
Al salir del puerto nos cruzamos con un enorme portacontenedores de 300 metros de eslora. Navega en la noche sin luna hacia las islas Cíes y el Atlántico. Después de un verano lleno de luz y ruido, me atrapa esta noche tan oscura y silenciosa en el medio de la ría. Es acogedora. Dan ganas de que no se acabe. Intento pensar la cantidad de cosas que viajan en sus 4.000 contenedores. Muebles de madera, pescado congelado, piezas de motor, ropa vieja, fruta. Y sin querer comienzo a tararear esa tonada infantil / canción terrible titulada con A la mar fui por naranjas (cosa que la mar no tiene). No me la he conseguido quitar en todos estos días de la cabeza.
Regresaba de ver Un segundo para rezar o permítame un segundo para vomitar. La obra de Izar Gayo abría la programación de la segunda parte del año en el teatro Ensalle de Vigo, lo que para mí significa la posibilidad de una programación estable en la periferia del sur de Galicia. Una suerte que no suelo dejar pasar.
Ahora, más de una semana después, todo se ha convertido en recuerdos. Evocaciones infantiles de Izar que me quedaron grabadas. Rescato uno, por próximo, por emocionante. Supongo que porque las olas van y vienen. Guardar en una caja las costras de las heridas una vez se secaban. En mi caso se llamaban carepas. La colección de carepas como prueba de raspones vividos en primera persona, con su lento proceso de sanación. Testimonio de aventuras que no siempre terminaban bien, pero a quién le importaba. A por otra. Cuando se podía estar en la calle, el prado, el monte y también en la antigua cetárea entre rocas puntiagudas. Los lugares secretos de la infancia. Y el coleccionismo de cicatrices. Quizá de cuando aún un beso de mamá o de papá podía curarlo todo.
Enseguida me viene el contexto: una mujer, un pollo y un león en escena. Hacía hablar a un papel que decía esta es una acción innecesaria e inútil, cómo casi toda la obra, como casi toda la historia del arte. También esa iluminación amable, en breve se considerará vintage, con sólo focos “convencionales”: bien de contra, varios ángulos, colores fríos ya que el calor lo proporciona la piel, y transiciones sutiles. Recuerdo una espalda desnuda. Estrellita, estrellita: terminarás estrellada. Un enlace directo a mi profético terminarás haciendo castillos en el aire. Todos sabemos que las cosas que se guardan, se guardan dónde duelen. Las cajas fuertes más resistentes están hechas de tendones, hueso y carne. Rellenadas de memoria. Y recubiertas de cuero viejo.
Izar Gallo viene de Asturies y pienso que ahí al lado, separados por diez horas de transporte público entre alrededores limítrofes, hay otra periferia que tiene mucho que contar. Seguro que hay cosas muy potentes de las que no tenemos noticias. Veo que próximamente estará en el Teatro de la Abadía con un trabajo colectivo de la Compañía Proyecto Piloto dirigido por Ana Vallés. Habrá que estar atento.

De Asturies es también Óscar Bueno, aunque creo que la mayor parte de su trayectoria está ligada a Madrid. Al menos la que yo conozco. Su obra Apoyatura, otros cielos la acabo de ver. La tengo más reciente. Un hombre, un piano y una proyección de vídeo. Unas sencillas instrucciones: Un paisaje para mirar con los ojos y los oídos entreabiertos. Para dejar que la luz llegue a las pupilas o que los colores iluminen los párpados cerrados. Para sentir las ondas sonoras vibrando en los oídos. Para descansar. Para sentir la gravedad. Para aligerarse y flotar. Y cómo tiendo a ser obediente cuando la invitación es interesante y educada a eso me dedico.
Óscar tiene formación como pianista y también como performer. Su práctica en esta obra combina los dos elementos. Al principio las teclas son pulsadas con los dedos, de una forma ortodoxa, pero todo avanza hasta que cualquier elemento del cuerpo percute. Los brazos, los hombros, la cabeza, llego a creer que todo el cuerpo abraza el teclado. Siempre de espaldas al público, intuyo que improvisando, aunque seguro que con pautas previamente marcadas.
A mí me gana de entrada porque todo el fondo del escenario es un paisaje de nubes. Hay múltiples asociaciones de capturadores de nubes en todo el mundo. A fin de cuentas es algo que nos iguala a todos los seres humanos y, por ahora, gratis. Yo nunca he pertenecido a ninguna, pero siempre me ha gustado observar nubes. Fotografiar nubes. Y también grabar su movimiento. A veces me hipnotiza. Me puedo pasar horas contemplando su movimiento sobre la ría desde la ventana de la cocina. Ahora, sin ir más lejos, hay un montón de bolas de algodón de lo más cursi que flotan perezosas, cómo sin ganas. Me identifico con ellas porque yo también estoy cursi y perezoso. Sobre la pared negra de fondo de Ensalle el paisaje cambia cada poco y cada imagen puede ser un estado de ánimo. No sé si es intencionado o aleatorio el uso de tormentas o ambientes despejados, azules puros o jaspeados de naranja. Lo que sí hay en todos los cielos es la ausencia de base. Son horizontes que se abren sin fin. Sólo al final hay una invitación a contemplar las nubes desde una playa y ver cómo las olas rozan la orilla y descubren tierra firme. Es momento de volver a pisar después de aplaudir. Primero la madera de la grada, luego el cemento pulido de la nave y poco a poco volver a aprender a caminar abandonando el reino de lo innecesario y de lo inútil.
A fin de mes, para terminar este octubre atlántico, tendremos una nueva convocatoria de Anómico Teatro. Julio Fernández Peláez es uno de esos que sabe cómo funciona el oleaje en la ría porque estudia las mareas. Es una de esas personas que lleva fertilizando el suelo que pisa desde que aprendió a caminar. Poeta, dramaturgo, editor, carpintero, padre. Amigo. Creo que lo conozco desde que se sacó de la manga aquel festival que se llamó Poéticas para unha vida, un festival de todo lo raro que me gustaba entonces y me sigue gustando ahora: performance, danza, filosofía, arte de acción, arte postal… Quizá de antes. Me viene a la memoria también sus poemas-objeto, como aquella caja de fósforos dónde cada una de las cerillas tenía un poema de cuatro versos escritos a mano sobre la madera que se debía leer antes de encender. Y después tratar de dejar las cenizas nuevamente dentro de la caja.
Ahora dedica su tiempo y sus energías a su Ediciones Invasoras y a, periódicamente, hacer performances. En esta ocasión estará acompañado de Luna Gómez, que deja el segundo plano de la voz en off y el vídeo para pasar a la escena. Muchas ganas de Conversaciones con la Luna.
En noviembre nos espera el clásico Festival Catro pezas, nuestro festival vigués de danza que organiza cada año el Teatro Ensalle. Este año, navegando cual pateras repletas de cajas de naranjas, se acercan Lucía Marote, Corpo Liminal (Alba González y Ana Erdozain) y Clara Pampyn. Pero eso ya será para otro día. Mientras, las olas van y vienen y algún día dejarán naranjas en la playa.
Antoine Forgeron
Fotos de Isabel Vargas, Nadia Penella y Dani Paiva de Miranda





