
Voy a hablar de Fondo alto casi todo el rato, pero me vais a permitir una mijita de contexto. Será un párrafo, lo prometo; luego, solo hablaré de o desde (y ante, bajo, con, en, para, por, sobre y tras) Fondo alto. La pieza se estrena el segundo fin de semana de la temporada 26/27 del Teatro Central de Sevilla, que arrancó el 23 y 24 de octubre con El corazón de Esther, de Alberto Cortés. No es una temporada más: es la primera en la que no ha participado Manuel Llanes, director del teatro desde su inauguración en 1992. La nueva directora, Elena Carmona, fue nombrada hace poco más de quince días y tampoco ha intervenido en su diseño. Es, por tanto, una temporada sin padre ni madre “oficial”, de transición entre lo que fue y lo que será: continuista, con algunas diferencias. Lo dicho: una mijita de contexto antes de meterme en faena.
La obra nos recibe con el público a tres bandas. En una mesa alta con ruedas están el umbráfono de Enrique del Castillo (quien no lo conozca, que bichee su Bandcamp, allí se explica que se trata de “lectores ópticos capaces de transformar en sonido los estímulos luminosos que se proyectan sobre células fotosensibles”), un teclado Casio, una mesa de sonido y una controladora. Hay celuloide sobre la mesa y colgado de una estructura al fondo, a la izquierda del público. Del peine del teatro cuelgan micros de cable que se sujetan a la mesa con unas pinzas, y así pueden subir y bajar. Enrique está de pie tras la mesa; Laila, tumbada boca abajo cerca de ella.
Le doy al pause en este momento, que es pura potencia: una situación de partida que, como el gato de Schrödinger, contiene a la vez dos piezas fantasmas, la viva y la muerta. La que nos conmoverá y nos hará felices, y la que veremos aburridos o, peor aún, ausentes, deseando que termine para huir de allí. En ese rato antes de que empiece la obra, desde la butaca, siempre está la promesa de una vida más alta que la propia vida.

Basta de lo mío; me pongo con lo de Enrique y Laila (cocogua). La cosa arranca con un inicio fúnebre de Enrique (silbido, Casio y umbráfono) y con Laila tumbada, esta vez, boca arriba y en proscenio. El micro baja hasta su boca y ella canta un romance truculento que yo no conocía y que, según mis pesquisas, es una mezcla de varios: el de Sebastiana del Castillo, el de la Valiente Espinela… Después, Enrique empuja el micro, que pendulea sobre ella y recoge al pasar sonidos, palabras y risas, mientras el umbráfono lo envuelve todo con sus texturas hermosas e intrigantes. Ella se levanta y sortea el micro; él mueve la mesa. Ambos hacen música, ambos bailan. Y bailan también la mesa y los micros, que se desplazan, suben y bajan y nos cambian el punto de vista sin que tengamos que movernos.
En un momento dado, Laila graba unas palabras incomprensibles que, reproducidas al revés, resultan ser la letra de unas bulerías de Lole. Suenan otras bulerías con el umbráfono y, más tarde, un verdial grabado al que no acompaña una guitarra flamenca, sino un instrumento de cuerda hawaiano que le queda que ni pintao, mientras Tafur se pone unas cintas en las piernas y unas zapatillas. Luego, Enrique recrea ese aire y ella lo canta y lo baila. Vienen después unas sevillanas corraleras en las que ella se acompaña de percusión y que nos siguen invitando al juego, a la ligereza. Y, al final, unas siguiriyas robóticas en las que la voz modificada de Laila dialoga con las atmósferas que crea, generoso, del Castillo para que ella baile.
Todo ese viaje lo acompaña la iluminación de Irene Cantero, hermosa y sutil. Arranca abierta, con mucha luz y un recorte rectangular sobre la cabeza de Laila tumbada. Pronto asoman, como manchas, un rojo y un azul sólidos; luego la penumbra va y vuelve y unos azules más suaves nos van sumergiendo en un nuevo estado, hasta desembocar en el verde de la siguiriya, hondo y bellísimo.
Creo que la obra nos ha ido trayendo sin que nos demos cuenta a este lugar siguiriyero, más hondo, más emocional. Tiene mucho que ver la entrega de los dos a ese concierto expandido, que es juego y lenguaje, juego con el lenguaje. Y cuando quien juega se entrega de verdad, sin preguntar para qué, acaba calando un manojo de verdades.

Fondo alto se plantea como un diálogo entre dos haceres y sus hacedores: un músico experimental que inventa sus instrumentos y una bailarina que empuja límites. Él ya era performativo antes al manipular celuloides en directo; ella ya habitaba el borde de concierto, en su voluntad de desbordar-se. Pero los diálogos, si son reales, obligan a ir más allá (o más acá). Por eso, Enrique mueve el cuerpo de maneras nuevas: arrastra a Laila, desplaza la mesa, empuja los micros. Por eso, Laila canta desde un lugar inédito, con más exigencia técnica, pero con una actitud todavía (y esperemos que siempre) amateur. Por eso, el sonido surge y se transforma y la danza habita ese tránsito, y caben imágenes que duran hasta derretirse, la palabra cantada y hablada, los silbidos, los gritos y los susurros, los pasos y mudanzas, los micros que pendulean, la percusión como otra forma de movimiento, y ella bebiendo agua y él sonriendo antes de cambiar de «película». Y, en medio de todo, un flamenco y un folklore desubicados, en un origen que, como dicen ellos, está lleno de extranjeros.
En Enrique reconozco el juego con las texturas y la sutileza del viaje sonoro; lo nuevo es el compás, que le trae otras lógicas rítmicas y otras calidades de sonido. En Laila, el uso del archivo y esa manera de habitar la fricción entre lo heredado y lo inventado. Los dos trabajan desde el placer de la investigación, de seguir el vestigio, la huella, y eso pide paciencia y atención al detalle. La pieza es una invitación a abrirse al encanto de ese tiempo otro. Si buscas emociones fuertes, rápidas y continuas, mejor scrollea.
Nada de lo que se pone en juego necesita un discurso externo para sostenerse. Hay, claro, asuntos que sobrevuelan la pieza y se encarnan en escena, pero ningún concepto se instala como un tirano que obligue a todo lo que aparece a encajar en un sistema cerrado. El significante no se rinde al significado, baila con él. No digo que tenga que ser siempre así: hay tantas propuestas y de naturaleza tan variada que es absurdo pontificar sobre cómo hacer o deshacer. Pero aquí agradezco que no se haya apretado la cosa hasta convertirla en un artefacto pesado, sino que se nos presenta un mecanismo suave, liviano.
Tan liviano que, al final, la pieza nos pide lo más sencillo:
Mírame a los ojos,
hazme ese favor,
que con la mirá de mis ojos
camelo decírtelo to’.
¿Lo intentamos?
David Montero
Fotos de Lolo Vasco




