipo de las que se ven en las películas. Las películas de gente rica con casas grandes. Muy grandes. Mármol blanco, un primer tramo común y en el giro se divide en dos vías que conducen al mismo lugar. Una cristalera que deja ver el salón de plenos. Entramos. Piso de madera y una gigante lámpara de araña en el centro de la sala. Espacio diáfano, salvo por un pequeño estrado dónde están los asientos que deben ocupar las diputadas y diputados en el pleno provincial.
La gente, el público, va muy bien vestido. A la altura de las escaleras de mármol y de los techos altos. A la altura del edificio. Me miro y pienso que al menos no he venido con pantalón corto. Aunque sí llevo las botas de trabajo que no me he sacado en muchos meses. Qué se le va a hacer.
Los que han llegado antes se situaron en el perímetro, les imito y busco un lugar donde apoyar la espalda. Algunos se sientan en sillas de tijera, otros más flexibles en el suelo. Pero casi todos buscamos los lugares donde la posibilidad de que nos ataquen por la espalda sea menor. Salvo algunos valientes. Pienso que quizá a la propuesta le vendría mejor algo de caos en la disposición, pero como no estoy seguro me quedo en el primer lugar que encontré. Nadie ocupa los escaños, que están vacíos y eso me sorprende. O no.
Mientras nos vamos situando, los tres bailarines van llenando el suelo de objetos, la mayoría prendas de vestir. Hay también gafas, algún libro, alguna linterna, zapatos, y otras cosas que no llego a distinguir pues están demasiado lejos. Todo muy colorido. De la gama cromática que se puede denominar llamativa.
Lo que sucede después nadie puede describirlo mejor que La Ribot en el texto que acompaña el programa: «Yo me imagino que podríamos estar todos bailando sin parar, todo el rato, todos a la vez, y haciendo más o menos lo mismo, transformándonos continuamente, pasando por todo tipo de experiencias; partiendo, por ejemplo, de nosotros mismos, intercambiándonos las camisas, los pantalones, los gorros; intercambiándonos los zapatos, las toallas y los vestidos, las formas; intercambiándonos las barrigas, los pelos, las narices, los muslos de pollo, las calaveras, los pelos de camello, las faldas largas, los chubasqueros, las alfombras, las mesas y las sillas, los cigarrillos y las escobas, la música y las luces, los libros, las fregonas y los cuchillos; intercambiar los cuerpos y las vidas, las historias y las mentiras, las mujeres y los hombres; intercambiar los cuernos, las quejas y los culos; intercambiar el nombre, la cara y los pasaportes.»  
Esto es exactamente lo que sucede, sólo que en imágenes tridimensionales. Con presencia y con sudor. Los tres cuerpos practican una coreografía con la premisa de no separarse más de lo imprescindible intercambiando sus ropas primero y después sustituyéndolas por las que se encuentran por el camino. El movimiento es constante, no demasiado rápido, pero sin pausa. Salvo cuando deciden que han conseguido crear una buena foto y entonces nos dejan unos segundos que la contemplemos. Y vuelve a comenzar el bucle. Hay un caos aparente, pero también mucha armonía. En su deambular a veces chocan con los cuerpos de los espectadores. No es que nos ignoren y no sepan que estamos ahí. Todo lo contrario. Yo lo sentí como si nos invitaran a sumarse al grupo, a intercambiar las ropas, las barrigas, los libros y también los pasaportes.  
Nadie se atreve, claro. Yo el primero. Aunque cuando se abalanza la BOLA sobre mí pienso que huelen muy bien y que no me importaría que se quedaran un ratito más aplastándome contra la pared. La verdad es estaría bien bonito que eso que imaginaba La Ribot de estar todos bailando a la vez sin parar intercambiando y mutando se pudiera dar alguna vez. 

En algún momento me viene a la mente algo que le leí a María Martinón-Torres hace tiempo. Ella dice que dormimos con un revólver cargado debajo de la almohada. Y esto es porque todas nuestras células se reemplazan en un periodo de entre 7 y 10 años. Es decir, mueren y nacen células en nuestro cuerpo constantemente. Quizá por eso hay veces que no nos reconocemos en el espejo y tardemos en darnos cuenta de que quien nos mira al otro lado seamos nosotros mismos. La posibilidad de que en esos cambios celulares se produzcan mutaciones que no sean detectadas y neutralizadas por las células vecinas y deriven en una neoplasia maligna están ahí. Constantemente. De ahí lo del revólver cargado bajo nuestra almohada mientras dormimos. Mientras cambiamos nuestro aspecto exterior, las ropas, el calzado, los peinados, por dentro también van cambiando nuestras células. 

Abandono mis pensamientos y me vuelvo a concentrar en lo que veo. Y lo que veo son mutaciones benignas. Veo que el público lo está pasando bien. Veo que La Ribot, entre el público, está concentradísima viendo el movimiento constante de sus bailarines. Que ellos tienen un dominio de su cuerpo en el espacio brutal. Esa plasticidad y ese dominio del entorno me hipnotiza. A fin de cuentas, si lo piensas, todo es muy kafkiano. Pero también de una belleza arrebatadora.
En un momento dado, casi al final, se introduce la palabra. Los tres bailarines siguen entrelazados pero ahora con un libro entre las manos. Van leyendo algunas frases alternativamente. Son frases sin conexión aparente. Uno de los libros hace comentarios sobre “Rebelión en la granja” o al menos a mí me lo parece. Otro quizá sea un libro infantil. El tercero algo más contemporáneo y ámbito familiar. Sólo me llega más directa una frase que dice algo de ”prostituir al padre”. Pero no acabo de entenderlo bien. Porque sigo absorto en el movimiento y las formas que van creando los cuerpos.
Mientas leen nos van llevado fuera de la sala de plenos y lo más impactante es que van descendiendo por las escaleras. Se van dejando caer escalón a escalón. Formando un nudo indestructible. Como una comitiva los vamos acompañando. Al final, cuando se detienen, vemos detrás de ellos las mesas de catering que han situado en el hall de entrada. 

Es el acto de clausura de la Bienal. Hablan las autoridades, que han estado presentes en el salón de plenos pero esta vez de pie, protegida su espalda con la cristalera de la entrada, controladas las rutas de huida.
Mientras hacen malabarismos delante del micrófono para no llamar genocidio a un genocidio no les presto demasiada atención. Pero al final se les escapa la frase que esa noche me apetecía escuchar en ese lugar. Que la Bienal de Pontevedra tendrá continuidad dentro de dos años, en 2027. Ahora sólo queda intentar que los años pares también podamos asistir a momentos hermosos como el de esta noche. Ya sólo queda la mitad del trabajo. 

Volvemos a atravesar la sierra hacia el lado sur de la península buscando nuestras madrigueras. A la sombra de O Xaxán. He tenido suerte y a mis acompañantes les ha gustado lo que han visto. Seguro que podré convencerlos de volver a ir a alguna otra obra a la que no me sea posible llegar con transporte público. Yo también estoy contento. He vuelto a ver a gente que le gusta su trabajo, eso siempre se nota, y me agrada.
Al llegar a casa busco “Homo Imperfectus”, el libro de María Martinón-Torres, pero no lo encuentro. Después recuerdo que lo he prestado. Hay libros que debería leer mucha gente, y este es uno de ellos. Así que bueno es que esté dando vueltas por ahí. 
Me asomo a la ventana como alternativa. Se empieza a oler el otoño en las suaves ráfagas de viento que arrastran unas nubes perezosas. 

Antoine Forgeron

Imágenes cortesía de la Bienal de Pontevedra

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