Casi podría ser un episodio de Black Mirror pero se trata de un festival inglés de artes en vivo, el BE FESTIVAL (Birmingham European Festival), que este año se celebró durante los días en que los británicos votaron a favor del Brexit, para escándalo de los organizadores, que se posicionaron fuertemente en diversas ocasiones a favor de la permanencia en la Unión europea.
En este festival los artistas actúan por £100 (precio por espectáculo independientemente del número de miembros involucrados) ante una sala abarrotada por 300 personas que pagan por su entrada £22 (con cena incluida, bebidas aparte) o £14 (sin cena). £1 = 1,19€. Un festival planteado como una competición entre artistas (con un jurado internacional, excepto para el premio del público) donde el ganador conseguirá que le paguen el bolo que ya ha hecho (£1500) y se comprometerá a realizar una residencia de tres semanas y a mostrar el nuevo trabajo en la próxima edición del festival (espero que reciba el dinero que merece por ello, porque en la web no se especifica). Los artistas compiten por otros premios que a veces más parecen castigos, como actuar gratis en otros festivales (es el caso del ACT Festival de Bilbao). También pueden ser seleccionados para una gira (Best of BE) de unas 30 actuaciones previstas (19 en UK y 11 en España, según la información provisional proporcionada por la dirección del festival) durante 7 semanas, a razón de £400 por persona a la semana (cada persona cobrará entonces unos £93 por actuación). A los artistas se les pide que permanezcan en el festival, los cinco días que dura, alojados en casas de voluntarios, con mayor o menor fortuna dependiendo de con quién te toque. Yo no tuve queja (aunque oí de todo), aparte de que, como me tocó a media hora de Birmingham, entre tren y taxis (no había tren más allá de las 23:30), gasté más del dinero del que me entregó la organización para cubrir esos viajes. Los anfitriones locales reciben a cambio una invitación para asistir a uno de los días del festival. No son los únicos voluntarios, hay un numeroso grupo de ellos realizando diversas tareas durante el festival, entre otras, servir bebidas en el bar, por ejemplo. Un festival coproducido por un gran equipamiento de la ciudad, el Birminghan Repertory Theatre, con una magnífica dotación técnica y un estupendo equipo de técnicos (como tuve la ocasión de comprobar personalmente), que espero que sí cobren como se merecen, a diferencia de los artistas, por el intenso curro que realizan.
Un festival apoyado con dinero público por instituciones locales como el Arts Council England, instituciones europeas como Creative Europe, instituciones estatales españolas como Acción Cultural Española o Cooperación Española, instituciones catalanas como el Institut Ramon Llull y de otros puntos de europa como Czech Centre, Goethe Institut, Institut Français e Istituto Italiano de Cultura, entre otros. También sostenido por micromecenas que pueden pagar entre £50 y £250 anuales.
Conversación oída entre un trabajador del Institut Ramon Llull y un artista catalán, durante el festival:
– Hola, soy del Ramon Llull. Nosotros te estamos apoyando para que estés aquí.
– ¿Ah, sí? Pues es la primera noticia que tengo. ¿Y en qué me apoyáis? No cobro por actuar aquí.
– ¿Ah, no? ¿No cobras? Pensaba que sí. Bueno, pero te pagamos el viaje.
– ¿Ah, sí? Pero si lo paga el PICE*.
*El PICE es una ayuda del ministerio español para la movilidad de los artistas españoles que viajan al extranjero. El dinero lo recibe el festival para cubrir los gastos de desplazamiento de los artistas. Los resultados se publican y están accesibles en internet. Cualquiera puede comprobar qué festival recibe la ayuda, por qué artistas y cuál es el importe. Me quedé con las ganas de saber cuánto dinero destina el Ramon Llull a este festival y si existe un seguimiento sobre cuál es el destino final de ese dinero.

Además de europeísta, el festival es pretendidamente moderno (“BE FESTIVAL turns the notion of conventional theatre upside down”, dice su web). Pero esta es otra decepción. Durante el festival asistimos a numerosos espectáculos de mimo, malabares y danza de lo más convencional, salvo algunas honrosas excepciones (pongamos, siendo generosos, un tercio de la programación, entre la cual destacaría la participación española, tres propuestas, más alguna alemana, italiana, británica y eslovena). Es mi percepción, por supuesto, pero también el punto de vista de una docena de personas del público, según mi propia encuesta personal.
“It crosses borders, creative disciplines and blurs the boundary between audience and artist”, dice la web del festival. Esto último parece preocupar mucho a los organizadores del festival: la participación del público. Muchas propuestas eran de esas que en algún momento piden al público que suba al escenario a hacer algo que el artista les pide hacer. Cuanto más ridículas mejor, mayor es el regocijo general. Hubo excepciones, por supuesto, no pretendo generalizar ni demonizar la participación del público. Hay maneras y maneras de tratar ese tema. Otras propuestas se planteaban como una competición (otra más) en la que unos voluntarios seleccionados previamente ejecutan en escena las órdenes que escuchábamos de la voz de un oculto director para que el público, como en un reality show, decidiese con sus aplausos (que se medían con un aplausómetro) a quién eliminaba, hasta que el que quedaba el último en el escenario era proclamado ganador. En otro caso se pidió a alguien que mostrase su Facebook en la pantalla gigante para hacerle perrerías como aceptar todas las solicitudes de amistad acumuladas (menuda putada). En algunos casos se repartieron globitos que había que soplar cuando te dijesen, o te instaban (yo diría, te ordenaban) a que les dieses la mano a tus vecinos de butaca de determinada manera retorcida para hacer alguna acción colectiva a la orden de ar. En una ocasión, completamente harto de tanta orden, me negué a hacer lo que se me pedía y a mi compañera de butaca casi le da algo: me metió una bronca considerable (Come on!, me gritaba). Una participación que recuerda a las animaciones de hotel para guiris o a las despedidas de soltero. El público, en muchos casos, parecía encantado. Entendí algunos comportamientos que estoy harto de ver cada noche en las calles que rodean a las Ramblas de Barcelona. No en vano el avión que me llevó a Birmingham desde Barcelona a las 7 de la mañana estaba repleto de esos ingleses con piel roja color gamba de Palamós fruto de sobredosis de exposición solar, a los que seguramente tuve la desgracia de soportar durante su estancia en mi ciudad. De hecho, el infierno de turistas colapsando las colas del aeropuerto de Barcelona para volver a sus lugares de origen a las 5 de la mañana de un martes no se me olvidará fácilmente.
Pero sigamos. Si los artistas son seleccionados para participar en el festival con una pieza de una duración original que supere los 30 minutos deben adaptar sus piezas para que se ajusten a esa duración, bajo amenaza de quedar descalificados de la competición (norma que, como se pudo comprobar en la entrega de premios, no se cumplió para todo el mundo igual). De esta manera, en una noche, el público puede ver 4 propuestas, en muchos casos propuestas resumidas o recortadas, claro. Una especie de fast food escénico que se me antoja como toda una declaración de intenciones.

En cambio, el espectáculo que inauguró el festival, apuesta personal de los organizadores, se vio íntegramente. Por lo visto, según la organización, en este caso era necesario (supongo que considerarían que en los otros casos, no tanto). Pero dejadme que os cuente de qué tipo de espectáculo se trataba. En el programa se advertía de que la pieza contenía violencia extrema. Durante la hora que duró la función me pregunté varias veces en qué consistiría esa violencia extrema. ¿Se referiría a la violencia estética a la que se sometía al público con tamaña horterada? No, por supuesto que no, claro. Después de una eternidad en la que unos intérpretes evolucionaban sobre el escenario haciendo una especie de danza contemporánea de lo más convencional y estereotipada, a veces acrobática y con cierta pose rapera impostada, supuestamente alrededor de un concepto, la masculinidad, en la que uno hacía como de líder chulito que sometía al resto de su pandilla, con momentos en los que los intérpretes se dirigían al público y parecía que iba a pasar algo digno de mención, pero no, de pronto el escenario se vacía para proyectar un vídeo en pantalla gigante donde unos tipejos, grabados por las cámaras de seguridad del metro, le pegan una paliza a una persona hasta reventarle la cabeza y abandonarla en el suelo, imaginamos que muerto. Contemplamos un vídeo de 3 minutos de un asesinato real con ensañamiento. Violencia gratuita sangrienta. Y se acaba así, con una chica detrás de mí, con un ataque de ansiedad, llorando a moco tendido. Este era el espectáculo en forma de apuesta personal de los organizadores del festival. A la salida, uno de los organizadores me cuenta que ningún programador británico se atreve a programar este espectáculo a pesar de que es un espectáculo que ha sido premiado en algún otro lugar europeo (me pregunto cómo puede seguir funcionando aún el engaño de la presunta legitimidad que proporciona un premio). Pero ellos sí se atreven, los organizadores del BE FESTIVAL consideran que este es un espectáculo absolutamente necesario y nos demuestran lo rompedores y atrevidos que son programándolo como espectáculo inaugural, respetando escrupulosamente la duración de la pieza (porque en este caso sí lo creen absolutamente necesario, por supuesto). Me quedo sin palabras. No sé si lo he entendido bien o si lo he entendido demasiado bien. ¿En esto consiste lo de que el BE FESTIVAL turns the notion of conventional theatre upside down? Ah, vale.
Tengo que decir que tuve la oportunidad de discutir este punto con un miembro de la dirección del festival. Le dije lo que pensaba, seguramente con la misma violencia con la que recibí su abordaje mientras abandonaba la sala (¿qué te ha parecido?) en el mismo paquete que su justificación sobre la absoluta necesidad de programar esta pieza, de la que parecía enorgullecerse. Ante mi contundente respuesta argumentó que para ellos (la dirección del festival) lo que acababa de ver era una pieza de danza de una gran calidad que se sostenía perfectamente más allá del controvertido vídeo. Y que la mía era una opinión más. En eso último le di la razón. No acostumbro a ir dando mi opinión en caliente a las primeras de cambio. No acostumbro a expresar críticas destructivas a bocajarro. Creo en la libertad creativa y en el respeto a lo que hacen los demás. Me parece que estoy más cerca del todo vale, como alguna vez me recuerdan mis críticos, que de los guardianes de la excelencia. Ahí está es mi frase favorita cuando me hacen preguntas del tipo ¿qué te ha parecido? cuando salgo de ver lo que sea (desde que se lo oí a Isidoro Valcárcel Medina en una situación parecida en el desaparecido Festival Mapa). Es la primera vez en muchos años que no aplaudo a los intérpretes que acaban de realizar un trabajo en un escenario. Hasta en el peor de los casos, aunque deteste el trabajo, suelo aplaudir, como muestra de algo así como respeto por el trabajo realizado, a pesar de lo que piense o deje de pensar sobre el aplauso y su función. Pero esto no me pareció detestable, me pareció perverso. Y aún no me habían contado las razones para programarlo. Cuando me las contaron, no solo me reafirmé en mi opinión, sino que la traslado también al criterio del que hace gala la organización del festival.

Estábamos en Inglaterra durante los días en los que se votó el Brexit. Os recomiendo la serie Black Mirror, una serie británica de ciencia ficción que plantea un futuro muy próximo donde pasan cosas un poco más bestias de las habituales, a las que ya nos hemos acostumbrado. Ya casi estamos ahí. Tengo una amiga que ha vivido en Londres y que dice que se nota que ellos inventaron el capitalismo. Tengo otra que me advirtió de que iba a encontrarme con el Mal. Desconfío de los tópicos sobre países. Birmingham también es la cuna del heavy metal, aunque no encontré ni rastro de eso y los lugareños me dieron pocas esperanzas de encontrar ningún resto por mucho que buscase. Tampoco me dio tiempo a buscar mucho, ocupado como estaba por alimentar involuntariamente la maquinaria del festival, que incluía charlas con los artistas después de comer (comidas cortesía del festival a las que uno debía asistir si no quería dejarse una pasta en llenar el vacío de su estómago), que casi enlazaban con las funciones, o encuentros con programadores y otros participantes del festival (todo conducido, con sus reglas y sus moderadores, por supuesto). Pero noté cosas raras en este viaje a Birmingham. Noté el control. En la calle y en el seno del festival, lleno de normas, procedimientos y tarjetitas con distintivos de colores, procedimientos la mayoría de veces anti-eficaces (aunque supuestamente pretendan todo lo contrario) que lo único que consiguen es hacerte sentir como parte de la cadena, alguien necesario para que el sistema siga funcionando, diseñado por una mente controladora, desconfiada del ser humano, asustada porque la anarquía se instale si las personas tienen la más mínima oportunidad para ejercer el libre albedrío. Personas que no cobran pero cuyo trabajo es imprescindible para que la maquinaria siga funcionando porque se sostiene sobre su trabajo. Sin el trabajo de los artistas no hay festival posible.
Es posible que esté desvariando. Quizá alguno estéis pensando que otros festivales funcionan así. Si queréis también os diré que no solo algunos festivales funcionan así. Cada vez más todo funciona así. Es el capitalismo del siglo XXI, que cada vez más se parece a las peores pesadillas de George Orwell (inglés, por cierto). También es posible que, en un ambiente donde todo el mundo se ha acostumbrado a cierto orden, ya nadie note nada raro. Me di cuenta cómo poco a poco yo también me iba plegando a todas las normas. La primera vez, cuando me dijeron en qué lado de la valla debía fumar crucé la calle para fumar en la otra acera, fuera de la jurisdicción del miembro del equipo de seguridad que me dio el toque (ataviado con una gorra de Batman), donde nadie podía decirme nada. Al tercer día me di cuenta de que ya fumaba donde fumaba todo el mundo, en el lado correcto de la valla. Me parece una metáfora y ahí la dejo.

Me sentí manipulado en la manera como se nos empujaba a la participación. Una participación dirigida en la que constantemente te están pidiendo que hagas cosas (sin recompensarte por ello) y, en cambio, parece que sólo puedes escoger entre las opciones que te dan. No te salgas del guión, circula por el carril. Pero tus guías somos guays, políticamente correctos. Si vas a gastarte tu dinero en nuestro bar le llamaremos Karma Bar. Para pagar tendrás que cambiar tus libras esterlinas por unos papelitos que ha diseñado un artista y que se llaman karmas. Si pasas de todo y pagas con libras de verdad, te cobraremos más caro. Esos karmas son algo más que dinero, me dijeron. Por detrás te invitamos a que escribas el valor que quieras añadir al vil dinero. Así convertiremos el dinero en… ¡¡¡¿En qué?!!! ¿En dinero camuflado de movida hippy-solidaria-cursi? Falsa poesía. No vi ni un solo dinero-karma escrito por detrás.
En un momento de debilidad acepté una de las papeletas para votar en el concurso, unas tarjetas que repartían a la entrada y a la salida de los espectáculos, que incluían un cuestionario larguísimo y tedioso. En uno de los campos a rellenar se pedía que indicase mi ethnic background. No, no fui capaz.





























